»Capítulo trece.

Peter se pegó un poco más contra el muro, apretando los labios y con los ojos entrecerrados.

—Cuando dijiste que querías verme luego del colegio, no pensaba que era para esto —le susurra a la chica a su lado.

Irene le envió unos mensajes que llegaron mientras estaba en su clase de matemáticas, él pegó un salto con una gran sonrisa al leer "quiero verte después de clases"; todo parecía un sueño, hasta que el profesor le miró por encima de sus anteojos, preguntando qué le emocionaba tanto. Por poco tuvo que leer los mensajes ante todos, pero logró esquivar la humillación comenzando a hacer preguntas sobre la clase.

Y después de que el timbre sonara, él incluso salió disparado hacia el baño para arreglarse un poco. Peinó su cabello y cepilló sus dientes, quedando espléndido al final. Por su mente solo se cruzaba la ilusa idea que iba a tener una cita con Irene.

Él, en definitiva, no se preparó para perseguir a un par de idiotas durante media hora.

—¿Para qué más te llamaría? —ella le pregunta, volteando a verlo con la cabeza ladeada.

Quedó petrificado, alternando la vista entre los oscuros ojos de ella, y el suelo.

—Eh... Pensé que íbamos a comer algo, es que estoy hambriento —mintió, terriblemente mal.

—Comerás luego —murmura, volviendo su vista al par que comía hot dogs enormes, recostados contra un espléndido automóvil color verde brillante—. El de la izquierda es sobrino de Engels.

Vuelve la cabeza para ver al susodicho, este tenía la punta de la nariz llena de kétchup, pero se encontraba recriminándole a su amigo que comía como un animal. Y lamentó como nunca que estuvieran ahí, viendo a esos neardentales en su peor versión, en vez de estar comiendo unos burritos sentados en lo alto de un edificio.

Y su hormonal mente de quince años imaginó una escena donde Irene y él reían, a la luz de la luna, sosteniendo un burrito con una mano mientras que con la otra limpiaba el costado de los labios de ella. Entonces Irene lo miraba a los ojos, justo antes de acercarse a besarlo.

— ¡Se mueven!

Recordó entonces que él los estaba trasladando para seguir al par, por lo que alzó el brazo sin pensarlo, la telaraña se lio a las escaleras de emergencia mientras su cuerpo chocaba contra el de la pelirroja. Como no había calculado bien sus acciones, terminó estrellando a ambos contra el muro del edificio. Al escuchar el quejido de Irene, quedó hecho un papel.

—Bien, supongo que necesitas comer para despertar el cerebro —fue lo que dijo, mientras el avergonzado adolescente evitaba su mirada—. ¿Qué quieres?

—A ti —balbuceó, al menos lo hizo de una forma que ella no logró entender lo que decía—. Ah, sí, vamos a comer burritos... Porque irás conmigo, ¿no?

Ella quedó un par de segundos mirándolo, con los ojos algo entrecerrados, tiempo suficiente para que Peter comenzara a sentirse nervioso e idiota porque se lo tomó como un rechazo. En los rojizos labios de Irene se extendió una modesta y sincera sonrisa, ella había sentido una ligera presión insistente en el brazo con el que él rodeaba su cintura, mientras preguntaba.

—Bájanos antes de que alguien nos vea —recomendó, palmeando su hombro con un gesto amistoso y calmante—. ¿Sabes dónde venden tus dichosos burritos? Luego seguiremos con lo nuestro.

Peter los depositó en el suelo nuevamente, con gracia, y una sonrisa que podría iluminar los días más oscuros de la mayor. En su interior parecía tener elefantes saltando de alegría al escucharla decir "lo nuestro".

—Te encantarán, son deliciosos. Vas a pensar cómo has vivido hasta ahora sin burritos.

Mientras veía su espalda avanzar ante ella, la pelirroja hizo una pequeña mueca, ¿cómo decirle que ya había probado los burritos con su madre? Él se veía tan emocionado, no se sentía capaz de decírselo, solo fingiría que era la primera vez probando aquellas delicias. Porque, en efecto, le habían fascinado.

Y Peter fue quien apareció en su mente cuando sus papilas gustativas se estremecieron de gusto ante el primer bocado, él diciéndole "te lo dije".

