Capítulo 6

Seguí a Dan al exterior del edificio, pero no podía quitarme de la cabeza la imagen que acababa de ver. Sin embargo Dan parecía bastante tranquilo, hasta que se sobresaltó al escucharme hablar.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿Qué estáis haciendo con ese chico? —pregunté asustada.

Dan se aclaró la garganta y sonrió nervioso.

—La verdad es que no sé hasta dónde puedo contarte. Nunca se me han dado bien estas cosas. Siempre he sido un bocazas y he hablado más de la cuenta. Pienso que eso de decir las cosas poco apoco está sobre valorado. "Hasta que no se asimila algo, no damos el siguiente paso"— dijo imitando la voz de quien supuse que debía ser Mr. White.— Eso son tonterías. Yo creo que tú eres suficientemente fuerte como para asimilar lo que te digamos.

—¡Sí, sí! Lo soy— me apresuré a decir, animada al ver que, por fin, alguien me diría la verdad.

—Pero no digas que he sido yo, ¿de acuerdo?— se puso un dedo sobre los labios y me guiñó un ojo. Yo asentí enérgicamente. —Empecemos desde el principio. ¿Tú sabes qué son los guardianes?

—No exactamente. Sé que nos... ¿protegen de los desterrados? O algo así.

—Algo así— se rió de nuevo. —Verás, mucho antes de que existiera todo lo que nos rodea, vivíamos en Gallasteria, otro mundo. Un lugar bello, como no hay ninguno aquí en la Tierra. Un sitio sin dolor y sin sufrimiento, donde todos trabajábamos para progresar y, un día, llegar a ser creadores, como lo es nuestro Gobernante, pero nos encontramos con un pequeño problema. Llegamos al límite del progreso que podíamos alcanzar. Necesitábamos pasar por una prueba para aprender por nosotros mismos la verdad más absoluta.

—¿La verdad más absoluta?

—Que es necesario que dos fuerzas opuestas se enfrenten para dar forma a todo lo que existe.

—¿Y eso qué significa?

—Verás, allí vivíamos siempre felices, pero no sabíamos nada acerca del sufrimiento, por tanto, tampoco podíamos decir qué era el ser felices. Teníamos que aprenderlo por nosotros mismos y no sólo por las teorías, así que el Gobernante nos preparó este mundo para que viviéramos una experiencia donde aprenderíamos y palparíamos por nosotros mismos las cosas malas de la vida. Aprender sobre el dolor, para conocer la dicha. Aprender sobre la enfermedad, para valorar la salud. Aprender sobre la guerra, para entender la importancia de la armonía y la paz... y así un sinfín de cosas. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo y se formó una rebelión.Una tercera parte de los habitantes de Gallasteria se fueron con Marou, quien lideraba esa revuelta y fueron desterrados para siempre.

—No me parece justo que se les destierre por rebelarse. Obligar a la gente a pasar por el sufrimiento de vivir en la Tierra es muy cruel —protesté. Dan negó con la cabeza, pero sin perder la sonrisa, como si mi punto de vista le resultara divertido.

—En realidad yo te lo estoy resumiendo mucho. Hay ciertos matices que no sabes, como que Marou utilizó artes oscuras para cumplir su propósito y trató de acabar con el Gobernante en esa rebelión. En realidad él codiciaba el poder del Gobernante y buscaba una manera de conseguirlo sin tener que pasar por la experiencia terrenal. Sólo los mejores conseguirían superar esa experiencia y él, sabiendo que cabía la posibilidad de no lograrlo, intentó ir por el camino fácil. Aprovechó el descontento de algunos para incitarlos a la lucha y poder enfrentarse a los pretorianos. Sacrificó las vidas de nuestros hermanos y amigos, pues de otra manera no habría llegado muy lejos. Usándolos a ellos como señuelos, se infiltró y, de esa manera, llegaría hasta el Gobernante. —Dan guardó unos instantes de silencio mientras evocaba aquella época, al parecer dolorosa.— Pero no lo consiguió. Fue condenado y exiliado junto a todos los que le siguieron y que no quisieron retractarse de lo que habían hecho. En su ira juraron que entorpecerían nuestra experiencia terrenal y que arrastrarían con ellos a todos los habitantes de Gallasteria que les fuera posible y... bueno, eso han estado haciendo desde entonces. Si la vida en la Tierra de por sí es difícil, ellos la hacen casi imposible de sobrellevar.

