Capítulo 3

La vuelta a casa fue más agitada que la ida. Edgar seguía estando desorientado y no despegaba la vista del teléfono, siguiendo camino que le indicaba el GPS. Reconocía algunos puntos y estaba haciendo lo posible por memorizarlos. Odiaba ser dependiente. El sol del mediodía no era muy agradable, lo cual tampoco ayudaba a mantener un buen humor.

Guardó aliviado su teléfono al ver finalmente su nueva casa. Seguía siendo un lugar extraño, una zona desconocida en donde no terminaba de sentirse a gusto, o seguro, mejor dicho, pero era lo que más se le asemejaba a un hogar en ese momento. Edgar suspiró resignado mientras subía los escalones de la entrada.

La fachada color crema no le desagradaba, pero se veía tan descuidada entonces que prefería concentrarse en sus pasos. Sabía que en pocos días Ángela haría maravillas en la entrada. Solo era cuestión de tiempo antes de ver un buen cambio.

Ya adentro, le llegó el olor distintivo del pasticho de su madre. Era otra manera de levantarle los ánimos. Aunque nunca era emocionalmente abierto con sus padres, sabía que ellos sabían que los cambios le sentaban mal, y que gestos pequeños como ese le devolvían la seguridad y comodidad que siempre buscaba.

-Buenas tardes -saludó tan pronto como entró, pasando directamente a la cocina.

Al lado de la entrada había un espejo que Edgar aprendería a ignorar. Lo último que quería ver al regresar de sus clases era su rostro demacrado y ojeroso, o tal vez cansado en todo caso. Últimamente no tenía muy buen semblante y hasta él comenzaba a preocuparse.

Luego del espejo estaba la entrada a la cocina y comedor, un espacio lo suficientemente grande como para que estuvieran allí cinco o seis personas sin problemas, puede que diez, si se organizaba algo grande. De todas formas su familia no era numerosa, sino todo lo contrario, así que no tenía razón para preocuparse.

La cocina seguía el mismo diseño que el resto de la casa. Pisos de cerámica clara, paredes blancas, algunos detalles en negro, pero casi todo en colores ligeros y claros. Era un lugar lleno de luz que daba la sensación de ser mucho más amplio de lo que realmente era. Fue amor a primera visita para sus padres por eso mismo, junto con el precio de oferta.

-Buenas tardes, Edgar -lo saludó su madre, acercándose para darle un beso en la mejilla que él correspondió-, ¿qué tal te fue?

-Bien, confuso, pero bien. Hola, pa'. -Saludó a su padre de igual manera, mientras Roger redactaba algo en su laptop.

-Hola, ¿todo bien entonces? -Preguntó Roger con una sonrisa cansada, levantando los ojos de la pantalla y fue a darle un abrazo. También parecía agotado.

-Sí, creo que me adaptaré rápido. -Una mentira blanca no haría daño. No sería la primera vez que la usaba, y la sonrisa de su padre lo valía. Le gustaba verlo así.

-Bueno, ya nos vas a contar, pero lávate las manos que ya la comida está lista.

Su madre no tuvo que decirlo dos veces. Después de dejar el morral en su cuarto, Edgar se lavó con prisa en su baño, con el estómago crujiéndole del hambre, y salió para sentarse cuando su madre colocaba la bandeja en el centro de la mesa. Los platos y los cubiertos ya estaban acomodados, junto con una jarra de agua y vasos para cada uno de ellos.

Sus padres no preguntaron muchos detalles, como había insinuado Ángela, cosa que Edgar agradeció en silencio. Sus rodillas le escocían menos, y estaba seguro de que para cuando fuera a su cuarto para cambiarse, y hacer los pocos trabajos que le habían colocado, ya no tendría de qué preocuparse.

Era un poco incómodo estar allí, sonriendo frente a sus padres, mientras sentía que las rodillas se le abrían, pero se repitió varias veces que era solo su imaginación. Luego de hacerlo tantas veces, Edgar era un experto tratando sus autolesiones, y casi nunca le quedaban cicatrices.

Se enfocó en la comida, dispuesto a disfrutarla. Viendo las cosas desde otro punto de vista, el día había sido más tranquilo de lo que esperaba. Había temido en secreto que fuese mucho más dramático, por alguna razón que no llegaba a entender. Quizás era su lado fatalista el que hablaba en esos momentos, pero no estaba seguro.

-Tu mamá y yo vamos a salir en un rato a un centro comercial que queda cerca-dijo su padre de repente-, ¿quieres ir? -Pues, no sonaba mal. Podía conocer Maracaibo.

