02.
Tras salir debajo del edredón, Daisy Brooks se quitó los restos de lágrimas con el dorso de la mano. Respiró hondo. Procuró dejar de llorar. Llevaba hundida en la cama desde hacía unas cuatro horas, después de llegar de la prueba anual de 9 clásica que realizaban a mediados de año para seleccionar a las protagonistas de la obra final.
«Prácticas danza clásica desde que tienes cinco años. Es hora de que obtengas un protagónico. De hecho, es raro que aún no lo hayas hecho», mencionó su abuela materna en un almuerzo familiar.
En la mente de Daisy, aquello se tradujo en:
«Llevás año yendo a danza, se supone que eres brillante y es tu deber demostrarlo».
«Hazlo. No puedes decepcionar a tu familia».
El espectáculo que presentarían ese año se llamaba El Cascanueces, Daisy —cargada de un tortuoso nerviosismo— se postuló para el rol de Clara, la protagonista. Al momento de dar la prueba, vestía unas ajustadas mallas de baile y, en cuanto se puso en posición, sintió ganas de vomitar. Cerró los ojos. Buscó concentración.
«El papel será tuyo».
No sucedió.
En cuánto escuchó las justificaciones del grupo de profesores, todas sus esperanzas se hicieron añicos y cualquier rastro de ilusión por el baile se desvaneció. «Lo lamentamos, Daisy. No encajas con la visión artística. Este rol requiere una estética diferente y, déjame decirte, querida, tu contextura está un poco fuera de línea». Aquellas fueron las palabras exactas que la hicieron romper en llanto en cuanto puso un pie fuera del escenario. La frustración la superó. El imaginar que debía contar a su familia que había fallado, la arrastró por el piso de un modo arrasador.
Daisy nunca fallaba. Daisy siempre obtenía lo que quería. Daisy sabía cómo cumplir las expectativas de todos. ¿Lo peor? No había vuelta atrás. No existían chances de dar otra prueba. La humillación la golpeó por todas partes.
Fue Kaylee la que, tras una visita casual, logró sacarla de la cama y convencerla de que debían ir a esa fiesta que estaría repleta de «universitarios guapos». Harta de quedarse en el molde, Daisy aceptó. Tomó una ducha, se peinó, maquilló y eligió las prendas de vestir acorde a la ocasión. Estaban prácticamente impolutas porque, después de todo, Daisy no era una chica de fiestas.
De un momento a otro, se encontró bajo las luces tintineantes, música en altoparlante, rodeada de una multitud de jóvenes exaltados y cierto universitario llamado Alex que no paraba de intentar acercarse a ella.
—No puedo creer que aún estés en preparatoria —murmuró él cerca de su oído—. ¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete.
—Increíble. Eres hermosa, Daisy. Seguro te lo han dicho cientos de veces.
—No mucho, en realidad —titubeó, completamente sonrojada—. ¿Tú cuántos años tienes?
—Veintidós —ella alzó las cejas—. Lo sé. En mi defensa, cumplí hace tres días.
—Es que te ves más joven.
—Eh, ¿gracias? —sonrió, divertido—. Me lo suelen decir en la universidad.
—¿Qué estás estudiando?
—Ciencias políticas. Quiero especializarme en relaciones internacionales.
—No puede ser —sus comisuras se elevaron, obnubilada. En su interior, creyó que aquello era algún tipo de señal, una indicación de que estaba en el camino correcto—. Tengo esa carrera en mi lista de opciones. Tienes que contármelo todo.
—Claro, por supuesto. Pero busquemos un lugar más cómodo... como ese sofá —señaló—. ¿Quieres?
Daisy apretó los labios con una sonrisa suave. El sillón era estrecho, por lo que dudó.
«No tienes nada que temer. Solo es una conversación» intentó calmarse.
—Eh, sí. Claro.
Tener una conversación académica era la distracción perfecta. Algo de lo que podía expresarse sin tener que pensarlo dos veces porque, a fin de cuentas, era su zona de confort. Un terreno conocido por el que moverse. La fiesta fue la excusa perfecta para olvidar la frustración que vivió en danza clásica, lo mucho que le dolió aquel rechazo. Hablar sobre la universidad, su posible futuro, le recordaba que pronto estaría fuera de aquel mundo y tendría la posibilidad de empezar de cero.
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A causa del volumen de la música, Axel habló muy cerca de su oído. Ella hacía lo mismo cada vez que debía responder, se estiraba ligeramente y se apoyaba, apenas, en el hombro del muchacho. Él, que se sentía atraído, jugueteaba con un mechón de su cabello rubio. Lo envolvía en un dedo y lo dejaba nuevamente en su lugar, lo hacía con tanta naturalidad que Shepherd sintió que perdería los estribos si continuaba presenciando aquella escena. Desvió la mirada y buscó a Julian, planeando marcharse a casa, pero no lo encontró. Tampoco veía a Kaylee. Seguro hacían de las suyas en algún sitio lo suficientemente alejado de la multitud.
—¿Shep? ¿Otra cerveza? —ofreció Gus un botellín. Shep lo aceptó y bebió un largo trago—. Ugh. Estás como si hubieras visto un fantasma. ¿Qué te pasa?
—Dime, Gus. ¿Quién es ese imbécil?