—Ya veo.

—Pero el Gobernante no obliga a la gente a "sufrir" en la Tierra. Es sólo un requisito si queremos seguir progresando y obtener un grado superior, por así decirlo. Hay quienes decidieron no venir aquí y tienen otro tipo de trabajos allí en Gallasteria. Pero los más valientes estamos aquí, así que siéntete orgullosa, peque—me puso la mano en la cabeza y me agitó el pelo.

—Entonces, de los que vinimos a la Tierra, existen los guardianes y los que no son guardianes, ¿no?

—Así es. Era lógico que, ya que teníamos un enemigo al que enfrentarnos, debía existir un sistema de defensa para salvar al máximo de personas posible.

—¿Y quién decide quién es guardián y quien no?

—Antes de venir se nos asigna una misión según nuestras aptitudes. Todos tenemos personalidades diferentes, dones y talentos que nos capacitan para ciertas cosas. No sé exactamente cuál es el criterio que siguen, pero una persona, a quien llamamos el Patriarca, nos asigna la nuestra. Tenemos una entrevista con él y nos hace una presentación del tipo de vida que tendremos. Nosotros podemos aceptarla o no, y poco tiempo después venimos aquí.

—¿A ti te gustó tu asignación?

—¿Gustarme? ¡Era mi sueño! Yo deseaba con todas mis fuerzas ser un luchador activo contra los desterrados y salvar a todos los que pudiera.

—¿Y conociste a alguien que no le gustara su misión?

—De hecho, sí. Al principio, Leví estaba bastante decepcionado, aunque después de diez mil años de vida en la Tierra, se acabó acostumbrando.

—¿Diez mil años?— pregunté asombrada. —¿Sois inmortales?

—¿Inmortales?—se rió—Claro que no. No tendría sentido. Podemos morir, por supuesto, pero no por vejez o enfermedad. Nuestro cuerpo no sufre deterioro, como el vuestro. No se nos aplica la ley de la entropía.

—¿La entropía?

—Ya sabes, el deterioro de las cosas ocasionado por el transcurso del tiempo y toda esa historia.

—Nunca había oído esa palabra.

—¿No? Era una de las condiciones necesarias para poder habitar en cuerpos mortales aquí en la tierra. Si no, todo esto no funcionaría bien. Era la medida de desorden necesaria establecida para el progreso del ser humano que dificulta la vida en la tierra para poder aprender mejor.

—No sé si me ha quedado del todo claro, pero entonces si a vosotros no os afecta la entro... ¿qué?

—Entropía.

—Eso. ¿Cómo funcionáis entonces?

—Simple. Acomodamos nuestra apariencia a lo que más nos conviene, dependiendo de nuestra misión ¡Observa!

Dan se concentró unos instantes y de repente su apariencia empezó a cambiar. ¡Estaba haciéndose viejo! Su pelo se volvió canoso y su piel se arrugó y se enrojeció. Aparentaba, aproximadamente, unos setenta años.

—¡Increíble! —exclamé mientras intentaba tocar su pelo casi blanco, lleno de canas.

—Pues si eso te parece increíble, mira esto.

De nuevo volvió a concentrarse, pero esta vez su piel se volvió suave y tersa, incluso con pecas. Su pelo era castaño claro y se volvió más bajito.

—Ahora tengo ocho años— se rió. Su voz sonaba ligeramente más aguda.Tenía un aspecto adorable.

—Entonces ¿Cuál es tu aspecto real?

De nuevo volvió a ser adolescente y se quedó pensativo.

—Unos treinta años terrenales, creo yo. Es la edad genérica que tenemos todos en Gallasteria.

—Vaya...—exclamé fascinada— ¿Entonces mi abuela también puede volverse de mi edad y ser mi amiga?

—¿Tu abuela? ¿Te refieres a la guardiana Rut? No, ella no es como nosotros. Verás, entre los guardianes, hay de diferentes clases. Los hay como nosotros, guardianes semi mortales, que lideramos la defensa de las personas. Por lo general, nuestras bases son institutos, ya que los adolescentes son los más vulnerables y nos ayuda a tenerlos más vigilados. Recibimos misiones de protección de vez en cuando, cuando hay algún mortal especial con una misión específica que será para el bien de la humanidad.

