Capítulo 14
Tan pronto como terminé de comer, me encerré en mi cuarto para estudiar. O al menos lo intentaba. Había demasiadas cosas rondando por mi cabeza y apenas lograba concentrarme.
Miré mi reloj nerviosa. Se aproximaba la hora en la que había quedado con Sarah y todavía no sabía cómo iba a salir sin que nadie se diera cuenta. Gruñí frustrada mientras me sacudía el pelo.
Miré por la ventana. Saltar por ahí era tentador, pero mi intención era ir a casa de mi amiga y no al hospital, así que mis ojos volvieron a la puerta de mi cuarto. Tal vez debería intentar salir sin hacer ruido. Con mi abuela lo había hecho mil veces, así que pensé que no me costaría conseguirlo.
Me deslicé cautelosa por el pasillo, orgullosa de lo silenciosa que estaba siendo. Miré hacia el salón y podía escuchar a Dan hablando. Nadie se estaba dando cuenta de que había salido.
Discretamente puse la mano sobre el pomo de la puerta, cuando de repente, sentí otra mano sobre la mía y di un grito. Me tapé la boca, como si todavía hubiera alguna esperanza de no ser escuchada.
—¿Adónde crees que vas?— preguntó Leví parado frente a mí. ¿Cuándo demonios había llegado a la puerta? ¿Acaso me estaba esperando?
—Voy a... la biblioteca...— musité nerviosa. Empecé a sentir un sudor frío por la espalda.
—Déjate de estupideces, Angie. ¿Intentas escaparte?— alzó la voz
—Sí... —admití derrotada. No sabía cómo lo hacía, pero parecía que se metía en mi cabeza y siempre sabía cuáles eran mis intenciones.
—¿No sabes que es peligroso? Ahí fuera acechan muchas cosas que desconoces.
—Sólo quería ir a casa de Sarah. Queremos tener una tarde de chicas, como las que teníamos antes de que todo se volviera tan extraño entre nosotras.
—¿Y tenías que marcharte a escondidas?
Leví se quedó pensativo unos instantes y se cruzó de brazos, haciendo que sus pectorales se alzaran como dos globos atrapados entre unos bíceps de infarto. Miré en otra dirección cuando sentí que me estaba ruborizando.
—Te han citado a solas...— puso el dedo indicador sobre su barbilla y entrecerró los ojos. —¿Elisa también estará ahí?
Alcé una ceja molesta por el repentino interés.
—Sí, por supuesto. ¿Por qué eso es relevante? ¿Ocurre algo con ella?
Leví ignoró mis preguntas mientras parecía estar cociendo una idea en su cabeza. ¿En verdad tanto le apetecía ver a Elisa?
—Irás a encontrarte con ellas, pero nosotros también.
—¡Es una tarde de chicas! —protesté.
—No entraremos en la casa. Nos quedaremos en la parte exterior, vigilando que no ocurra nada y donde ellas no puedan vernos.
—¿De qué hablas? No va a ocurrir nada, además, lo que yo haga con mis amigas no es de vuestra incumbencia.
—Te equivocas. Es absolutamente nuestra incumbencia. Se hará como te he dicho, o te quedas en casa.
—¿Y quién os habéis creído que sois para controlarme así?— exclamé alzando la voz molesta.
—¡Tus guardianes!— él también levantó la voz. —Nuestra razón de ser no es otra que protegerte y velar por ti, y te juro por todo lo que hay sobre la tierra que si no cooperas, te ataré a una silla para que no puedas moverte hasta que dejes este mundo.
Lo miré sorprendida, a la vez que amedrentada. No esperaba esa respuesta y me había dejado sin palabras. Al fin y al cabo, tampoco me había prohibido ir. ¿Realmente valía la pena seguir discutiendo?
—Está bien...— murmuré derrotada.
Leví se fue a su cuarto para cambiarse de ropa y me quedé allí parada, intentando enfriar un poco mis mejillas.
—¿La has detenido?— oí gritar a Dan desde el salón.
—Sí —respondió Leví desde su cuarto. En seguida se escuchó la risa burlona de Dan.
—¿Es que todos os habíais dado cuenta?— pregunté exasperada.
