Capitulo IV
Por la mañana, Ignacio me llamó temprano. Casi no podía abrir los ojos pero reconocí su voz.
—Hola Lucía: Quería saber si podemos desayunar para empezar a coordinar ideas.
Con un ojo abierto miré la hora. Me había dormido y eran casi las 8. Salté como un resorte.
—Claro...claro, en 15 minutos estoy.
—Listo.
—¡Maldito Gonzalo ¡Sigue destrozándome después de todos estos años!
Me até el pelo y a cara lavada, prácticamente me tiré una remera y un pantalón encima. Zapatos abotinados, nada atractivo, sólo trabajo y salí a la calle.
Ignacio me esperaba en el café y sonreía ampliamente al notar que avanzaba hacia él.
—Buen día.
—Sí —dije con evidente mal humor.
—¿Pasa algo? —preguntó Ignacio, algo extrañado.
—No. Perdón — me disculpé— una mala noche.
—¡Qué pena!...¿Empezamos?
El mozo se acercó y le pedí un café. Ignacio hablaba con entusiasmo mientras me explicaba sus ideas. Yo lo escuchaba como insomne, sin registrar demasiado sus intereses. Me entregó una carpeta, que según dijo eran ideas suyas y se quedó a la espera de mi opinión. Yo hice como que la hojeaba.
—Si, está bien, tendré en cuenta tus necesidades. Preparo todo y te lo presento; por favor no me llames, apenas tenga las cosas listas te las llevo.
—Me retiré antes de que Ignacio me responda y lo dejé con hastío. No querías este proyecto, y el único motivo por el que lo tomé fué por Gonzalo. Creí que estaría cerca suyo y, al final tenía que soportar a un tipo demasiado optimista para mi estado emocional.
Hablando sola, en voz alta, fuí hasta el vivero para encontrarme con Laura. Detrás de las macetas, un enorme moño rosa sobresalía y, debajo de él mi amiga cantaba una canción en portugués.
—¡Hola Lu! ¡Qué cara tenés hoy!
—¡No me hables! ¡ Estoy furiosa y tengo que soportar a un pesado que se ríe como idiota!
—¡Epa! ¿quién es? ¿cómo es? ¡presentámelo!¡ Ando necesitando un idiota desde hace mucho!
—Por favor Lau, quiero estar en paz y por eso vine a pasar un rato con vos. Escuché la mitad de lo que decía y no se bien que es lo que quiere el tipo. Pienso terminar pronto y seguir con lo mío.
—¡Si soy una estúpida me ilusioné de nuevo con Gonzalo, creí que podía estar otra vez cerca suyo! Y a pesar del tiempo sigue matándome. Ya no pude contenerme más y estallé en un llanto tan doloroso que Laura no pudo evitar llorar conmigo.
—Amiga...no puedo consolarte. Gonzalo se fué hace mucho, solamente vos, no querés despedirlo.
La miré, casi con rencor:¿Justo vos me lo decís? que me alentaste todo este tiempo, que me diste esperanzas ¡que me contabas todo de él!
—¿Y que querías que hiciera? si era lo único que daba luz a tu mirada. ¡Diría lo que fuera para verte feliz!
Miré a mi amiga y me dí cuenta de que estaba siendo injusta con ella, que era más que mi familia, que siempre estaba a mi lado. Miré sus ojazos humedecidos de tristeza:
—¡Perdoname Laura! Es que me duele tanto. Yo no pude seguir y él no se molestó siquiera en una explicación. Por mas inverosímil que fuera yo lo creería. Yo le creería cualquier cosa...Yo aceptaría cualquier cosa. Podría ser su sombra si él quisiera.
—No puede ser Lucía, vos sos brillante. No podés ser la sombra de nadie ¡Tenés luz propia!
—¿Qué luz? Para los otros, pero los otros no son él.
—Sentate, te preparo un té.
No protesté, me quedé hundida en un sillón de mimbre, mientras mis manos temblaban.
Mi amiga apareció al instante con una humeante taza y un té perfumado de flores.
Laura me hacía bien; su energía, me limpiaba la oscuridad, como cuando era chica y tenía miedo que se cortara la luz.
—Cerrá los ojos -me decía- así no te vas a dar cuenta de que está oscuro. Y yo cerraba los ojos con fuerza, hasta dormirme. Teníamos la misma edad, pero ella, no absorvía los malos momentos, los repelía como si tuviera un escudo que la protegiera del sufrimiento. Nada la tocaba muy de cerca, sólo mi dolor, que lo hacía propio. ¡Pobre Laura, sufría por mí! Por la culpa exclusiva de ser tan sensible a todo; que si querer, la dejaba indefensa, sabiendo que no podía ayudarme, pero estando presente, para apoyarme y consolarme.
—¿Mejor?
—Claro Lau, siempre me hacés bien.
Sonrió complacida y se sentó frente a mí.
—¿Qué pensás hacer? ¿Lo vas a dejar? ¿Lo vas a ayudar?
—Tendría que dejarlo. Si después de todo, hace mucho que se arregla y no me necesita.
—No me parece que lo haya hecho muy bien. Los rumores...
—Vasta, los rumores solamente son eso: Rumores.
Terminé el té, y dejé algo de mi pesada mochila.
—Arreglate un poco Lucía... pareces mi mamá.
—¿Qué? Agarré un almohadón y se lo tiré por la cabeza, que esquivó con muy buen reflejo.
—Mirá, me voy antes de pegarte.
Ahora Laura se reía:
—Ves¡ por eso seguís soltera! Su risa contagiosa, siempre me hacía reír.
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