-Ah, sí, pero tengo trabajos, creo que... Creo que son pocos. -Tomó aire para no tartamudear de nuevo-. Denme chance para adelantar una parte.

-¿Dos horas te parece bien? -Edgar asintió-. Bueno, nos vemos en dos horas entonces.

Se levantó con prisas y lavó lo suyo tan rápido como pudo, aunque estaba seguro de que el vaso se le caería de las manos en cualquier momento. Por suerte no fue el caso. Cuando terminó, regresó a su cuarto y se metió al baño para cepillarse, lavarse la cara y darse una ducha. Dio un vistazo rápido a las heridas cuando estuvo desnudo del todo, ignorando su reflejo en el espejo.

Estaban más cerradas y secas de lo que creía, y sonrió al darse cuenta de que la sensación de humedad que lo preocupó durante tanto tiempo no era más que el sudor de sus piernas. Se sintió estúpido e ingenuo, pero agradeció en silencio su buena suerte.

Lanzó el uniforme escolar a la cesta de ropa sucia, se duchó en cuestión de minutos y tomó lo primero que encontró en sus gavetas. Una franela negra de mangas largas con cuello rojo, un pantalón también negro, y otro par de medias de rayas blancas y negras.

Se sentó en la cama luego de vestirse la mitad inferior del cuerpo. Luego se pondría las botas. Revisó sus cuadernos, las notas, lo poco que tenía en el teléfono, y se dio cuenta de que era mucho menos de lo que esperaba. Solo algunas preguntas para la clase de inglés y un resumen para biología. No le tomaría mucho tiempo y podría revisarlo en la noche cuando regresaran del centro comercial.

Normalmente no quería salir de la casa, pero un centro comercial significaba que podría haber una librería. Y para los estándares de Edgar, si no la tenía, era solo un edificio con tiendas. Más que lector, se consideraba bastante curioso, así que leía tanto como podía sobre el primer tema que le pareciera interesante.

Empezó por el trabajo de inglés, la materia que le consumía menos tiempo que cualquier otra. Luego de ponerse la franela, con el cuaderno al lado del teclado de la computadora, Edgar respondió las preguntas que había hecho el profesor, terminó los ejercicios y revisó el tema para la próxima clase. No tenía de qué preocuparse.

Biología fue un poco más complicado de lo que había pensado. Tenía que identificar las partes de la célula eucariota, pero la imagen en el libro era tan confusa que apenas pudo dar con un par de nombres. Al ver que le quedaba poco tiempo, decidió guardar la página web en donde estaba leyendo, dejar el lápiz en el libro de biología y terminó de vestirse.

Cuando salió de su cuarto, sus padres ya lo esperaban en la sala, cada uno revisando el teléfono, aunque su madre enviaba notas de voz más que cualquier otra cosa. Se palpó los bolsillos para estar seguro de que llevaba su billetera y el teléfono.

-¿Listo? -Preguntó su madre. Tenía el cabello amarrado en una trenza, viéndose más joven de lo que ya aparentaba con sus cremas, sus meditaciones y las clases de yoga que veía por YouTube. Edgar asintió al momento-. Pues nos vamos.

Costa Verde, leyó cuando entraron al estacionamiento. Era una estructura vieja con varios pisos, y de fachada verde... poco y nada a simple vista. Dejaron el carro cerca de un restaurante de comida frita y una tienda de muebles. Estaban en un estacionamiento con muchos otros carros, así que debería ser seguro. Ángela le pasó su tarjeta de débito y una copia de su cédula para que pudiera pagar por lo que quisiera.

-No te pases -le advirtió.

-Ajá. -Guardó ambas cosas en su bolsillo cuando las tomó.

-Tu mamá y yo vamos a pasear un rato, a ver algunas tiendas, pero puedes ir por tu cuenta a donde quieras.

Tan pronto como Roger se lo dijo, Edgar se perdió de vista. Subió unas escaleras y caminó por un pasillo mientras que sus padres entraron a la tienda de muebles. No era su primera vez allí. Ahora recordaba que, en vísperas de la mudanza, cuando estaba por terminar el año escolar anterior, sus padres lo habían llevado a ese mismo centro comercial. Recordaba que había una librería por algún lado, pero...

Bingo. Estaba justo al frente. Librería Europa, leyó mentalmente. Había un quiosco de helados de yogurt cerca, y una fuente seca en frente en donde varias personas estaban sentadas. Por mucho, era la parte más concurrida.

