CAPÍTULO 25



CAPÍTULO 25

VICTORIA

Me cambié en el vestuario después de la clase. Livia estaba a mi lado, haciendo las cosas en automático, como si fuera un robot.  No me gustaba nada verla así, sus pasos de baile habían sido catastróficos y Borghese no había querido decir nada porque yo lo estaba mirando muy atentamente.

No sabía qué hacer para calmar sus pensamientos, porque entendía que no dejaba de darle vueltas a lo que el profesor le había insinuado. Tal vez quiso follarla, o simplemente quiso un poco de juego previo. Muchos profesores hacían ese tipo de insinuaciones porque creían que podían hacerlo. Era sexo fácil porque una bailarina no puede permitirse perder un papel.

Me incorporé una vez que ya estaba lista para irme y le extendí las manos para que se agarrase de ellas e hiciera lo mismo que yo. Sabía que le iba a costar salir del estupor, pero también era consciente de que no iba a apartarme. De ella no.

Pasé un brazo por sus hombros para acercarla y abrazarla, quería que no se sintiera sola en esto, quería que viera que yo la estaba apoyando, que la iba a cuidar. Salimos y una vez que llegamos a la puerta se apartó de mí, señalando a su espalda la calle oscura.

—Tengo que ir por ahí a mi casa. —su voz sonaba un poco vacía, como si dijese las cosas porque debía, pero en realidad no le apetecía decir nada.

—¿Vas andando? —me preocupé, porque no iba a dejar que se fuera sola a estas horas, ni siquiera entendía cómo había estado todo este tiempo volviendo sola. Asintió sin mirarme y le coloqué una mano en su hombro. —Vamos, te llevo. Así podemos hablar un poco más.

Me giré y noté el suspiro que soltó de alivio. Tal vez estaba esperando que le dijera eso para no tener que irse sola. Subimos a mi coche y dejé que se adaptara antes de emprender la marcha. Lo único quería en estos momentos era que estuviera cómoda conmigo.

—¿Cómo sabías lo que me había dicho? —inquirió, rompiendo el silencio.

Noté su mirada en mi perfil y suspiré, frenando al llegar a un semáforo en rojo. Sabía que iba a llegar este punto de la conversación, porque Livia era bastante curiosa por lo que había podido apreciar este tiempo.

—Cuando tenía diecisiete años uno de mis instructores empezó a comportarse extraño conmigo, me acariciaba de una forma sugerente... llegaba a zonas que ni yo entendía por qué tocaba. —giré mi cabeza para mirar su reacción. Sus ojos estaban abiertos, horrorizada de lo que le estaba contando. — Hasta que un día me forzó a besarlo, empezó a restregarse contra mí y si no llega a ser porque mi hermano intervino, tal vez hubiese conseguido algo que yo no quería hacer. —volví a mirar al frente para seguir conduciendo, mientras ella seguía pensando en mis palabras, sin saber cómo reaccionar. —Aunque yo le pidiera a Kale que no dijera nada, él habló con mi padre. Se formó un revuelo enorme. Por eso conocen a mi padre en el mundo del ballet, no por ser arquitecto, sino porque hizo que la carrera de uno de los instructores más importantes se evaporase.

Dejé que el silencio se hiciera durante unos instantes. Dejé que pensara mis palabras, que se hiciera sus preguntas y si veía conveniente que me las hiciera a mí. Quería que viera que podía confiar.

—¿Crees que Borghese intentará algo de nuevo? —la miré durante unos instantes y agarré su mano, dándole un leve apretón.

—No hará nada. —susurré, aún con su mano entre la mía. —Yo me voy a encargar de eso.

Paré frente a su casa y dejé que me abrazara antes de irse. Su cuerpo pequeño se adaptó muy bien al mío y me sentí reconfortada. Me sentía a gusto con ella, como con nadie.

—Gracias, Victoria, por todo.

Su sonrisa me demostró que lo decía de verdad y sus ojos profesaban un agradecimiento que me encogió el corazón. Le devolví la sonrisa, sin pensarlo, porque con ella las cosas salían así.

—Es lo que hacen las amigas, ¿no? —vi cómo asentía, contenta de que la considerase amiga.

Se bajó del coche entonces y esperé a que entrara en casa para irme. Sabía lo que era sentirse insegura y yo por suerte había tenido siempre a mi lado hombres que me protegían hasta la saciedad.

Empecé a conducir en cuanto la puerta se cerró. Si Kale no se hubiese dado cuenta de lo que pasaba yo jamás habría dicho nada y ese hombre habría conseguido abusar de mí. ¿Y cómo se lo pagaba yo? Insultando a la chica que le gustaba. Y aunque siguiera pensando que ella no le convenía, mi deber como hermana era apoyarlo, como él había hecho tantas veces conmigo.

