CAPITULO 8


AMELY

- Oh, señor de los cielos... - Gimo de puro placer, pidiendo otro con una seña por tener mi boca llena a la señora del puesto de comida tradicional, por otro estilo burrito árabe mientras termino el primero.

Dije que no era buena con las dietas y sumando, tantas horas de viaje como vuelo.

El hambre me pudo, al pasar por el atestado lugar y donde tiendas de comidas típicas árabes, invitan tanto a turistas como aledaños del lugar, con su delicioso aroma a comidas caseras que emanan de ellas y a que degustes mientras disfrutas del paseo por la inmensidad de este hermoso parque central Shark.

Un lugar, donde tanto su arquitectura como historia.

Su gente con atuendos musulmanes.

Centenares de turistas, paseando e interactuando con ellos.

La cálida noche.

Y esa vieja música de su cultura, flotando en todo el predio naciendo de las tiendas, que hace de todo esto una postal viviente.

Fascinante y totalmente, hechizante a la vista humana.

Con una reverencia, saludo a modo despedida a la mujer del puesto mientras me hago camino saboreando mi cena, esquivando a la gente que colma el parque y camina sobre el lugar como yo.

Suspiro algo desinflada por sobre mi comida sabrosa y echando una ojeada, al mapa del lugar que pedí en otro puesto de todo esto.

- Guau... - Me digo masticando por lo bajo, mirando a través de la multitudinaria gente y por sobre los hombros de todos, con cada paso que doy buscando.

Notando.

No solamente, la inmensidad del parque.

Sino, también.

Que con tanto centenar de gente merodeando el lugar, encontrar a Constantine, va hacer algo así como una aguja en un pajar.

Y acotación aparte.

Que el muy jodido muertito en vida, pero sexi como la mierda.

No quiere ser visto y debe estar camuflado en algún rincón.

Pero, no pierdo la esperanza y continúo con mi caminata decidida por todo el predio, cruzando las gigantes fuentes centrales de agua danzante que son el corazón del lugar, hacia el edificio frontal y antiguo.

Observando todo y a todos.

Y me atraganto con el último bocado de mi segundo burrito, al llegar a un próximo bar y notar entre la docena de mesitas al aire libre del local y lanzando tanto mi espalda como cuerpo contra el primer pilar de concreto, que sostienen la inmensa galería de la edificación para ocultarme.

Al ver entre esas mesas.

Al hombre de mis fotos.

El del anillo raro del restaurant, esa noche.

Y como deja vú.

Con el mismo hombre de esa vez.

Pero, lejos de sus costosos trajes claros de diseñador.

Ambos hoy, llevan solo simples pantalón como camisas con estampas veraniegas multicolor, muy propias de turistas extranjeros.

Estrecho mis ojos.

Sospechoso...

No tengo idea, por qué.

Pero sospechoso me digo, asomando apenas mi vista detrás de la pared que estoy escondida, mientras limpio mi boca con una servilleta de papel, de dejos de comida por escupir.

Lo lanzo al tacho de basura más cercano, para con un movimiento de mi cámara fotográfica que cuelga de mí y focalizando sobre ellos mi zoom, hacer un par de disparos cuando retoman su charla, luego de hacer sus pedidos a la camarera.

Y un tercero, cuando noto que intercambian sus bolsos personales y con disimulo por abajo de la mesa.

Otra vez, guau.

Inclino mi cabeza curiosa y resoplando un mechón de pelo de mi frente que tapa el visor, para hacer un cuarto disparo a ese movimiento.

¿Por qué, harán eso?

¿Dinero?

Papelerío clandesti...

Pero algo golpea de pronto mi espalda con brusquedad, como mis conjeturas y mi mejilla como lado de un rostro, se presionan contra la fría y rasposa pared de cemento por ser empujada contra esta, por alguien con fuerza.

- Walikan ladayna huna...(Pero qué, tenemos acá). - La voz ronca pero susurrando de alguien, juega sobre el lóbulo de mi oreja y me hace estremecer porque pese a ser baja, todo él suena sucio. - ...waqal latif walikann algharif albutlat 'amirkiatan bida'a, alaishtimam hayth la ynbghy 'an...(una linda americana metiéndose, dónde no debe). - Finaliza, empujándome contra él. - Gritas y mi daga a tu yugular, preciosa... - Prosigue y amenaza contra mi oreja, en mi idioma y envolviendo por sobre mis hombros su fuerte brazo.

Donde la punta de una hoja filosa, presiona mi cuello por abajo del puño de la camisa floreada que lleva, disimulando un abrazo cariñoso.

No respondo.

- ¿Entiendes? - Mi silencio no lo convence, mientras me abraza más contra él y con un movimiento de su otra mano libre, extrae con disimulo de mi cámara fotográfica el chip de su memoria y lo lanza por el aire, para que lo tome un segundo hombre a cierta distancia de nosotros vigilando.

Me jala más contra él.