El ruido de la gente no lo desorientaba tanto. Apenas era consiente de ellos, aunque la proximidad sí le incomodaba a veces, como cuando pasaba cerca de un grupo de amigos, todos conversando con todos, o cuando su apariencia atraía las miradas de otros adultos.

Edgar se preguntaba el motivo. No se consideraba a sí mismo llamativo, o por lo menos no en ese entonces, en que solo vestía de negro, con algunos detalles rojos. Sí admitía que su cabello negro estaba más largo de lo normal y de que era pálido. El contraste con los cortes modernos era abismal, por más sencillo que fuese su estilo. No pudo evitar pensar que a lo mejor parecía un Charly Chaplin corrompido.

Estaba al tanto de que algunos góticos sí llamaban bastante la atención, cubiertos de pines, remaches, púas, adornos, dijes, perforaciones, tatuajes, el cabello teñido con colores de fantasía, lentes de contacto, y tantas modificaciones más que eran imposibles de enumerar. A veces se preguntaba qué tal se verían en él, solo por mera curiosidad, pero no era su estilo. Prefería verse sencillo, con pocos adornos.

Suspiró, sonriente, cuando llegó a la entrada de la librería, tal y como la recordaba. Era espaciosa, variada, con algunos útiles escolares aquí y allá, y un rincón con juguetes, pero parecía estar muy bien surtida. Edgar sentía que incluso la iluminación era mejor a comparación a aquella visita fugaz antes de la mudanza. Tenía un sabor dulce en la boca.

Como si de un mundo alternativo se tratara, una realidad paralela en la que se sentía más en casa que en muchos otros lugares, Edgar se dejó envolver por el aura de tranquilidad e ignoró la música que sonaba por las cornetas, el último tema de Ricardo Arjona, uno de sus mil padrastros. Tenía tiempo sin entrar a una librería, y ese momento se sentía como volver a un mundo mágico al que solo él tenía acceso. Así se lo describió a sus padres cuando era niño, y mantenía la idea.

Revisó primero los mesones de oferta, uno de los cuales estaba justo en la entrada. Había algunos libros juveniles y de romance paranormal, los cuales ignoró cuando vio que eran de vampiros. Estaba cansado de las mismas historias de chicas virginales con inmortales torturados. Había pocas excepciones, pero dejaría el trabajo de detective para otro día. Prefería darle la oportunidad a otro tipo de historias, así que siguió ojeando, pero buscando los libros de fantasía y terror.

Encontró varias opciones atractivas, principalmente por las sinopsis que leía en las contraportadas. A medida que pensaba en cuáles novelas llevarse, se las quedaba en las manos. Siempre seleccionaba al final, cuando estaba listo para pagar. Era un método que usaba desde siempre. Se decidía por los libros más económicos y más extensos. En su mente, era una forma de ganar más por menos, y hasta ahora le había funcionado.

Pasando a la sección adulta, obviando los libros eróticos que no despertaban ningún interés de su parte, se fijó en algunos de género policíaco. Tomó solo uno, porque también estaba cansado de la historia del policía con un matrimonio fallido que salvaba al mundo del apocalipsis o una conspiración. Era lo mismo que los romances con vampiros.

Tenía cinco libros al momento de llegar a la caja registradora, todos con más de quinientas páginas y de precios económicos, cuando notó una cara conocida. Sus piernas se entumecieron cuando vio a Sylvia. Confundió los números al colocar la clave de la tarjeta de crédito de su madre, y tuvo que empezar de nuevo.

-Disculpe -dijo apurado, sintiendo el peso en la mirada de la cajera mientras marcaba la clave, esta vez con mayor cuidado. Por el rabillo del ojo, creyó ver que Sylvia lo miraba divertida.

Se veía muy distinta vestida de negro, con unas media de rejilla y botas. Esta vez, llevaba el cabello recogido en una cola de caballo sobre el hombro, pero sin una gota de maquillaje en el rostro. Edgar contó los segundos que pasaban mientras esperaba hasta que la cajera le diera la factura. Cinco segundos después, cuando estaba por salir...

-¡Hola! -Lo saludó Sylvia. Algo se removió adentro de él al escuchar su voz.

Se dio la vuelta, ocultando su incomodidad tanto como pudo, sabiendo que sería más bien poco. Su cara siempre era un libro abierto en cuanto a sentimientos se trataba, aunque él mismo veces no se diera cuenta.