El castaño insistió en ser quien comprara la comida, dejando que ella se encargara de las bebidas; insinuó otra salida diciéndole que ella pagaría la próxima vez, a lo que Irene solo asintió vagamente. Cuando ella hizo el amago de ir hacia un banco para tomar asiento, Peter tomó con algo de vergüenza su muñeca, tirando un poco de ella, diciéndole que tenía un lugar mejor para ir.

Se rio en silencio una vez estuvieron en la azotea de un edificio alto, mirando las ajetreadas calles de Nueva York. Una extraña calidez se estaba apoderando de su pecho, no sabía explicar la sensación de júbilo, tal vez nunca se había sentido tan a gusto.

La distraída sonrisa que llevaba hasta entonces se apagó, llamando la atención de Parker.

— ¿Qué sucede? ¿No te gustó?... ¿Es por la altura? —arremetió con preguntas, nervioso.

—No es eso, está delicioso —asegura mirando la comida, ya iba por más de la mitad. Soltó un suspiro con una cínica media sonrisa—. Tan solo me pregunto si está bien...

Su voz se apagó, pensando de pronto que tal vez no era buena idea hablar al respecto con él. Tal vez Peter no lo entendería, ellos habían tenido vidas muy diferentes.

— ¿Si está bien sentarte aquí a comer mientras sabes todo lo sucio del mundo? —El chico dio en el clavo, alzó nuevamente la vista hacia él, se encontraba recargándose en sus rodillas, inclinado hacia ella—. Yo también pienso eso de vez en cuando, mientras estoy en clases, o mientras leo un libro en la biblioteca. A veces siento culpa por seguir con una vida medianamente normal mientras... Bueno, lo sabes.

Una pizca de sorpresa tiñó el rostro de ella, realmente no esperaba que diera en el blanco. Por un momento olvidó que el chico junto a ella tenía quince años.

—Pero no debes cargar con todo eso, yo creo que todo lo que haces es suficiente, hasta lo más mínimo lo sería —Habla con los ojos tan llenos de admiración, Irene se siente abrumada con el brillante par marrón que permanecía fijo en su mirada—. Todos estamos dando, de alguna forma, un granito de arena para mejorar el mundo, y también merecemos tener momentos de tranquilidad.

¿De verdad lo merecía? No estaba muy segura. De todas formas, según ella no tenía más vida que aquella, todo siempre terminaba enfocándose en eso. Era extraño hacer algo que no fuera eso.

—Puedes seguir con tu vida al mismo tiempo, Irene.

—Qué vida —masculla con un suspiro burlón—. Fuera esto soy una especie de puta legendaria entre los idiotas del colegio, y una estúpida que llegó a último año porque el director siente pena.

— ¡Esos son solo rumores sin sentido! —Él se exalta, levantándose un poco mientras su rostro se tiñe de rojo. Irene lo observa en shock, en parte por su reacción, en parte porque acaba de notar que se le fue la lengua al confesarle sus pensamientos—. Son adolescentes hormonales, ni siquiera piensan.

—Me dirás que tú no eres un adolescente hormonal.

Se puso a la defensiva sin pensarlo, pero se arrepintió al verlo bajar los hombros y mirar sus pies como si quisiera desaparecer. Ella sentía la abrumadora necesidad de no ver a Peter triste.

—Supongo que tienes otras características además de hormonal —añade, arrugando la nariz al no saber cómo arreglarlo—. Sé que solo quieres ayudar, pero la realidad es que tener un momento como este, donde me siento a comer y charlar sobre mi vida fuera de lo que hago en las noches, es muy raro y se siente incorrecto... —Una de sus manos pasa por su rostro, para luego enredarse en su cabello, empujándolo hacia atrás. De pronto, su rostro y cuello se sentían muy calientes—. Porque mi único objetivo es matar violadores.

— ¿De verdad solo te resumes en eso? —inquiere con un triste tono el muchacho.

—Es lo que me dijeron, Peter.

Antes no se había detenido a dudar al respecto, y que él la observara como si pudiera cambiar su objetivo de vida la estaba poniendo ansiosa.

—Eso quiere decir que nunca te sentaste a pensar que podías hacer algo más —No lo preguntó, fue una lamentable afirmación—. Irene, todo lo que haces lo comprendo, una vez me puse junto a ti para ver el mundo desde tu perspectiva pude hacerlo. Pero puedes hacer otras cosas en tu vida, no creo que sea especialmente sano solo hundirte en esto.

¿Qué era aquello? ¿Cómo tan siquiera terminaron en esa situación? Por un momento, recordó con vergüenza las veces que su abuela le dijo que debía ser más madura que la gente de su edad, porque en ese instante deseaba salir corriendo y encerrarse en su cuarto, algo que no era maduro en lo absoluto.