- ¿Kunt 'afham abtalahum? (¿Entiendes, pétalo?). - Repite entredientes.

Y ya, no hay suavidad esta vez y sigue el mismo tono sucio como amenazante.

Mi pánico atraganta mis palabras, pero logro asentir con una calma que no tengo, mientras con una sonrisa que no veo, pero siento entre la base de mi hombro y cuello, me invita a caminar.

En dirección a el hombre del anillo y su acompañante.

Carajo, con mi perra suerte...

Trastabillo en algunos pasos para seguir sus zancadas obligada, mientras nos encaminamos a ellos logrando voltear algo mi rostro por sobre ambos, para mirar por detrás nuestro.

Solo gente.

Mucha.

Centenares de turistas como oriundos del lugar.

Que sin notar lo que pasa conmigo, caminan despreocupados o solo nos cruzan pequeñas miradas, como si fuéramos una dulce pareja abrazadas y disfrutando de todo esto como ellos.

Pero ninguno es, al que ruego bajo una silenciosa plegaría apretando más contra mi pecho, el mapa que llevo entre mis manos.

Que focalice y venga a mí.

En mi ayuda.

Niego para mis adentros.

¿Jodido Constantine, dónde mierda estás?

- ...laqad wajadat alttasakkue...(La encontré, merodeando). - La voz del hombre que me tiene secuestrada, suena sobre la música que invade el lugar y cuando nos detenemos bruscamente.

Giro mi vista.

Para encontrarme.

Frente a los dos hombres sentados junto a la mesa.

- ...saraq alssuar...(robó fotos). - Prosigue, inclinado levemente a ellos señalando con su barbilla mi mapa, pero en realidad a mi cámara profesional que cuelga de mi pecho y me aprieta más contra él, provocando que un jadeo de miedo brote de mi garganta y se sonría por ello.

- ...nanh alquiam bih, ya sayidi? (¿Qué, hacemos con ella, mi señor?).- Pregunta, pero no logro terminar de entender, al hombre rubio.

El más viejo de los dos y al que va su pregunta, no responde de inmediato.

Pero su dedo con el anillo tipo sello, de extraño diseño y de un dorado tan fuerte como las luces que ilumina el lugar, juega con el borde de la copa de vino púrpura que tiene frente suyo y sobre la mesa.

Rozando, suave su circunferencia.

Lentamente.

Como sus pensamientos de la mierda que sea que deliberan, sin de dejar de observarme detenidamente con sus ojos.

No gesticula movimientos.

Solo me contempla, silencioso y calmo.

De arriba abajo.

Mierda.

Como examinándome, mientras me recorre con esa mirada clara como su piel y etnia extranjera.

¿Ruso?

¿Alemán?

No lo puedo adivinar.

Pero, nórdico seguro y no más de 50 años.

- Linda Americana... - Interrumpe, su acompañante sentado a su lado.

Un hombre de bastante menos edad.

Tal vez, entrado en sus 40.

Con una barba tan tupida y como el cabello oscuro que deja ver, bajo su sombrero de vaquero.

Y mi sangre se congela, al nivelar su mirada fija en mí.

Porque.

No solamente, logro advertir por su acento como rasgos que provienen de mi continente.

Si no.

Por la forma explícita que también, me recorre con la mirada sin poco disimulo mientras acaricia con una de sus manos su barba.

- ...walikannaha laysat eudhra'...(pero, no es virgen). - Acota el hombre que me tiene prisionera como respuesta al hombre de la barba entre sus brazos.

No logro traducir y entender lo que dijo, porque mi cerebro se encuentra conmocionado y solo grita que intente huir.

Pero el roce de sus dedos recorriendo con una caricia rasposa el largo de mi brazo desnudo, me confirma que no fue algo agradable.

Y como si las yemas de estos, quemaran mi piel ante su contacto hasta el punto de erizarla.

Logrando una sonrisa de satisfacción cuando apoya sus labios asquerosos sobre mi oreja, para susurrarme.

- ...'astatie 'an 'ashumm rayihat rayiysih...(lo puedo oler, jefe). – Finaliza, oliéndome fuertemente y por sobre mi hombro sin entender.

Pero aspirando de esa forma grotesca mi aroma.

Mi piel.

No el perfume que llevo puesto.

Mi esencia.

Provocando, que me estremezca de terror y que dibujen sonrisas de placer en sus interlocutores.

- Creo que el universo...conspira a nuestro favor... - Al fin el ruso o alemán, habla.

Suave.

Pausado.

Dando un leve sorbo a su copa de vino fino, con su siempre mirada fija en mí, luego de escuchar y limpiando las comisuras de sus labios con cuidado y detalle con la servilleta de tela en un azul y seda marroquí, que descansa sobre su regazo.

Todo él.

Denota distinción como elegancia, pese a ese horrible atuendo de turista compulsivo y extranjero que lleva puesto.

Las dobla con cuidado junta a esta, que también deja junto a la pequeña mesa redonda, luego de beber.