Edgar se detuvo a tiempo cuando estuvo por preguntar. No había notado en los ojos grises de Sylvia. Se veían más claros allí que en el salón de clases. Lo que no pudo detener fue su mente, que pensaba que se veía mejor así que con el azul claro que creyó ver en la mañana.

-¿Viniste a buscar tu propio ejemplar de Frankenstein? -Bromeó al ver la bolsa llena que llevaba.

-No, no. -Edgar sonrió nervioso-. Solo unas novelas que encontré de casualidad. -Por el rabillo del ojo, vió que un señor de tercera edad, con ropa tan blanca como su cabello, se les quedó mirando por un segundo. Su mano apretó la bolsa por inercia.

-¿Puedo ver? Justo venía a ver qué encontraba. Ya me quedé sin lecturas en la casa.

-Claro.

Ambos salieron y se sentaron en la fuente. Edgar le fue pasando los libros, uno a uno, mientras que Sylvia leía las sinopsis a una velocidad que lo dejaba asombrado. Le tomaba unos escasos segundos, tras los cuales pedía el otro, siempre con una cara de póker imposible de leer.

-Casi todos se ven interesantes -dijo ella luego de devolverle el libro que tenía en la mano, la novela policíaca con una sonrisa-, salvo este.

-Si te parece bien, podemos intercambiar cuando termines con Frankenstein. -Edgar apretó los labios antes de hablar de nuevo-. Así estás segura de que te lo devolveré y que no le haré nada. Y si algo pasa, te quedas con mi libro.

-Mmmm, me parece bien. -Sylvia se encogió de hombros-. Pero de todas formas voy a entrar a ver qué consigo, porque en realidad ya estoy lista con Frankenstein.

-Ah, claro. ¿Qué tal estuvo?

-Te va a encantar -respondió ella al ponerse de pie-, a veces se pone muy filosófica y describe demasiado los paisajes y el escenario, pero los personajes son todos una belleza, incluso el engendro de Víctor.

-Me toca ponerme a leer pronto.

-No hay prisas, tampoco tengo una lista de espera -rió-, a todas estas, ¿estás ocupado?

Igual que antes, Edgar sintió que las piernas se le dormían, y estaba seguro de que se le bajaron todos los colores de la cara. Sonrió nervioso, esperando no hacer una mueca de nuevo.

-No, en realidad no. Te puedo acompañar si quieres. -Sylvia sonrió de tal manera que Edgar se sintió más en confianza con ella.

Pasaron la siguiente hora comparando historias, ideas, grosor y precio. Al igual que él, Sylvia le prestaba mucha atención a la relación largo-costo de los libros, prefiriendo siempre los que no llevasen ilustración de ningún tipo.

-Es espacio perdido -dijo cuando Edgar le pregunto al respecto-, aparte de que te quita la imaginación. Te muestra cómo se ven las cosas para el autor, y tú te quedas con esa imagen porque ya te la metieron en la cabeza.

-No lo había pensado.

-Pocos lo hacen -dijo con una sonrisa, para seguir buscando algo que llevarse.

Edgar pudo notar que sus gustos eran bastante similares. Aunque Sylvia no era tan amante de la fantasía como él, si revisaba con cuidado los libros de terror, junto con varios clásicos, y a pesar de examinarlos con detenimiento, le tomaba poco tiempo decidir si llevarlo o no. Sus manos volaban entre los libros en estantes y los que le pasaba Edgar, dejando solo unos dos o tres a su lado.

Era sencillo acompañarla. Sylvia se mantenía concentrada en lo que le interesaba, lanzando algún comentario al aire al que Edgar contestaba casi siempre, inseguro de cuales ameritaban respuesta y cuáles no.

De repente, un resplandor le llego por el rabillo del ojo, una luz blanca que venía de la entrada de la librería. Sylvia parecía haberla notado también, pues miraba a los lados como buscando una respuesta.

-¿Tú también lo viste? -Preguntó Edgar, a lo que Sylvia asintió.

-¿Qué fue...? -Ella seguía mirando a los lados.

-Un flash, la luz de una cámara, creo. -Sylvia arrugó la cara al escucharlo, aunque sabía que era perfectamente posible.

-Bueno, creo que ya me tardé lo suficiente -dijo de repente. Edgar la miro extrañado, sin entender del todo a que se refería.

Sin esperar una respuesta de su parte tan siquiera, Sylvia fue directo a la caja para pagar. Edgar conto un total de cuatro libros, casi todos de Stephen King.