Cambié de rumbo y conduje hacia la casa de mis padres, pidiéndole a Dios o a quien fuera que mi hermano estuviera ahí. Había sabido que su recuperación estaba siendo excelente gracias a mi padre que, aunque yo no le preguntara por orgullo, él me decía sabiendo que me preocupaba por mi mellizo.

Estaba nerviosa, porque cabía la posibilidad de que no me perdonase. Y si no lo hacía, me dolería. Me dolería tanto que no sabría qué más hacer. Por mucho que nos peleásemos, que lo provocara y nos enfrentáramos, seguía siendo mi hermano y seguía siendo el más importante para mí.

Si a Kale le gustaba esa chica sería por cosas que ella le estaba demostrando día a día. Y que lo apoyara no iba a significar que estuviera de acuerdo, porque esa chica se drogaba, y no creía que lo hiciese de vez en cuando, sino que era demasiado constante. Lo último que quería era ver a mi hermano drogado por todos lados, porque si eso pasaba, iba a tardar muy poco en salir en los periódicos.

Aparqué frente a la casa en la que tantos años había vivido y en la que disfruté momentos de mi adolescencia junto a mi hermano. Las luces del salón estaban encendidas, por lo que al menos alguien de la casa estaba despierto. Me bajé del coche y emprendí camino hacia la puerta, tocando el timbre con manos sudorosas.

No solía pedir perdón, al único con el que me había disculpado había sido mi hermano, en una ocasión, pero esta vez la veía diferente, porque no lo había insultado a él, había insultado a alguien importante para él.

Escuché pasos aproximarse hacia la puerta y la luz llegar a mí cuando mi madre la abrió. Iba con su típico pijama negro y el pelo recogido en un moño deshecho. Y, a pesar de estar desarreglada, era la mujer más bella del mundo. Me dio una mirada de arriba abajo, desconcertada ante mi presencia. Se le marcaban mucho más las arrugas alrededor de los ojos, tal vez debido a que había estado riendo demasiado rato.

—Vic, mi amor, ¿qué haces aquí tan tarde? — cuestionó y me acercó a ella para darme un abrazo.

Sentí mi respiración fallar y un nudo en la garganta que revelaba las ganas que tenía de echar a llorar, porque no concebía la idea de que mi hermano no me perdonase. Porque era la única persona en el mundo que no me permitiría perder. Cerré los ojos y escondí mi cara en el hueco de su hombro, embriagándome con el suave olor a jazmín que siempre había caracterizado a mi madre.

—¿Está Kale? —inquirí cuando me aparté de ella, viendo a mi padre acercarse a nosotras, con gesto inquieto.

—Está arriba, pero no sé si deberías subir porque está también la chica del hospital. —mi padre me acarició el brazo, intentando calmar un poco mis nervios.

Suspiré y asentí. No podía aguantar ni un segundo más estar peleada con mi hermano y si tenía que pedirle perdón a ella también, lo haría. Me aparté de mis padres y empecé a subir las escaleras a paso rápido. Con cada paso que daba sentía que mi corazón se iba a salir del pecho.

Me acerqué a la puerta y toqué, esperando a que mi hermano me diera permiso para entrar y abrir la puerta. Y ahí estaba, acostado en la cama con su pierna y brazo vendados. La sonrisa que tenía en la cara desapareció al verme ahí postrada en su puerta y noté cómo agarró la mano de la chica que tenía sentada a su lado con más fuerza.

—¿Qué haces aquí, Victoria?

Su voz salió dura y su expresión mostraba lo poco que le gustaba tenerme ahí. Me adentré en la habitación, ignorando los límites que él me estaba poniendo con sus gestos, y cerré la puerta detrás de mí.

—No quiero que estés aquí, vete ahora mismo. —vi que la chica colocó una mano encima de su antebrazo, acallando sus palabras.

—Quería hablar contigo...

—No tengo nada que hablar contigo, ¿te puedes ir ya? — su voz sonó un poco más fuerte de lo normal, interrumpiéndome.

Suspiré y alcé el mentón, porque sabía que esto era rebajarme y esperaba que él valorase lo que estaba haciendo, porque era muy consciente de lo mucho que a mí me costaba aceptar que había errado.

—¿Te llamabas Miel, cierto? —la chica alzó su vista hacia mí y asintió. —Quería disculparme por haberte echado el otro día yo...

Callé un momento al escuchar cómo mi hermano soltaba una risa irónica. ¿Qué era lo que le parecía gracioso? ¿Qué me disculpara?

