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Alanna

La trenza me hacía daño. Más que nada porque cada pelo de mi cabeza estaba estirado hasta más no poder y engarzado a conciencia en aquel entramado. La primera vez que nos habían enseñado a usar aquella banda de plástico que parecía cinta americana, había pensado que serviría para cualquier cosa menos para recogerse el pelo. Y lo peor era que incluso así, los mechones más cortos seguían decididos a no someterse a las normas de la academia.

— ¡Rix! ¡A tu derecha!

Me giré con rapidez, justo a tiempo para detener con el antebrazo el golpe que mi compañera había dirigido hacia mí. Los combates directos de múltiples oponentes requerían mucha concentración. Y yo solía tenerla casi siempre. Pero en aquel momento estaba un poco distraída evitando que el pelo se me metiese en la boca.

— Bien, cadetes. Descansad.

Todos los ataques se detuvieron y fueron sustituidos por jadeos de cansancio y movimientos lentos. Nos agrupamos a la espera de que la comandante Willow nos diera nuevas órdenes. Sin embargo, la mujer del pelo dorado y los ojos de acero no hizo ningún gesto, ninguna señal. La confusión creció poco a poco. Tenía que hacer algún movimiento para indicarnos la siguiente posición. Que estuviera impasible mirándonos a todas pero sin centrar la vista en ninguna era una mala señal. 

Fue entonces cuando clavó sus ojos en mí.

Con lentitud, movió una mano indicándonos que formásemos una fila. Lo hicimos. Dio un grito para que nos girásemos y la mirásemos. Lo hicimos. Con las manos entrelazadas a la espalda, se paseó lentamente siguiendo la fila. Manteníamos la vista al frente, conteniendo la respiración. Intenté permanecer serena cuando la vi acercarse. Me obligué a no dar un paso atrás cuando se detuvo frente a mí. Sentí a Dast estremecerse a mi lado, lo cuál me aclaró que estaba metida en un lío.

— Cadete Rix, míreme.

La obedecí. Si Medusa hubiese sido una persona real, habría tenido la misma expresión que la comandante Willow en aquel preciso momento. Parecía estar a punto de saltar sobre mí para destrozarme en pedacitos. Repasé frenéticamente todos mis movimientos de los últimos veinte minutos. No encontraba el error fatal.

— ¿Se ha leído el reglamento?

— Sí, comandante.

— ¿Lo ha memorizado?

— Sí, comandante.

— ¿En serio? ¿Puede probarlo?

La pregunta me dejó descolocada. No era extraño que de vez en cuando nos hiciesen preguntas teóricas en los entrenamientos. Pero el reglamento era algo sagrado. Todas las personas reclutadas debían de conocerlo a la perfección y cumplirlo de forma estricta. Que te preguntaran por el reglamento era algo así como que cuestionasen tu lugar en aquel sitio. Sinceramente, me sentí humillada.

— ¿Quiere que le recite el reglamento, comandante?

— Código 396.8. Sección F.

Tragué saliva. Aunque el resto de mis compañeras no me estaban mirando, sentía su presencia como un peso que aumentaba a cada tick del reloj. Inspiré con profundidad. Si iba a pasar por aquello, al menos lo haría con dignidad.

— El Cabo Comandante de Escuadra impartirá a los soldados de su unidad, bajo la dirección del teniente segundo, los conocimientos que deben tener de los reglamentos y leyes militares y será responsable del atraso que se note en ellos.

— Bien. ¿Le dice algo esto, Rix?

— Debemos de trabajar y esforzarnos para no responsabilizarla de nuestros errores. Usted nos ofrece lo mejor. Debemos darle lo mejor.

— Un discurso precioso.— la mujer dio un paso al frente. Me mantuve en mi sitio, pero cometí el error de apartar la mirada.— Pero, como ya he dicho en numerosas ocasiones, las palabras no van a salvar a nadie de la guerra. En este caso, las palabras no van a servirle para ser de utilidad.

No contesté. Sabía que tenía que aguantar el tirón, esperar a que se acabara la clase y respirar. Contar hasta 100 y no perder la calma. No si quería seguir allí dentro. Y quería seguir allí dentro.

