Capítulo 15
Cuando llegamos al hospital, fuimos directos a la habitación donde estaba Elisa. Encontramos a su madre en el pasillo que, cuando nos vio llegar, fue hasta nosotras y nos abrazó sollozando.
—Sarah, Angie, ¿cómo estáis vosotras?
—Estamos bien— respondió Sarah. —Un poco cansadas, pero el humo no nos ha afectado tanto como a Elisa.
—Me alegro mucho, cariño.
En ese momento, un médico llegaba para dar un informe a la madre de Elisa.
—Verán, la paciente se encuentra estable, el oxígeno en sangre está normalizado, sin embargo, hemos visto que tiene una herida en la cabeza producida por un fuerte golpe. Sospechamos que pueda tener una conmoción, así que vamos a hacerle un TAC para determinar la gravedad de la situación.
—¿Una conmoción?— preguntó la madre preocupada. —¿Pero se pondrá bien?
—Como le he dicho, se encuentra estable. Si quiere, después del TAC, puede entrar a verla.
—Gracias, doctor.
El aludido hizo un ademán con la cabeza y se fue por donde había venido.
¿Un golpe? Traté de recordar en qué momento se pudo haber golpeado, pero no recordaba nada. Miré a Sarah, en busca de respuestas, pues ambas forcejeaban antes de que Elisa perdiera el conocimiento, pero sólo se encogió de hombros.
Fuimos a sentarnos en una enorme sala de espera abarrotada de gente. Me dio un escalofrío al entrar allí y observé en general. Había desterrados por todas partes absorbiendo la tristeza de las personas que esperaban allí a recibir noticias de sus seres queridos. Era un espectáculo grotesco. Podía verlos disfrutar con todo aquel sufrimiento, haciendo que se la gente se consumiera en su propio sufrimiento.
—¿No podéis hacer nada?— susurré a Leví espantada. Él, que no apartaba la mirada de nuestro derredor, negó con la cabeza.
—Hay guardianes en los hospitales que se encargan de estos desterrados... Aunque ignoro por qué hay una acumulación tan grande aquí.
—Yo voy a ir a buscar a alguien— dijo Dan mirando fijamente a Leví. Él asintió con la cabeza y Dan se marchó.
Luego, Leví miró a Caleb, como si le estuviese dando una instrucción, pero no llegó a pronunciar ni una palabra. Caleb asintió y se colocó al otro lado de Leví, quedando la madre de Elisa, Sara y yo rodeadas por ellos dos.
—Quizá tropezó al intentar escapar del fuego y se golpeó— intentó razonar la madre de Elisa mientras suspiraba, dándole vueltas a lo que había dicho el médico. —¿Vosotras no visteis nada?
—Yo la golpeé con el atizador de la chimenea— confesó Sarah.
La madre de Elisa la miró con espanto.
—¿Por qué harías algo así? ¿Qué pasó?
—¡No quería hacerle daño!— empezó a hablar mientras se le quebraba la voz. —Estábamos forcejeando y cuando creí que me iba a clavar esa maldita vara en la cara, conseguí quitársela y la golpeé. Pero no esperaba que se desmayara. Creí que no le había dado tan fuerte.
—¿Que Elisa te iba a clavar la vara en la cara? —la madre de Elisa abrió los ojos horrorizada. —¿Qué estabais haciendo en esa casa?
—No sabemos muy bien lo que pasó— traté de apoyar a Sarah, pero los ojos de la madre de Elisa empezaban a llenarse de lágrimas. —Elisa estaba irreconocible...
—No sé qué le pasa a mi hija— empezó a decir con la voz temblorosa. —A veces actúa como siempre, pero la mayoría del tiempo tiene una actitud agresiva y violenta. Hay días que se encierra en su cuarto por horas y no come ni duerme. —La mujer suspiró entre sollozos.—Esperaba que fuera algo pasajero y no quería decir nada a nadie, pero esto es demasiado. Por favor, si sabéis algo que yo no sepa que pueda explicar su comportamiento, decídmelo. Si es un problema de drogas o lo que sea, decídmelo. Os juro que no voy a denunciar a nadie, sólo quiero saber. Necesito entender lo que le pasa a mi hija.