-Es el rey del terror -comento Sylvia cuando vio su mirada extrañada, ayudándolo a recordar de golpe-, es uno de los más vendidos, y hasta ahora no me ha decepcionado. Dicen que estos son buenísimos. -Empezó a mostrárselos-. Carrie es el primero, el que lo llevó a la fama, sobre una chica que sufre de acoso escolar. Ese es el que más me interesa. El primero de la Torre Oscura, que es una saga, La Historia de Lissey, que creo que es de romance o algo así y Todo es Eventual, pues, lo dice el subtítulo -admitió con una sonrisa.

-¿14 relatos oscuros? -Ella asintió-. No lo he leído, en realidad, o sea, ninguno de sus libros.

-No eres el primero que lo dice -respondió ella al pagar. Edgar apenas se dio cuenta entonces de que quedaban pocas personas adentro de la librería-. Y dudo que seas el último.

-Bueno, mientras que tú y otros lo disfruten, no debería importar mucho. Por lo menos yo lo veo así.

-Claro. Muchas gracias. -Sylvia le sonrió a la cajera y fue en dirección a la salida-. Creo que ninguno le presta atención a lo que digan los demás, ¿no? -Sylvia levantó una ceja al hacer la pregunta.

-Claro, claro.

-Ah, por cierto, antes de que se me olvide.

Levantó un dedo en señal de espera, sacó un bolígrafo del bolso negro que llevaba consigo, anotó algo en la factura y se la tendió a Edgar, quién la tomó sin saber qué esperar. Su corazón dio un vuelco cuando vio que era un número de teléfono.

-Puedes escribirme cuando quieras, siempre estoy conectada por allí y no me molestaría hablar un rato.

Luego de sonreírle, Sylvia tomó su bolsa de compras y se alejó de allí, dejando a Edgar más confundido que antes. Sin pensarlo dos veces, se fue en la dirección contraria, esperando que hubiese un baño cerca de donde estaba. Para su suerte, vio uno al final de uno de los pasillos.

Adentro de una de las casetas, Edgar miró el papel como si de una bomba se tratase. Aquello no pasaba en la vida real, o por lo menos no en su vida real. La gente lo evitaba, se alejaba de él, buscaban pasar tan poco tiempo compartido como les fuera posible, cosa que él agradecía, pero Sylvia era todo lo contrario.

Era un primer día demasiado confuso. Parecía que la cabeza podía explotarle en cualquier momento por la jaqueca. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que tuvo uno de esos dolores. Sacó el celular y llamó a su padre. Luego a su madre cuando no obtuvo respuesta. Nada. Cuando iba a marcar de nuevo, ya afuera del baño, Roger le devolvió la llamada.

-¿Listo? -Pregunto cuando Edgar contestó.

-Si, ¿en qué parte están ustedes? -Solo por inercia, Edgar miró a los lados, como si esperara encontrar a sus padres cerca de donde él estaba. Escucho la dirección y memorizó los puntos de referencia-. Bueno, nos vemos en un rato.

-Me llamas si no encuentras la tienda.

-Ajá -respondió tan convincentemente como podía, sabiendo que no lo haría ni en un millón de años.

Edgar colgó la llamada antes de que su padre pudiera decir nada más. Esta vez, había más gente afuera de las que recordaba. Un grupo de casi diez personas paso en frente de él, casi todos muchachos de su edad, riendo en voz alta. Se apartó como si fuesen una estampida de animales. Apuró el paso cuando estuvieron lejos.

Bajo por las escaleras que estaban luego de la librería y se fijó en las tiendas. Ropa, ropa, ropa, calzado, ropa... De repente le picaban las rodillas, a pesar de que estaba seguro de que ya habían sanado por completo. ¿Por qué no se revisó mientras estaba en el baño? Miró a los lados, buscando uno sin éxito. Una exhalación se le atoro en el pecho, haciéndolo toser. Bajó otras escaleras, se fijó en la tienda de regalos a la izquierda, y siguió de largo. La tienda donde estaban sus padres no podía estar lejos, pero no la veía.

A la derecha, más adelante, había unos bancos en donde podía sentarse. Pensó en que, de no dar con el lugar , podía sentar allí y ponerse a leer. Ahora que había hecho un trato con Sylvia, tenía que salir de algún libro cuanto antes, el que fuese, pero tenía que ser bueno.

Le importaba la opinión que ella tuviera de él, y aunque no tenía sentido, quería que fuese buena. Era una de las primeras personas con las que había hecho conexión casi al instante, sin importar que fuese ella la que tomaba la iniciativa en todos los sentidos.