Sus labios se elevan con una última calma, pero sanguinaria mirada sobre toda mi persona.

- ...mi reina como él... - ¿Él? ¿Quién? - ...estarán muy felices, con semejante trocito de pétalo, recuperado... - Se sonríe más. - ...después, del par de perdidas...

¿Qué?

¡Qué!

Quiero gritar.

Pedir ayuda.

Escapar de los brazos del hombre que me tiene prisionera fuertemente.

Pero alguien, lo hace por mí.

En realidad, muchos lo hacen.

Lo de gritar.

Causando que tanto mi secuestrador se gire conmigo ante ello, como los hombres de la mesa obligados a ponerse de pie para ver, de dónde proviene semejante caos de griterío y corromper la calma del lugar.

Porque el tumulto de gente, que copa el parque conmocionan la armonía, bajos sus exclamaciones de pánico y de horror.

Y mi cuerpo se afloja de felicidad, mordiendo mi labio para ocultar mi sonrisa mientras soy empujada y jalada con fuerza a retirarme con ellos.

Al ver el motivo.

Y ahogo un grito de emoción, siendo llevada entre la conmoción de toda la gente que corre desesperada por intentar escapar del lugar.

Chocándose entre sí.

Con más gritos, lleno de pavor de ellos en sus huidas y escondiéndose los que pueden, bajo las mesas o detrás de paredes como tiendas.

O simplemente, contra el piso del inmenso lugar y arrastrándose a la salida del parque.

Porque...

Mi muertito en vida.

Mi Constantine.

Vino por mí.

Y es el causante de semejante desorden y miedo de toda la muchedumbre que, como una presencia oscura.

Como una sombra más de la noche.

Imponente.

Duro.

Y hasta, algo tenebroso y temible, bajo su traje guerrero y oculto su rostro por la máscara que cubre gran parte de su rostro.

Que a su vez, atrae la atención de todos.

Como sus miedos.

Al aparecer de golpe como fantasma oscuro que es.

Cayendo del cielo nocturno.

Y se abre camino entre la multitud y su disturbio, mientras con pasos pausados pero precisos.

Sin miedo.

Tranquilo.

Muy tranquilo.

Y como si fuera algo natural y de todos los días, elude sin complicaciones y golpes de puños certeros a unos guardias del predio que intentan detenerlo.

Nada, lo para.

Ni lo detiene.

Impresionante.

Simplemente, impresionante.

Porque, cada uno de sus pasos hacia nosotros.

A mí.

Es con esa seguridad guerrera que corre por sus venas.

Con todo su porte como cada andar al compás y movimiento de sus fuertes como anchos hombros totalmente sincronizado, bajo su traje medieval.

Y donde la sombra de la capucha que cubre su cabeza y lo único despejado de su rostro, sobre la máscara que oculta su identidad.

Sus ojos.

Esos ojos, cristalinos y color hielo tan iguales a Caldeo.

Que al elevarse y ubicarme entre el gentío y ante los hombres que me tienen cautiva, que me siguen jalando y llevando entre ellos contra el público intentando escapar.

Destellan ira contra ellos con su glacial y clara mirada seria.

Y al chocar las nuestras.

Colisionan.

Fuerte.

Pero, ese choque de nuestras miradas.

Pese a ser dura.

Toda llena de reproches por parte de Constantine.

Y súplica de mí.

Es una de choque, abrazándose ellas.

Porque, siento eso de su mirada.

Que me abraza, con ella...

Verificando para saber, que tanto el uno como el otro.

Estamos bien.

Pero un empujón obligado y brusco de mi captor con el filo de su daga en mi garganta, me hace proseguir y continuar.

Que bajo el revuelo y la conmoción de la gente aprovechan ello, para utilizarlo como medio de escape conmigo mis captores.

Logrando ver por sobre uno de mis hombros como último vistazo, que el terror aumentan cuando notan.

Que de su espalda, desenfunda esos sables cruzados chocando sus filoso acero entre sí y lleva en cada mano amenazante, mientras se hace paso a nosotros.

Para luego.

Enfrentarse a un grupo de hombres que se interponen en su paso.

Dios...


      CONSTANTINE


https://youtu.be/LSvOTw8UH6s

Vienen a mí, sin compasión.

Logro contarlos con una rápida mirada y perímetro de sus ubicaciones, mientras intentan acorralarme, pero a una distancia prudente.

Y la adrenalina, empieza hacer ebullición entre mis venas.

Como la ligereza y velocidad de mis movimientos para acabar con ellos, cuando intercepto que el ruso como sus secuaces con la mariposa entre sus brazos, hacen su huida entre la gente agolpada de terror y que tipo estampida corren, pero se hacen paso entre ellos.

No puedo perder tiempo.

Y no lo pienso dos veces.

Maniobrando mi cuerpo, me enfrento a los primeros que intentan atacarme con golpes y puñal en manos.

Lucho, rodeado por ellos.