—No se preocupe, señora. Después de hoy, su hija volverá a ser la de siempre— dijo Leví con la mirada perdida entre la gente de la sala de espera.
La mujer sonrió agradecida por las palabras de Leví. Me extrañó que hubieran conseguido tranquilizarla con tanta facilidad. Tal vez era otro de los poderes de los guardianes.
—Iré a esperar en la otra sala, por si acaso el doctor no nos encuentra cuando tenga los resultados del TAC— dijo la preocupada mujer.
Se puso en pie y abandonó la sala. Un par de desterrados que la habían estado observando, salieron detrás de ella. Miré a Leví preocupada, pero él negó con la cabeza.
—Estará bien. Estamos atentos a sus emociones.
Dan llegó y se sentó junto a Leví con un sonoro suspiro.
—¿Puedes creer que Jude está librando hoy? He tenido que llamarlo por teléfono para que venga a echarnos una mano.
Leví sonrió.
—Tiene una vida. No puede estar disponible para ti cada vez que lo necesites.
Ambos siguieron la conversación con naturalidad y Sarah y yo nos quedamos mirándolos embobadas. Leví sonreía pocas veces, pero cuando lo hacía conseguía hipnotizarme, haciendo que mi corazón palpitase como loco. Me aclaré la garganta cuando me di cuenta de lo que hacía.
—Perdóname, Angie, pero tengo que decírselo— susurró Sarah de repente.
—¿Qué? ¿El qué?
Sarah se puso en pie y se paró frente a ellos que de repente se quedaron callados mirándola.
—Angie me ha contado vuestro secreto— susurró como una niña traviesa, tan emocionada que me dio lástima haberla engañado. —Podéis estar tranquilos. No se lo diré a nadie.
Leví se puso tenso y me lanzó una mirada que decía claramente "pienso cobrarme este favor", mientras que Dan sonrió y tomó a Leví del brazo.
—Es un alivio que podamos sentirnos libres de expresarnos frente a ti, Sarah— dijo guiñándole un ojo.
Sarah se sonrojó.
—Creo que no deberíais mantenerlo en secreto. Hoy en día el amor es libre de ser expresado como uno sienta— concluyó tomándolos de las manos.
Caleb estaba aguantando la risa al ver la expresión de resignación de Leví.
—Yo creo que expresaremos el amor como nos parezca a nosotros— dijo Leví soltando la mano de Sarah, poniéndose en pie y saliendo por la misma puerta que había salido la madre de Elisa unos minutos atrás.
—Tal vez no debería haberme entrometido— dijo Sarah arrepentida —pero no he podido resistirlo. Nunca lo había visto tan relajado y cómodo como ahora.
—Descuida— dijo Dan poniéndose en pie también. —Ahora está preocupado. Después hablaremos sobre esto.
La intensidad de la mirada de Dan en los ojos de Sarah la hizo suspirar. Tal vez me equivocaba, pero me daba la sensación de que Dan estaba coqueteando con ella.
Una voz estridente sonó por megafonía llamando a los familiares de Elisa y todos fuimos hasta la habitación en la que estaba. Su madre ya estaba allí cuando llegamos y nos sorprendió ver que Elisa estaba consciente y hablando con ella.
—¡Elisa! ¿Estás bien?— exclamó Sarah tomándola de la mano.
Ella sonrió al principio, hasta que vio entrar a Leví en la habitación. Frunció el ceño e, incluso, hizo una mueca cuando los tres se pararon frente a su cama, como si le molestaran a la vista.
—¿Por qué estáis aquí?— inquirió cortante.
—Estábamos preocupados por ti— respondió Sarah.
—Mentira. Nadie se preocupa por mi.
—Elisa, hija mía, ¿qué dices?— dijo su madre. —Ellos te salvaron de las llamas.
—¿Y si yo quería morir quemada allí?
Su madre se cubrió la boca tratando de aguantar las lágrimas.
Entonces vi a un doctor diferente en la habitación. Entraba jadeante, como sise hubiera dado mucha prisa por llegar allí y sonrió. Esa sonrisa cálida me recordó a la forma en que me hacía sentir Mr. White y entrecerré los ojos. ¿Era un guardián también?
