Capítulo V

     Al llegar a la oficina empecé a revisar los bocetos que me había entregado Ignacio ; realmente eran muy buenos, demostraban  gusto y, a pesar de ser muy simples se entendía perfectamente la idea general. Como despertaron mi interés, empecé a estudiarlos con detenimiento. Al parecer Ignacio no era tán idiota como había creído y empecé a considerar el trabajar con él sin que fuese una tortura. El entusiasmo me encontró a la madrugada con varias alternativas en diseños y colores. Junté todos mis dibujos y a primera hora llamé a Ignacio; él,  pareció muy satisfecho ante la novedad de mi actual interés.

—Si claro Lucía, te espero en la oficina y hablamos.

Gonzalo levantó la vista de los papeles y me ofreció asiento. Ignacio no estaba. Me senté y empecé a mover nerviosamente las piernas. Gonzalo no hablaba y me ponía mas nerviosa. De repente entró Ignacio con un ramo de rosas, extendiéndolo hacia mí.

—¿Y por qué es esto?— dije con asombro.

—-Para sellar nuestro compromiso. Hasta ahora dudaba que aceptarías la oferta, pero cuando me llamaste confirmé mi intuición de que seríamos buenos socios.

—No te apures —interrumpió Gonzalo— a lo mejor Lucía no esté muy segura.

Miré a Gonzalo y casi como un desafío me dirigí con seguridad a Ignacio:

—-Gracias, realmente sos muy gentil, creo que sí vamos a trabajar muy bien juntos. 

Gonzalo desvió la mirada evidentemente molesto. ¿Qué pasa? ¿Acaso hay celos? —me pareció notarlo, pero a lo mejor, fué una sensación mía—. Para restar tensión, saqué mis dibujos y comencé a mostrar a Ignacio los planes que tenía para su edificio.

—¡Perfecto! me gusta mucho.

—Te presento distintas variantes, estudialas y fijate que pensás.

—La verdad, me gusta todo. Habría que revisar los presupuestos de los distintos proveedores. Y finalmente lo que decidas estará bien para mí.

Gonzalo se había quedado mudo, contemplando como nos poníamos de acuerdo y yo, jugaba un poco sonriendo seductoramete, al pobre tipo que servía a mis propósitos de despertar sus celos. Gonzalo siempre había sido celoso y sus intentos de ocultarlo, absolutamente infructuosos. La mandíbula apretada confirmaba los resultados esperados.

—¡Bueno, ya está bien! —bruscamente cerró la agenda que tenía en el escritorio y se dirigió a su socio:

—Si ya están de acuerdo en todo no hacen falta más reuniones. Así que Lucía te informará cuando esté en condiciones de empezar su trabajo.

Cortante, como cuando no sabía despegarse de una situación molesta, se dirigió a la puerta del despacho para despedirme, pero  Ignacio lo paró en seco y con una voz calma me miró y me preguntó:

 —¿Me acompañás a almorzar?

Si bien yo no tenía ganas de hablar socialmente con nadie, la mirada desafiante de Gonzalo, prohibiéndome que aceptara terminó por decidirme.

—Claro, será un placer.

Ignacio saludó a su socio:

—Después nos vemos. Y abriéndome la puerta, escoltó mi paso fuera de las oficinas. Antes de retirarme miré a Gonzalo y me animé a sonreirle triunfante.  ¡Cómo si fuera una guerra y perdiera el que primero flaqueaba! ¡Estupidez humana, todo lo transforma en un campo de batalla!

Salimos de la torre y, en la vereda busqué con los ojos el auto de Ignacio.

—No— me confesó— no me gusta manejar. Pensaba ir a un pequeño lugar cerca de aquí, donde sirven una comida que me recuerda a casa; pero si querés ir a otro lugar no hay problema, pido un taxi.

—No —me apresuré a decir— está bien no tengo otros planes para hoy.

Caminamos en silencio, la tensión era evidente. Y de pronto —a boca de jarro

— ¿Cómo va lo tuyo con Gonzalo?

Salí de mi mutismo de un salto.

—¿Qué querés decir? No existe lo mío con Gonzalo, mi relación con él es absolutamente laboral. No hay nada mas.

—¿Y por qué la hostilidad? fue una duda. Es que a veces se miran como si se odiaran y otras...no sé...era curiosidad.

—Aclaremos las cosas —lo frené— frenando el paso y mirándolo a los ojos. Estoy trabajando con ustedes porque Gonzalo no quería perder el proyecto; si no te parece me lo informás y te buscás otra decoradora, en este momento hay excelentes y con ideas muy innovadoras.

—Momento, momento...tranquilizate. Si sabía que las cosas estaban tan mal entre ustedes, no lo habría mencionado.

—¡Y seguís! mirá —dije parando un taxi— ¡Ya no tengo hambre! Llamame cuando estés en condiciones de focalizar tu atención en el trabajo.

 Me fui dejándolo en medio de la vereda con las manos en los bolsillos y una expresión de incredulidad. ¡Estúpido y mil veces estúpido! Si supiera que mi único interés era estar cerca de Gonzalo y me venía con cuestionamientos, tomándose no se que atribuciones. Estaba furiosa...¿Y Gonzalo? ¿Qué pasaba por su cabeza?

Antes de arrancar tiré las malditas rosas por la ventanilla. Después de todo nunca me gustaron las rosas.




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