Esquivo sus embistes de cuchillos, girando y con golpes de puño y con las puntas de mis sables.

He inclinado sobre mis rodillas flexionadas y con un giro por abajo de ellos, logro que una de mis cuchillas mientras la otra me protege de sus embestidas sobre mi colisionando con cada choque de ataque, que corte e hiera de forma letal sus piernas, cayendo derrumbados contra el piso.

Sangre emana de esas extremidades que con sus cuerpos derrumbados contra el suelo, comienzan a teñir este con un charco rojo y su superficie, por más que intentan detener bajos sus gritos de dolor, la hemorragia que emanan de ellas con sus manos creciendo.

Me giro a los restantes atacantes.

Y no doy tiempo a nada, cuando noto que desenfundan las armas de fuego que llevan bajo sus ropas.

Mis ojos, van al predio.

El parque.

Todavía mucha gente inocente en el lugar.

Aún, corriendo.

O agazapados desde un rincón escondidos detrás de algo, pero con el terror en sus miradas siendo testigos involuntarios de todo esto.

Como niños con su padres abrazados observando todo.

Y observándome.

Alqaraf...

Lleno con una gran bocana de aire mis pulmones.

Yo debo detener esto, antes que sea una carnicería humana de inocentes y corro, desorientando a mis enemigos que empiezan con la balacera.

Eludo esa lluvia que descargan sobre mí, lanzándome en el aire hacia las mesas del bar, tumbando estas contra mí y como escudo a sus disparos.

Guardo mis sables en mi espalda, para arrastrar mi cuerpo contra el nivel del piso y llegar a un punto más alto del lugar y donde casi no hay civiles al alcance de sus ataques.

El sonido de cada bala surcando el aire y viniendo en mi dirección, invade el área y corta este, mientras me desplazo rápido a mi objetivo sobre los gritos de conmoción de la gente y de estos contra mí, y su ataque.

Una bala roza mi rostro, arañando tanto la tela de mi máscara como mi mejilla.

La tibieza de mi sangre brotando de la pequeña herida, recorre como hilo un lado de mi rostro y gotea en pequeños círculos perfectos sobre el pavimento del suelo.

Pero hago caso omiso, cuando el que disparó se me viene encima y aún, apuntando su arma de grueso calibre intenta con otro disparo, no errar esta vez.

Su sombra como su cuerpo, me cubre y cae sobre mí y contra el piso, luchamos sin piedad.

Forcejeamos, rodando contra él.

Y fuertes pisadas, vienen por ayuda.

Sus restantes compañeros.

El frío hierro de la punta de su arma, apunta y toca mi cuello mientras luchamos.

Pero, logro desviar su mira y lo obligo a disparar.

Siendo su rostro, el final de todo esto.

Su cuerpo con peso muerto, se desploma sobre el mío, manchando parte de mi traje de toda su sangre.

Pero lo elevo contra mí y lo utilizo como protección ante la nueva lluvia de balas, que descargan su compañeros mientras me desplazo sobre el lugar.

El cuerpo inerte, repercute con cada disparo que recibe y tomando el arma que era de él, mi turno de disparar.

Cayendo tres ante mis fulminantes disparos y otros tantos, se lanzan por la protección más cercana.

Dándome con esa pequeña pausa.

Lo que necesito.

Un tiempo.

Y sonrío, bajo mi máscara por ello.

Porque es mi turno.

De asesinar...

Y con mi media sonrisa, nace un silbido de mis labios.

Suave.

Ligero.

Pero demandante.

Llamando.

Y cruza el predio, llenando el parque y flotando sobre él.

Y sonrío más.

Al sentir la respuesta.

El galope fuerte y sin vacilar de unos cascos, que golpean el piso con su carrera.

De mi Eadhab. (Tormento).

Mi alazán negro y mi compañero, que viene a mi llamado y sin dudar.

Me lanzo a mi caballo, cuando pasa por mi lado sin perder la velocidad de su carrera.

Lo monto de un salto y con un movimiento diestro tomando sus riendas, voy a la persecución de los tres hombres del ruso, que intentan huir.

Guardo el arma, pero desenfundo mi látigo que llevo bajo mi capa y con un certero chasqueo en el aire, cae sobre el primero deteniendo su huida y enroscando el fuerte cuero trenzado de esta su cuello.

Con otro movimiento tajante, impido su respiración apretando más sobre él y frenando su escape.

Mucho...

Para caer derrumbado y sin vida por mi lado al pasar sobre él, sin perder mi velocidad y arrastrarlo varios metros por el suelo del predio su cuerpo.

Por el rabillo del ojo, puedo ver luego como yace sin vida contra el piso cuando aflojo esta, y sirenas empiezan agolpar el lugar, tanto de ambulancias como de móviles policiales deteniéndose bajo chirriantes frenadas.

Donde, oficiales como paramédicos bajan de este y corriendo, toman el lugar empezando a cercarla.

