01.
Shepherd Callahan apretó la mandíbula e inspiró hondo, tras sostener a la niña de rizos dorados que cayó media dormida entre sus brazos. Se suponía que debía estar de fiesta, bebiendo y pasando el rato con sus compañeros de equipo, sin embargo, para que eso fuera posible debía dejar sola a su hermanita de cuatro años —lo que sin dudas no cabía en sus planes—. Le echó un vistazo y notó que mantenía los ojos entreabiertos, incapaz de rendirse ante la película de Winnie Pooh que se reproducía en la televisión. A su alrededor, resplandecía la luz tenue de la sala de estar y, a excepción de los sonidos animados, yacía el silencio. Shep cobijó a la pequeña que vestía un pijama de una pieza rosada con unicornios y le dejó un beso en la coronilla.
La bronca acumulada en su pecho se disipó ligeramente ante la ternura que le causó Ivy.
—Hora de ir a la cama, pequeña —murmuró con suavidad.
Ella se negó.
—Aún no termina.
—Mañana podemos verla otra vez —aseguró—. A dormir.
Sin esfuerzo, se levantó del sofá cargando a la niña adormecida. Ella se aferró a su cuello y cerró los ojos, esta vez, por completo.
—¿Te vas a quedar conmigo?
—Sí, Ivy. Me quedaré a tu lado hasta que te duermas.
Aquello la dejó más tranquila, tanto, que permitió que el sueño la venciera. Shep subió las escaleras, trató de no pisar ningún juguete —de los múltiples que había desparramados por todas partes— y la metió a la cama. La cubrió con mantas y permaneció sentado a una orilla, procurando que realmente estuviera dormida. Ante el primer intento de escabullirse, Ivy le sujetó la mano e impidió que se moviera. Retrocedió, se hundió nuevamente en la orilla y rogó al universo un milagro a su favor. Los planetas también podrían alinearse para él de vez en cuando, ¿no? Estaba harto de que su vida fuera una colección de eventos desafortunados. Lo único que quería era asistir a una fiesta como cualquier otro chico de su edad. Excepto que él estaba atrapado cuidando a su hermanita porque no le habían dejado opción. Resopló frustrado pero al contemplar aquel rostro infantil e inocente, su paciencia se recuperó.
«Es una niña. No tiene la culpa».
La potencia del agarre cesó largos minutos después. Shepherd salió de la habitación. Ivy ni siquiera se inmutó. Se dirigió a la suya, buscó una muda de ropa limpia, tomó una ducha rápida y se vistió. Llevaba un pantalón de mezclilla, una camiseta negra básica y, encima, una chaqueta abierta color crudo.
Terminó de comer un sándwich de jamón y queso que halló en la heladera, cuando escuchó ruidos en la puerta principal. Se asomó de la cocina y observó a su padre que vestía su uniforme de trabajo, repleto de polvo y olor a aceite. El hombre, supervisor de mantenimiento en varios edificios de la misma cadena, no tenía control alguno sobre sus horarios. A veces sus jornadas eran «normales» pero otras, se extendían o simplemente debía salir corriendo si sucedía alguna urgencia.
—Shep. Qué sorpresa.
—Sí. Sigo aquí —sonrió con sarcasmo—. Pero no te preocupes, estoy a punto de salir.
—No tienes que irte.
—Lo habría hecho antes. El problema es que tu querida mujer se marchó al atardecer y aún no regresa. Preparé la cena a Ivy, vimos una película y la metí a la cama. Finalmente se durmió —resumió dejando el plato vacío en el lavabo—. Oh. Olvidé mencionar que tuve que responder unas cien veces que su madre regresaría pronto. No paraba de preguntar por ella.
—Maldición, Sloane —masculló en voz alta—. Lo siento, hijo. Sé que tienes cosas que hacer.
—No pasa nada —se encogió de hombros—. Ivy lo hace fácil. No puedo entender cómo alguien tan dulce salió de una mujer como Sloane.
—Shepherd...
—Es la verdad. Ella no es ninguna santa, más bien, todo lo contrario.
—No le faltes el respeto.
—Me cuesta respetar a una mujer que deja a su hija de cuatro años sola en casa —escupió con resentimiento. El móvil vibró, echó un vistazo rápido—. Adiós, papá. Me están esperando.
El sonido del portazo tras su espalda le produjo una punzada de remordimiento. Culpa. La sensación de haber sido demasiado duro con su padre le presionó la garganta. Su mente era un constante flujo de contradicciones; a veces se echaba hacia atrás dispuesto a pedir perdón pero enseguida recordaba las complicaciones que su padre causó y se convencía a sí mismo que esa situación se la había ganado por sí solo. Nadie lo obligó a romper la familia. Él lo hizo. Él se equivocó. Él tomó una mala decisión tras otra e, inevitablemente, Shepherd y Ivy pagaban los platos rotos.
De pie en la acera, Julian saludó con un gesto de cabeza. Tenía el vehículo estacionado en la orilla pero descendió para fumar un cigarrillo. Casi de inmediato y tras dar la primera calada, Julian se lo extendió a Shep que lo aceptó. Estaban adquiriendo la costumbre de exceder un poco los límites cada vez que salían de fiesta.
—¿Te das cuenta? Colton nos mataría si nos viera aquí fumando. Procedería a dar el discurso de que somos deportistas. Puedo oírlo en mi cabeza —bromeó.
—A ese ni siquiera lo nombres.
—Pensé que habían solucionado sus asuntos.
