Capítulo 2
Edgar sintió la diferencia de ambiente cuando entraron.
Había una división en medio del lugar. Los estantes que cubrían la primera mitad estaban llenos de libros que desconocía, lo cual era de esperarse. Según los títulos, se daba cuenta de que eran más educativos que cualquier otra cosa, junto con literatura histórica.
En medio, había un escritorio con una máquina de fotocopias, detrás del cual estaba la bibliotecaria, una mujer de cabello marrón rojizo y mirada cansada. Delante de todo ello, se exhibían útiles escolares a la venta, como borradores con olor, lápices curveados, bolígrafos, algunos peluches, entre otras baratijas que los niños encontrarían irresistibles.
La segunda mitad era más sencilla. Era un espacio más amplio en donde estaban las mesas y sillas para estudiar, junto con unas computadoras apagadas que se podían alquilar para su uso. Edgar contó diez, y por el estado de algunas supuso que estarían fuera de servicio.
-Buenos días, señora Marta.
-Sylvia, bienvenida. -La bibliotecaria la saludó desde donde estaba con una sonrisa débil.
-Estamos de tour, y le quería mostrar a Edgar la biblioteca.
-Bienvenido, hijo. -Los ojos de la mujer se posaron en Edgar mientras inclinaba la cabeza levemente. Edgar solo levantó la mano, sonriendo como un idiota.
-Gracias -dijo él, avergonzado.
-Por aquí -le indico la chica. La mirada de Edgar fue directo a la cartelera en donde estaban los costos para usar las computadoras-. No vale la pena ni que preguntes -dijo ella en voz baja, adivinando sus pensamientos-, cuando vine, el internet era pésimo y las computadoras se apagan, se reinician, se congelan, y cualquier otro error que puedas imaginar.
-Ah.
-Es mejor simplemente venir cuando necesitas un receso, descansar del ruido. -Sylvia sonrió, sentándose en la mesa más cerca. Edgar la imitó, esquivándole la mirada.
-Creo que vendré seguido, entonces -se permitió confesar-, afuera parece que estuvieran matando a alguien.
-Es su estado natural -dijo ella, señalando hacia afuera de la biblioteca. Detrás de los paneles de vidrio, ambos podían ver a grandes grupos saltando, gritando, moviéndose como si estuvieran poseídos, y algunos bailoteaban por el lugar. En solo segundos, todas las mesas del comedor estaban llenas. El corazón de Edgar se agitó de solo ver aquello. Desvió la mirada.
-Abrumador, supongo -adivinó Sylvia-, por eso siempre me guardo en las bibliotecas. -Se acomodó en su silla y Edgar levantó la mirada de la mesa. Él nunca había tenido que hacerlo porque siempre estaba con Rebecca. Desechó el recuerdo en el acto-. Casi siempre estoy leyendo, o simplemente escucho música.
-¿De qué tipo? -La alentó a continuar.
-Creo que del tipo que esperarías -sonrió ella, sacando su teléfono. Era más delgado de lo normal, con un forro protector negro opaco-. Estoy casi segura de que vas a reconocer más de una banda.
Sin esperar respuesta de su parte, Sylvia le pasó el teléfono a Edgar, y este, inseguro de qué podía hacer y qué no, se quedó con las primeras canciones que veía en la lista. Theatres Des Vampires, Motionless in White, Xandria, Delain, Powerwolf... Reconocía algunos nombres, pero no había escuchado casi nada de ellos.
-Casi todo es rock y metal, ¿no?
-Sí, me gusta la música fuerte. -Sylvia se rió nerviosa, y él le devolvió el teléfono en ese momento.
-Algunas me gustan, pero... Mejor te muestro.
Igual que ella, Edgar sacó el suyo, lo desbloqueó y se lo pasó a Sylvia, quien lo miraba boquiabierta. Su corazón se agitó de nuevo, y sintió que se le dormían las piernas
-¿Cómo recuerdas eso? -Preguntó ella, sorprendida y divertida.
-¿Ah?
-El patrón que dibujaste. -Sylvia gesticuló con los dedos como si estuviera desenredando algo-. Pensé que te ibas a fracturar los dedos.
-Ah, ya -él sonrió nervioso, mucho más que Sylvia. Le pasó el teléfono sin decir nada más.
Ella susurraba los nombres a medida que los leía. The Birthday Massacre, Nightwish, L'Âme Immortelle, Within Temptation, Blutengel, My Chemical Romance... Su cara cambiaba conforme veía los grupos, las carátulas de los discos y los géneros, y Edgar supuso que, al igual que él, ella reconocía a algunos.
