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Ryker.

La herida que la bala me había hecho en la mejilla escocía. Escocía como mil demonios, pero aun así no podía permitirme hacer un parón para aliviar un poco ese dolor. En cualquier momento alguien volvería a disparar y no podía bajar la guardia. Estaba tenso, a la espera de que un nuevo objetivo volviese a aparecer para abatirlo antes de que él me abatiese a mí. No sabía cuántos compañeros habían sido eliminados, pero tampoco me parecía relevante. No podían quedar tantos del otro bando. Estaba bastante seguro de que sería capaz de apañármelas sólo, si se daba el caso. Vi un borrón salir de una trinchera y le disparé sin pensarlo. A pesar de que prefería otro tipo de armas, tenía puntería. El joven al que había alcanzado se desplomó sobre la arena, y empecé a planear mi siguiente movimiento. Mi escondite ya no era seguro. Localicé un recodo entre unas rocas, a unos cien metros de mi posición. Podía correr y arriesgarme a exponerme durante unos segundos. O podía intentar despistarles. Me guardé las recargas de munición en el cinturón y me tumbé en el suelo. Podía rodar hasta una placa, y después disparar desde allí. Pero los otros no eran imbéciles y yo levanté demasiado polvo. La persona que disparó no consiguió acertar, pero estuvo muy cerca. Hinqué una rodilla en el suelo y le apunté sin reparos. ¡Pam! Hombre al suelo. Otros dos salieron de detrás de unas dunas, y valoré mis opciones: duelo de dos contra uno o intentar refugiarme en las rocas. La decisión estaba clara.

Hice un amago de defensa que consiguió hacer que uno de mis rivales se irguiera más de la cuenta. Le disparé en el pecho, y todo el peto se tiñó de rojo. Sólo quedaba uno. Había desaparecido y yo estaba al descubierto. Sólo tenía que esperar a que apareciese. Un sonido a mi derecha desvió mi atención, y una suela de bota traicionó a mi enemigo. Levanté el arma y calibré la posición, apreté el gatillo y...

— ¡Ryker, eliminado! ¡Gana el equipo azul!

La voz del teniente Salazar me golpeó junto a la bala que acaba de impactar contra mi espalda. El chico que tenía delante salió de su escondite con el peto manchado de rojo. Me quité el mío propio para observar desilusionado la enorme mancha azul que cubría la parte posterior. Salazar saltó al campo de entrenamiento y se puso en medio. Los compañeros abatidos se levantaron del suelo y se acercaron a él, formando un corro a su alrededor. El hombre nos indicó al chico que había quedado sin disparar y a mí que nos aproximásemos y los dos obedecimos sin decir nada. Mientras mi compañero se posicionaba tranquilo donde le habían indicado y atendía a las palabras del teniente, yo hundí los hombros. Repasé mentalmente todos mis movimientos, intentando encontrar el fallo que me había llevado a perder. Claramente me había confiado demasiado. Había dado por hecho que sólo quedaban dos del equipo contrario, no había sido precavido. A decir verdad, ser precavido no era precisamente mi virtud.

  —— ... y el error de Ryker ha sido el más idiota que se puede cometer, cadetes. Después de dos meses aquí, deberías tener claro algo tan básico como esto. Aunque imagino que algunos de vosotros sois demasiado buenos como para atender a lo que se os explica en esta academia.

Levanté la cabeza y miré al hombretón con una ceja arqueada. El teniente Salazar era duro y condescendiente casi todo el tiempo, pero nunca lo había sido conmigo. Nadie estaba a salvo de la furia de ese hombre con uniforme.

  — ¿Sería al menos capaz de identificar su monumental cagada, Ryker?

Me mordí la lengua para no contestarle lo primero que se me pasó por la cabeza. La Academia tenía unas normas muy claras sobre el respeto y la obediencia, y tenía que cumplirlas a raja tabla (muy a mi pesar) si quería seguir aquí. Fingí estar pensando por el mero placer de molestar un poco a mi instructor.

— Infravaloré a mi enemigo.

— Bien, bien, veo que no al menos no eres tan pretencioso como para no darte cuenta de lo que haces mal. Vas por buen camino. — el hombre se cruzó de brazos. Podía sentir a mis compañeros disfrutar con aquella escena: Alastair Ryker en la palestra de Salazar. — ¿Por qué lo has infravalorado?