—Sí—exclamó Caleb, que también estaba en el salón estudiando algunos libros.
—¡Por supuesto, peque!— Dan asomó la cabeza por la puerta del salón —Te han escuchado todos los vecinos del edificio.
Molesta, me crucé de brazos. Estaba claro que ellos no eran mi abuela. Se acabaron los intentos de fuga. Nunca podría evitar que sintieran mis emociones desde cualquier lugar de la casa. Bufé molesta, cuando la aparición de Leví sin camiseta entrando en el baño me dejó sin habla.
—Maldita sea, como sigáis paseando así por la casa, la que tendrá que irse para evitar la tentación soy yo.
Llegamos a la casa de Sarah y me paré frente al imponente portón de la entrada. Iba a llamar al timbre, cuando me di cuenta de que me temblaba la mano. ¿Qué demonios me pasaba? ¡Sólo eran mis amigas! ¿Por qué estaba tan asustada?
Tomé aire para armarme de valor y conseguí pulsar el botón del timbre. Unos segundos después escuché la voz de Sarah.
—¡Angie! Bienvenida... ¿Estás sola?
Miré en la dirección donde estaban los guardianes, estratégicamente colocados por Leví para controlarme mejor sin ser vistos.
—Sí, estoy sola— mentí.
La puerta se abrió y entré. Coloqué una ramita para que la puerta no se cerrara del todo y permitir que entrasen con facilidad si hiciera falta.
Había intentado convencer a Leví para que alguien se quedara en casa con mi abuela, pero él insistía en que el objetivo de Azariel era yo, no mi abuela, y que, como guardiana, debía ser capaz de defenderse si era atacada. La visión que había tenido al salir de clase me había dejado intranquila, sin embargo, no podía preocupar a todo el mundo por una simple alucinación, causada, tal vez, por todo el estrés que estaba padeciendo.
Recorrí el pasillo de piedras demarcado por una hilera de enormes chopos deshojados. Aunque no había ni una sola hoja en los árboles, tampoco la había en el suelo. A los lados, el césped verde y frondoso indicaba el esmero con el que se cuidaba. Todo se veía perfecto a simple vista, sin embargo, sentía que algo estaba mal allí. No era como siempre.
Una oleada de viento frío me hizo estremecer y miré a mi alrededor, por si había desterrados, pero no conseguía ver nada más que el jardín, con sus arbustos perfectamente podados.
Me paré frente a la puerta y Sarah abrió cuando estaba a punto de llamar.
—¡Angie! Qué ganas tenía de que llegases. ¡Pasa, pasa! Elisa nos espera en el salón. —Sarah estaba tan risueña como de costumbre, pero me llamó la atención que tan pronto como entré, se asomó para asegurarse de que nadie más venía detrás. Inmediatamente, cerró con un sonoro golpe que me sobresaltó.
El recibidor de la casa, aunque no era muy grande, parecía acogedor y tenía varias fotos familiares en las que Sarah sonreía respaldada por sus padres. Éstas mostraban a una familia feliz y unida, pero ¿Qué había pasado con ellos?
A la derecha estaba el salón principal, donde nos esperaba Elisa sentada en uno de los sofás mientras observaba el fuego de la crepitante chimenea.
—Hola, Elisa— saludé intentando sonreír, pero ella me miró con el ceño fruncido sin responder.
Sarah se sentó a su lado y fue cuando me di cuenta de que parecía preocupada. La expresión de Elisa no era normal. La había visto enfadarse con nosotras infinidad de veces, pero últimamente empezaba a temer lo peor.
—¿Estás bien?— pregunté cautelosa.
Ella, como si la hubieran sacado de un trance, me miró con los ojos cargados de rabia.
—¿En serio? ¿Te preocupas por si estoy bien?— espetó sarcástica.
—Angie —interrumpió Sarah antes de que Elisa sacara las cosas de quicio. —Estos días he estado hablando con Elisa y... creo que debéis arreglar las cosas entre vosotras para que todo siga como antes.
—¿Arreglar las cosas?— musité confusa. No recordaba que hubiera ocurrido nada más aparte del malentendido con Leví. ¿Eso había sido para tanto?—No lo entiendo. ¿Qué es lo que ha ocurrido exactamente?
