5

—¡Agh! —Eleanor guardó lo que llevaba escrito de la historia y se levantó del sillón antes de tirar el teléfono contra la pared.
Le desesperaba tener esos bloqueos de escritora y mucho más cuando le gustaba lo que iba escribiendo. Era frustrante que las palabras no salieran como ella quería. Ya era el quinto día y no conseguía que sus personajes colaboraran. De repente escuchó unos pasos por el pasillo y temió lo peor.
—¿Aún estás escribiendo? —su chica se acercó poco a poco.
—No me digas que te desperté —dijo con tono culpable, aunque ya podía adivinar la respuesta sin necesidad de que le respondiera.
—No —aunque realmente no estaba dormida, no por completo, sonó en su cabeza—, déjame adivinar, ¿la musa se porta mal?
—Es una perr... sí —se corrigió al ver la mirada de Elvia—... no he podido escribir decentemente por un buen tiempo...
—Déjalo entonces y luego lo retomas —le susurro al oído cuando estuvo cerca. Aún tenía puesta la máscara, lo que hizo que Eleanor se pusiera nerviosa.
—Tengo que entregar esto en una semana, baby, no puedo retrasarme más —era difícil hablar cuando una chica así le daba besos desde la oreja hasta la parte baja del cuello.
—Déjame inspirarte entonces —Eleanor reprimió un gemido cuando Elvia se quitó la máscara y le dio un ligero mordisco en el lóbulo de la oreja. ¿Cómo hacía para encenderla tan fácil? Su respiración le ponía la piel de gallina y aceleraba la suya propia—. Últimamente andas muy estresada —por cada palabra le dio un beso, cada vez más cerca de la boca—. ¿Pasa algo? Me tienes preocupada —esas manos comenzaron a explorar debajo de la franela gris de tirantes que tenía puesta.
—Es solo el es-estrés —no iba a decirle que comenzaba a escuchar los pensamientos de los demás hasta saber el motivo.
No solo eso, también sus deseos se estaban volviendo realidad, los sueños que tenía y algunas cosas comenzaban a moverse a su alrede...
Bastó que los labios de su novia la tomarán de repente para olvidarse de todo eso. Su cuerpo se encendió, una flama recorrió sus músculos debajo de la piel y la hizo indiferente a sus problemas.
Elvia la levantó sin mucho esfuerzo, la llevó a la cama en brazos, y una vez allí comenzó a desnudarla. No tenia la delicadeza de las novelas románticas, sino que era ruda. Más de una vez le había roto la ropa en su desespero, y Eleanor jamás se quejó. Le encantaba sentirse ta deseada, que la tomara a la fuerza y le hiciera lo que le diera en gana.
En menos de un minuto, ambos cuerpos estaban piel contra piel, sus bocas devorándose sin descanso y las manos tocando más de lo que se consideraba moralmente correcto entre dos mujeres. La habitación se estaba llenando de gemidos sin mucha dificultad, y el olor a hormonas las comenzaba a drogar a ambas.
La lengua de Elvia probaba cada rincón de su chica, alternando algunos besos con suaves mordidas, arrancándole gemidos de placer que la animaban a seguir. Lentamente, el cuerpo de Eleanor comenzó a temblar bajo el tacto de la pelinegra, igual que siempre. Siempre dejaba caer las barreras con ella. Podía ser una fortaleza para los demás, fría y sin mostrar muchas emociones, pero con Elvia podía ser tan vulnerable como segura, podía ser ella misma, dejar caer todo y ser su verdadera yo.
Cuando la lengua de Elvia tocó su entrepierna, Eleanor comenzó a perder el control. Siempre sabia cómo moverla, a qué ritmo, cuándo detenerse y cuándo retomar el trabajo, enloqueciéndola.
—El-elvia-ah —dijo Eleanor entre gemidos.
—¿Hmm? —fue todo lo que dijo su chica, sin detenerse ni un segundo.
—Da-ah-ah-me u-un respiro-aaaah-un repiro—no iba a tardar mucho y tenía miedo de que pasará algo.
—No—solo fue cosa de un segundo, pero su voz traviesa, sus dedos, su lengua ahora en la suya y sus carnosos labios evitaron que volviera a hablar.
Uno de los dedos pellizcó sus senos sin ningún cuidado, justo como le encantaba, mientras que los dedos de Elvia jugaban con su intimidad nuevamente. En ningún momento dejaba de besarla si no era para recuperar el aire por unos segundos, pero no servía mucho. Eleanor sentía que estaba más en las nubes que en el mismo planeta que ese incendio encarnado a su lado. Ver ya era incluso imposible, los ojos se le entrecerraban por sí solos. Un pequeño mordisco en el borde la hizo ver todo en blanco, sentir que por medio segundo se iba lejos de donde realmente se encontraba y volver a su cuerpo de golpe.
Estaba cerca, casi acababa, pero antes de siquiera terminar de pensar en ello, la puerta del dormitorio se cerró de repente.