—Lamento el retraso— dijo retirándose el pelo de la frente. Tenía los ojos color avellana, detrás de unas gafas redondas y grandes. El pelo castaño le caía liso por encima de los hombros. —No esperaba ninguna urgencia hoy, pero supongo que nunca se sabe. Ya he hecho los arreglos pertinentes— dijo mirando a Leví.
—Bien, entonces no tenemos ni un segundo que perder.
Elisa empezaba a removerse incómoda, como si supiera que estaba a punto de ocurrir algo que no le gustaba.
Los guardianes se colocaron alrededor de la cama formando un triángulo, Caleb a los pies de la cama, y a ambos lados Leví y Dan.
La madre de Elisa miraba al médico insegura y luego a los guardianes que, a sus ojos, no eran más que compañeros de clase.
—¿Qué van a hacer con Elisa?— preguntó mirando al apuesto doctor. Él la miró fijamente y sonrió.
—No tiene de qué preocuparse. Todo irá bien.
La mujer, como si estuviera hipnotizada, asintió y volvió la vista a su hija de nuevo.
—¿Has visto eso?— susurró Sarah. —Parecía un Jedi.
No respondí y me limité a asentir. Ella no tenía ni idea de que ya lo habían hecho con ella en alguna ocasión.
—Señora, señoritas, deben acompañarme un momento— dijo el médico que acababa de entrar.
—¡Mami, no te vayas!— exclamó Elisa asustada, sin embargo pude ver al desterrado detrás de ella forzándola a manipular a su madre. —No me dejes sola con ellos.
—Cariño, no te va a pasar nada— respondió su madre tomándola de la mano.
—¡He dicho que no te vayas!— gritó empezando a ponerse agresiva. Su madre soltó la mano de su hija asustada y miró al médico insegura.
—Vamos, volveremos en unos minutos.
—¡Mamá! Mamá no te vayas. Por favor, no te vayas, mamá...— la insistencia de Elisa empezaba a ser insoportable para su madre, que acabó por salir de la habitación sin mirar hacia atrás.
En el instante en que salió, Elisa volvió a fruncir el ceño molesta.
—Seguidme. Veremos esto desde otro sitio más seguro— dijo entrando en una habitación contigua que estaba vacía.
—Vaya, no me había dado cuenta de que esta habitación estaba aquí— dijo la madre de Elisa observando la sala sorprendida.
—No es seguro que estéis presentes.
Sarah me miró con suspicacia. No era tonta y se había dado cuenta de que nuestros compañeros de clase no eran quienes decían ser.
—¿Por qué no?— preguntó la madre de Elisa. —¿Qué le van a hacer esos muchachos a mi niña?
—Puede estar tranquila, estará bien. Está en buenas manos.
El médico sacó una especie de cristal rectangular, lo puso sobre la pared y lo extendió, haciéndolo más grande con la punta de sus dedos pulgar e índice, como si fuera una pantalla desde donde podíamos ver lo que ocurría en la habitación de al lado.
—¿Qué es eso?— exclamó Sarah sorprendida. Intentó tocarlo, pero el médico se lo impidió.
—No se toca, ¿vale?— dijo sonriendo.
Sarah asintió intimidada.
Observamos en silencio las imágenes que nos mostraba el cristal. Todo seguía exactamente igual que cuando habíamos salido de la habitación, excepto que la expresión de Leví estaba contraída de dolor. Habló, pero no podía escuchar lo que decía. Por otra parte, Elisa tenía todo el cuerpo totalmente relajado y la cabeza inclinada hacia un lado, como si no pudiera moverse, sin embargo observaba a Leví con una sonrisa siniestra que me dio escalofríos. La madre de Elisa observaba asustada todo lo que ocurría. Estuvieron conversando unos minutos, y me llamó la atención que Leví parecía estar muy triste. ¿Qué estaba pasando?
—¿Qué está ocurriendo ahí dentro? ¿Por qué Elisa no se mueve? —inquirió la madre de Elisa. —No irán a hacer daño a mi hija, ¿verdad?