— Pensé que sólo quedaban dos de ellos. No llevaba la cuenta de los caídos. Me expuse a un peligro sin valorarlo antes.

— ¿Eso crees?

— Eso es lo que ha pasado.

Salazar se mantuvo en silencio, y eso hice yo. Me miraba con una expresión que no me daba a entender nada, y eso hice yo. Me cansaba su afán de superioridad, a pesar de saber que era superior a todos nosotros. No en vano era instructor y responsable del grupo de cadetes. Lo más llamativo (a parte de su constitución corporal y su brillante piel morena, que lo hacían aún más intimidante de lo que su personalidad ya daba a entender) era quizás su edad; no era mucho mayor que algunos de los que acabábamos de entrar a formación. Bajo su nombre había una larga lista de méritos conseguidos. Sin embargo, eso no le daba derecho a tratarnos como si fuésemos críos.

— Empiezo a pensar que estos dos meses no han conseguido enseñarle nada, Ryker. Sigue comportándose igual que el primer día. Me fastidia su actitud.

Me hizo un gesto para que me volviese al círculo en el que estaban los demás, y lo hice sin rechistar. Salazar era la única autoridad con la que tenía encontronazos. Y eso era bastante molesto, a la par que divertido. Era demasiado bueno en lo que hacía como para que me ridiculizase, pero no lo suficientemente bueno como para que me tratase con consideración. Tiempo al tiempo.

— El error de Ryker, por si aún hay alguien, aparte de él, que no se ha dado cuenta de algo tan obvio, es que en ningún momento ha actuado como parte de su grupo. Ha ido en solitario, como siempre — me miró con desaprobación y me crucé de brazos —, a pesar de que se trataba de un entrenamiento en equipo. Su ejecución ha sido buena, pero si hubiese contado con sus compañeros en lugar de despreocuparse de ellos, probablemente habría conseguido la victoria.

Siguió hablando sobre el análisis de todo el entrenamiento, pero me permití desconectar; al fin y al cabo, yo ya había analizado todo lo que se podía analizar. Tanto Salazar como el resto de profesores solían hacerme el mismo comentario: no sabía trabajar en equipo. Y aunque nunca contestaba, mi respuesta era siempre la misma.

No necesitaba un equipo. Ni siquiera un compañero. En un combate sólo estabas tú y tu contrincante. Lo demás, aunque todos quisiesen convencerme de lo contrario, no era más que un lastre. Si alguna vez conseguía ir a la guerra, no iba a arriesgarme a cargar con alguna muerte más allá de la mía.

•••

Alanna.

Me envolví el pelo en una toalla seca y salí en ropa interior. Las luces ya estaban a media carga, lo que indicaba que tenía veinte minutos para acabar de hacer lo que quisiera que tuviese que hacer fuera y meterme en la habitación sin falta. Pasados esos veinte minutos, las puertas de cada habitación deberían estar cerradas y nadie podría salir ni entrar hasta la mañana siguiente, momento en el que una alarma (espantosa) nos sacaría a todas de nuestro sueño para comenzar con el calentamiento. Todas las noches había dos revisiones para comprobar que nadie se escabullía. A veces hasta tres, nunca a la misma hora. Parecían no tener un patrón. Pero lo tenían. Mis amigas y yo lo habíamos descubierto hacía cierto tiempo. Y aunque sabíamos que era un riesgo bestial, los jueves de cervezas y palomitas eran casi un ritual. No sabíamos si las instructoras estaban o no al tanto o si éramos las únicas que llevábamos a cabo aquella pequeña travesura, pero no nos preocupaba lo suficiente como para dejar de hacerlo. Era una mini rebelión, y llevarla a cabo con éxito dentro de un recinto militar súper moderno, controladísimo y secreto era un gustazo.

Sin embargo, aquello noche no era jueves, sino martes. Y muy a mi pesar no había cerveza y palomitas, sino libros de texto que esperaban a ser leídos y casos por analizar. Cuando fui admitida sabía que no todo sería entrenar, aprender de forma práctica y hacer simulacros. Tenía claro que tendría que estudiar. Pero saberlo no significaba que fuese más llevadero. Era un verdadero coñazo, estaba molida y la ducha me había provocado un sopor demasiado agradable como para ser ignorado.