—Lo hicimos. Es mi amigo, pero... ¿tiene que pasar tanto tiempo en mi casa?
Shep rió.
—Es como si fuera tu cuñado.
—No es gracioso —arrugó la nariz—. Él y Becca están todo el tiempo pegados. Acabo de verlos besándose en la sala, en mi sofá. Algo que, sin dudas, tuve que ver contra mi voluntad. ¿Sabes qué es lo peor? —el cigarrillo regresó a él y dio otra calada—. Ni siquiera se percataron de que estaba ahí. Es como si no tuvieran ojos para nadie más.
—De eso se trata. Están enamorados —reafirmó—. Creo que hay un poco de palabras en tu envidia.
—¿Qué dices?
—Envidia. Tu quieres estar así con la chica que te gusta. De hecho, yo también lo quiero.
—Shep, te estás poniendo melancólico. Demasiado. Vamos a esa fiesta antes de que te pongas a llorar —arrojó la colilla apagada—. Solo porque lo mencionaste, tú y Daisy... ¿han vuelto a hablar?
—No mucho —reconoció—. Cada vez que hablamos terminamos discutiendo. Trato de dejarla en paz. Supongo que es lo que quiere —se encogió de hombros, omitiendo el hecho de que aquella decisión le dolía como el infierno—. ¿Tú y Kaylee?
—No pasa nada.
—Claro. Como si no se besaran por los rincones en cada fiesta a la que vamos.
—No tengo nada que decir —insistió un reservado Julian.
—Ya lo veo. Ustedes sí que son un verdadero misterio —alegó. Uno indescifrable pues nadie sabía realmente lo que sucedía entre esos dos.
Mientras Julian conducía, Shepherd echó un vistazo a su móvil. No había ningún cambio desde la última vez que lo revisó. Abrió la conversación con Daisy y leyó el último mensaje que había enviado cuatro semanas atrás.
Shep: Sé que ya pasaron más de tres meses de esa estúpida fiesta en la que arruiné todo. Me gustaría explicarte como fueron las cosas.
Sin respuestas.
Una nueva grieta nació en su corazón. Jugueteó con el teclado, coqueteó con la posibilidad de enviar un nuevo mensaje. «Sigo pensando en ti» escribió pero lo borró de inmediato, cerró el móvil y lo apretó con fuerzas. Enviar un mensaje no serviría. Probablemente Daisy estaba haciendo algo más interesante aquella noche de sábado o quizá descansaba para despertar temprano al día siguiente y adelantar las tareas semanales. Así era ella, siempre correcta, anticipada, precavida.
Tan precavida que, ante el primer error de Shepherd, guardó su corazón bajo siete llaves y construyó un muro de hierro que nadie podía atravesar.
Solo ella misma.
• • • • • • ✿ • • • • • •
«Feliz legalidad» decía el banderín que colgaba de punta a punta en la entrada de la fiesta del hermano mayor de Gus. El muchacho cumplía veintiún años, decidió tirar la casa por la ventana e invitó a una gran cantidad de personas, incluídos todos los integrantes del equipo de baloncesto del cual Gus formaba parte. «Don't Stop the Music» de Rihanna sonaba en los altoparlantes cuando Shepherd ingresó, arrugó ligeramente los ojos sensibles ante el tintineo de las luces pero enseguida echó un vistazo al panorama y supo que sería una noche maravillosa.
Tenía que serlo.
Mesas repletas de bocadillos. Cajas de pizzas dispuestas a los invitados. Un centenar de bebidas alcohólicas acumuladas en diversos rincones. Chicas. Universitarias. Necesitaba esa dosis de placer inmediato. La posibilidad de olvidar su vida real durante unas horas.
—Ey, Kaylee —Julian saludó a la pelirroja que se encontraba bailando en el centro del salón. Rodeada de chicos.
—Julian, ahí estás —con emoción creciendo, ella se acercó y abrazó a Julian como si estuviera acostumbrada a hacerlo—. Hey, Shep. ¿Qué tal?
—Hola, Kaylee —respondió como pudo.
En el centro, justo entre el grupo de chicos que rodeaban a Kaylee, se encontraba Daisy. Llevaba una minifalda tableada chocolate, sandalias de tacón y un top negro que se mantenía aferrado a su silueta mediante un par de tiras finas que se ataban en un lazo justo sobre sus pechos. Bastaba un simple tirón para quitárselo. El cabello rubio caía completamente libre en ondas naturales y casi llegaba hasta la cintura. Dueña de una actitud tranquila y relajada, le sonrió al muchacho que le pronunció algo en el oído.
El sabor amargo invadió la boca de Shepherd y se relamió los labios, tratando de quitarlo. Fue imposible. Sus fosas nasales se expandieron, sintió el pecho doler y la piel arder como una llamarada. Aún así, siguió mirando como si fuera una especie de castigo del que se creía merecedor. Un cruel recordatorio de que él solito perdió a esa chica despampanante.
—Eh, Shep. ¿Estás bien? —preguntó Julian.
—¿Quieres beber algo? —ofreció Kay.
Él simplemente apretó los dientes. Su mandíbula se tensó.
—Sí. Una botella de vodka.
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¡Bienvenidas a la historia de Shep & Daisy!
Es una historia que me pidieron bastante, así que espero cumplir con sus expectativas.
No olvides votar, dejar comentarios y agregar la historia a tu biblioteca, así no te perdés ninguna novedad.
Y gracias por todo el apoyo, es lo que me da animos para seguir escribiendo.
Nos leemos en la próxima actualización.
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