06.
EL DESENCUENTRO
Nunca había tenido algo propio. Una pertenencia. Un regalo solo para ella.
En Sion Creek, lo compartían todo. Prendas de vestir, ropa interior, calcetines, accesorios para el cabello y prácticamente casi todos los objetos personales. Había pequeñas excepciones, como el cepillo de dientes. Cada una tenía el propio con su nombre tallado en la vara de madera. Antes de dejar la comunidad, Becca tuvo la oportunidad de recoger algo de equipaje. La policía se lo recomendó. Halló un bolso que utilizaba los días que iban al huerto a recoger frutas frescas y metió algo de ropa interior, calcetines, dos vestidos, un sweater y su cepillo de dientes.
Eso era todo lo que tenía hasta el momento que conoció al muchacho que le obsequió una chaqueta que, a decir verdad, Becca podía utilizar como una manta. De hecho, no se la había quitado de encima desde ese día.
«Es tuya» había dicho Colton.
«Es mía» pensó Becca, mientras acariciaba la superficie suave del interior. Había leído un centenar de veces lo que ponía en la espalda: el número 18 estaba en el centro, ocupando la mayor parte del espacio y, por debajo, decía «Bradford».
—¿Estás lista, Rebecca? —preguntó la enfermera, Ellie. Acababa de ingresar a la habitación con su característica sonrisa en la cara—. Ruth está aquí.
—Oh. Sí. Sí. Ya casi lo estoy —se puso de pie; llevaba puesto un vestido lila pastel largo hasta los tobillos, cerrado hasta el cuello y de mangas largas. Encima, empezó a colocarse la chaqueta blanca y verde inglés.
—Eso es. Abrígate, cariño. Afuera está frío.
Se tomó su tiempo para adecuarse. Ajustó los cordones de las zapatillas blancas, se trenzó el cabello y finalmente, se colgó el bolso en un hombro. Oír el nombre de Ruth le causó un profundo escalofrío. La mujer de servicios sociales le daba miedo. No sonreía amablemente como Ellie, tampoco era gentil con sus palabras ni empática en su trato.
—Listo —tragó saliva, temerosa—. ¿Te ha dicho a dónde iré?
—El hogar de acogida, ¿recuerdas? —Becca asintió—. Estarás con otras chicas y chicos de tu edad. Tendrás que ir al instituto. Es probable que sea difícil al principio, pero te acostumbrarás. Ya verás.
El optimismo de Ellie le transmitió algo de calma.
—Eso espero —se encogió de hombros.
—Todo irá bien —murmuró con aprecio y le dio un ligero abrazo por los hombros.
Ellie le recordaba a sus hermanas mayores; siempre tan sabias, atentas y cariñosas. Deseó, justo en ese instante, saber lo que estaban haciendo. De acuerdo a la hora en el reloj, lo más probable era que estuvieran preparando el desayuno en la cocina para servirlo luego en la mesa principal. Mientras lo hacían, se divertían entonando canciones en voz baja. Era uno de los momentos pequeños que Becca disfrutaba de la comunidad.
—Date prisa, niña. Tengo que ocuparme de unos siete casos más en lo que resta del día. Tú eres solo el inicio de una larga lista —pronunció Ruth mientras se dirigían al vehículo familiar que tenía la capacidad de trasladar hasta siete pasajeros—. Tienes que subir.
Becca, de pie frente a la puerta del acompañante, paseó la mirada hasta hallar la manija. Luego, abrió. Necesitaba indicaciones precisas porque, aunque nadie podía entenderlo, se sentía completamente perdida. Todo era nuevo.
—Sí, señora.
—Ahora tienes que colocarte el cinturón de seguridad, ¿no lo sabés?
Miró hacia los lados, confundida. Ruth, impaciente, tiró de la cuerda y rodeó el cuerpo de la joven, dejándola segura en el asiento.
—Es que yo no... No hacía esto. No a menudo —trató de explicar. En Sion Creek, solían trasladarse en la parte trasera de una camioneta descubierta. Simplemente se sentaban unas con otras sobre el piso.
—Deberías darte cuenta de las cosas —expresó enfadada—. Tendrás que hacerlo de ahora en más, ¿sabes? Los hogares de acogida suelen ser difíciles. Aprendes a valerte por ti misma o acabarán contigo.