El semblante de mi amiga empezó a contraerse de pánico mientras negaba con la cabeza, como si estuviera suplicando por su vida. Leví sacó de debajo de su camisa un bonito colgante plateado con una piedra azul engarzada en un medallón tallado y se lo dio a Elisa. Ella lo tomó y lo observó con curiosidad. Dan la ayudó a colocarlo aproximadamente a medio metro de su rostro y ella se quedó mirándolo sin pestañear.
Una mirada rápida a los otros guardianes fue suficiente para que se aproximasen a la cama. Dan y Leví colocaron una mano sobre la cabeza de Elisa y con la que quedó libre agarraron las manos de Caleb. El familiar frío de los desterrados me hizo estremecer y supe que Sarah también lo había sentido, pues se cubrió los brazos con las manos intentando darse calor mientras observaba sin perder detalle lo que estaba ocurriendo.
—¿Qué hacen?— insistió la madre de Elisa, cada vez más exaltada.
El médico observó a la preocupada mujer y, negando con la cabeza, sacó una especie de lápiz de su bolsillo y se paró frente a ella.
—¿Puede sentarse un momento?— ofreció el doctor.
La mujer obedeció desconcertada y se sentó en una de las sillas de metal que había detrás de ella. Él puso la punta del lápiz en su frente e inmediatamente se desplomó, pero la sostuvo para que no cayera a un lado.
—Tu hija ha tenido un accidente en casa de Sarah. Nunca cambió. Siempre ha sido la misma— susurró en su oído.
La mujer se quedó como si estuviese dormida en el sofá.
—¿Qué le ha pasado?— preguntó Sarah espantada. —¿Qué le has hecho?
El doctor entonces miró a mi amiga que empezó a temer que ella iba a ser la siguiente.
—Angie, tenemos que irnos de aquí— me dijo sin apartar la mirada del doctor. —Creo que yo ya he visto eso antes...
—No temas, Sarah. No voy a hacerte nada— dijo mientras guardaba el objeto en el bolsillo de su bata de médico, como si fuera uno más de los bolígrafos que guardaba en éste. —La madre de tu amiga empezaba a ponerse nerviosa y no me gustaría tener problemas.
—¿Problemas?—Sarah empezó a hiper ventilar. —¿Qué le van a hacer a Elisa?
—Es algo simple, no te preocupes. —Se paró frente a ella y, en un movimiento rápido, sacó el artilugio de nuevo y lo puso en la frente de Sarah, que, igual que la madre de Elisa, se desmayó, siendo atrapada en seguida por los fuertes brazos del doctor, que la sentó en la silla contigua, junto a la mujer.
—Elisa se golpeó en la cabeza al tropezar cuando estabais juntas y las brasas de la chimenea han quemado tu casa —susurró también en su oído.
El médico suspiró cansado mientras observaba el aparato. Parecía estar midiendo algo. Luego me miró y yo sonreí mientras daba un paso hacia atrás por si era la siguiente.
—Estoy bien... no se preocupe— me esforcé por sonreír. —Yo ya estoy acostumbrada a estas cosas y no me pongo nerviosa... en serio. —Tragué en seco y di dos pasos más hacia atrás.
Él soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—No me atrevería a tocar a la protegida de Leví. Sería capaz de cortarme las manos.
Lo miré desconcertada y eso hizo que él se riera más todavía.
—Estaban demasiado nerviosas y no quería atraer a ningún enemigo mientras purifican a tu amiga.
Devolví la atención al cristal y vi que Leví, con el gesto contraído de dolor, seguía hablando concentrado mientras el medallón comenzaba a desprender una luz azulada hermosa que se veía reflejada en los ojos de Elisa, quien, de repente empezó a convulsionarse, arqueando hacia atrás la espalda y hacia delante. Con cada frase que decía Leví, la curvatura de la espalda de mi amiga era mayor hasta que, incluso yo, empecé a asustarme. Era la primera vez que veía cómo expulsaban a un desterrado de un cuerpo.
Los tres parecían cansados y por un momento parecía que Elisa les ganaba terreno, pero la intensidad de la luz de la joya aumentó, haciendo que Elisa se encorvara hacia atrás, como si sintiera un profundo dolor. Como si algo dentro de ella estuviera siendo extirpado.