—¿Te refieres al chico que está coqueteando con Daisy?
—No es necesario que describas lo que ya estoy viendo —dijo ofuscado.
Gus rió.
—Es Alex. Amigo de mi hermano —comentó—. Estudia Ciencias Políticas y, según lo que sé, tiene uno de los mejores promedios de la clase. Además, practica esgrima y lo hace de maravilla.
«¿Cómo es posible que un ser humano tenga tantos talentos? Seguro la está impresionando» pensó. De inmediato, empinó el botellín nuevamente. Lo dejó casi vacío.
—Necesito algo más fuerte.
—Tengo vodka del mejor en la cocina —invitó—. Una reserva especial para los amigos.
—¿Alguien dijo vodka? —Lola se presentó con una sonrisa, de pie sobre unos tacones que le hacían unas piernas kilométricas. En seguida dirigió la mirada a Shep—. Vamos, chicos. Acabo de oírlos. ¿No piensan compartir?
Shepherd le echó un vistazo rápido. A duras penas, podía traer algún que otro recuerdo borroso de Lola pegada a él en la última fiesta que dieron en casa de Colton. La fiesta que estuvo a punto de convertirse en una tragedia. La fiesta que él mismo organizó e insistió en realizar. Aún tenía clavada esa espina en el corazón. Dolía todos los días. Sabía, también, que en algún momento se habían besado —Daisy se encargó de hacérselo saber— pero no podía recordar el instante exacto en el que accedió.
—Sí, por supuesto. Claro que podemos compartir un trago. Vamos —guiñó un ojo a la rubia platinada y la sujetó de la mano, asegurándose de mantenerla cerca de él en el momento exacto en que pasaron frente al sofá.
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El mundo le daba vueltas cuando decidió sentarse al borde de la acera, bajo el cielo estrellado y la brisa fresca de la noche. Sacó un cigarrillo, lo encendió y comenzó a fumar en un vil intento por calmar la ansiedad que lo atosigaba. Horas atrás, en la cocina, había compartido una botella de vodka con Gus, Lola y otra chica de la que ni siquiera podía recordar su nombre. Continuaron con tragos de ron y, finalmente, shots de tequila que las chicas insistieron en probar. Shepherd hizo uso de sus cualidades extrovertidas y les explicó, de forma graciosa, como debían hacerlo. «Tienes que lamer la sal de la mano, beber el tequila rápido y chupar un gajo de limón» lo hicieron varias veces, hasta que la botella se encontró vacía. De un momento a otro, Gus desapareció con la chica sin nombre y Shep permaneció sobre la mesada, cerca de Lola que le robó un par de besos hasta que él dijo «no quiero hacer esto, lo siento».
Cerró los ojos en busca de estabilidad, hasta que unos murmullos algunos metros frente a él lo alertaron.
—La pasé increíble, Daisy. Deberíamos salir un día de estos. ¿Te gustaría?
—Sí, me encantaría —reconoció la voz femenina—. Tienes mi número.
—Te escribiré —aseguró el mismo muchacho que había visto en el sofá—. ¿Quieres que te lleve a casa?
—Eh, no. Gracias. Tengo que esperar a mí amiga.
Divisó el momento exacto en que él la sostuvo de la cintura y le dejó un beso en la mejilla. «Maldito atrevido», pensó. La forma en que la tocó le causó náuseas. Miró hacia otra dirección en cuanto Daisy tomó distancia y notó que caminaba hacia... ¿él?
En silencio, se sentó a una distancia considerable y le dirigió una mirada de reproche.
—Los deportistas no pueden fumar.
—Parece que sí podemos —respondió, desafiante.
Ella arrugó la nariz.
—No deberías —aclaró—. Reduce la resistencia y la capacidad respiratoria.
—No es mi problema ahora mismo —se encogió de hombros y dio otra calada—. Así que tienes una cita con ese... universitario. Los escuché.
Daisy reprimió una sonrisa.
—Ah, sí —ni siquiera estaba segura de salir con él. Tan solo aceptó por cortesía—. Y tú la pasaste muy bien con Lola, ¿no? Se encerraron en la cocina... ¿cuánto? ¿dos horas?
—Day...
—Está bien. No tienes que explicar nada —carraspeó, temiendo la respuesta que podría oír. No quería saber nada de sentimientos o detalles. Tan solo quería arrancarse del corazón a ese chico que tantas veces le había robado sonrisas—. Puedes hacer lo que sea de tu vida. Excepto fumar o beber del modo en que lo hiciste.
Él sonrió. Había algo cálido en la forma en que ella lo regañaba. Como si pudiera sentir protección a través de sus palabras.
—Seguramente ese idiota te dijo que te ves hermosa esta noche, ¿no? —Daisy volteó a mirarlo, sin comprender—. Y tiene razón, lo estás. Eres muy hermosa. No solamente esta noche, todos los días de la semana, cada hora, cada segundo.
Sonrojada, con el ritmo cardíaco acelerado y una legión de mariposas volando en su estómago, Daisy sonrió. Naturalmente. Sin pensarlo. Sin forzarlo.
—Y tú estás muy borracho, Shep.
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Nos leemos en la próxima actualización.
Día de actualización: jueves.
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