Odió a Peter entonces, por ponerle en duda sus ideales en la vida. Y se odió a sí misma, porque no tenía nada más, ni pasiones, ni pasatiempos, mucho menos otra característica especial.

—Irene —Unas cálidas manos acunaron su rostro, trayéndola de nuevo a la realidad. La realidad donde apenas podía respirar, y miraba a Peter con los ojos muy abiertos, porque sabía que, si parpadeaba, daría paso a las lágrimas—. Lo siento mucho, no debí decirlo, de verdad lo lamento. Por favor, tranquilízate.

Los labios de él temblaban, su envidiable empatía se abría paso, empeoraba todo el hecho de que la chica con el ataque de pánico que estaba a punto de llorar era la que le gustaba. Cuando la trajo hasta allí, lo último que pensaba era que terminaría así.

—No... No puedo respirar —informó, a duras penas, su garganta parecía cerrarse—. ¿Por qué sigo viva, Peter?

No tenía objetivos propios, solo hacía lo que le encomendaron, era pura inercia. ¿Así todo seguía valiendo realmente?

Peter entró en pánico también ante esa pregunta.

—No digas eso, es maravilloso que estés viva. Tú has ayudado tanto a sacar a pervertidos de las calles, evitaste tanto sufrimiento a muchas personas.

Los dedos de Peter comenzaron a sentirse húmedos, y se quedó anonadado mirando las gruesas lágrimas que caían de los ojos de la chica.

—Tantas personas han muerto en lo que llevo haciéndolo, porque hago esto después de que eso sucede, y ellas siquiera lo desean —habló con la voz aguda, distorsionada por su llanto—. ¿Sabes qué es lo peor, Peter? Que yo sí lo quiero, llevo tanto tiempo deseándolo, pero de todas formas sigo aquí.

Esa confesión hizo que la pelirroja sintiera un peso menos en el pecho, y que ahora ambos jóvenes estuvieran llorando en aquella azotea. El viento se hizo presente, era frío pero suave, golpeaba sus rostros intentando secarlos.

—Por favor, no pienses en morir otra vez —él le ruega, afirmando más las manos en sus mejillas, de pronto estaban lo suficientemente cerca como para compartir respiraciones—. Te necesitamos, te necesito viva. Aunque pienses que no haces más que matar, la verdad es que tienes otras cualidades. Eres amable en el colegio, hay más chicas hablando sobre las veces que las defendiste o animaste, que las que se atreven a hablar sobre ti sin conocerte. Das un descanso en paz a quienes ya murieron, y esperanza de vivir tranquilas a las que siguen vivas.

Mientras él hablaba, ella comenzó a tranquilizarse, pasando a respirar con un ritmo pausado. Escuchó atenta y en silencio a Peter, quien parecía estar soltando un discurso que llevaba rato pensando.

—Tu existencia es muy importante en la vida de las personas de esta ciudad, incluso si ellos no lo saben. Así que no vuelvas a poner en duda tus razones para que alguna fuerza mayor te mantenga viva —En ese momento, se sintió como si ella fuese la menor de los dos, una niña perdida con problemas de crisis existencial—. Y si sientes que no tienes nada más en la vida, yo... yo voy a ayudarte a encontrar algo más.

Al final se desvaneció todo, volvimos al Peter vergonzoso que ahora soltaba su rostro, sonrojándose con una mirada apenada.

—Espero que no menciones en el futuro que he llorado así —ella dice, luego de un corto silencio.

Ese comentario fue esperanzador, planteaba un futuro, y además lo incluía a él.

—Pues si tampoco mencionas tú lo mío —sonríe pasándose una mano por el cabello.

Las palabras del muchacho habían tocado una parte sensible en el interior de Irene, pero antes de volver a causarle un severo caso de crisis existencial, tan solo la hicieron sentir extrañamente cálida, incluso algo útil. Podría ser que, tal vez, además de sus poderes arácnidos, Peter tuviera entre sus capacidades hacer que las personas se sintieran agradablemente cálidas.

Y hacía tanto que no disfrutaba de un amable consuelo por parte de otra persona.

— ¿Todavía te gustaría acompañarme con lo de Engels? —pregunta, luego de darle un sorbo a su soda de manzana verde.