Se parecía a Rebecca, pero... Era diferente. Muy diferente. Con Rebecca se había sentido bien desde el inicio, le daba confianza, y podía bromear con ella. Sylvia, por el contrario, lo ponía nervioso, se veía mucho más segura que su entonces amiga y tenía más cosas en común con él. Rebecca era del tipo de chica que escuchaba los últimos éxitos pop, leía revistas de chimes y solo escuchaba rock si quería acostarse con los integrantes.

Primero lo primero, se dijo para volver a la realidad. Tenía que encontrar a sus padres, volver a la casa nueva, terminar el trabajo de biología, y luego se pondría a leer. Seguramente se iría por una de las novelas de fantasía, así que esperó que Sylvia no fuese tan cerrada en cuanto a géneros como lo era él.

Sus padres le decían que leía las mismas historias, que tenía que ser más abierto, más variado en cuanto a sus gustos, ampliar sus opciones. Edgar los entendía, sabía a qué se referían y, en cierta forma, estaba de acuerdo con ellos. Lo que no sabían, porque él no quería decirlo, era que a veces es más fácil vivir en un mundo de magia que en el mundo real.

Los libros eran su vía de escape infalible. Las historias que descubría en cada página, como los personajes La forma en que vivían sus aventuras, combatían el mal sin miedo, o conquistando sus temores, eran cosas que él soñaba con hacer algún día. Era más fácil hacerse el desentendido con respecto al mundo exterior, no prestar atención y simplemente ensimismarse, pero adentro de sí, en su mente, las cosas eran más complicadas. Mucho más complicadas.

Los pasillos estaban llenos de tiendas de ropa, casi siempre para mujeres y niños. Aquello lo hizo sonreír. Sin importar en donde estuviera, las tiendas de ropa masculina estaban en vías de extinción. El hecho lo molestó por mucho tiempo, incluso duró una temporada en la que no compraba nada nuevo como una forma absurda de protesta. En contra de qué o quién, nunca lo tuvo claro, hasta que se olvidó del asunto.

Una de sus metas era aprender a diseñar su propia ropa, o tener el dinero suficiente como para pagar diseños exclusivos. Era frustrante querer sentirse él, sentirse Edgar, vistiendo exactamente lo mismo que todos los demás. Su salvación era el tinte para telas y la ropa negra. Los demás colores apenas aparecían en su clóset y gavetas.

Solo por curiosidad, como parte de los experimentos sin sentido que hacía a veces, dio una mirada rápida a un local al azar. Ropa para mujer. Al tercer intento, dio con una tienda masculina. Se acercó a las vitrinas de la entrada mientras que su mano apretaba la bolsa con los libros. En pocos segundos había detallado cada uno de los modelos en los maniquíes, o mejor dicho, el modelo en diferentes colores.

Soltó el aire de nuevo. Ya se quería ir. Estaba cansado de estar frente a vitrinas que parecían burlarse de sus cromosomas, así que intentó llamar de nuevo, pero sin caso. Se sentó en los bancos y se puso a revisar los libros recién comprados.

Al cabo de unos segundos, se decidió por Sombra Nocturna, de Andrea Cremer. Según la sinopsis, era una novela romántica de hombres lobo, y pensó que sería una buena opción para contrarrestar el exceso de vampiros en el mercado. La portada era lo que más le había llamado la atención, aunque fue la sinopsis lo que lo convenció de manera definitiva.

Esta hablaba de dos manadas de licántropos cuyos futuros líderes, los hijos de los lobos alfa, estudiantes de bachillerato como él, habían sido prometidos en matrimonio antes de nacer como parte de una estrategia política entre ambas manadas. Sin embargo, todos los planes se trastocaron con la llegada de un chico nuevo al pueblo.

Siempre escuchaba que una sola persona podía hacer la diferencia, que el cambio empezaba con una única acción. En una historia de ficción, era más fácil hacer ver que las cosas saldrían bien, eso lo tenía en claro, pero no dejaba de ser alentador tener una historia que bien podría ser la de él, excepto por los lobos, claro.

Para asegurarse de que nadie lo molestara como ya le había pasado, Edgar se puso los audífonos y los conectó al celular, pero sin escuchar nada. Verificó que el volumen para las llamadas entrantes fuese bajo, también por experiencia, y se puso a leer.

Estaba perdido en las páginas en cuestión de minutos. Le costó al principio porque la narradora era la chica, algo que también abundaba en los libros y que comenzaba a cansarlo, pero se concentró en disfrutar. También ayudó que tanto el estilo de la autora como sus ideas eran diferentes.

