CAPITULO 32

CLARENCE


¿Es así como se siente estar enamorado? ¿No desear a nadie más que no sea esa persona a la que quieres en realidad para estar a su lado? Así me sentía gracias a Samadhi. Nunca me había enamorado, no era de ese tipo, nunca me había gustado sentir ese sentimiento de amor hacia alguien, y cuando Hanna me dijo esas últimas palabras antes de su partida me llegaron y calaron hasta los huesos, pues a final de cuentas tenía la razón...

"Espero un día te enamores como un loco de ella..."

Ese jodido sentimiento profundo que sentía por Sam iba en aumento. Me daba un rotundo temor sentir demasiado por ella. Pues tenía el poder de destruirme por completo...

Después de la gala de negocios a la que habíamos asistido, los días juntos habían sido los mejores. Le había abierto mi corazón al contarle mi sentir por Isabela, quien había estado llamando sin cesar, insistiendo que nos reuniéramos un dia para platicar, ¡Hum! Como si yo fuese acceder a ello. Habíamos pasado fines de semana enteros juntos, pues el trabajo en ocasiones no me dejaba avanzar para verla entre semana.

No le agradaba Estephany, me lo había dejado en claro cuando me contó el pequeño incidente que tuvieron en el baño. Otra persona con la que lidiar.

Había estado hablando con mi padre muy seguido después de que me presentara con algunos de sus colegas, entre ellos uno de apellido Ladera. Les conocía, pues sus maquinarias para la construcción eran de una excelente calidad, eran reconocidos a nivel nacional. Tuve el gusto de conocer al dueño de "Hillside Machinery", acordamos agendar una cita con respecto a sus servicios para "Deep Constructions" a futuro.

Hoy 17 de septiembre era mi cumpleaños, el numero veintidós para ser exacto. No me habia dado cuenta hasta ahora, ¡Le llevaba a Samadhi cuatro años! Si bien dicen que la edad no importa, y vaya que con Samadhi ni se notaba, pues en ocasiones sentía que el niño de la relación era yo.

Relación...

Samadhi me hacía sentir infinidad de sensaciones y emociones cuando penetraba sus bellos ojos en mi interior. ¡Diablos! ¡Estaba jodidamente enamorado de ese hermoso ser! Ya me era difícil deshacerme de él. ¿La amaba?, me pregunté por un momento. Si bien el sentimiento de amor es mucho más profundo, pero... ¿la amaba yo a ella?

A pesar de lo que sentía por ella, la sensación de pérdida no se iba de mi jodido corazón, sentía un rotundo vacío en él y en mi vida que no me dejaba en paz. ¿Soy lo suficientemente bueno para ella? ¿Soy el tipo de persona que Sam se merece?

"¿Cómo la vas a proteger a ella, si ni siquiera pudiste proteger a Hanna?", en ocasiones pensaba mi subconsciente.

Ese pensamiento ¡Ese jodido pensamiento era el que más me atormentaba! ¿Cómo la iba a proteger de mis demonios internos? ¿Cómo la iba a proteger del exterior? ¿Cómo la iba a proteger de mí mismo, de mis arrebatos? Mi mente era una maraña de emociones y recuerdos dolorosos, hoy más que nunca me sentía desastroso. No quería hacerle daño, no a ella que, con el simple hecho de existir en mi vida la hacía más amena.

El día de hoy saldríamos a casa del abuelo Clark que vivía fuera de la ciudad. Nos había invitado hace poco más de un mes, pero el trabajo y la universidad, no nos dejaban en paz.

Ansiaba verla, pues en toda la semana no había tenido la oportunidad de estar con ella. Quería tocarla, besarla y hacerla mía de nuevo ¡Joder! Me fascinaba esa chica que sin querer llegó a mi vida...

Ya era sábado por la mañana, y lo primero que hice fue tomar una ducha y seguir con mi trabajo en el ordenador de mi habitación.

No pasaba desapercibido las palabras de Estephany ayer después de la última reunión que tuve con ella:

"Cuando te aburras de las niñas, déjale espacio a las mujeres..."

No se me hizo para nada extraño su comentario, pues de lejos se veía el tipo de mujer que seguramente era, eso sin contar que era la hija de uno de los mejores empresarios de California, claro, igual que mi padre. La relación con éste último se estaba haciendo un poco más agradable después de la última cena.

Pero ni hablar, la única mujer que ahora se encontraba en mi mente y en mi jodido y quebrado corazón, era Samadhi Stone. Ella había llamado exactamente a las doce de la madrugada para desearme feliz cumpleaños.

Después de un buen rato estar verificando algunos contratos, mi móvil sonó, y la tierna fotografía que en algún momento le tomé a Samadhi resaltó.

— Sol — le respondí sonriente la llamada, para escuchar un suspiro al otro lado de la línea.