—Por supuesto, no voy a abandonarte con eso —fue la acertada respuesta de Peter, causando que ella sonriera un poco—. Deberíamos ir a tu casa para que te cambies, ya está anocheciendo.

Asintió vagamente, mirando al horizonte, donde el sol comenzaba a esconderse. En esos minutos donde los rayos buscaban lugar entre los edificios, y teñían las nubes de un tono anaranjado, eran esos escasos momentos en los que la ciudad parecía hermosa y tranquila. El sonido de los automóviles pasaba a segundo plano, y te engañabas durante un rato diciendo que todo estaba bien.

Pero entonces el sol decía un último adiós, desapareciendo al fin, y era como una señal para que el desastre comience.

El sonido de la puerta de metal abriéndose tras ellos hizo que ambos voltearan de inmediato, y el sentido arácnido de Parker se estremeció.

Nayeon estaba pasando por algo más raro que la pubertad, y en definitiva daba más miedo que cuando sus pechos comenzaron a crecer y no sabía cómo ocultar aquello de sus compañeros de clase; entonces su madre le explicó lo que sucedía, y le compró su primer sostén. Bien, ahora en definitiva su madre no iba a venir desde Corea para decirle por qué demonios revivió luego de, y de esto estaba segura, haberse roto el cuello y varios huesos más.

Andaba con miedo por la calle, como si en cualquier momento la muerte podría aparecer para reclamar su alma, como sucedía en las películas de Destino final. Evitaba cruzar la calle sola, incluso se había pegado a un grupo de niñas exploradoras para llegar hasta el parque.

A Nayeon le pareció poco peligroso cruzar un parque para llegar más rápido a casa, así evitaba las congestionadas calles de Queens en ese horario. ¿Qué tanto daño podría hacerle unos árboles y flores? ¿Alergia mortal? ¿Que se le caigan encima?

Maldita sea.

Corrió a colocarse en medio del sendero, lo suficientemente alejada de todo. Las pocas personas que se encontraban allí le miraban como si fuera un bicho raro. Y comprendía aquello, porque estaba a punto de hiperventilar.

Entonces, los primeros acordes de la canción Perfect de Simple Plan llamaron su atención. Sacó el celular de su mochila, y con los dedos temblorosos lo posó ante ella, viendo así la imagen de su padre en el identificador de llamadas. Recordó todo lo que le había dicho en su mensaje de voz, quedó pálida al instante.

¿Qué se supone que le diría ahora? Tampoco estaba segura de poder hablar en esos momentos, su garganta parecía estar sellada desde hace tiempo.

No atendió, a sabiendas de que eso le traería problemas luego.

De cualquier forma, su padre estaba en Corea, solo se ganaría gritos a través del celular, y tal vez un recorte en su mesada.

Algo rozó su pierna, haciéndole pegar un chillido y casi dejó caer el aparato en sus manos. Observó con horror al ser de pelaje oscuro que corría lejos, y casi pegó una risotada al percatarse de que solo era un rottweiler que se había escapado de su dueño. Daba saltos y giros, se trataba de un perro enorme, pero se veía juguetón y nada peligroso.

—Odio a esta cosa, ¿por qué siempre soy yo quien lo saca a pasear? ¡Deberíamos tener empleados para esto!

—Pero si no tiene ni dos años, es un bebé —replicó una voz femenina, con tono meloso.

La joven había reconocido la primera voz, y al girarse un poco para mirar a las personas que se aproximaban a ella, todo su cuerpo se estremeció. Era uno de los chicos que la atropellaron, ¿y si ahora que la veía decidía terminar con lo que empezó?

Se aferró a su mochila antes de salir corriendo tan rápido como podía. El parque era enorme, y eso lo agradecía en esos momentos, porque podría perderlos y encontrar un lugar seguro donde esconderse. Tiempo después de su escape, se encontró hecha bolita en unos arbustos, temblando y lagrimeando un poco.

Observaba el corte que se hizo con las ramas curarse ante sus ojos, no de manera inmediata, pero en definitiva no era normal que su piel estuviera como nueva luego de solo unos minutos. Podía ver capa por capa de piel, volviendo a aparecer, uniéndose de nuevo. Ardía un poco, pero era más una molestia que dolor.

¿Así fue como se recuperó de sus heridas del accidente?

Ya era tarde cuando una luz le alumbró el rostro, cegándola por unos momentos hasta que pudo distinguir a la persona que le observaba. Su padre estaba con el rostro más serio que había visto en su vida.