El tiempo se le pasó volando hasta que sus padres lo llamaron. Memorizó la página por la que iba y apretó el botón que venía en los audífonos.

-¿Aló? -Preguntó mientras guardaba la novela con las demás en la bolsa blanca.

-Cariño -respondió su madre-, ya tenemos que irnos, se hace tarde. ¿En dónde estás?

-No tengo idea -admitió al levantarse-, creo que del otro lado. ¿Los veo en el carro?

-Sí, pero apúrate, nos quedan pocas personas por delante antes de pagar el estacionamiento y ya quiero llegar a la casa.

-Sí, sí, no me tardo.

Su madre podía ser muy paciente y amable la mayor parte del tiempo, pero Ángela Torres no esperaba a nadie cuando quería irse. Su hijo era la única excepción, pero prefería ahorrarse los regaños mientras fuesen de regreso. Caminó deprisa, reconociendo algunas tiendas, hasta llegar a donde estaba el carro.

Su padre torció el gesto al ver los libros cuando se montaron, sin entender el atractivo que su hijo encontraba en esas historias. El resultado fue el mismo con su madre, aunque ella leyó dos de las sinopsis. Edgar siguió leyendo estando en el carro, y se mantuvo concentrado hasta que llegaron a la casa.

Aunque no quería dejar de leer, tenía salir de biología cuanto antes. Decidió no quitarse el pantalón aún para no ver las heridas, sino solo los zapatos. Puso música de fondo para distraerse y se repitió varias veces el refrán de Al mal paso, darle prisa, como si de un mantra se tratara.

La música surtió el efecto que esperaba, y en solo una hora tuvo todo listo. Tenía dudas con respecto a algunos detalles, pero le daba igual. Después de guardar todo, y solo para posponer el verse las cicatrices, Edgar sacó el cuaderno que había hecho la noche anterior, esperando que estuviese lo suficientemente seco como para usarlo.

Lo revisó con cuidado y sonrió satisfecho luego de agitarlo como si no le importara para ver si resistía. Para ser su primera vez, había quedado bastante bien, con un lomo fuerte, las páginas en su lugar y las cubiertas tan duras como esperaba que fuesen. Lo abrió con más cuidado que antes, seguro de que estaba perfectamente, y vio las fotos pegadas en las primeras páginas.

Había varios bocetos, fotos con Rebecca, frases, citas, poemas... También estaban algunos de sus compañeros, chicos y chicas con los que tuvo algún lazo en algún momento. Aunque no eran sus amigos, quería volver, verlos una vez más y estar allí con ellos. Necesitaba ver caras conocidas. A lo mejor así no se sentiría tan perdido, tan confundido como lo había estado durante gran parte del día. Lo odiaba. Se odiaba por eso.

Sabía que no era seguro quedarse mucho tiempo recordando y sintiendo lastima por sí mismo, así que cerró el cuaderno luego de respirar hondo y guardar el papel con el número de Sylvia en una de sus gavetas. Se levantó y le subió el volumen a la música, para luego colocar el seguro en la puerta.

Su cuerpo se movió de manera automática, soltándose por completo. Trazaba círculos en el suelo, en el aire, iba de un lado hacia otro, intercalando saltos y movimientos con una velocidad que a veces le sorprendía. Dejó de estar en su cuarto para sentirse en un lugar lejano, diferente. Seguro. Un lugar en donde estaba a salvo de todos y de todo. El corazón se le aceleró a medida que bailaba, pero se sentía bien, mejor que antes.

Nadie sabía que esa era una de sus pasiones, puede que incluso más que los libros, aunque la realidad lo traía sin cuidado. Él solo se preocupaba por disfrutar en la privacidad de esas cuatro paredes, siendo esta la primera vez que lo hacía en la habitación nueva. Bien podía pensar en ello como un rito de bienvenida, o algo así. Una ofrenda poco convencional al lugar donde pasaría gran parte del tiempo.

Le costaba verse al espejo, aceptar su reflejo como suyo, como si fuese alguien más el que le devolviera la mirada, pero estando solo, con los ojos cerrados, sentía que era él en su estado más puro, más honesto y más perfecto. Claro que distaba de ser perfecto, de ser exactamente el Edgar que deseaba ser, pero bailar inhibía las dudas, los miedos, los sentimientos, incluso los recuerdos. En especial los recuerdos. Especialmente el recuerdo de una piedra.