—¿Vas a negarlo?— insistió Elisa. Yo la miré desconcertada.
—Elisa, cálmate y déjame hablar a mí— la tranquilizó Sarah. —Verás, tenemos razones para pensar que Leví y Dan también están viviendo en tu casa.
No respondí y bajé la mirada, sintiéndome culpable por intentar ocultarlo de mis amigas.
—¡No me malinterpretes! Por mí puedes acostarte con todo el instituto. Ya sabes que no soy celosa, siempre que luego me los pases a mí— se rió. —pero Elisa está... disgustada.
—¿Por qué creéis que están viviendo en mi casa?— me aclaré la garganta nerviosa. ¿Era cosa mía o empezaba a hacer un poco de calor?
—Elisa los ve entrar en tu casa por las noches y dice que no vuelven a salir.
—¿Y por qué Elisa sabe...?
—¡Esa no es la cuestión!— me interrumpió la aludida. —¿Viven contigo o no?
Suspiré derrotada.
—No os lo voy a ocultar más. Sí, viven en mi casa, pero que estén allí no significa nada, ¿vale? Están allí por Caleb.
Elisa empezó a llorar desconsolada y traté de ponerle la mano en el hombro para tranquilizarla, pero ella la golpeó con rabia. Todo aquello empezaba a parecerme demasiado exagerado. Era como si estuviese buscando cualquier excusa para enfadarse conmigo.
—Leví es el único chico que de verdad me ha gustado. Siento que se me rompe el corazón en mil pedazos sólo de pensar en que tú y él pasáis las noches bajo el mismo techo. A saber qué estaréis haciendo...
Me sonrojé cuando recordé las noches juntos y ese detalle no se les escapó.
—Pero...¿qué dices? —insistí. —Tú me conoces. Sabes que yo nunca...
—Eso creía, pero la Angie que yo conozco no va metiendo a chicos en su casa. Lo único que yo quería era a Leví...
—Tú no lo entiendes, él no está disponible— la interrumpí desesperada porque entendieran lo que quería decir sin tener que explicar quienes eran en realidad y que las emociones y los sentimientos estaban prohibidos para ellos.
—¿Es homosexual?— preguntó Sarah de repente entrecerrando los ojos, como si estuviera atando cabos.
—¿Qué? ¡No!... quiero decir, sí...
Esa era mi oportunidad para poder hacerlas entender que aquellos chicos no estaban disponibles, aunque estaba segura de que Leví no lo aprobaría en absoluto.
—Ahora todo tiene sentido...— musitó Sarah.
—Pero por favor, no le digáis nada. Lo lleva en secreto.
—Era lógico que alguien tan sofisticado, inteligente y guapo como él fuera gay. Seguro que Dan es su novio y por eso me rechazó. —Sarah acrecentó involuntariamente la pequeña mentira.
—Sí... los tres. Son muy... gays.
—¡Qué desperdicio!— Sarah se lamentó negando con la cabeza. —Quizá yo podría intentar que dejen de serlo— se rió.
Elisa, que hasta entonces había guardado silencio, empezó a llorar amargamente.
—¿Por qué siempre me pasan a mí estas cosas?— se secó las lágrimas con el reverso de la mano. —Él es perfecto. Demasiado perfecto. Él tenía todo lo que siempre he querido en un chico... y por un momento pensé... pensé que...
—Lamento el malentendido de la cena, chicas... Entonces yo tampoco sabía que eran gays— seguí la mentira. —Desde aquella noche que os marchasteis enfadadas siento que nada ha vuelto a ser lo mismo entre nosotras y os echo de menos. Sois mis mejores amigas y no quiero que unos chicos interfieran en nuestra amistad.
Sarah suspiró y me abrazó.
—No seas tonta. Nada ha cambiado entre nosotras. Antes muerta que dejar que unos chicos se interpongan en nuestra amistad.
Ambas tendimos un brazo a Elisa para que se uniera a nosotras en un abrazo colectivo, pero no se movió de donde estaba.
—No es justo... ¡odio mi vida!— exclamó furiosa.
En ese momento, un fuerte viento se levantó dentro del salón,convergiendo en Elisa, como si fuera el centro de un huracán y haciendo volar todo a nuestro alrededor.
