Capítulo 1


Narra Isabella:

Mis lágrimas se desparraman por mis mejillas, desahogándome por la noche tormentosa que pasé ayer por culpa de mi esposo. Mi vientre se contrae de dolor de tan solo rememorar los golpes que me dio y cierro los ojos con fuerza como si eso me ayudará a evitar los flashback que atraviesan mi mente.

Estoy sentada sobre la bañera del baño, sintiendo como el agua caliente se torna fría mientras sigo llorando por un presente vacío y por un futuro sin esperanzas.

Es que no hay esperanza para mi vida, Juan me sumergió en un infierno del que nunca podré escapar porque me tiene atada a base de amenazas.

Agacho la cabeza y abro los ojos, dejando escapar un suspiro y decido salir de la bañera para ir a desayunar.

Cubro mi desnudez con una toalla y cuando me paro delante del espejo, sintiendo como todo se derrumba al ver en lo que me convertí. Me desconozco completamente al ver el moretón que tengo en mi rostro y rompo en llanto de nuevo.

No soy capaz de volver a mirarme al espejo y mucho menos cuando los recuerdos inundan mi cabeza.

"Juan sostiene con fuerza mis manos, intentó zafar de su agarre ya que me está lastimando y me arden las muñecas, él es incapaz de soltarme y sigue diciéndome palabras hirientes.

– ¿Quién se va a enamorar de ti? Ningún hombre se enamoraría de ti Isabella. – Sonríe descaradamente. – Eres tan insignificante, tienes que dar gracias a Dios que yo siga estando contigo.

Se negó a escucharlo, no quiere que su marido le siga haciendo daño, pero cada palabra de Juan es una puñalada en su corazón.

– ¿Por qué me haces esto? Me estás haciendo daño. ¿Qué te hice?

– Porque casarme contigo fue lo peor que pude haber hecho, si hubiera sabido que envejecerías ni me hubiese casado contigo".

Apenas puedo respirar por la tristeza que estoy sintiendo hasta que escucho que golpean a la puerta y escucho la voz de Florencia.

– ¿Está ahí, señora?

Me limpio las lágrimas enseguida y antes de que pueda hablar con tranquilidad, ella entra al baño y me mira con tristeza al ver mi expresión.

– ¿Otra vez le puso una mano encima?

Trago saliva al no saber qué contestar y me inclino en busca de un abrazo. Florencia me abraza con fuerza y dejo que las lágrimas salieran de mis ojos.

– No puede seguir permitiendo que ese maldito la siga lastimando.

El tono de voz de Florencia es serio y determinante pero no puedo hacer nada, no cuando me tiene amenazada con hacerle daño a mis hijos, sus hijos.

¿Cómo puede haber un ser humano capaz de hacerle daño a sus propios hijos?

Juan no tiene compasión alguna y eso es lo que más me aterra, al no tener compasión es capaz de hacer cualquier cosa para tener todo como quiere.

Cierro los ojos y apenas puedo hablar.

– No puedo Flor... que más quisiera huir de está pesadilla pero me moriria si por mi culpa a mis hijos les llega a pasar algo.

Me siento sobre el inodoro con expresión de derrota, entregada a una vida que ya no tiene salvación.

– Pero debe de haber otra manera. – Preocupada.

No le respondo nada, solo me quedo callada porque no sé que decir.

– Quiero estar sola, por favor.

Florencia suspira suavemente y asiente lentamente cuando abro los ojos.

– Deje el desayuno en la habitación, si necesita algo puede llamarme.

– Gracias. – Susurro.

Me quedo sola en el baño y tragó saliva antes de ponerme de pie.

Al salir del baño, mi habitación está inmersa en una soledad extrema y me cambio rápidamente antes de desayunar.

Una vez que dejó la taza sobre la bandeja antes de maquillarme así tapó el moretón y otras marcas de mi rostro.

Me pase toda la mañana en la soledad de mi habitación, sintiéndome completamente aburrida y sin saber que hacer para despejar mi cabeza.

Al mediodía, Florencia golpea la puerta y respiró hondo, le dije muy bien que quería estar a solas pero se apura en hablar.

– Vino el señor Alvear. Le dije que la espere en el comedor.

Sonrió un poco al saber que Leandro está en la casa, me hace mucha falta hablar con un buen amigo de la familia y me pongo de pie.

– ¿No sé me nota nada?

Florencia sabe muy bien a lo que me refiero y niega rápidamente.

– Se ve hermosa.

Me quedo mucho más tranquila y salgo de la habitación. Camino hasta la escalera y bajó enseguida a la planta baja, cuando cruzó la entrada al comedor, lo encuentro mirando las fotografías que están colocadas arriba de la chimenea.

– Buenos días Leandro.

Leandro se da la vuelta y me mira con una sonrisa antes de acercarse, toma mi mano y la lleva a sus labios para besar mi mano con suavidad. Antes de que pudiera hablar, me da un pequeño ramo de flores haciéndome sonreir.

– Gracias Leandro... ¿por qué no te sientas?

Me hace caso y aparece una sonrisa tranquila mientras me mira con atención.

– ¿Cómo estás?

Me esfuerzo por sonreír y de mostrarme lo más tranquila posible pero parece que se da cuenta enseguida.

– ¿Te pasa algo, Isabella?

Toma mi mano de nuevo y sus ojos negros miran fijamente los míos. Trago saliva antes de contestar.

– Estoy muy bien. ¿Y vos? Debes tener mucho trabajo en la empresa.

– Está todo bien, Santiago está en su oficina y tu marido lo está ayudando con un nuevo proyecto.

Respiro hondo al escuchar que habla de Juan y asiento lentamente.

– ¿En serio que estás bien? – Preocupado. – Es que te veo muy seria.

Lo miró con terror y niego enseguida, esforzándome por mostrarme completamente tranquila.

– Estoy bien, Leandro.

Acaricia mi mano, apretandola con suavidad y puedo notar que está dudando de mis palabras. Estuvo por hablar pero Florencia me salvo de las preguntas de Leandro.

– Disculpe señor Alvear. ¿Quiere algo de tomar?

– Estoy muy bien así, Florencia. Muchas gracias.

Florencia asiente y nos deja a solas. Otra vez tengo la mirada atenta de Leandro, puedo ver la sinceridad de sus ojos negros antes de que abra la boca.

– Me preocupo mucho por vos, Isabella.

Leandro Alvear es un gran amigo de la familia, lo conocí cuando empezó a trabajar en la constructora de mis padres y de la que ahora se ocupa Juan y mis hijos.

Leandro es ingeniero al igual que mi hijo, se llevan varios años pero se hicieron muy buenos amigos.

Respiro hondo y quito mi mano con suavidad.

– Lo sé. – Traga saliva. – Pero no tiene porque preocuparse, ya le dije que estoy bien y si no le importa... Me gustaría estar sola.

Su expresión cambia enseguida, mirándome con tristeza y asiente lentamente.

– No quise incomodarte, lo siento mucho.

– No hiciste nada malo, solamente quiero descansar un poco. – Sonrío a la fuerza. – Adiós Leandro, que te vaya bien.

– Cuídate Isabella.

– Vos también.

Leandro se inclina para besar mi mano y se pone de pie, sale de la sala y me quedo sentada en el sofá, mirando como el ingeniero se aleja y se da la vuelta para mirarme antes de desaparecer por completo. 

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top