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Hace mucho, mucho tiempo, el mundo era un lugar distinto. Algunos incluso podrían decir que era mágico. Reinaba la paz, y se había establecido un orden gracias al cuál todo ser podía vivir y dejar vivir. Humanos y no humanos coexistían en armonía. Se llevaban bien, nadie recelaba de nadie y se ayudaban en sus tareas.

Unos estaban por los otros. No se desconfiaba del vecino aunque este no fuese igual que tú. Había un equilibrio, y la vida se desarrollaba en torno a él de manera apacible.

Pero un día, esto cambió.

Bastó un conflicto, una traición, para que el mundo se sumiera en un caos total. El escepticismo afloró como las flores en primavera. La sospecha se convirtió en una máscara de pestañas. Nadie se fiaba de su sombra.

Los humanos, sintiéndose más débiles que los demás seres que poblaban la Tierra, decidieron tomar la justicia por su mano. El traidor fue asesinado, y la guerra estalló. Los seres celestes, como solían llamarnos entonces, intentaron evitar el enfrentamiento. Sin embargo, no sirvió de nada. Los humanos eran más fuertes y numerosos: se reproducían con facilidad y rapidez, manejaban las armas mejor y mostraban más resistencia.

Fue una época dura. Los seres celestes tuvieron que esconderse para no morir, aunque muchos no lo consiguieron. Poco a poco, los humanos fueron tomando el control total sobre la Tierra. Los seres celestes contemplaron con pesar cambios que provocaron división y que devastaron el equilibrio que en otro tiempo había regido la vida. Las tareas que cada uno tenía asignadas debían de seguir cumpliéndose, pero no morir en el intento de llevarlas a cabo era casi imposible. Tarde o temprano eran descubiertos, y el temor de los hombres los condenaba a su final.

De esta manera, cada especie celeste desarrolló técnicas de supervivencia. Entre todos, se ayudaron para descubrir la manera de permanecer fieles al equilibrio pero a la vez mantenerse con vida. Durante el proceso, los propios seres celestes se dividieron: unos eligieron la rebelión, pues entendían que los humanos les habían arrebatado unos derechos que les pertenecían tanto como a ellos. Estos seres se alejaron de las comunidades y empezaron a vivir camuflados entre los humanos, combatiendo en su misma guerra con el fin de conseguir que el control que estos ejercían sobre el mundo fuera eliminado y el orden de antaño volviera a restablecerse.

Otros, por su parte, optaron por seguir unidos en un plan mayor cuyo objetivo era hacer recordar a los humanos cómo, tiempo atrás, todos habían vivido como una familia. Sin miedo ni desconfianza, aceptando a cada cuál por lo que era. Este grupo alcanzó la inmaterialidad: los conocimientos que habían ido adquiriendo a lo largo de los años, junto con sus habilidades particulares, les ayudaron a conseguir el mejor escondite que habrían podido imaginar: la invisibilidad.

A ojos de los humanos no existían. Y sin embargo, nos movíamos con ellos, convivíamos con ellos y compartíamos nuestra existencia. Los Inmateriales se propusieron continuar con sus obligaciones, a la vez que buscaban a un grupo de humanos que fueran capaces de unirse a ellos para ayudarles a recuperar la armonía y la felicidad.

Las especies inmateriales mantenían alianzas, pero trabajaban por separado. Los Etéreos, las Fenestras y los Elementales eran los tres grandes grupos: las demás especies dependían de ellos en algunas cuestiones. Se encargaban de las funciones más importantes; de alguna manera, sin ellos el equilibrio de la vida estaba perdido.

Las Fenestras habían nacido a partir de esencia de ángel. Su función se traducía en guiar al alma a la luz cuando un humano moría, así como de entregar un nuevo cuerpo a la esencia celeste cuando el anterior perecía. Las Fenestras eran visibles en apariencia humana. Sólo los demás Inmateriales apreciábamos sus alas o el resplandor brillante que a menudo las rodeaba.

Los Etéreos eran seres celestes capaces de vivir aproximadamente 10.500 años (década arriba, década abajo). Cuando un Etéreo moría, su esencia pasaba a otro descendiente de Etéreos que estuviese preparado para asumir su responsabilidad. Se encargaban de provocar las emociones y los sentimientos, así como de mantener las relaciones interpersonales entre humanos. Cada Etéreo tenía a un humano asignado; cada encuentro con otra persona que este humano tenía era provocado por sus respectivos Etéreos, que lo establecían con cierta antelación. Los Etéreos eran invisibles a todos los humanos, pero no a los animales.

Los Elementales se encargaban de regir la naturaleza. Había cuatro tipos distintos: Elementales del agua, Elementales del aire, Elementales del fuego y Elementales de la tierra. Cada Elemental tenía asignados a otros tres de grupos distintos. Formaban una cadena que no debía romperse, y provocaban las lluvias, el crecimientos de los árboles y de los alimentos; controlaban la temperatura, las catástrofes naturales y la rotación de la Tierra. Mantenían la vida. Sin ellos, todos los demás estarían perdidos. Los Elementales también eran invisibles a los humanos. Cada Elemental poseía un rasgo que determinaba su materia: los Elementales de la tierra solían tener los ojos de un verde brillante y hojas en el pelo; los del agua acostumbraban a tener el cabello de color claro y escamas en algunas zonas de la piel, que brillaban reflejando la luz. Los Elementales del fuego tenían la piel oscura, pecas en la cara y a menudo llevaban tatuajes de colores metálicos en los brazos y la espalda. Los Elementales del aire podían volar, y sus ojos eran grises. Solían ser muy delicados en sus movimientos.

Los Elementales tenían un trabajo muy duro, a mi parecer.

Esta historia no se cuenta nunca a los niños humanos, ni se les enseña en el colegio. Sin embargo, a veces aparecen fragmentos de ella en los cuentos. Por este motivo, los seres celestes hemos sido considerados leyendas, fantasía. No existimos más allá de las meras palabras.

Pero yo soy muy real. Sé que estoy aquí, conozco mi historia, sé de dónde vengo y a dónde tengo que ir.

Me llamo Ciara.

Soy una Etérea.

Y llego tarde.

•••

Ahora es cuando todos decimos "pero Moon, si tienes otras siete historias sin terminar, qué haces" y yo os miro con cara de corderito.

La culpa de esto es de un Golden Retriever, me creáis o no.

Preparáos para conocer a Ciara, el trasto más adorable que ha vivido en mi cabeza. Los demás vendrán después.

Gracias a la preciosísima tattoedonmychest por la portada. En serio, qué haría yo sin ti. To the moon and back.

Recordad que os quiero muchísimo.

Moon.

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