En la Academia no podíamos usar móviles, por lo que las distracciones eran más bien escasas. Teníamos unos dispositivos que nos permitían escuchar música, hacer fotos o guardarlas. También podíamos llamar y enviar mensajes a cualquier persona dentro del límite del recinto, pero los mensajes pasaban por una especie de polígrafo que revisaba que no contuviesen ningún tipo de información peligrosa o comprometedora antes de que éstos llegasen a su destinatario. No era mensajería instantánea, pero tampoco era tan mala. Podíamos pedir libros y nos eran proporcionados en la biblioteca, o en su defecto en formato digital. En la Academia se vivía muy distinto, pero se vivía bien.

Me puse la sudadera de mi hermano, una sudadera gris y bastante gastada lo suficientemente larga como para taparme el culo. Cuando aún estaba en casa, odiaba que se la quitase y la usase como pijama. Pero cuando estaba haciendo el equipaje apareció en mi habitación con ella en la mano. "Para que duermas calentita", me había dicho. Usarla no tenía tanta gracia si no le molestaba que lo hiciese, pero aun así había sido un detalle precioso. Además, era verdad que dormía calentita. Y le echaba de menos.

Cada habitación tenía una pared compuesta únicamente de doble cristal. Si estabas dentro podías ver todo el exterior. Si estabas fuera, era como si mirases a un espejo. A decir verdad todas las ventanas del complejo de habitaciones eran así, tanto del bloque masculino como del femenino. Los horarios estaban hechos de tal manera que nunca coincidíamos en los espacios comunes. Era muy raro, saber que vivías en el mismo espacio que otras 30 personas a las que nunca habías visto. En ocasiones puntuales nos convocaban a todos, pero eran eventos muy señalados, al igual que escasos. Suponía que tenían sus razones para hacer aquello, pero no las entendía y no las llegaba a compartir. Tampoco era como si fuese a conseguir algo al quejarme. Sólo era una cadete novata, aprendiendo todavía a vivir en la Academia de Formación Especial de la Inteligencia Militar. Que me escapase de mi habitación una noche a la semana no significaba, ni de lejos, que controlase el funcionamiento de aquel intrincado lugar. Era una pringada, pero una pringada con suerte.

Me quité la toalla y dejé que mi pelo dejase gotitas en la espalda de la sudadera. En aquel lugar podía gestionar mi vida como quisiera y eso me daba cierta libertad, pero no podía impedir sentirme encerrada. Los tres primeros meses eran los más duros, o eso me habían dicho las compañeras de grados superiores al mío. Llevaba sin ver ni saber nada de mi familia casi 70 días, y aunque me esforzaba por acostumbrarme, no podía evitar pensar a veces que quizás me había equivocado escogiendo aquel camino. Había decidido el resto de mi vida al mandar una carta; era algo demasiado importante como para no seguir cuestionándolo. Pero cada mañana, al pisar la pista de entrenamiento, sentía como la electricidad se expandía por todo mi cuerpo y me pedía esforzarme más, aprender más, pensar más. Quería ser la mejor, podía ser la mejor. Estaba allí por eso y para eso.

El ventanal de mi habitación daba a la arena donde se realizaban los combates cuerpo a cuerpo. Era un recinto rodeado de gradas, con un amplio espacio en el que se daba clase y se celebraban los torneos anuales, los concursos y los exámenes prácticos. Y las fiestas de fin de curso, aunque no estaba segura de si existían de verdad. No era una vista muy bonita, pero me recordaba cuál era mi objetivo. Quería mejorar el mundo, y para mejorar el mundo iba a tener que hacerme más fuerte.

Me metí en la enorme cama que nos habían proporcionado a cada nuevo inquilino y apagué las luces. Los focos de la arena, encendidos a mínima potencia, coloreaban de naranja oscuro las paredes de la estancia. Aquellos focos eran mis estrellas. Y a pesar de que echaba de menos sentir la brisa real, la noche de verdad sobre mí, lo había sacrificado todo por algo mayor. Había encontrado lo que me hacía sentir viva, y nada iba a conseguir quitarme aquello.


↬ ↫

Hola, hola.

Bienvenidxs a Fireshot. Aunque ya habéis leído sobre ella antes.

Preparáos para ver nacer a las leyendas. A dos personas que lo cambiarán todo.

Esta no es una historia de buenos malos. Aquí todos son malos. O buenos. ¿Cómo iba a saberlo yo?

Espero que la disfrutéis.

Os quiero un montón.

Moon.

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