Sarah y yo nos lanzamos al suelo para evitar que nos golpearan los muebles que giraban en la caótica vorágine provocada por nuestra amiga.
—¿Qué está pasando?— exclamó Sarah preocupada.
Su rostro había cambiado, era como si hubiera dejado de ser nuestra amiga y se hubiera convertido en un monstruo. Me fijé bien y pude ver las sombras de los desterrados a su alrededor, pero eran sombras distintas.
—No soy más que una empollona sin personalidad que vive su vida a vuestra sombra. Soy el cero a la izquierda del grupo. Nadie tiene ojos para mí cuando estáis vosotras porque sois demasiado perfectas. ¡Os odio! ¡¡No os soporto!! Ojalá no existieseis.
Tan pronto como terminó de hablar, el viento cesó y todo cayó al suelo. Ella tomó una vara de atizar el fuego y trató de golpearnos con ella. Conseguimos esquivarla, así que, llena de rabia, fue hacia la chimenea y, con la vara, empujó algunas brasas sobre la alfombra.
—¡Elisa! ¿Qué estás haciendo?— gritó Sarah mientras pisoteaba las brasas de la alfombra.
Elisa la empujó y empezó a forcejear con ella, intentando clavarle la vara de hierro en la cara.
—¡Todo se acaba aquí, mi miseria y vuestra vanidad!
Intenté detenerla y ayudar a Sarah. La empujé con todas mis fuerzas y cayó al suelo, pero el fuego empezó a extenderse sobre la alfombra y el sofá y busqué algo que me ayudara a extinguirlo. Aprovechando que estaba distraída con el fuego, Elisa me golpeó con la vara en el brazo y bramé de dolor. Luego volvió a atacar a la desconcertada Sarah.
—¡Angie, tienes que sofocar el fuego!— exclamó ésta desesperada intentando quitarse a Elisa de encima.
Agarré unos cojines y empecé a golpear las llamas de la alfombra, pero se habían extendido demasiado y ya no era suficiente. Ahora también había fuego en las cortinas y los sofás.
El humo empezaba a ser demasiado espeso y me rasgaba la garganta al pasar hacia mis pulmones. Apenas podía abrir los ojos y sentía que me mareaba por la falta de oxígeno.
—Sarah, tenemos que salir de aquí— dije entre toses.
—¡Elisa se ha desmayado! Ayúdame a sacarla— dijo mientras tomaba a nuestra amiga de los brazos e intentaba tirar de ella.
Sarah era demasiado menuda y no podía cargar con Elisa, que era bastante alta. Tiraba de ella y apenas conseguía moverla.
—Tómala de los pies— le indiqué. —Yo agarraré sus brazos.
Poco a poco fuimos hacia la puerta de salida, donde podía escuchar a Caleb golpeándola con insistencia y llamarnos. La abrí y el guardián, alterado, nos miró con cierto alivio al ver que todas estábamos bien.
—Vamos, tenéis que salir de aquí. —Se adelantó y tomó a Elisa en brazos sin ningún esfuerzo. Salió de la casa y nosotras lo seguimos. Una vez en el exterior, nos dejamos caer sobre el césped agotadas.Apenas conseguíamos llenar los pulmones de oxígeno, porque no parábamos de toser.
Volví la mirada hacia la casa y vimos impotentes cómo el fuego devoraba todo a su paso.
—¿Cómo está Elisa?— pregunté aproximándome a ella, que seguía en brazos de Caleb.
—Está inconsciente. —Caleb me miró consternado, como si supiera que algo malo ocurría y no quisiera decirlo en voz alta.
Escuchamos el sonido de las sirenas de los bomberos. Alguien debió haberlos llamado al ver el humo salir de la casa.
—¿Cómo hemos llegado a esto?— Sarah empezó a llorar. —Yo sólo quería solucionar las cosas entre vosotras, pero...— se cubrió la cara con las manos —mi casa se quema y mis padres me van a matar.
Me sorprendió que estuviera más preocupada por la casa que por ella misma. ¿Qué clase de padres tenía que se enfadarían por algo así?
—¡Angie! —escuché la voz de Leví aproximándose a nosotros. —¿Estás bien? Estás sangrando.