Mi vista vuelve a los dos restantes que se dividen en mi persecución.

Cruzando mi látigo sobre mí, para tomar unas de mis dagas de un lado de mi traje, lanzo a la espalda del primero surcando el aire e impidiendo su escape, por los viejos corredores de la edificación y cual por mi acertado tiro, se incrusta en ella haciendo que tambalee y trastabille cayendo al piso.

No me preocupo por él.

Herido y convaleciente, no hará mucho y será apresado por los oficiales del lugar.

Más sirenas de móviles policiales se perciben en la lejanía, cuando me volteo y frente a mí, observo que cruzan una media docena de móviles policiales la salida del parque y contra sí, para impedir mi escape como al del último agresor.

Tomando posiciones sus hombres, bajo el grito de alto, con sus armas apuntando sobre nosotros y utilizando sus mismos coches policiales como abiertas sus puertas a modo escudo o detrás de ellos para detenernos.

El jadeo de mi caballo por la imparable carrera hasta el punto de llenar una saliva viscosa de espuma a los lados de su boca y sobre su negro pelaje.

Por su velocidad.

Y la adrenalina como a mí, que le envuelve por ser mi compañero invaluable en estos tres años de justicia bajo mis sables.

Es el único sonido que siente sobre nosotros y con cada galope, que acorta la distancia entre ellos y nosotros.

Me sonrío y palmeo su cuello con cariño, sin perder de vista a los móviles policiales como los agentes, posicionándose más con sus armas para recibirme y notar que no voy a detener mi carrera.

Como al hombre del ruso, ya llegando hasta él.

- Ealayna 'an nafeal sadiq...(Tenemos que lograrlo, amigo). - Le susurro con cariño.

Su relincho sin decaer, es mi respuesta.

Y es suficiente para mí, con mi media sonrisa creciendo bajo mi máscara y estrechando mis ojos con seguridad.

Mientras saco uno de mis sables y con otro movimiento de las riendas, como orden de acelerar más las carrera.

La elevo sobre mí, para que caiga sin piedad sobre el cuerpo del agresor dando por finalizado, su fuga y derrumbándose su cuerpo sin vida sobre el pavimento.

Su sangre corriendo de forma uniforme por el filo de la hoja de acero de mi sable.

Es mi grito de justicia por cada pétalo rosa.

Una lacra menos, en este ruin y al bajo poderío del mundo de los Escarlatas...

Gritos en mi dialecto, me ordenan que detenga mi huida con la amenaza de abrir fuego por parte de ellos, cuando la distancia se acorta por la policía en su cerrojo.

Pero, mi interminable carrera es mi respuesta.

- ¿Mustaed Eadhab? (¿Listo, Tormento?). - Digo, acomodando mejor mi postura.

Y con una última bocana de oxígeno.

Casi, llegando a ellos y con sus miradas de asombro sin dejar de apuntarme.

Inclinado sobre un lado del lomo de mi caballo y este, aumentando en los últimos metros que nos separan de los móviles policiales, su velocidad.

Y sobre la orden de que abran fuego de alguien.

Mi caballo como yo con su agilidad y presteza.

Y de un movimiento hípico, lleno de destreza.

Saltamos sobre los coches y bajo sus disparos.

Y empuñando todavía mi sable, para golpear en el trayecto y por el aire.

Lo que interfiera nuestro camino.

Los cascos de mi alazán, chocan fuerte el pavimento al aterrizar.

Pero con proeza y decisión, cuando seguimos haciendo nuestro camino entre las calles como los antaños corredores de los edificios, de esta cultura musulmana e internándonos en ellos y su media oscuridad.

Sin darle tiempo a la fuerza oficial a su reacción rápida y persecución.

En búsqueda de mi Argema Mittrei y el ruso...

AMELY

Un grito se escapa de mí, a medida que avanzamos y al sentir una lluvia de disparos a cierta distancia y sobre los intermitentes sonidos de las sirenas, en el predio del parque cuando logramos salir de este y escapar.

- ¡Almashi! (¡Camina!). - Grita el hombre que me tiene apresada aún con su brazo y empujándome con brusquedad, obligando a apurar mis pasos cuando me detuve por ello aterrada, mientras el hombre rubio vocifera en su idioma órdenes en ruso deduciendo y logrando captar, al par hombres que nos acompañan y aparecieron en nuestro escape.

Su seguridad, pero de civil.

Que se pierden en la inmensidad de la noche y alejándose de nosotros, para cumplir lo que les ordenó.

- Varcovich... - La voz algo insegura del hombre de barba y mi nacionalidad, suena en nuestra huida y sobre la semi oscuridad de la noche y en los viejos pasillos de los edificios, en cual los internamos. - ...ese monstruo carnicero, viene por nosotros... - Jadea por la caminata como temor y ya, sin ese sombrero vaquero sobre su cabeza, por haberlo perdido en el camino.

Y lágrimas asoman mis ojos, por la respuesta de este tal Varcovich.

