CAPÍTULO 26




CAPÍTULO 26

ALEXANDER

No tenía ni idea de lo que ella me estaba haciendo. Lo único que tenía claro es que quería verla de nuevo, quería estar con ella, hablar con ella, besarla. En tan poco tiempo y sin ningún sentido había conseguido meterse por debajo de mi piel y ahora no podía sacarla ni con pinzas.

Quedaban dos días para irnos a ese viaje en el que por fin estaríamos solos y podría hablar con ella de todo lo que quisiera, porque sabía que no estaba siendo ella misma teniendo a cientos de personas a nuestro alrededor inspeccionando cada maldito paso que dábamos.

Quería hablar con ella, de lo que fuera, quería conocerla más, que bajase esa coraza que siempre llevaba puesta. Quería ver qué era todo lo que le afligía, todo lo que le hacía sentirse como se estaba sintiendo últimamente, agotada. Era consciente que, si solo habiendo visto ese humor y esa prepotencia, todo lo demás iba a gustarme también.

Nunca me había sentido tan atraído por nadie antes. Me daba igual si solo podía hablar con ella discutiendo, pero estaría hablando. Y ahora también me daba igual que su padre me despreciase si eso significaba poder estar con ella sin tener que esconderme. Necesitaba que ella viera que yo podía ser su lugar seguro, que confiara en mí para mostrarme sus debilidades.

—Tío, definitivamente no estás bien.

Salí de mis pensamientos en cuanto escuché claramente la voz de Adriano dirigirse a mí. Estábamos en el balcón para fumadores en nuestro descanso para el almuerzo y en lo único que podía pensar era en si ella estaba comiendo y no estaba "autolesionándose" de forma pasiva como decía su padre.

Miré a mis amigos después de pasarme la mano por la cara y me encogí de hombros, ni siquiera sabía qué decirles porque no quería contarles lo que me estaba ocurriendo, no quería que Victoria desconfiase de mí por contar algo que no tenía certeza que fuese real.

—Estoy preocupado con el viaje de la semana que viene. —terminé diciendo, ganándome miradas interrogantes. —Tener que estar veinticuatro horas con esa arpía me va a terminar matando.

Tanto Adriano como Samuele rieron, pero Giorgia sabía que lo que más ganas tenía era estar encerrado esas veinticuatro horas con esa chica de ojos grises que me volvía loco.

—Sinceramente, me gustaría ver cómo es Victoria a solas. Si todo el mundo fuera de aquí la quiere, será por algo. —Samuele movía la mano en la que sostenía el cigarro entre sus dedos mientras hablaba, provocando que me apartase al notar que iba a quemarme el traje de marca que llevaba puesto hoy.

—Yo sigo pensando que es una arpía que sabe cómo engatusar a todos. —contestó Giorgia, cruzándose de brazos, guiñándome el ojo sin que el resto se diera cuenta.

Agaché la cabeza, ocultando una pequeña risa. Agradecía que ella me guardara el secreto, porque no sabía si a Victoria le molestaría que fuese contando lo que había pasado.

—¿Creéis que habla cuando está a solas con alguien? —preguntó Adriano, llevándose el cigarro ala boca.

—Venga ya, no tiene pinta de ser callada, lo que pasa es que tiene que guardar las apariencias y, al final, es nuestra jefa, no va a ir de coleguita con nosotros. —defendió Samuele, sin ningún tipo de sentido.

—¿Es que te la ha chupado o algo que la defiendes tanto? —se burló Adriano, consiguiendo que mis puños se apretasen ante la idea de Victoria con otro hombre.

El pelinegro rodó los ojos ante sus palabras y negó con la cabeza en desacuerdo. Miré a Giorgia, que estaba bastante atenta a cada uno de mis gestos y le sonreí, algo divertido ante la disputa que iba a venir a continuación.

—Esta mañana hemos coincidido en el ascensor y le he preguntado por su hermano, ¿a que no se os ha ocurrido hablar de él? —Adriano hizo un gesto como si no le importase en absoluto lo que su amigo decía. —Me ha estado explicando que está mejor y que se recupera poco a poco. Hoy parecía estar de buen humor, aunque algo cansada.

Fruncí mi ceño, si ya estaba bien con su hermano ¿qué era lo que le preocupaba ahora? Esa niña iba a conseguir que me volviese loco intentando entenderla, aunque fuera una mínima parte.

La puerta del balcón se abrió y apareció el chico del que estábamos hablando, en silla de ruedas y acompañado únicamente de su padre, que lo empujaba desde atrás. Nos miraron desde lo lejos y se empezaron a acercar.

—Qué bien veros por fin. —comentó nada más llegar Kale, que aún tenía morados amarillentos por un lado de su cara.

—Fue un buen golpe por lo que se ve. —señaló Adriano, mirándole de arriba abajo.

—Sí, la verdad es que perdí el control de la moto porque un coche se acercó demasiado. Iba un poco distraído, pero bueno, por suerte está todo bien. —rio un poco, intentando restarle importante.

—Nos dio un susto de muerte a todos. —añadió su padre, dándole unos golpecitos en el hombro.

Se me hacía raro que ignorasen que Victoria no estuviera presente, porque si Kale estaba aquí, ella también debería estarlo.

—¿Y las grabaciones? ¿Se retrasan? —cuestioné, interesándome en lo que a él realmente le importaba.

—Sí, al menos las escenas en las que aparezco yo. He tenido suerte de que ya habíamos grabado unas cuantas y no quieren reemplazarme ahora.

—¿Y Victoria? —preguntó Samuele.