—Está bien. —habló entonces la chica, regalándome una sonrisa sincera. —Acepto tus disculpas. —se levantó, después de dejar un beso en la mejilla de mi hermano y pasó por mi lado agarrando mi hombro. —Os dejaré solos para que hablen tranquilos.

Le susurré un gracias, que sonó como un suspiro de alivio, porque estaba bien rebajarme un poco delante de la persona con la que había crecido toda mi vida, pero si había otra persona más me resultaba humillante incluso.

La puerta se cerró detrás de mí con suavidad y el silencio empezó a reinar en la habitación de mi hermano. Empecé a caminar por el lugar, viendo fotos de los dos esparcidas en todos lados. Nuestro quinto cumpleaños, mi primer recital de ballet y él a mi lado, mirándome orgulloso.

Las lágrimas llegaron a mis ojos y no pude girarme, porque a pesar de que me había visto llorar miles de veces, no soportaba la idea de mirarlo y que a pesar de todo no quisiera aceptar mis disculpas. No soportaba la idea de perder a mi otra mitad.

—Lo siento, Kale. —dije con la voz encogida, tratando de aguantar las lágrimas, con un nudo en la garganta que incluso dolía.

Apoyé las manos en la mesa de escritorio que tenía pegada a la pared, esperando algo que me hiciese entender que estaba bajando todas esas enredaderas con espinas que había puesto a su alrededor para que yo no entrase.

—Lo siento muchísimo. —hablé de nuevo, consiguiendo que varias lágrimas se resbalasen por mis mejillas y las recogiera de inmediato con mis manos. Me giré para mirarlo y me arrepentí por haberlo hecho porque no vi nada. —Siento de todo corazón haber insultado a esa chica y no parar cuando me lo dijiste. Siento ser sobreprotectora contigo... —me acerqué más a él, apartando más lágrimas de mi rostro. —Por favor...—supliqué en un hilo de voz. —Por favor, perdóname, Kale...

Extendió el brazo que no tenía vendado y esa fue mi señal para abalanzarme sobre él y seguir llorando en su pecho. Soltó un quejido, seguido de una risa, por lo fuerte que me había dejado caer. Dejó que llorase todo lo que quisiera, tal vez porque sabía que me lo había estado guardando todo, mientras acariciaba mi espalda y mi pelo con suaves caricias.

—Sabes que te lo perdonaría todo... —murmuró, besando mi coronilla. —Eres mi hermana pequeña, no puedo estar mucho tiempo enfadado contigo.

Alcé la cabeza y dejé que fuera él quien secara toda mi cara con su camiseta.

—Realmente soy yo la hermana mayor. —dije, mientras me limpiaba, con tal de llevarle la contraria, haciéndole reír un poco más.

Miré sus ojos grises como los míos y supe que toda la admiración que profesaban al mirarme, yo también se la estaba mostrando.

—Lo hice porque no quiero que caigas en eso. —expliqué y él asintió.

Su mano acarició distraída los mechones de pelo que caían por mi frente y soltó el aire, pensativo.

—Sé por qué lo hiciste, pero me alegra que hayas entendido que te pasaste. —hice un gesto con mi cabeza a modo de afirmación, porque lo había hecho, había comprendido que excedí los límites. —Miel te escuchó hablar y ella sabe que está mal, está intentando arreglarlo y yo estoy tratando de ayudarla, pero no sé qué más hacer.

Miré sus ojos, en los que mostraba esa preocupación de la que me estaba hablando, en la que enseñaba cuánto le importaba esa chica.

—Hay días que lo controla y no toma nada... y luego hay otros en los que se toma todo lo que tiene. —me acerqué más a él, colocándome encima de su pecho. —Ella sabe que si esto sale a la luz la destruye a ella y me destruye a mí porque la prensa nos tiene a los dos juntos.

—¿Ella está yendo con un profesional? —pregunté, intentando saber un poco más, porque era importante para mi hermano, veía cómo necesitaba desahogarse.

Negó con la cabeza y se pasó la mano por la cara, tal vez en el intento de despejar sus pensamientos u ordenarlos para seguir hablando.

—Dice que incluir a más gente en esto hará que salga antes al público, pero lo que no entiende es que se está volviendo adicta y yo ya no sé qué más hacer, Vic. —vi cómo sus ojos se anegaban en lágrimas cubiertas de preocupación e impotencia por no saber cómo ayudarla. —Me da miedo que un día se mate por sentir esa calma que tanto busca.

Acaricié su rostro y sequé las lágrimas que le cayeron por las sienes para intentar reconfortarlo. No sabía qué solución podía poner a esto, porque era algo demasiado complicado para dos personas como nosotros, y si ella no quería buscar ayuda no íbamos a ser capaces de ayudarla por nuestra cuenta.

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