—Sí, no es nada. Sólo ha sido un golpe— respondí intentando restarle importancia. Me puse la mano en el brazo y me di cuenta que me dolía mucho. La adrenalina me había impedido ser realmente consciente de lo que me había pasado.
—Tiene que verte un médico. Parece que hay una contusión importante—dijo al examinar mi brazo.
—Tenéis que salir de aquí— indicó Dan mientras tomaba a Elisa en brazos y la sacaba del recinto de la casa. Le seguimos sin protestar.
Dos camiones de bomberos y una ambulancia llegaron en seguida y entraron hasta el jardín, destrozando todos los arbustos y el césped. Ya no quedaba nada de la perfección que había encontrado al llegar. Con sus mangueras empezaron a intentar sofocar el fuego, pero no era fácil de conseguir. Cuando parecía que se iba apagando, instantáneamente volvía a crecer, como una mala hierba.
Uno de los bomberos se aproximó a nosotros.
—¿Estáis todos bien? ¿Queda alguien en la casa?
—Estamos bien. Todos estamos a salvo— respondí. Él, seguido de otros dos bomberos, fueron a ayudar a sus compañeros a extinguir el fuego.
Abracé a Sarah, que lloraba desconsolada.
—No te preocupes por la casa, lo importante es que tú estés bien —intenté calmarla.
—No, tú no conoces a mis padres. Ellos se preocupan sólo por sí mismos. Preferirían mil veces que me quemara yo en vez de la casa.
—No digas tonterías, Sarah. —La abracé con más fuerza y sentí que estaba temblado.
—¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a dormir? Mis padres no vuelven hasta dentro de una semana.
—Quédate en mi casa— sugerí inmediatamente. Ella me miró secándose las lágrimas.
—¿Lo dices en serio?
Entonces me di cuenta del tremendo error que había cometido. Acababa de asegurarles que los guardianes eran gays. Estaba segura de que Sarah no tardaría en averiguar que era mentira. Suspiré preocupada.
—Sí, ¿por qué no?
Como decía mi abuela, la palabra dicha era como una flecha lanzada que nunca podría recuperarse. Ahora me tocaba afrontar las consecuencias de mi mentira.
—Gracias, Angie.
—No hay de qué.
Sarah dio un último vistazo a la casa, mientras los bomberos se esforzaban por seguir apagando el fuego.
—¿Crees que mis padres se darán cuenta?— preguntó seria de repente.
Sarah y yo nos miramos y empezamos a reírnos histéricas por la suma de todo lo que acababa de pasar.
Nos acercamos a Elisa que estaba recostada sobre una camilla de la ambulancia. Tenía una mascarilla de oxígeno puesta y todavía no había recuperado la consciencia.
—¿Cómo está?— preguntó Sarah abalanzándose sobre ella.
—Por favor, señorita, hágase a un lado— dijo una ATS mientras los médicos intentaban averiguar qué le pasaba. —Ha respirado demasiado humo y necesita oxígeno. En seguida se pondrá bien.
Otro de los médicos empezó a examinar mi brazo. Cada vez me dolía más, pero me esforcé por no quejarme demasiado para no asustar a Sarah, que ya estaba bastante nerviosa.
—Tiene que ir al hospital para que le vean esto— dijo el médico. —Parece que hay fractura, aunque no puedo decirlo con toda seguridad a causa de la inflamación producida por la herida.
Me puso un cabestrillo y me indicó que subiera a la ambulancia parallevarme al hospital.
—No hará falta. Iré por mi propia cuenta— aseguré tratando de hacerme la fuerte. El médico no parecía estar de acuerdo, pero tampoco podía obligarme a ir en la ambulancia. Lo cierto era que apenas podía mover el brazo y cada vez que me tocaban, tenía que aguantar las ganas de llorar, pero mi amiga me necesitaba.
—No puedo creer que Elisa nos odie tanto para llegar a este extremo—musitó Sarah.
—Debe estar pasando por un momento difícil. No creo que realmente nos odie— me limité a responder.
—Pues si de verdad no nos odia, su interpretación ha sido muy convincente —dijo señalando la casa. —¿Qué crees que ha sido ese viento que había en la casa cuando ella se enfadó?— me preguntó asustada,mientras se cubría con una manta térmica que le habían dado los de la ambulancia.
