Capítulo 4


Escondido entre las sombras, yace un hombre cuyo nombre es innombrable. El recuerdo de aquella mujer lo mantiene vivo provocandole un deseo insaciable. Recordar su cuerpo sobre el suyo, sus labios perfectos, y unos ojos hipnotizantes, lo llevan a preguntarse ¿A dónde ha ido, porque ha desaparecido? Sin saber el principal motivo de su huida. No duerme como debería desde aquel momento en el que escapo de el para huir con su "familia", el mas que nadie sabia de la traición a esa palabra, principalmente porque la familia es quien te apoya y te mantiene con vida, no te mete a un agujero negro como carnada para un asesino como lo es el.

—Buenos días, señor. La mujer está lista —informa su hombre de confianza; Jerome, quien lleva trabajando para esa familia desde su nacimiento, un químico ingenioso y serio en su profesión.

El hombre asiente, observando con detenimiento la pintura junto a la chimenea. Es ella, esa mujer que le roba el sueño cuando se llega la oscuridad de la fría noche. No tenerla entre sus brazos lo ha hecho un ser endemoniado por la ira que no demuestra ante sus sirvientes, aquellos hombres que darían la vida por él. Mira con detenimiento el color de sus ojos, irreconocibles para muchos, pero no para él que lo tienen hechizado, hipnotizado, aquellos ojos inconfundibles que ha memorizdo "¿Olvidarla?" Jamás. Es como si la energía de ella se mezclara con la ira que le corroe el cuerpo por encontrarla y enjaularla entre sus celdas impidiéndole un segundo escape. La tuvo una vez, una segunda no será difícil.

Se aliza el traje impecable color negro caminando hacia las mazmorras donde esconde a sus victimas, es un hombre serio, elegante de rasgos finos y sonrisa macabra. Sus inquietantes ojos grises son de un tono pálido y muerto que te recuerdan al cielo antes de una tormenta. No parece mirar a las personas, sino atravesarlas, como si buscaran algo escondido bajo la piel. Una frialdad antinatural en ellos, una calma que da más miedo que la rabia.

—Es un honor para mí, tenerla en nuestros aposentos —dice el hombre por primera vez con su imponente voz, seguido de una reverencia hacia ella.

Atada a una silla, envuelta en una camisa de fuerza y torturada de manera atroz, yace una mujer de edad avanzada quien observa al hombre con ojos horrorizados. El cabello corto y blanco le hacen justicia a su edad. Las arrugas en su expresión confirman la experiencia debido a los años hacia su profesión. Por primera vez ve el rostro del hombre que tanto ha buscado, y que él la ha encontrado mucho antes que ella. Porque si, es un hombre precavido, de los que ocultan hasta el más mínimo detalle para no ser expuesto ante los ojos de quienes lo quieren ver muerto.

—Magenta Miller —dice el hombre con su acento alemán.

Para él es un avance el tener a su disposición a Magenta Miller, porque eso significa que se encuentra cada vez más cerca de ella, de aquella mujer por la cual su obsesión ha crecido a tal grado de matar a cualquiera que se interponga en su camino.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta ella con voz temblorosa, no fue precavida al momento en el que cruzó el umbral de aquella puerta, lugar en el que nunca debió haber estado.

—Sabes lo que quiero... lugares y nombres —responde el hombre, posicionándose frente a ella.

—Podrás torturarme, incluso matarme, pero de mí no recibirás información de nada —le responde sin apartar la mirada.

Magenta sabe cual es su destino, toda una vida se ha dedicado a ello. Comenzó como un simple soldado acatando órdenes de superiores, escalando después cada uno de los peldaños que la llevaron a la cima como autoridad máxima de una federación "secreta", aquella federación que te expulsa de la faz de la Tierra aunque aun sigas habitando en ella.

—Es sorprendente lo que una mujer puede resistir ante la tortura de tantos hombres —interfiere el —. Me parece que no fui claro con lo que le estoy pidiendo, mi señora.

Le hace una seña a Jerome, quien sostiene entre sus manos una motosierra. Este la enciende, provocando un estremecimiento en Magenta. Por su mente pasan mil y un escenarios de toda su vida, aquellas personas que ha protegido, aquellos a los que ha salvado, pero sobre todo, aquella mujer a la que ha protegido como a nadie porque la comprende y la entiendo, pareciera que su historia se repite en ella, enjaulada en manos del hijo del mismo hombre que ella asesino. Comienza a recordar aquellos nombres de los hombres que ha mandado al otro mundo, hombres sádicos y aterradores con los que ha tenido que lidiar.

El miedo se ha ido, la ha abandonado todo sentimiento porque sabe cual es su destino. Agacha la cabeza comenzando a reír, el lugar es suplantado por los ecos de su risa y el hombre no hace nada más que mirarla ensombrecido.

—Te contaré una historia increíble —habla Magenta con la voz agitada —, la historia de una mujer marcada por este mundo lleno de personas miserables como tu... y tu padre —dice levantando la mirada hacia él.

—Adelante, prosigue —comenta el, arrastrando una silla para sentarse, mientras Jerome le enciende un cigarrillo.

—¿Gustas? —le ofrece a ella.

—Si me desataras, con gusto lo aceptaría —responde haciendo una mueca debido al dolor en sus labios.

—Buen intento —le sonríe dándole una última calada antes de ofrecérselo a ella en la boca.

No le niega el "buen" gesto, al contrario, lo disfruta. Tantos años sin fumar por el daño que le causaba en los pulmones y piensa "¿Cómo es que todo ha terminado ahora?". Jerome se acerca llevándose la colilla, tiene planes para esa colilla...

—Bien, la escucho —vuelve hablar el hombre frente a ella.

—Cuando tenía veinte años fui secuestrada y torturada justamente en esta misma silla, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, algo irónico el que me encuentre aquí otra vez siendo torturada por el hijo del mismo hombre que lo hizo por primera vez.

—¿Te da orgullo el ser una inservible? A mi me daría pena confesarlo —le responde él con una sonrisa en los labios.

—No, no, no, no, no me mal entiendas, te aseguro que cuando llegue el momento estarás en esta misma silla siendo torturado por ella.

El hombre suspira, su simple mención le estremece la piel, como si ella también lo siguiera.

—¡¿Dónde está?! —espeta con furia queriendo deshacerse del calvario que ha vivido a causa de ella.

Magenta comienza a tararear una canción la cual él reconoce de inmediato, ella rie al mismo tiempo como una completa desquiciada. No ha perdido la cabeza, simplemente ha aceptado su destino y no quiere irse sin dejarlo en el limbo.

—¡Canta conmigo, se que te la sabes, anda! "¿Qué será, será... The future's not ours too see?"...

Aprieta los puños levantándose de golpe. Con una seña, Jerome recarga nuevamente la motosierra listo para arrancarle la cabeza, y ella, con unas simples palabras que se llevará a la tumba con la frente en alto, dice:

—El mejor maldito trabajo que tuve...


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