»Luego están los guardianes mortales. Ellos, como tu abuela, son personas sujetas a todo lo que conlleva la mortalidad, pero son instruidos desde que son niños para facilitarnos el trabajo a nosotros. Ellos luchan a nuestro lado, pero envejecen y acaban por volver a Gallasteria, mientras nosotros seguimos aquí. He conocido a muchos guardianes a lo largo de mi vida. He tenido que despedirme de buenos amigos y... bueno, ha sido difícil.

—¿Y qué hay de los guardianes incorpóreos?— pregunté al recordara Caleb.

Dan, al principio, pareció sorprendido.

—En realidad tú no deberías saber que existen, pero al parecer, tu guardián ya se ha presentado a ti, ¿no es así?

—Sí. Ayer le conocí.

—Su labor es permanecer al lado de la persona a la que protege las veinticuatro horas del día, defendiéndola de los desterrados que intenten influenciarla. No todo el mundo necesita uno, pero tú, por lo visto, tienes una misión trascendental. Una de esas que necesita a un guardián incorpóreo, dos semi mortales, la vigilancia cercana del liderazgo del instituto y, además, haber permanecido oculta hasta ahora bajo la tutela de otra guardiana.

—No sé si me gusta la idea de tener a tanta gente encima de mí... Y si yo era habitante de Gallasteria, como vosotros, ¿por qué yo no recuerdo nada?

—Eso es algo que forma parte de la prueba de la mortalidad. Nosotros, los guardianes, necesitamos el conocimiento para saber a qué nos enfrentamos y por eso conservamos los recuerdos, pero vosotros, para demostrar cómo sois realmente en la adversidad, necesitáis olvidar vuestro pasado. Además, es una consecuencia de la reproducción humana y el nacimiento. El cerebro de un recién nacido no está preparado para retener información y por ende, olvida incluso lo que ocurrió antes de nacer.

—Me parece increíble que tengáis diez mil años— musité, tratando de asimilar toda la información recibida.

—Sí, ya somos pocos guardianes de la primera generación. Cuando uno muere, es repuesto en seguida. Hoy en día, la lucha contra los desterrados se ha vuelto más cruda y muchos de los nuestros han muerto. Entonces, nuevos guardianes de Gallasteria son enviados para que la balanza no se desequilibre.

—¿Y a qué clase de gente has protegido? ¿Alguien que yo conozca?

—Pues... A ver, seguro que sí. He guiado a gente como Aristóteles, Beethoven, Darwin, Nicolás Copérnico, Karl Marx, Nikola Tesla...

—Vaya,es increíble. ¿Estuviste con toda esa gente? Yo hice un trabajos obre Tesla en el instituto, pero no decía nada de un tal Dan— me reí. Dan se rió con algo de nostalgia.

—Ese viejo loco... Era brillante. El mundo hubiera sido mucho mejor si él hubiera luchado hasta el final, pero la presión le hizo perder la cabeza.— Se puso algo triste al evocar aquellos recuerdos. — No consiguió desarrollar todo su potencial. Los desterrados acabaron con él y lo perdí para siempre. Me aseguré de que su memoria continuaba viva sacando a la luz todos sus inventos y tratando de limpiar su nombre. Fue una época triste.

—Vaya, lo siento.

—Bueno, esos sólo son algunos de los más importantes que todo el mundo conoce, pero también han existido personas que han aportado mucho, aunque no han conseguido fama mundial. Hubo un tal Hamilton, era muy amigo mío. Creo que nunca había sido tan amigo de un protegido. Habíamos conectado a la perfección. Pero su situación era bastante complicada. No tenía estudios, y mucho menos posibilidad de dedicarse a ellos. Vivía en África y allí, las oportunidades no están al alcance de todos. Con mi ayuda, se convirtió en un gran médico cirujano. Fue él quien llevó a cabo el primer trasplante de corazón con éxito, pero todo el mérito se le atribuyó a su jefe, el doctor Christiaan Barnard. Un completo capullo prepotente.

—Vaya, ¿Cuánta gente habrá en el mundo que son héroes anónimos? No es justo.