🤍🏀🤍
—Eh, ¿qué hacemos? No estamos yendo al instituto, ¿o sí? —indagó Shep que residía en el asiento de acompañante del vehículo de Colton.
—No. Tengo que resolver un par de cosas antes.
Casi todas las mañanas, Shep, que vivía a pocas cuadras de Colton, se cruzaba a su casa para ir juntos al instituto. De pequeños, sus padres se turnaban para llevarlos hasta que tuvieran edad suficiente para conducir. Usualmente, Colton tenía el mando. No le agradaba demasiado la manera de conducir que tenía Shepherd, distraído e inconsciente. A pesar de las diferencias, se las ingeniaban para hacer casi todo juntos.
—¿En el hospital? —se confundió más al ver cómo su mejor amigo aparcaba frente al nosocomio.
—Sí. Tengo que programar los estudios de los que te hablé. Espérame aquí —sin rodeos, bajó del auto y cerró la puerta. Shep tuvo que tragarse el resto de las preguntas.
A paso rápido, Colton caminó hacia la recepción. Tuvo que detenerse e incorporarse a la fila, había otras cinco personas esperando ser recibidas. Durante la espera, echó un minucioso vistazo a su alrededor. Ningún rastro de ella. Por supuesto, Colton mintió a Shep. No estaba allí para programar los estudios, eso estaba hecho. Estaba en el hospital porque, después de la fiesta, apenas consiguió dormir. Y, el resto del fin de semana, tampoco logró concentrarse demasiado en el resto de sus obligaciones. La sesión matutina de entrenamiento que realizaba en el gimnasio le costó más de lo normal, su entrenador le llamó la atención un par de veces a causa de su dificultad para avanzar al siguiente ejercicio.
Estaba hecho un desastre.
Y todo por una chica que lo llamó «ángel».
—Joven, ¿en qué puedo ayudarle?
—Quiero visitar a una paciente. Su nombre es Becca. Becca Larsen —consiguió recordar el apellido que pronunció la enfermera el día que la conoció.
—¿Es usted familiar directo?
—No.
—Lo siento, debe ser un familiar directo.
—Soy un amigo —insistió—. Solo quiero saber si está bien.
La recepcionista lo estudió con la mirada. No había nada extraño en Colton: tanto su atractivo físico como la seguridad que imponía en sus comportamientos transmitían confianza. La mujer no dudó de sus buenas intenciones. Quería ayudarlo, pero tampoco podía romper las reglas.
—¿Cómo es su nombre?
—Colton Bradford.
—Bien. Espere un momento. Veré qué puedo hacer.
Ella se alejó hacia el teléfono de línea que se hallaba en un rincón. Colton permaneció de pie con los brazos cruzados y una ansiedad inquietante que lo carcomía por dentro. Pasó la mano por su cabello una sola vez, tratando de apaciguar los nervios.
—Lo siento, Colton. Se marchó hace un par de horas.
—¿Puede decirme a dónde fue?
—No, lo siento. No tengo permiso para entregar ningún dato personal de los pacientes. Por favor, no me comprometa.
—Está bien. Lo entiendo —aceptó decepcionado—. Gracias, de todas formas.
«Se ha ido».
«No volverás a verla».
«Tienes que olvidarte de esa chica».
Le llevó varios minutos recuperarse de la decepción. Se mantuvo de pie albergando la esperanza de que la recepcionista se fiara de él y se arriesgara a darle un dato. Una pista. Incluso pensó en un soborno, podía darle una buena suma de dinero a cambio de información. El dinero no era un problema para la familia Bradford. Pero no lo hizo. Especialmente, porque su conciencia le decía que eso estaba mal. Se convertiría en una clase de acosador tenebroso y, definitivamente, no quería eso.
—¿Así que Becca Larsen, eh? —cuestionó Shep, que interceptó a su amigo en cuanto volteó tras su espalda—. ¡Te la tenías bien guardada!
—¿Qué haces aquí? Te dije que esperaras en el auto —pronunció molesto y se encaminó hacia la salida con Shep a la par—. Cállate.
—¿Y quién es? ¿Tu novia secreta o algo así? —se burló—. Colton tiene novia. Colton tiene novia —repitió como si fuera un niño de jardín.