Luego de una pequeña discusión en su salida al parque, Nayeon se desconectó de todo. Recuerda que estuvo sentaba en el auto observando por la ventana, pero no recuerda cuánto tiempo, ni el camino que recorrió. Solo que de pronto se encontró en el edificio del laboratorio donde trabajaba su padre, caminando por el vestíbulo con su aspecto desaliñado y perdido.

Padre —lo llamó, hablándole en coreando, una vez recobró la consciencia, estando sentaba en una habitación blanca, esperando a que le extrajeran una muestra de sangre—. ¿Sabes lo que me sucede?

La mujer que tenía la aguja acercándose a su brazo parecía no entender lo que decía, y tampoco es como si estuviera interesada en ello.

No recibió respuesta durante todo el tiempo en el que la sangre fue extraída, tan solo la impaciente mirada de su padre. Él no habló hasta que la tercera se retiró, dejándole el tubo de muestra con la sangre de su hija.

No vuelvas a ignorar mis llamadas —Ni siquiera se preocupó en darle una explicación mientras preparaba el microscopio.

—No ignores mi pregunta, por favor —rogó con los ojos cristalizados, volviendo al inglés—. Estoy asustada, no entiendo lo que me pasa. Yo... Yo recuerdo mi último aliento, y luego desperté respirando como si nada.

Eso tuvo algún efecto en el hombre, a quién una ráfaga de culpa le recorrió el rostro.

—Duerme, es tarde.

La empujó ligeramente en la camilla, hasta que se encontró recostaba por completo en esta. Ella no dejaba de mirarlo pidiendo a través de sus ojos una explicación, pero el señor Kim no se dignó a dirigirle la mirada de nuevo. Él le quitó los zapatos y la tapó con una manta algo gruesa, momento en el que Nayeon sintió todo el cansancio de no haber dormido bien en todo ese tiempo.

Durmió durante un prolongado tiempo, sin siquiera recordar que tenía clases, de todas formas, su padre tampoco la despertó. Él se quedó toda la noche analizando su ADN, haciendo algunas pruebas, y tomándose un tiempo para digerir la situación.

Cuando dieron las cinco de la mañana, se quedó mirando a su hija mayor dormir como tronco, y se sintió estremecer, con las esquinas de sus ojos colmadas de lágrimas. Llamó a su esposa, calculando que ya era hora de que ella se encontrara en casa allá en Corea.

—¿Qué fue lo que pasó? —fue la inmediata respuesta de ella.

El señor Kim tomó aire antes de responder.

—Ella... Funcionó —No sabía cómo explicarlo, ni cómo sacarlo a colación de una manera más sutil—. Sus células se regeneran más rápido de lo normal, no es inmediato, pero lo hacen. Sus anticuerpos son más fuertes, batallan contra los virus de manera tan... excelsa.

Sonrió un poco, no podía explicar lo maravillado que se sentía. Levantó una mano para acariciar un poco el rostro de Nayeon.

—Solo he hecho unas pocas pruebas, pero todas tuvieron resultados positivos.

—¿Has hecho alguna con ella? —le preguntó la mujer de la otra línea, como si fuese algo obvio que debía hacer.

Él se quedó estático antes de apartarse de la chica, como si su esposa de pronto pudiera tomar posesión de su cuerpo para hacerlo.

—No, claro que no. Hye, ella sigue siendo nuestra hija, ¿qué clase de padre...? —su tono de molestia se apagó, no fue capaz de terminar la pregunta.

¿Qué clase de padre trata a su hija como un experimento?

Él ya lo hizo.

—¿Te has olvidado de Soobin? —La mención de su hijo hizo que el estómago del hombre se retorciera—. Sabes que los tratamientos de aquí ayudan a que pueda seguir, pero no lo curan, y todos los días despierto con el miedo de que él ya no esté aquí.

—Dios, ya lo sé —le dice con la voz chiquita, mirando apenado en dirección a Nayeon—. Quiero curarlo tanto como tú.

—Entonces termina lo que ya iniciaste.

La llamada se cortó, dejándolo con una terrible encrucijada de decisiones.

Él ha querido salvar a Soobin desde que descubrió que estaba enfermo, pero ahora, luego de ver el miedo en el rostro de Nayeon, se pregunta si tal vez llegó demasiado lejos para lograrlo.