— Si ustedes fracasan, me hacen fracasar  a mí. Si se avergüenzan delante de los superiores, me avergüenzan a mí. Llevo demasiado tiempo en este cargo como para permitir que alguna cadete inexperta o desaplicada me deje en mal lugar. ¿Ha quedado claro?

Todas asentimos en silencio.

— Las normas de vestimenta son claras. No pueden permitirse el lujo de desconcentrarse en un combate porque el pelo les tape los ojos. No siempre va a tener a alguien gritándole que tenga cuidado mientras usted está ocupada con su peinado. ¿Me ha entendido, Rix?

Volví a asentir con la cabeza. Tendría que encontrar la solución para conseguir que todo mi estúpido pelo se mantuviese en su sitio durante las clases prácticas. Como si me hubiese leído la mente, la comandante arqueó una ceja.

— Mi consejo personal es que si no consigue una solución eficaz para su problema, lo mejor es que se rape. Muerto el perro, se acaba la rabia. 

Nos mandó deshacer filas y nos ordenó prestar atención para el siguiente ejercicio. Mientras preparaba los tubos de resistencia en silencio, sentí a Dast deslizarse hasta mi derecha.

— Se ha pasado un montón, Lann.

— No, tenía razón. No puedo desconcentrarme por culpa del pelo. He sido una boba.

  — Pero aún así, te ha tratado muy mal. Ha sido un error tonto. Estoy segura de que habrías conseguido parar ese golpe aunque no te hubiese avisado.

— No lo sé. Pero no volverá a pasar.

— Si quieres, puedo peinarte yo. La última vez mis padres me mandaron un producto para el pelo que te lo deja rígido como el plástico cuando se seca. No es una sensación agradable, pero es bastante útil. Y si te lo trenzas apenas lo notarás.

Miré a Dast. Llevaba la melena pelirroja recogida en una compleja coleta en la que había anudadas montones de trenzas más pequeñas. A Dast le encantaba la peluquería y se entrenía cepillando al resto de las chicas cuando tenían un hueco libre o después del horario de duchas. Confiaría en cualquier consejo sobre cabello que saliese de su boca.

  — ¿De verás harías eso por mí? ¿No te importa? ¿Tienes suficiente producto para las dos?

La chica me sonrió con amplitud y me dio un golpecito amistoso en el brazo.

— No seas tonta. Por supuesto que no importa. ¿Para qué están las amigas si no? 


•••

Ryker.

Si algo me molestaba hasta el punto de ser incapaz de ignorarlo, era la gente que se entrometía en tu espacio personal. Nunca me habían gustado los abrazos, ni las personas que hablaban demasiado cerca, ni el contacto físico en general si era continuado. Por eso, las bromas en los vestuarios y en las duchas me parecían insufribles. Además de estúpidas.

— ¡Eh, Jordan! ¡Menudo ejemplar!

Me detuve justo a tiempo para no chocar contra los dos chicos de segundo año que habían robado la toalla. Detrás de ellos, el tal Jordan corría desnudo intentado recuperar el trozo de tela y quizás la dignidad que le quedaba. Hacía calor y había muchísima humedad. Además de veintinueve tíos haciendo cola para entrar en las duchas, sudados y agotados. El ambiente no era en absoluto agradable. Había gritos, había comentarios hirientes, había peleas por ver quién entraba primero.

  — ¿Qué te cuentas, amigo mío?— alguien me dio una palmada en el hombro, y su mano hizo ventosa contra mi piel durante diez segundos.— Oye, brutal el entrenamiento de hoy. Nunca había visto a nadie lanzar un cuchillo sin mirar y acertar en la diana.

— En realidad no lo he hecho aposta.— dije, haciendo un gesto despreocupado.

— Eres un chulo, Ryker.— Tens apareció de entre una nube de vapor.— Pero creo que eres el único que de verdad se lo puede permitir.

— No soy un chulo.