La luz se fue atenuando hasta que se apagó y mi amiga fue poco a poco relajándose hasta que volvió a quedar tumbada sobre la cama. Parecía que estaba dormida.
—Elisa... —murmuré impaciente.
—Espera, algo no va bien —dijo el doctor sosteniéndome por los hombros.
—¿Qué ocurre?
—No... —musitó el médico.
En el techo de la habitación vi una sombra que flotaba de un lado a otro, como si fuera un animal enjaulado y de repente, desapareció.
Dan, furioso, empezó a gritar a Leví y golpeando la pared, salió de la habitación.
—¡No! —gritó el doctor, que salió rápidamente de la sala.
Asustada, permanecí observando a través del cristal cómo el médico entraba en la habitación y hablaba con Leví. Observó las manos de éste y me espanté al ver que estaban llenas de heridas. ¿Qué demonios había ocurrido?
No demoré ni un instante más. Corrí hasta la habitación y entré preocupada. Primero me acerqué a Elisa para asegurarme de que seguía viva. Suspiré aliviada al comprobar que estaba bien y que tenía mejor cara que nunca.
—¿Cómo está? ¿Qué era esa luz? ¿Qué le habéis hecho? ¿Por qué ahora parece diferente?— inquirí nerviosa.
—Ahora está bien —respondió Leví, que parecía estar agotado. Miré sus manos y, poco a poco, empezaban a verse mejor. Las heridas desaparecían lentamente. —¿Dónde están la madre y Sarah?— preguntó al médico.
—He tenido que borrarles la memoria. Estaban poniéndose nerviosas y empezaban a atraer energías negativas. Si las hubiera dejado conscientes, probablemente el desterrado que habéis extirpado y que ha escapado, se habría ensañado con ellas para vengarse.
—¿Se ha escapado? —pregunté asustada. Miré a mi alrededor asustada. Si había un ser tan fuerte como para escapar de los tres guardianes, tal vez intentaría atacarme.
—¿También has borrado la memoria de Sarah? —Leví arrugó la frente molesto. —Nunca aprenderás a no meterte donde no te llaman.
—Calma, guardián— el médico alzó las manos nervioso. —La chica está bien. Sólo ha sido un borrado superficial.
—Tenemos razones para no hacerle borrados de memoria. Tú deberías preguntar antes de actuar.
—Sí, sí... como digas— dijo el médico poniendo los ojos en blanco. —Pero ahora tenemos otro problema más grave que la memoria de la joven, y ese, Leví, no ha sido culpa mía.
El aludido apretó el puño con rabia, pero justo en ese instante Dan entró en la habitación, volviendo todas las miradas sobre él y relajando los ánimos.
—No está en ninguna parte. —Colocó las manos en jarra y miró a Leví molesto. —Tú y yo conversaremos sobre esto más adelante. ¿Cómo está Elisa? —se interesó.
—Ella está bien, pero Jude ha vuelto a hacer un borrado de memoria en Sarah —respondió Leví.
—¿Otra vez? Pero...
—Ya, ya lo sé —se quejó el médico. —Lo siento, ¿de acuerdo?
—En fin, yo me encargaré de ella— respondió Dan sonriente. —Tal vez la lleve a comer algo y se lo cuente todo.
—¿En serio?— protesté. —A mí siempre me decíais que no podíais decirme nada más, que era peligroso y que debía aprender poco apoco. ¿Qué pasa con ella? ¿Se lo vais a contar todo el primer día que descubra que todo esto existe?
—No te pongas celosa, princesa. Tú siempre serás nuestra chica favorita. —Dan sonrió y me guiñó un ojo.
Leví dio un codazo a su compañero, pero todos nos reímos. Dan parecía no tomarse nada en serio, sin embargo era una de las personas más confiables que había conocido nunca.
—Por cierto— dijo el doctor al que Dan había llamado Jude, —Veo que vuestra protegida está herida— señaló mi cabestrillo.—¿Necesitáis ayuda?
—No es que necesitemos tu ayuda para cuidar de ella, Jude— respondió Leví apretando los dientes, fingiendo una sonrisa. —Pero estaría bien que usaras tu poder para sanarla.