—No lo sé— respondí sin apartar la mirada de Elisa. Todavía podía ver sombras oscuras sobre ella. ¿Qué le estaba pasando a mi amiga?
—¿Un viento, has dicho?— preguntó Leví. Me miró frunciendo el ceño. —Tienes que contarme con todo detalle lo que ha pasado ahí dentro.
—¿Ahora? —pregunté. Miré a Sarah, que nos observaba interesada. No creí que fuera buena idea mencionar nada de los desterrados delante de ella, sin embargo, Leví no pareció compartir mi opinión.
—Los desterrados que estaban aquí esta tarde eran diferentes de los que hemos enfrentado hasta ahora y eso me preocupa.
—¿Desterrados? ¿De qué hablas?— inquirió Sarah.
—Me temo que es algo que merece ser contado en la tranquilidad de una buena sobremesa— añadió Dan dando un codazo a Leví.
—¿Nos estás invitando a tomar algo?— preguntó Sarah con su sonrisa más coqueta.
—Puede ser— Dan le devolvió la sonrisa.
—Vámonos —ordenó Leví. —Este lugar no es seguro.
Caminábamos en dirección al hospital al que iban a trasladar a Elisa, de ese modo, estaríamos allí para cuando despertase.
Tanto Dan como Leví estaban magullados. Hasta ese momento me había estado preguntando qué podía haber pasado para que no hubieran aparecido antes a ayudarnos. ¿Qué les había pasado?
El teléfono de Sarah empezó a sonar y ésta se puso pálida.
—Es mi padre— murmuró mientras empezaba a hiperventilar. —La policía debe haberse puesto en contacto con ellos.
—Ánimo, Sarah— puse la mano sobre su hombro y ella sonrió aterrada.
—Si ves que no vuelvo, ve a salvarme— bromeó mientras se apartaba a un lado para hablar con más tranquilidad.
—¿Qué demonios ha pasado ahí dentro?— preguntó Dan tan pronto como Sarah salió de nuestro campo auditivo.
—No lo sé. Elisa ha estado actuando extraño los últimos días y hoy parece que ha explotado. A su alrededor había una especie de aura oscura, pero no era como los desterrados que había visto hasta ahora... Ella...
Empecé a notar cómo se me hacía un nudo en la garganta. No podía soportar la idea de que algo estuviera atormentando a Elisa hasta el punto de dejarse llevar por los desterrados, y mucho menos ser, en parte, culpable de ello.
—Eh, tranquila. No es culpa tuya— dijo Leví mientras me pasaba el brazo por los hombros y me traía hacia él.
—No has oído las cosas horribles que ha dicho... Era como si toda la miseria de su vida fuera culpa nuestra. Dijo que nos odiaba y que ojalá no existiéramos.
—Eso son palabras de Azariel en su boca. No debes dar oído. Sólo intenta hacer daño.
—¿Pero puede ser que ella se sienta así en el fondo?— insistí. —Quiero decir, puede que los desterrados hayan incrementado los sentimientos que ella tiene en realidad.
Leví suspiró preocupado.
—Azariel, al igual que todos los desterrados, perciben las energías negativas que emanan de nosotros. Sabe cuáles son nuestros miedos, nuestros temores, nuestros complejos y, por supuesto, sabe en qué momento estamos más débiles emocionalmente para usarlos en nuestra contra. Es su manera de fortalecerse y han ido perfeccionando sus técnicas a través de los siglos hasta convertirse en perfectos depredadores de almas.
—Ya veo...— bajé la mirada triste. Eso quería decir que, en el fondo, Elisa sí pensaba las cosas que nos había dicho.
—Debes entender que todos tenemos debilidades, dudas y miedos. Nadie está exento. No pienses que, por eso, la amistad de Elisa es menos auténtica.
Tenía razón, pero no podía evitar sentirme mal por el sufrimiento de Elisa. Si al menos hubiéramos sido capaces de verlo antes, podríamos haber evitado todo aquello.