No era un chulo. Era la verdad; no había lanzado el cuchillo a la diana aposta. El teniente Salazar había preguntado que, en caso de ser atrapados por varios y de sólo disponer un movimiento, cuál habría sido. Yo había lanzado mi arma. Que se hubiese clavado en la diana no había sido más que casualidad. Aunque viendo que todos creían que era intencionado, no parecía mala idea hacerles creer que nunca fallaba. Quizás podía crearme una reputación entre mis compañeros.

Quizás así me dejarían en paz.

— ¿Vas a entrar o qué? Hay mucha gente esperando, hermano.

— No sé si me agrada la idea de entrar en la ducha justo detrás de ti.

Tens se carcajeó. Fue a darme una palmada en el hombro, pero detuvo la mano a medio camino para apoyarla contra la puertezuela y mirarme con socarronería.

— No se te escapa una, ¿eh?

— Sólo hay que verte la cara.

— Tranquilo, puedes pasar. Lo he limpiado todo. No te vas a quedar pegado en el suelo ni nada.

Se rió ante su propia broma, y se hizo a un lado para dejarme pasar. Me hizo una reverencia antes de cerrarme la puerta.

— ¡Tú también eres humano, Ryk! ¡Tarde o temprano necesitarás fogar!

Agradecí que no pudiese verme la cara, porque Tens era de los pocos con los que había congraciado. Si es que se le puede llamar "congraciar" a sentarme a su lado a la hora de comer, charlar (o intentarlo) en los tiempos libres y hablar de qué tipo de bala era más aerodinámica. Era algo así como un amigo de clase.

Me metí en la ducha y esperé a que el agua se llevase todo el cansancio. Echaba de menos las duchas silenciosas en casa, después de un día duro. Echaba de menos asentir con la cabeza a modo de buenas noches, y recibir un asentimiento de cabeza por parte de mi padre. Echaba de menos mi hogar.

Alguien aporreó la puerta y me sacó de mis pensamientos.

  — ¡Cinco minutos! ¡Treinta para que se apaguen las luces!

Durante toda mi vida había mantenido horarios. No me disgustaba tener que ceñirme a un plan. De hecho, la sensación de control que me producía me daba seguridad. Sin embargo, en ocasiones deseaba poder escapar de esas malditas rutinas planificadas. Cuando el agua comenzó a salir helada, apagué el grifo y me enrollé la toalla a la cintura. Ni siquiera me molesté en cepillarme el pelo. Agotado recogí mis cosas y arrastré los pies descalzos por el pasillo. Al llegar a mi habitación lo dejé todo encima de la mesa y lancé la ropa sucia al montón que había reservado para ella en una esquina.

Al día siguiente todo volvería a ser igual. La misma gente. Las mismas bromas.

Me habían dicho que los tres meses eran los peores. Me había creído capaz de ser inmune a la nostalgia. Tendía a creerme inmune a muchas cosas. Tenía que trabajar en eso. Era un punto débil, y no podía permitirme tener puntos débiles.

Mi móvil zumbó. Un mensaje de Tens iluminaba la pantalla.

"¿Podrías ayudarme mañana con el lanzamiento de arma arrojadiza? Eres el único que no me va a mirar como si fuera un gilipollas por no dar una."

Resoplé y no contesté. No me apetecía. Tens era un desastre sin puntería. Yo no tenía paciencia para enseñar a nadie. Sin embargo, desde el momento en el que había leído la pregunta sabía que lo haría. Era cierto que el trabajo en equipo me parecía un lastre. Pero un aliado, un compañero que te cubriese la espalda y al que cubrirle la suya era una historia totalmente diferente.

Esperé a que la intensidad de las luces disminuyese hasta el mínimo y me metí en la cama. Antes de dormirme por completo, me pregunté si habría alguien más allí dentro que se sintiese como yo. Alguien más que se sintiese atrapado, pero que sólo mirase al frente. Al futuro. Un futuro que esperaba hacer mejor.

Si ese alguien existía, me gustaría conocerle algún día.

Quizás podríamos encontrar una forma de escape juntos. La idea de no sentirme completamente sólo sonaba demasiado bien.

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