Agradecí que él lo hiciera, porque era algo en lo que llevaba pensando desde que había llegado y que me preocupaba. Y aunque ella dijera que era una adulta responsable que podía cuidarse sola, sabía que podía hacer cosas sin darse cuenta que no eran buenas para ella.

—Decía que subía en cuanto terminase un plano. —contestó Frank, con el ceño un tanto fruncido, para pasar a mirarse el reloj que tenía en la muñeca.

—No creo que suba, suele ensimismarse en el trabajo y prefiere eso a estar aquí. —rebatió su hijo, riendo un poco. —La tendríamos que haber obligado a subir cuando hemos podido.

Todos reímos un poco, entendiendo la broma que el heredero había hecho, pero no dejé de preocuparme por ella, porque era demasiado cabezona para obedecer a nadie.

—Tú vas a estar una semana con ella, te darás cuenta de que vive por y para el trabajo. —siguió Kale, dirigiéndose a mí.

—Intenta que descanse un poco, aunque sea. —pidió su padre, volviendo a mirar el reloj.

—¿Me creéis capaz de controlarla? —reí, sabiendo que eso era algo imposible.

Kale negó, riendo conmigo de forma suave, conociendo a su hermana y siendo consciente de que nadie iba a ser capaz de controlar cualquier cosa que hiciera esa arpía.

El sonido de la puerta nos distrajo y pasamos todos la vista hacia ella.

—Hablando del rey de Roma...—susurró Giorgia, que hasta ahora se había limitado a estar callada.

Victoria avanzó hacia nosotros hablando por teléfono de forma tranquila, frunciendo levemente el ceño y sonriendo muy suave. Estaba de buen humor, tal y como había dicho Samuele, y en el fondo me hubiese gustado que estuviera así por mí. Quería ser egoísta y ser el causante de su buen estado de ánimo.

Colgó un poco antes de llegar y nos regaló una sonrisa tranquila a todos.

—¿Os calláis cuando llego? —inquirió y Kale levantó la vista para mirarla.

—Es que nos sorprende verte de buen humor.

Victoria rodó los ojos e ignoró su comentario, pegándose un poco más a su padre, quien besó su sien con completa adoración. Estaba preciosa, llevaba un traje blanco que le sentaba muy bien a ese color de piel algo dorado, y aunque debajo de sus ojos había unas medias lunas preocupantes, seguía siendo la mujer más impresionante del mundo.

Dirigió su vista hacia mí y entrecerró los ojos cuando me pilló inspeccionándola, con una sonrisa juguetona.

—Estábamos hablando del viaje que tenéis que hacer la semana que viene Alexander y tú. —informó su hermano, omitiendo la parte en la que dudaban que iba a subir con nosotros.

—Lo tengo todo planificado, —empezó, volviendo su vista hacia mí. —luego te mandaré el itinerario por si quieres cambiar algo, aunque está perfecto.

Eso se traducía a que no podía cambiar nada, aunque quisiera. Sonreí, divertido y frunció el ceño sin saber por qué me hacía gracia.

Me gustaba que estuviera receptiva y que quisiera establecer una conversación con todos, me gustaba verla feliz y ver que cada vez se sentía más cómoda en este entorno.

Estuvimos hablando un rato más y empezamos a bajar, aunque ella decidió quedarse un poco más y nadie le recriminó ni vio raro que quisiera quedarse, pero yo sí. Mientras estábamos esperando al ascensor puse la excusa de que me había dejado el teléfono en la mesa y volví para verla apoyada en el borde del balcón, admirando las vistas.

—¿Qué excusa has puesto para quedarte a solas conmigo? —sonrió, dándose la vuelta para mirarme.

Me acerqué, lo suficiente para coger mi teléfono de la mesa que tenía detrás de ella y se lo enseñé, consiguiendo que elevara sus cejas en sorpresa.

—¿Debo creerme que no ha sido a propósito?

—Puedes creerte lo que quieras, de todas formas, siempre lo haces ¿no? —apoyé mis manos en sus caderas, acercándome mucho más a ella y sintiendo cómo su respiración se empezaba a acelerar.

—Nos pueden ver...

Negué levemente, besando su mejilla, pasando a la otra, volviendo a mi posición inicial, mirando esos ojos que demostraban tantas cosas que me gustaría tener el poder de perderme en ellos.

—Todos están trabajando.

—Tú también deberías hacerlo. —susurró, acercando su cara a la mía, acariciando sus labios con los míos.

—¿Quieres que me vaya a trabajar?

Asintió, pasando la vista de mis ojos a mis labios, colocando sus manos en mi pelo y tirando de mí para besarme de esa forma tan brusca que solo ella podía conseguir. La empujé hasta que su espalda tocó el borde del balcón, pasando mis manos por todo su cuerpo, acariciándola y consiguiendo algún que otro suspiro ahogado.

Sus manos mientras tanto despeinaban todo lo que esta mañana había conseguido arreglar con el secador y daba pequeños tirones que mandaban unas ideas bastante contradictorias a todo mi cuerpo.

Me aparté, recuperando toda la fuerza de voluntad que tenía en mí, en cuanto escuché que la puerta iba a abrirse, dejándome ver a uno de los trabajadores que estaban en la segunda planta. Nos saludó, sintiéndose bastante avergonzado y se sentó en una de las pequeñas mesas para encender su cigarro.

Miré a Victoria, que me observaba con una sonrisa divertida.

—Deberías haberte puesto más laca, tu pelo con este viento está fatal. —se burló y rodé los ojos, empezando a pasarme la mano por el pelo.

Pasó por mi lado, acariciando mi cuerpo de forma provocativa, comprobando que el intruso no estuviera mirando, y se marchó dejándome solo y hecho un completo desastre en todos los sentidos.

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