Miré a Sarah, que caminaba hablando por teléfono varios metros por detrás de nosotros. Estaba gritando y llorando. ¿Acaso era cierto que sus padres estaban enfadados con ella? Apenas los conocía, pero me resultaba difícil creer que existiera ese tipo de padres, más preocupados por los bienes materiales que por la vida de su propia hija.
Entonces recordé el problema que se me vendría encima aquella noche, cuando Sarah viniera a dormir a casa. Tomé aire, lista para enfrentarme a la ira de Leví, cuando le hablara sobre mi pequeña mentira.
—Por cierto, chicos, tengo algo que confesaros... —Los tres me miraron expectantes. —Veréis, el detonante que ha hecho que Elisa explote esta tarde ha sido el rechazo de Leví.
El aludido se aclaró la garganta incómodo.
—Estás hecho un casanova— se burló Dan.
—Por lo visto, han descubierto que los tres vivís en mi casa y empecé a sentirme abrumada con sus preguntas y sospechas. Les dije que no estabais disponibles, una cosa llevó a la otra, y...
—Vamos, dilo ya, que nos tienes en ascuas— apremió Dan.
—Les he dicho que sois homosexuales.
—¿Qué? —dijeron todos a la vez.
—En realidad yo no lo dije, fue Sarah quien preguntó, pero yo no lo negué.
—¿Y que lo haya pensado Sarah te da derecho a mentir sobre nosotros? —espetó Leví, visiblemente molesto.
—Creí que así podría apaciguar los celos de Elisa, pero no funcionó.
—No puedo creer que Sarah crea que soy gay— se lamentó Dan. —¿Qué voy a hacer ahora con mi vida?
—La cuestión es que... como Sarah no tiene donde pasar la noche, vendrá a dormir a casa y, si queremos que poco a poco vayan superando el rechazo de los guardianes, me preguntaba si...
—Olvídalo —sentenció Leví antes de dejarme terminar la propuesta.
—¡No tenéis que hacer nada! Sólo seguidme la corriente.
—No.
—Al menos, intentad no negarlo frente a Elisa. Puede que sea la única manera de mejorar las cosas entre nosotras.
—Vamos, Leví. Será divertido— se rió Dan. —A mí siempre me ha gustado la interpretación. Estoy seguro de que puedo poner a prueba mi talento fingiendo ser gay.
Leví miró a Caleb suplicante.
—¡Apóyame en esto! ¿Qué opinas tú?
—A mí me da igual— respondió encogiéndose de hombros. Leví lo fulminó con la mirada.
—Vamos, cara de palo, somos tres contra uno— se rió Dan.
—Maldita sea, está bien.
—¡Bien! —Dan lo abrazó mientras daba saltitos, y Leví trató de quitárselo de encima malhumorado.
—Sarah pensó que vosotros sois pareja, y que por eso Dan la rechazó—añadí. Eso llamó la atención de los guardianes.
—¿Recuerda que la rechacé?— dijo Dan volviendo a estar serio. Miró a Leví preocupado.
—Yo hice lo que tenía que hacer, pero también tuve que borrar la memoria de Elisa, quizá por eso Sarah recuerda algo de lo que pasó.
—Espero que sea así— murmuró Dan frunciendo el ceño.
Volví a mirar a Sarah. Había terminado de hablar por teléfono, pero seguía caminando a varios metros de nosotros. Nos detuvimos para esperarla y cuando nos alcanzó vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Todo bien?— pregunté poniéndole la mano en el hombro.
Ella negó con la cabeza sin lograr articular palabra y me abrazó con fuerza. El brazo me dolió a morir, pero resistí el dolor por ella.
—¡Son despreciables!— exclamó. —No puedo creer que fueran capaces de sentir suficiente amor como para tener una hija. ¡Los odio, Angie, los odio!
La abracé y la dejé desahogarse. Miré a los guardianes preocupada, pues sabía que todos esos sentimientos llamarían la atención de los desterrados y me preocupaba lo que pudieran hacerle, pero ellos tenían sus medallones en la mano y murmuraban palabras que mantenían a los desterrados lejos de nosotras.
—Vamos, cálmate, Sarah. Esta noche tendremos tiempo de charlar tranquilamente en casa.
Mi amiga se secó los ojos y se forzó a parar de llorar.
—Sí. Ahora debemos ir a ver a Elisa.
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