Nayeon despertó poco después del mediodía, con dolor de cabeza y un hambre descomunal. Recibió un par de pastillas junto a un vaso de agua por parte de su padre, y luego ambos se dirigieron a casa, con el fin de tomar una ducha antes de ir a almorzar.

No recordaba la última vez que se sentó a comer con su padre, menos la última vez que dicha comida se trataba de jajangmyeon. Así que comió con una sonrisa, olvidando la razón por la que había llamado a su padre y este vino desde el otro lado del mundo. Se sentía feliz después de tanto.

Volvieron al laboratorio, y una nerviosa risita confundida se escapó de los labios de Nayeon al ver la sala donde ingresaron. Era mucho más tétrica que la de la noche anterior, tenía objetos que se le antojaban peligrosos.

—¿Papá? —murmuró girándose—. ¿Qué vas a hacer?

—Perdóname —fue lo que dijo antes de inyectarle algo en el cuello, que poco a poco le hizo perder la consciencia.

Cuando volvió a despertar estaba en una camilla, con muchas luces sobre ella. Le habían cambiado la ropa, ahora solo llevaba un camisón claro y fino. Su cuerpo temblaba sin parar, y su respiración se volvió errática mientras miraba a las personas que la rodeaban.

Eran un par de mujeres, que sujetaban sus brazos mientras realizaban cortes con bisturí en estos. La anestesia que su padre le había puesto desapareció en ese momento, y pudo sentir el dolor de su piel siendo cortada.

Pegó un grito desde lo profundo de su garganta, provocando que las otras se alejaran dando un salto. Fue entonces cuando notó que estaba atada a aquella camilla de metal.

— ¡Padre! —lo llamó, su voz sonando furiosa, dolida y desesperada a la vez.

Las científicas intentaron calmarla, diciendo cosas a las que no les prestó atención. Había confiado lo sucedido a su padre, a sabiendas de que era un curioso científico, pero aún así pensó que él intentaría ayudarla.

No que iba a volverla un experimento más.

Imponiendo fuerza en los brazos soltó las correas, luego se dirigió a las que atrapaban sus piernas. Saltó de la camilla, trastabillando, con los brazos ensangrentados quemando, curándose lentamente.

Su padre ingresó a la sala con el pánico tiñendo su rostro, la expresión de Nayeon era de pura furia.

Eres de lo peor —escupió, en el idioma natal del hombre—. No debí decírtelo.

—Nayeon, no entiendes —Levanta las manos hacia ella—. Déjame explicarlo.

Negó con la cabeza, su cabello negro chocó contra su rostro, algunos mechones pegándose a este debido a las lágrimas que caían. No quería escucharlo, tampoco quería verlo.

Lo empujó sin medir su fuerza, de todas formas, era tan alta como el hombre, y este salió disparado hacia una repisa, estrellándose de manera estrepitosa. No le importó, siguió hasta salir al pasillo, debatiendo por un momento para dónde correr, y luego eligiendo el camino de la derecha.

Chocó con unos guardias, quienes no tardaron en llamar a sus compañeros a través de sus radios. Nayeon también los hizo a un lado, golpeándolos contra la pared. Tras ella podía escuchar a su padre y las científicas llamarla.

Notó que no podría bajar, porque la atraparían en el vestíbulo, por lo que decidió subir las escaleras. La adrenalina que sentía en ese momento era tal que sintió cada piso como solo un suspiro. Cuando menos lo imaginaba, ya estaba saliendo a la cima del edificio.

Se mareó viendo el atardecer, y también se percató de unas personas que se hallaban en el lugar. Estaba mareada por la pérdida de sangre, también por toda su travesía para llegar hasta allí. Los vio acercarse, y depositó su confianza en ellos porque no vestían ropa blanca del laboratorio, y parecían tan jóvenes como ella.

—Por favor, ayúdenme —pidió, entre jadeos, dio dos pasos hacia ellos antes de tropezar.

Perdió el conocimiento mientras su nariz rozaba un largo cabello pelirrojo, olía a un ligero perfume de chica.

¡Hoola! Tanto tiempo, ¿todavía hay alguien por ahí? Saquemos el polvo que se ha formado por acá en mi ausencia.

Volví, con un capítulo largo y emocional. Ah, amo meterle drama de pronto. Bueno, esta es mi disculpa por tardar tanto.

Que sí voy a terminar la historia, no sé en cuántos capítulos, ni en cuánto tiempo, pero lo haré. Pinky promise.

¡Hasta luego! Gracias por leer hasta aquí, les amo por ello.

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