—En realidad el reconocimiento del mundo no es lo más importante. A veces eso mismo acaba por cambiar a las personas y hacer que se pierdan. Nuestra labor es que logren su misión, no que se hagan famosos por ello. —Dan pensó unos instantes y se rió. —Aunque yo soy de la misma opinión que tú, y sin que nadie lo supiera, para que se le reconociera su enorme mérito, hice una entrada en Wikipedia con su historia. Ya me han corregido muchas cosas— se rió. —Pero el mundo es así.

El timbre que marcaba el final de las clases sonó. No podía creer que el tiempo hubiera pasado tan rápido. Había faltado a casi todas las clases de ese día. ¡Qué desastre! Por causa de todo esto, acabaría por suspender.

—Vamos, te acompañaré a casa — ofreció Dan.

—Todavía no me has contestado a la primera pregunta que te hice, ¿Qué ha pasado en el despacho de Mr. White?— pregunté intentando prolongar nuestra charla.

—¿Mr. White? ¡Ah! Te refieres a Jake. Pues no sé cómo habrá terminado el asunto, pero estábamos salvando a un compañero que estaba a punto de acabar con su vida. Está siendo víctima de abuso escolar y no puede soportarlo más. El maldito desterrado que le ronda le impone pensamientos horribles y acaba por pudrir su mente y llenarla de basura. Ha estado a punto de acabar con todo.

—¿Quieres decir que se iba a suicidar?

—Sí, pero por favor, no digas nada a nadie. Intentamos que los problemas de cada uno permanezcan privados.

Asentí. Nunca hubiera imaginado que todo aquello hubiera estado ocurriendo a lo largo de la historia sin que nos diéramos cuenta. Recapacité y, si me fijaba, la historia estaba llena de las hazañas de los guardianes, pero el mundo las había ido mitificando y, al final, nadie creía en ellas, yo incluida.

—Leví y Jake— siguió explicando— estaban extirpando al desterrado de su interior. Por eso tenías que abandonar la sala con urgencia. Un desterrado recién extirpado de un cuerpo busca como loco a alguien a quien apegase. Un mínimo resquicio de tristeza es suficiente para que esa sucia escoria se pegue como una sanguijuela y vaya llenando los corazones de pesares.

—Y yo me estaba poniendo muy triste en ese momento... —murmuré recordando el rechazo de Leví.

—Exacto. Los guardianes podemos percibir las emociones de las personas, lo cual nos ayuda a cuidarlas mejor. Tu tristeza estaba resultando tan golosa para ese desterrado como un bistec de carne para un perro hambriento. Tenía que sacarte de ahí inmediatamente.

—Gracias. Intentaré esforzarme por controlarme.

—Mantener el control es muy difícil, incluso para nosotros, los guardianes. Hubo una época en la que casi perdí a Leví... —se metió las manos en los bolsillos y miró al cielo con el ceño fruncido. —No sé qué le pasó, nunca ha querido hablar de ello, pero algo ocurrió en Gallasteria que le hizo cambiar y nunca volvió a ser el mismo. Se convirtió en el señor cara de palo de la noche a la mañana. Él...

La melodía de Stand My Ground, de Within Temptation nos sobresaltó y Dan sacó su móvil del bolsillo avergonzado. Ambos nos reímos.

—Sí... sí... no. Pero... Ya. De acuerdo. Adiós.

El rostro de Dan estaba serio. Parecía pensativo.

—¿Ha pasado algo?

—No, no. Tengo que irme ya, se hace tarde. Te veo mañana.

Dicho esto me abrazó, ya se estaba convirtiendo en costumbre cada vez que nos despedíamos, y me habló al oído.

—Estoy feliz de que seas tú. — Volvió a poner la mano en mi cabeza y a despeinarme.— Voy a conseguir que Leví deje de ser tan cretino. Confía en mí. Nos vemos, peque. Y por favor, no digas nada de lo que te he dicho. Me puede meter en problemas.

—De acuerdo...— murmuré mientras lo observaba marcharse corriendo.

¿A qué había venido eso? ¿Conseguiría que Leví dejara de ser un cretino? Eso había que verlo. Me encogí de hombros y corrí hasta mi casa, que ya estaba muy cerca. Sin embargo me quedé pensando en lo último que me estaba contando antes de que el teléfono nos interrumpiese. ¿Qué le habría ocurrido a Leví? Había dicho que casi lo perdió. ¿Se refería a que casi se fue con los desterrados? Me preocupó mucho. Necesitaba saber más sobre Leví.

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