—¡MIERDA! —gritó Elvia. Eleanor, por su parte, estaba sin habla. La pelinegra recogió las sábanas apenas terminó de hablar—. ¿¡QUÉ CARAJOS FUE ESO!?
Un silencio pesado como el mar las inundó. Elvia no lo pensó dos veces antes de pararse en la puerta para ver qué había pasado.
Eleanor sabía qué había sido, ¿pero como se suponía iba a decírselo a Elvia? Su familia la había echado de la casa cuando descubrieron su relación y solamente ella la apoyó, aquella mujer era todo lo que tenía, lo que le quedaba. Le abrió las puertas de su casa ese mismo día aunque le dijo que no quería molestarla, la ayudó a conseguir trabajo en esa ciudad, y poco a poco las cosas habían ido mejorando.
Apenas eran cuatro meses que llevaba de mudada, y aunque su relación tenía más de un año, el que su propio padre le escupiera y que su madre no hubiese movido un dedo por ella cuando la echó sin nada a la calle había afectado gravemente su autoestima. Comenzó a temblar de solo recordar todo eso de golpe.
—Bebé, mi cielo no pasa nada —Elvia estaba a su lado abrazándola apenas la escuchó llorar—, creo que fue solo el viento. No quería asustarte. No pasa nada.
—N-no e-es eso —o lo decía en ese momento o no lo decía nunca. No quería arriesgarse a que pasara de nuevo.
—¿Ah? —Elvia la miraba confundida.
—Tenía... —Eleanor tomó aire antes de hablar para calmarse—. Tenía miedo de que pasará eso, fue mi culpa —la miró conteniendo los nervios.
—Bebé, estás nerviosa, no fue tu culpa, ¿sí? —Elvia tenia su rostro entre ambas manos mientras hablaba.
—¿Podemos hablar en la sala? —Tenía que hacer que la escuchara.
—¿Estarás más tranquila así? —Eleanor asintió—. Vamos entonces.
Los minutos pasaron sin que ellas se dieran cuenta. Eleanor le explicó que, desde el primer día en esa casa, le habían pasado cosas raras, incluso le demostró la lectura de mentes diciendo en voz alta todo lo que Elvia pensaba. Le habló de esa historia secreta donde mezclaba su vida con la ficción, la forma en que le hubiera gustado que pasaran las cosas. Había sido su única manera de desahogarse.
En ningún momento la interrumpió si no era para hacerle alguna pregunta al respecto, y, aunque su cara fue un poema abierto en más de una ocasión, supo mantener las palabras bajo control. Eleanor se sorprendió de que no dijera cuando tocó el tema de su madre, quien llevaba medio año ya de fallecida.
Cuando Eleanor sintió que ya había dicho todo lo que necesitaba, lo que le robaba el sueño noche tras noche, simplemente se quedó callada, mirando la cara de Elvia. Quería tratar de entender lo que veía, pero las lágrimas se lo dificultaban. Casi siempre, y ese era uno de esos casos, odiaba ser tan emocional y no mantener la cabeza fría.
—Mientras seas la misma de la que me enamoré —dijo ella—, no me importa que seas una bruja, sirena, o lo que sea.
Antes de que pudiera decir nada, Elvia la besó con una ternura poco usual, dulce y delicadamente, como si tuviera miedo de que el más mínimo movimiento le rompiera sus suaves labios a Eleanor.
—Solamente tengo unas pocas preguntas —Elvia logró separar sus labios el tiempo suficiente para hablar.
—Dime.
—Yo habría matado a mis primas en esa historia —se rió—, ¿por qué soy tan pacifista?
—Porque para mí eres más dulce que un chocolate —dijo Eleanor entre risas.
—¿Y Snavis de dónde salió?
—Amigo imaginario de la infancia —respondió encogiendo los hombros.
—Entonces ya me imagino por qué soy la muda y tu una amputada —se sonrió.
Y tenía razón. Antes de conocerse, Elvia era cerrada, casi ni hablaba con nadie ni gustaba de salir fuera de su casa, y Eleanor sentía que algo le hacia falta en su vida, algo importante sin lo cual no valía la pena respirar. Ambas chicas habían conseguido la mitad que les faltaba cono si les cayera del cielo.
Cuando volvieron al cuarto, Elvia se acostó lo más cerca que pudo de su chica. Recordó los planes que tenia para el día siguiente y el anillo que tenía escondido en su cartera. Pensó que ya no necesitaba saber más nada para preguntarle a Eleanor si quería vestirse de blanco con ella.
Veinte años después, ambas se dieron cuenta de que su hijo también tenía los poderes de su madre biológica al verlo materializar los libros que dejó en casa de su mejor amigo.
—La magia viene de familia, supongo —dijo Eleanor para sí antes de ir a bañarse. Tenía una firma de libros a la que asistir como escritora invitada y no pensaba llegar tarde por nada.



Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top