— ¿Cómo se encuentra el cumpleañero más guapo del mundo? — preguntó.

— En estos momentos, pensando en ti — le respondí.

— ¡Clar, me vas a matar! — exclamó.

— ¡Oh cariño, es lo que más deseo! — omitió un gemido que salió de sorpresa.

— No estás hablando en serio — musitó — Solo quería confirmar la hora en la que llegarías por mí.

Samadhi y su puntualidad. Miré el reloj ¡Mierda! Tenía que educarme más en ese aspecto.

— ¡Llego en menos de una hora! — exclamé.

— ¡Corre!

Samadhi se carcajeo al otro lado de la línea. Se suponía pasaría por ella hace media hora, pero la carga de trabajo se había apoderado completamente de mí...


(***)


Eran las ocho de la noche cuando pasé por Samadhi, quien me sorprendió con una pequeña caja color azul. Me dijo que por nada del mundo la abriera hasta que ella me lo indicara, y con lo fierecilla que era, no la iba a desobedecer.

— ¿Solo un poco? — pregunté.

— No Clar, no puedes ver lo que hay dentro, no aun — musitó, mirando por la ventana.

La miraba de reojo en ocasiones, pero después concentraba la mirada en la carretera, pues ya era de noche. El clima de septiembre era variado, bochornoso en el día, refrescante por la noche.

No pude evitarlo, y puse la palma de mi mano en la rodilla de Sam. La temperatura en ella era cálida. Lucía sexy con ese atuendo en ella, una blusa negra a manga larga con el cuello descubierto y una falda ajustada color beige a medio muslo, pero lo que más me volvía loco, eran esas medias color negras que me provocaban unas tremendas ganas de arrancárselas...

Apreté su rodilla ante aquel pensamiento, ¡Joder! Sabia de sobra que el postre era para después. Me miró de reojo, y sonrió. Pero no su habitual sonrisa dulce, si no la sonrisa de fiera mordiendo su labio inferior. Omití un gruñido, no podía esperar para más tarde, la deseaba con demasiada intensidad.

La carretera estaba oscura y vacía sobre la que seguía en curso. Lo siguiente que hice fue salir de ella y pararme en un lugar oscuro.

Me miró desconcertada, enarcando una ceja, ese gesto habitual en ella.

— ¿Por qué paramos? — preguntó con una sonrisa inocente. ¡Oh Samadhi! Eres todo para mí, menos inocente.

Hice el asiento hacia atrás, y como si nuestras mentes conectaran se sentó a horcajadas sobre mí. Plantó un beso tierno en mis labios. La tomé del dobladillo de la falda y se la levanté con cuidado. Sus hermosos muslos perlados resaltaron desnudos sobre mí. Comencé a tocarlos sobre las medias negras que traía puestas, y llegué hasta sus nalgas apretándolas con mis manos. Soltó un gemido que se sintió delicioso en mis labios.

Con sutil delicadeza levanté su blusa sin quitársela por completo, para solo exponer sus senos cerca de mi rostro. Me hundí y aspiré su aroma en ellos haciendo a un lado el sostén y exponer sus erguidos pezones rosados. ¡Joder! Mi bulto crecía descaradamente, y Samadhi comenzó a frotar su sexo sobre él.

— ¡Oh Clar! — decía mi nombre entre gemidos rodeándome con sus brazos mi cuello, mientras con mi lengua lamia, chupaba y succionaba con fiereza sus deliciosos senos.

— Me vuelves loco Samadhi — gruñí.

La excitación iba en aumento y Samadhi quitó por completo mi camisa, tocando mi pecho y arañándome suavemente la espalda. Me las ingenie para desabrochar y bajarme el pantalón, no sin antes sacar un preservativo del bolsillo. Samadhi me sorprendió con su acción, pues tomó con sus manos a mi fiel amigo, colocándolo en su húmeda intimidad para llenarle su interior.

El sonido que emitió terminó por extasiarme, para después tenerla a horcajadas sobre mí miembro saltando y disfrutando de las embestidas duras que le daba. Le di una ligera nalgada, pues sus movimientos me excitaban. Volví a besarla, mientras con mis manos tocaba todo su cuerpo semidesnudo.

— Eres mía — le decía en cada embestida — ¡Di que eres mía Samadhi! — le gruñía.

Solamente tuya Clar — contestó en apenas un susurro y gimiendo.

Su sexo se contrajo, y sentí cómo me apretaba más. Solté un gruñido de placer, y después de eso sentí la humedad por el orgasmo de Sam. La sensación era deliciosa, provocando que llegara al éxtasis, morderle el cuello y correrme en su interior...

Te amo Sam...

¡Mierda!

Eso no lo veía venir, en algún momento lo pensé, y sin darme cuenta expulsé esas cinco letras comprometedoras hacia Sam...

El resto que quedaba del camino se tornó extraño después de mi estupidez.