Que al sentir su apellido ser nombrado en voz alta por este, lo toma con ambas manos de las solapas de la camisa del aludido y lo empuja con rudeza contra la pared próxima.

Provocando que golpee, fuertemente su espalda contra esta, y deteniendo nuestra caminata.

- ¡Idiota! - Escupe sobre él. - ¡Ahora ella...sabe mi nombre, imbécil! - Jadea.

Pero su rostro ladea a mí, mientras el suave clic de un arma de bajo calibre sacando su seguro y por detrás de su pantalón, suena sobre nuestro silencio.

Y elevándolo a un lado de su rostro.

Sus palabras van hacia él, que lo suelta con rudeza, pero su mirada está en mí.

- No te preocupes, maldito cobarde... - Se sonríe apenas. - ...la policía, se debe haber hecho cargo de él... - Augura entredientes por el tiroteo que se sintió segundos antes.

Y esas lágrimas que amenazaban mis ojos.

Comienzan a rodar por mis mejillas silenciosamente.

Dios.

Constantine...

Provocando que este, perplejo por mi actitud y ladeando su cabeza curioso, camine a mi dirección.

Oh mierda...

Presiona con su mano mi barbilla con fuerza y me obliga a que lo mire fijo mientras el hombre que me tiene retenida, asegura más mi agarre a él.

Sus ojos de un celeste claro, se estrechan arrugando la comisura de ellos como analizando los míos y a través de ellos, quisiera leer mis pensamientos sobre la oscuridad que nos rodea.

- ¿Acaso, lo conoces, lindura? - Murmura serio y recorriendo mi rostro con precaución. - ...sabes quién es el puto jodido, detrás de ese traje? - Insiste, apretando más mi mandíbula con la aspereza sus dedos.

Niego sin vacilar y pese al dolor que me provoca ello.

Pero, no lo convence.

Y solo logro con mi negativa silenciosa, una bofetada de su parte en mi mejilla y donde el sonido de ella, se hace eco entre el callejón que estamos y su edificación.

Un duro escozor tiñe mi mejilla de ardor, pero reprimo su dolor cuando el silbido de algo sobre el aire cálido de la noche y cruzando este, corta su interrogatorio mezclándose con el galope de algo.

Cuando, lo que fue lanzado por el aire.

Golpea la mano del jodido Varcovich que tiene prisionero mi rostro y con su fuerza, se clava en su mano y lo separa de mi rostro con violencia.

Robando a ambos un jadeo.

El mío, de asombro y sorpresa de esa cosa filosa casi rozando mi rostro y que no pude ver por su velocidad.

Y a él, uno de dolor agonizante con juramentos en su idioma, intentando zafar el pequeño puñal de su mano y traspasando esta, que se clavó en su palma con una puntería perfecta.

Su grito y órdenes al que me tiene retenida, se mezcla con el mío de júbilo, cuando saca bajo otro juramento y de un movimiento, el puñal que clava su mano y lo lanza con ira contra el piso envolviendo su herida con un pañuelo blanco que se tiñe de rojo en el momento, por la emanación de ella.

Y cuando ambos.

En realidad, todos.

Notamos la presencia de Constantine que montado en su caballo.

Y pestañeo, por no poder creerlo.

Ya que es el mismísimo Eadhab, en su trote galopante y nunca perdiendo su velocidad con él encima.

Para luego, Constantine lanzarse sobre ellos sin tregua en su ataque.

El hombre de barba intenta huir.

Pero en su carrera, Constantine lo alcanza y con uno de sus sables en mano, lo atraviesa sin piedad, cayendo derrumbado su cuerpo inerte y herido contra el piso de empedrado.

Mi grito ante eso, es ahogado por la mano sana del ruso que cubre mi boca presionando el frío hierro del arma que carga, sobre mejilla lastimada por él, mientras me obliga arrastrándome a la fuerza a retroceder y seguir camino, sumergiéndonos más en la oscuridad de los estrechos pasillos del callejón y como rehén, mientras mi captor enfrenta a Constantine.

Sus blasfemias de dolor por su mano gravemente herida se siente, sobre el salto de Constantine contra el agresor para luchar contra él, mientras su caballo sigue viaje.

Y al notar que este, saca un arma de la baja espalda de su camisa, descargando los disparos de su automática por reflejo y al aire sin punto fijo.

Una tras otra.

Disparos que suenan sobre nosotros.

Pero, contra Constantine.

Colisionando cada tiro sobre su carrera y como sombra eludiendo estas, mimetizado con la misma oscuridad de la noche y sobre el lugar.

Tanto en paredes como objetos, apoyados en esta.

Rincones.

Y hasta cuando lo enfrenta, sobre las mismas hojas de los sables cruzados frente a él como escudo y donde uno de los misiles, rebota contra su acero.

Guau...

Culminando y dando fin a mi captor, cuando encontrándose sin municiones para seguir disparando contra él y demorando en buscar otra carga del bolsillo de su pantalón.