—Faltaría más.
El doctor se paró frente a mí y puso sus manos alrededor de mi brazo herido. Me estremecí de dolor al sentirlo.
—Tienes una fractura, señorita. Deberías tener más cuidado, o acabará por darle un infarto a tus guardianes— se rió. Leví apartó la mirada molesto.
Sentí un suave calor en el brazo seguido de un calambre, pero cuando estaba a punto de apartarlo, me di cuenta de que ya no me dolía.
—Listo. Brazo curado.
—¿Qué? —Moví el brazo en todas direcciones. ¡Acababa de soldar un hueso fracturado en cinco segundos! —¿Qué milagro es éste?
—En realidad es un poco del poder de nuestro Gobernante, transmitido a través de mis manos. Es un don que se me otorgó a causa de mi trabajo como guardián— explicó Jude orgulloso.
—¿Vosotros también podéis?— pregunté a Leví y Dan. Ellos negaron con la cabeza.
—Nosotros podemos hacer otras cosas necesarias para cumplir con nuestras misiones— explicó Dan.
—¿Como qué cosas? —insistí llena de curiosidad.
—Jude, ¿Puedes encargarte del resto?— dijo Leví interrumpiendo la explicación que Dan estaba a punto de comenzar. El doctor asintió con una sonrisita de autosuficiencia y salió de la habitación. —Dejemos a Elisa descansar. Estas cosas desgastan mucho los cuerpos físicos.
Fuimos hasta donde estaba Sarah y Dan tomó una silla para sentarse frente a ella.
—Voy a intentar despertarla— dijo mientras abría un pequeño estuche que había sacado de una mochila que traía.
—¿Eso era necesario?— protesté al ver la cabeza de mi amiga recaer hacia los lados cada vez que Dan la movía, como si estuviese muerta.
—Para nada, pero Jude siempre se excede con estas cosas— replicó Leví molesto.
—No te gusta mucho ese hombre, ¿no?— indagué con curiosidad.
—No es mi guardián favorito, pero es el mejor sanador de la zona. No me queda otra que soportarlo— frunció el ceño.
—¿Alguna rencilla del pasado?
Leví me miró entrecerrando los ojos.
—Creo que no te voy a dar más explicaciones, señorita preguntona—sonrió.
Me crucé de brazos disconforme. No me gustaba que siempre fuera tan hermético para hablarme de sí mismo, después de todo, él podía ver dentro de mí como si mirase a través de una ventana.
Vi que Dan sacaba un aparato que, a simple vista, me parecía un desodorante de rol-on. En un extremo tenía una esfera metálica encajada en una cobertura blanca que parecía amoldarse perfectamente a la mano de Dan.
Primero la pasó por su frente y luego por las sienes. En cuanto hubo terminado, la agarró de las mejillas con suavidad y le sopló en la cara. Ella, espantada, abrió los ojos y dio una bocanada de aire, como si no hubiera podido respirar hasta ese momento.
—¿Qué demonios ha...? ¡Dan!— exclamó jadeante al ver al guardián tan próximo a ella.
—¿Estás bien?— preguntó aparentando preocupación. No podía creer la facilidad que tenía Dan para fingir. —Te habías desmayado.
—¿Yo?¿Desmayarme? Sería la primera vez que...
Sarah se quedó pensando unos instantes mientras intentaba poner un poco de espacio entre ella y Dan.
—Mi casa... Elisa... ¿Elisa está bien?— se puso en pie rápidamente y eso provocó que perdiera el equilibrio, pero Dan tuvo los reflejos suficientes para sostenerla entre sus brazos.
—Vaya, parece que te gusta tenerme cerca— dijo ella alzando una ceja y sonriendo coqueta.
Leví se aclaró la garganta y Dan la soltó en seguida.
—¿Crees que podrás caminar hasta la casa de Angie?— le preguntó sosteniéndola del brazo.
Sus ojos color miel la escrutaban con intensidad y ella suspiró. Bajó la mirada con timidez y asintió. Nunca había visto a Sarah tan nerviosa ante un chico. ¿Qué demonios estaba haciendo Dan con ella?
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