No me molestaba que Samadhi no me haya respondido lo mismo, lo que en realidad me molestó fue haberle dicho semejante estupidez cuando ni siquiera me atrevía arreglar mis jodidos sentimientos por ese pasado.

Las puertas de la entrada se abrieron cuando llegamos a la casa de mi abuelo. La casa era lo suficientemente enorme. Me percaté como Samadhi la miraba desde la ventana del coche.

— Es una bella casa — musitó. ¡Por fin te dignas hablarme amor!

— Sí que lo es — respondí arrogante, sabia su reacción ante mis respuestas, y más si eran como esa.

Me miró enarcando una ceja cuando nos detuvimos frente a la entrada de la casa color blanco. La tomé de la mano depositando un casto beso en sus nudillos. Tenía que dejarle en claro algo.

— Sam, quiero decirte que...

— No te preocupes — interrumpió — Nos dejamos llevar por el momento — contestó sonriendo.

Asentí solamente ante su respuesta. Es lo que amaba de ella, como siempre impertinente, pero dejando las cartas sobre la mesa.

Bajé del coche y me dirigí al lado copiloto para abrirle la puerta. Como de costumbre, la sonrisa que emitía al salir del coche me incitó a rodearla de la cintura para después darle un profundo beso.

— Andamos contentos — musitó en mis labios, pues mi querido amigo no se cansaba de tenerla cerca.

— Siempre Samadhi.

Nos encaminamos a la entrada, donde la puerta estaba abierta y mi abuelo nos esperaba...

La cena fue tranquila, y una ternura enorme se posó en mi pecho cuando mi abuelo mandó llamar a Samadhi a la cocina, para después entrar de nuevo al comedor con una tarta de chocolate y una vela con chispas saltando de la misma.

Después de comer un trozo, decidí llevarla a dar un recorrido por el lugar.

La casa del abuelo quedaba a las orillas de la playa, y la vista era asombrosa, así que decidí llevarla específicamente en ese lugar. Nos sentamos en el césped admirando nuestro alrededor.

— ¿La pasabas bien aquí? — preguntó.

— Como siempre de curiosa Samadhi Stone — mordió su labio inferior esbozando una sonrisa — ¿Tu madre tiene algún familiar cercano? — pregunté, pues me daba cuenta que ella sabía mucho más de mí.

— Si, la tía Clarisa — contestó — No la vemos mucho en realidad, ella vive con mis abuelos a las afueras de la ciudad — se quedó mirando hacia el frente con cierta melancolía — No se lleva bien con ellos en realidad por haberse casado tan joven con mi papá, y para colmo, que su relación no funcionara después de tantos años juntos...

Vaya, eso si no sabía de la madre de Sam. La tomé de la mano, ahora comprendía porque Samadhi siempre estaba sola cuando su madre salía.

— Hanna y yo pasábamos tiempo aquí, cuando mi padre se perdía por completo en el alcohol — comencé a decirle, no muy seguro de querer hacerlo, así que lo mejor fue guardar silencio. Samadhi notó que no hablaría más de ello.

— ¡Ya lo puedes abrir! — exclamó para deshacer la tensión.

Le sonreí cuando vi la caja color azul. La colocó en mis manos y me dispuse abrirla. Al hacerlo, divise otra caja envuelta del otro color azul metálico, simplemente sonreí.

— Eres imprevisible Samadhi.

— Esa soy yo — respondió sonriente.

Abrí la siguiente caja y vi las imágenes de un edificio a escala. Quedé fascinado con su regalo, pues era parecido a uno de los bocetos que tenía en mi cuarto...

La tomé de la barbilla y la besé.

¡Joder!

Ese jodido sentimiento me invadió nuevamente, sabía que era demasiado pronto para decirle que la amaba en realidad, pero... ¿En realidad lo hacía? ¿En realidad la amaba? ¿O era el sentimiento de culpa que siempre me atormentaba?

Me contuve para soltar esas cinco letras que nos cambiarían. Aun nos estábamos conociendo, ¡Y ni siquiera yo mismo me conocía! No sabía que podía llegar a sentir esto por ella o por alguna chica.

— Eso no es todo — musitó — Hay algo que quiero mostrarte – el misterio y la duda en su mirada la invadían — Primero tienes que saber porque lo hice Clar...

— Sin rodeos Sam, dime — me mataba la curiosidad.

— Te he entregado mi corazón por completo, así como sé que tú también lo has hecho — comenzó — Esto es para mí el amor que me tengo, y el amor que te tengo a ti. Es el pasado que te une a Hanna y no solo porque es tu hermana, y es el presente que te une a mí — hizo una pequeña pausa, y prosiguió — Es la fuerza que nos anima a seguir...

Comenzó levantando lentamente su manga, en la cual divise el pequeño tatuaje de una libélula sobre su muñeca izquierda, la misma que tenía yo detrás de la oreja...






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