—No es mi novia, ¿sí? Es solo una chica que ayudé el otro día.
—¿La que te manchó de sangre?
—Sí. Ella. Quería saber si estaba bien, eso es todo —aclaró. Se sentía bastante estúpido por haber ocasionado toda la escena. Por empezar, jamás debió regresar al hospital a preguntar por ella.
—¿Y está bien?
—Sí. O no. No lo sé. Ya no estaba, tampoco pudieron darme información porque no soy un familiar —expresó molesto—. Fue una estupidez regresar. Vamos a clases.
—Espera —Shep habló en un tono calmo. La mayoría de las veces se comportaba como estúpido pero se preocupaba por su mejor amigo. Notó que algo no estaba bien con él. Si a él le preocupaba esa chica, entonces también se involucraría en el tema para ayudar—. Podemos buscarla en otra parte. ¿Probaste en internet?
—No.
—Deberías intentarlo. Quizá obtengas algo.
Kampbell, el entrenador y profesor de educación física del instituto, dio por finalizada la sesión de entrenamiento. Habían pasado alrededor de una hora y media realizando diversos tipos de ejercicios que consistían en correr, saltar, tirar y hacer pases. Antes de finalizar, el equipo se dividía en dos y disputaban un breve partido. Era pan comido para Colton que, luego del instituto, asistía a entrenamientos más duros y extensos. Sin embargo, ese día terminó más agotado que lo usual. Estaba de mal humor. Durante el partido que disputaron al final, ganó el equipo de Julian. Eso había sido un golpe directo a su autoestima, Colton detestaba perder. Además, por momentos se preocupaba acerca del extraño dolor en el pecho que experimentó no hacía mucho tiempo atrás. Temía que volviera a suceder, pero aquello no era suficiente para detenerse; no podía dejarse vencer por el miedo.
—Cambia esa cara, Cole. Solo ha sido un partido de mierda —murmuró August en el vestuario. Todos acababan de salir de las duchas, por lo que llevaba una toalla enrollada en la cadera—. Nadie lo recordará.
—Todos los partidos son importantes —expresó—. Tenemos que hacerlo mejor la próxima vez. ¿De acuerdo?
En el otro extremo, Julian reía a causa de un chiste que había hecho Grayson, otro de sus compañeros. Colton dirigió una mirada repleta de fastidio; empezaba a tolerar cada vez menos la idea de verlo.
—Sí, está bien. Pero tienes que relajarte —insistió.
—Estoy relajado.
—Claro que no lo estás —intervino Shep—. ¿Por qué no vamos a tu casa, Gus? Podemos beber unas cervezas y ver la televisión.
—Imposible —respondió el chico—. Mis padres me prohibieron hacer reuniones en casa. Parece que en la fiesta alguien se metió a su habitación y causó un desastre.
Colton desvió la atención mientras reprimía una sonrisa y se colocaba el boxer negro. La simple mención de esa situación lo hizo sonrojarse ligeramente y, sobre todo, recordar a Becca. Volvió a pensar en ella, en ángeles y sintió que estaba volviéndose loco.
—Vamos a la tuya, Cole.
—No puedo. Tengo que entrenar —murmuró al mismo tiempo que terminaba de vestirse rápido—. Los veo mañana, chicos —se despidió y luego atravesó el pasillo, directo a la salida del vestuario.
Todavía se hallaba en el instituto, cuando Shep lo obligó a detenerse.
—¿Ahora qué?
—Ya sé por qué estás de mal humor. No fue el partido —adivinó su mejor amigo—. Ven. Lo arreglaremos —el chico tiró de su brazo y lo arrastró hacia la oficina del director.
—Espera, Shep. ¿Qué estamos haciendo aquí?
—Buscar a tu chica —indicó al mismo tiempo que se acomodó en la oficina, frente al escritorio. Si una autoridad los veía allí, significaba un castigo directo. Sin embargo, a Shep parecía no importarle mucho lo que pudieran decir—. ¿Cómo era su nombre?
Colton suspiró pesadamente.
—Becca Larsen.
—Bien.
«Becca Larsen» escribió en el buscador de la computadora. Luego, presionó enter y esperó. Colton observó la pantalla, expectante. La esperanza se esfumó en un parpadeo cuando finalmente reveló «sin resultados».
🤍🏀🤍
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