Edgar se detuvo en seco al escuchar que alguien llamaba a la puerta. Su puerta. Se estrelló con la realidad y se golpeó el dedo pequeño del pie con la cama, porque solo podía golpearse ese dedo. Maldijo por lo bajo. Tomó un segundo para recuperar el aliento antes de ir a contestar, dándose tiempo para aparentar que todo estaba bien. Y en realidad lo estaba, por primera vez en el día, se sentía pleno, libre.

-Voy -respondió desde donde estaba. Luego de bajarle el volumen a la música, fue directo hacia la puerta para abrirla por completo-. ¿Paso algo?

-No, no -dijo su padre, para luego mirarlo a los ojos-, pero baja un poco el volumen. Se escucha hasta la sala.

-Ah, perdón.

Edgar cerró la puerta cuando su padre se alejó. Tendría que esperar a tener la casa para él solo en algún momento para poder drogarse con la música y el baile, pero por el momento estaría bien. Era justo lo que necesitaba luego de tantos sentimientos encontrados, tantas emociones revueltas.

Todavía tenía que hacerle algunos arreglos a ese lugar para sentir que era suyo, para sentir que era su cuarto. Le faltaban las ideas en ese momento, pero ya llegarían. El picor en las rodillas lo devolvió a la realidad una vez más. Ya no podía dejarlo pasar. Apretó los labios y fue al baño

Una vez adentro, se quitó las medias, el pantalón y se sentó al lado de la puerta, con la espalda pegada a la pared de mármol azul marino. Aunque era un color desconocido para su ropa, se veía bastante bien en un baño. Fue una de las sorpresas que se llevó al entrar a su futura habitación cuando sus padres aún no habían comprado la casa. Se dijo que sería interesante experimentar con más colores, por lo menos en lo que a su cuarto respectaba.

En efecto, dos de las heridas estaban abiertas. Edgar aplicó alcohol con el papel higiénico, sin escatimar en cantidades y fijándose bien de que no hubiese manchas amarillas en ningún lado, ni siquiera el más mínimo indicio de pus, para dejar que los cortes se secaran con el aire. Mirando las paredes, mientras esperaba a que el alcohol se evaporara, Edgar dejó que sus pensamientos volaran. Le sorprendió que Sylvia fuese un tema predominante en todos los aspectos.

Su mente se había puesto bastante creativa la noche anterior, y gráfica, con respecto a los posibles escenarios que podían presentarse ese primer día. En casi todos, había una patada de por medio, un golpe, una burla, o algo de ese estilo. Aunque sí hubo un encuentro poco agradable mientras estuvo con Sylvia, fue fácil desecharlo y no darle mayor importancia. Todo había marchado bastante bien en comparación.

Con respecto a ella, Edgar decidió pensar que, así como a él le había llamado la atención por su aspecto físico y por estar leyendo, ella también se había fijado en él por su estilo y por parecer estar solo. Aunque, claro que llamaba la atención al ser el chico nuevo. Mateo y... ¿cómo se llamaba el otro muchacho? No lo recordaba. Ambos eran la prueba de que no pasaría desapercibido.

De todas formas, lo había pasado bien con Sylvia. Se permitió imaginar por un segundo que ya había hecho una amiga en el primer día. Conociéndose, y teniendo en cuenta lo torpe que era para las interacciones sociales en general, lo torpe que había sido ese día en particular, eso era una hazaña.

Edgar dio otra mirada sus rodillas. Ya estaban secas y se veían mejor, sin ninguna mancha de sangre a la vista. Se levantó, disfrutando en secreto del dolor ligero que sentía, y salió de allí. Extrañaba la tina de baño que había en casa anterior, lo amplia que era y el tiempo que podía pasar allí acostado, ausente de todo lo que pudiera estar pasando en el mundo exterior, pero la ducha no estaba mal. Parecía una cascada, una cortina de agua que lo mojaba por todos lados.

Recordó que la primera vez en que se bañó en una fue durante uno de los viajes que hicieron sus padres años atrás. Era algo tan nuevo que no podía describirlo, pero ahora sabía que la palabra era euforia. Tendría unos once o doce años, pero el recuerdo lo transportaba en el acto.

Se cambió para acostarse, pero sin arroparse. Aún no. Le gustaba sentir el aire frío, aunque terminaría arropándose en algún momento mientras dormía. Encendió la lámpara que tenía en la mesa de noche, justo al lado de la cama, para leer antes de dormir. Media hora después, puso el celular como marca páginas mientras que los ojos se le cerraban solos.


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