Constantine camina sobre su siempre calma y con el retroceso de este al verlo venir, cayendo bruces al piso rogando su perdón y elevando una mano sobre él, mirando suplicante desde abajo, cuando él patea tanto su arma como cargador a distancia de ambos.

El filo de uno de sus sables, reposa en su garganta inmóvil como toda su presencia y altura frente a él y contra el piso arrodillado.

La capucha que envuelve y protege su identidad, no me permite ver desde el rincón que me tiene apresada Varcovich, su rostro que con su baja mirada que solo está en su víctima.

¿Acaso?

Acaso Constantine, lo va a mat...

- Fi eaynayk 'ann talab alssafh ...'araa siwaa alzzalam al'ahmar min dhunubikin, yasrakh bila rahmat alkhass bk; dahaya fi ydik...(En tus ojos que suplicas perdón...solo veo la oscuridad Escarlata de tus pecados por los gritos sin tu piedad, de víctimas en tus manos). - Su voz agriamente hermosa y sin ese dejo de emoción, interrumpe mis pensamientos. - ...'ana last alllah liaghfir ...wala alqiddis albabba, lisamae nadim alkhass bik...(No soy Dios para perdonar...ni el santo pontífice para escuchar tus ruegos).

Y el filo de ella.

Ese sable.

De forma precisa y tajante, surca su cuello cortando este sin piedad con su cuerpo desmoronándose.

Siendo mi respuesta.

Y mi gemido ahogado por ser testigo de eso y sobre la mano del ruso, lo hace girar a mi dirección.

Y decidido, se encamina a nosotros.

Serio.

Y saltando el cuerpo sin vida de su víctima que obstaculiza su camino.

Pero sus pasos decididos se detienen, cuando el frío acero del arma que sostiene Varcovich, apunta mi sien.

Y con otro movimiento.

El sonido del martillo de su arma, se siente en el silencio que nos rodea, siendo jalado hacia atrás y listo para disparar en mí.

- No...te atrevas... - La voz amenazante y baja de Constantine, resuena sobre los tres.

Y una risita de mi captor, lo acompaña con burla.

- ¿Qué? - Siento su mirada en mi nuca. - ¿Ella te importa, enmascarado? - Susurra suave en mi oído.

Y cierro mis ojos, al sentir la humedad de la punta de su lengua, lamer mi cuello.

Mi piel se eriza ante asco y miedo.

Constantine no contesta y tampoco se mueve.

Una frenada de un coche, aparece en un extremo de la salida del callejón y los hace girar.

Abro mis ojos, pero mi mandíbula cae al notar, que es uno de los mismos Jeep negros de las fotos.

Y donde de este, descienden los mismos hombres que Varcovich, les ordenó algo y se marcharon.

Y ahora, apuntando a Constantine con sus armas de fuego y sobre este, están estáticos sobre su lugar a la espera.

Pero no se inmuta, volviendo su mirada a nosotros.

Silencioso y como una hermosa estatua viviente y medieval.

No se mueve y aún, empuñando sus sables en cada mano.

Haciendo honor a como lo llamo, maldita sea.

Mi muertito en vida.

Varcovich me obliga a reiniciar la caminata saliendo del escondite y usándome como escudo frente a él, sin dejar de apuntar ahora a Constantine.

Mi mano temblorosa, pero con cuidado va a mi bolsillo delantero de mis jeans con cada paso lento que hacemos y en dirección a sus hombres a la espera de sus órdenes.

Necesito hacer algo.

Yo, tengo que hacer algo...

Debo salvar a Constantine me digo, mientras hurgo con cuidado y logro encontrar lo que busco.

- Quítate la máscara y prometo dejar con vida a la muchacha... - Jura el ruso, empujándome más contra él y ya casi, llegando a sus hombres.

Pero el silencio de Constantine como su nula reacción, lo enfurece.

- ¡Quítatela, puto mal nacido! ¡O juro que sus sesos, teñirán esta paredes! - Vocifera, acomodando el gatillo como la pistola, contra mi cabeza con fuerza otra vez, logrando lastimarme con la punta de este.

No hay respuesta.

Y por segundos desgarradores.

Hasta, que.

Dios, no...

Los hombros rígidos como su porte, caen de forma vencida de Constantine deteniendo nuestro andar por eso.

A una distancia prudente.

Pero, uno frente al otro.

Y pasos más atrás y detrás nuestro, el coche como sus hombres esperando, pero sin dejar de apuntar con sus armas expectantes a Constantine, cuando elevando sus fuertes brazos para guardar sus sables sobre su espalda.

Cae.

Sí, cae.

Sobre sus rodillas al piso.

Oh, mi Dios...

Y ambas manos lentamente, lleva a los lados de la capucha que cubre su cabeza y parte de su rostro.

Para tirarlo atrás y poder dejar al descubierto, su pelo negro como el azabache y algo largo ahora, cubriendo como siempre parte de su rostro y sus ojos de su máscara, pero sin levantar su vista.

Y como señal de su rendición antes sus palabras.

Niego.

No.

NO.

Será su fin.

Y mis latidos golpean fuerte mi pecho, con cada palpitación y en solo pensar ver muerto a Constantine.

Un calor llena, oprime y recorre mi ser y jadeo entre lágrimas, sacudiendo mi cabeza.

Porque.

Lo hace por mí.

Solo.

Por mí...

Y con el impulso de cada uno de esos latidos que son por verlo así.

Entregado.

Y siempre, latieron por y para él...

Deslizando el anillo con disimulo sobre mi anular.

El Rammisha, que me dejó esa noche en mi habitación y que no fue un olvido, según Cabul.

Para luego, bajo la sorpresa de mi agresor y con el puesto.

Empuño mi dedo a su rostro sin titubear y con toda la fuerza de mi ser.

Siendo mi blanco directo, un lado y todo el largo de su rostro, bajo una herida profunda y cortante sobre su piel.

Grito, dolor y sangre, brota de él soltándome para con su mano sana, tapar ese lado de su cara echándose hacia atrás.

Y todo.

Sucede rápido después.

Abriendo fuego sus hombres, yendo a su rescate.

Yo, corriendo sobre las balas hacia Constantine.

Y este.

Viniendo en su carrera, por mí.

 Felicidad...

https://youtu.be/rgd7ArH7uiA

Mucha felicidad para mí, cuando nuestros cuerpos colisionan, bajo nuestro encuentro y abrazo.

De forma fuerte.

Dura.

Reacia.

Tan de Constantine con su agarre, lleno de ese sombrío cariño por su poco uso en la materia del amor.

Pero que, no cambiaría su forma de demostrarlo por nada del mundo.

Y más felicidad.

Cuando otras frenadas, se sienten en el otro extremo de salida del callejón.

Por patrullas de la policía musulmana, que sin vacilar y bajo gritos de abrir fuego.

Tanto al ruso como sus hombres, que ahora disparan contra ellos para huir.

Estos.

Lo hacen también e intentando iluminar con un reflector sobre nosotros al mismo tiempo.

Constantine vuelve a cubrir su cabeza y sin perder tiempo y sobre nuestros lugares, me mira.

No puedo ver sus ojos de ese color gris como el hielo, bajo la sombra de su capucha.

Pero, la siento colmándome.

Llenándome de él.

- ¿Lista para escapar, mariposa? - Me susurra bajito.

Y humedezco mis labios ante la expectativa con la que me sorprenderá, mientras asiento segura.

Me aprieta más contra él, robándome un jadeo ante ese dulce y caliente contacto.

Y siento su sonrisa, bajo su máscara por ello.

Y sin más.

Elevando su brazo libre como su vista y rodearme contra él.

Dispara algo hacia arriba.

Y como la otra vez, para escalar esa poderosa y alta ladera de ese risco.

Una cuerda o soga de menor grosor, pero fuerte como aquella.

Despide de esa muñequera, que lleva siempre puesta en su brazo y ahora bajo su traje.

Para que la punta de esta, con su tres filos al ser lanzada, enganchen en el diseño uniforme de la azotea del viejo y alto edificio que estamos.

Y para con un tirón de Constantine y su brazo expuesto.

Nos jale cuesta arriba a gran velocidad y bajo la mirada de asombro de la fuerza policial intentando detenernos, sobre gritos e inútilmente disparando contra nosotros, por la oscuridad que nos envuelve y la altura como distancia que vamos retomando.

No sé qué, será romántico para ustedes.

Tal vez, las flores, una cena a la luz de las velas sobre una playa y corazones.

Pero, créanme.

Volver a sentir el cuerpo de Constantine, bajo su traje guerrero contra el mío y como esa vez en los acantilados.

Trepar ahora, la altura de este viejo edificio y sentir como sus pies se aferran a los míos, de nuevo enroscándolos a medida que ascendemos para darme seguridad.

Y con su brazo presionándome más contra su duro y fornido pecho, sin dejar de mirarme con esos ojos claros como el agua y de un gris hielo.

Para luego.

Inclinándose suavemente hacia mí.

Besarme.

Con cada metro que subimos.

Cada distancia que nos elevamos y acortamos la distancia a la azotea.

Rozándolos con los suyos.

Acariciándolos.

Y luego chuparlos con cuidado y profundizar el beso, hasta entrelazar su lengua con la mía.

Suave.

Pero demandante.

Posesivo.

Pero con amor.

Eso.

Es romántico, para mí.

Y sonrío sobre sus labios, acomodando como puedo mechones de mi pelo que vuelan sobre mi rostro, por la brisa que se arremolina en nuestra vertiginosa subida y escape bajo balas.

Romántico, repito.

En el idioma.

De mi extravagante.

Extraño.

Y raro.

Constantine Kosamé.

Porque, él es.

Pura pasión y guerra...











Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top