-Rock y música electrónica -dijo como pensando en voz alta, antes de subir la mirada hacia él. Edgar sonrió nervioso-. Es una combinación rara, hubo muchas bandas que, pues... no tengo idea de quiénes son -admitió con una sonrisa-, pero hay otras que me gustan. -Cuando le devolvió el teléfono, algo sonó detrás de Edgar, que le daba la espalda a las ventanas de vidrio. Sylvia torció el gesto, fastidiada-. Ni te molestes. Son los idiotas, de nuevo.
Edgar la miró entre agradecido y nervioso. Así no era como pensó que sería el primer día de clases, pero al menos estaba siendo interesante, a pesar de los altibajos. Rodeados por el silencio de la biblioteca, parecía que todo podía cambiar para mejor, que los vidrios actuaban como un escudo.
Lo único que lo devolvía constantemente al presente era el ardor que sentía en las rodillas. Miró con prisas el reloj en el teléfono, confirmando que aún tenía tiempo, pero debía apresurarse. Estaba a punto de levantarse cuando recordó que habían dejado los bolsos en el salón de clases.
-¿Pasa algo? -Preguntó Sylvia.
Había notado que se movió incómodo en la silla, y pensó que a lo mejor estaba tomando las cosas demasiado rápido. No de nuevo, pensó Sylvia. Se había mantenido controlada para no ahogarlo con preguntas y comentarios que seguramente lo marrearían.
-No, no -aseguró él, sonriendo, aunque sabía que la sonrisa parecía más de la de una rata acorralada. En su mente apareció la imagen de gotas de sangre saliendo por entre las heridas en sus rodillas, manchando el pantalón-. No es nada.
-Ah, bueno. -Sylvia no era tonta. Notaba el cambio en las pupilas de Edgar, el color ligeramente pálido en su cara y la forma en que sus labios se torcieron al sonreír, pero tenía que guardar silencio. Siempre mantenía el control, siempre estaba bajo control, solo que esta vez era un poco más difícil. No pasa nada, se dijo, de todas formas...-. De todas formas deberíamos salir -completó sus pensamientos en voz alta-, creo que ya va siendo hora de entrar.
-Sí, creo que sí.
-Sylvia. -Ambos voltearon ante la voz de la bibliotecaria-. ¿Puedes venir un momento? Quería comentarte algo, pero es rápido.
-Ah, sí, sí, claro -dijo ella con más prisa de la que sentía. Edgar agradeció en silencio. Así evitaría el regreso incómodo al salón, sin mencionar que ya no se le ocurrían temas de conversación. Se estaba poniendo más nervioso de lo normal.
-Bueno, yo me adelanto entonces.
-Claro, nos vemos allá.
Cada uno se fue por su lado, y Edgar no pudo evitar preguntarse si aquello era normal. Claro que no, comenzó su voz interna, es solo una chica, no una gorgona, a pesar de que cualquiera que los hubiera visto hubiese dicho que Edgar sí parecía creerlo.
El día pasó de manera tranquila después de eso. Fuera de algunos comentarios que Edgar estaba seguro iban dirigidos hacia él, no sucedió nada resaltante, y se aseguró de respirar hondo cada vez que eso se repetía, esperando que nadie notara lo nervioso que se podía en esas situaciones.
-Oye -lo llamó una voz desde atrás, tomándolo por sorpresa-, Edgar, ¿no? -Al voltearse, se encontró con un chico asiático de cabello negro. A su lado, diagonal a Edgar, un muchacho pelirrojo, con la cara cubierta de pecas anaranjadas, también le miraba con interés.
-Eh, sí -dijo sin saber qué más responder. Sus ojos fueron directo a la puerta, esperando que la última clase empezara cuando antes, pero la profesora no llegaba.
-Mateo Silva. -El chico le tendió la mano y Edgar se la estrechó, apenas apretando los dedos. Maldijo mentalmente al darse cuenta de que la palma le estaba sudando-. Él es Dante -dijo señalando al chico pelirrojo.
-Dante Ferrer -respondió alzando una mano desde donde estaba, mirándole con interés. Edgar no supo el motivo.
-Ah, mucho gusto.
-¿Esa es tu novia? -Preguntó Dante, señalando hacia donde Edgar recordó era el puesto de Sylvia.
-¿Ah? -Lo miró extrañado, entrando en pánico.
-Te la estabas comiendo con los ojos allá en la biblioteca. -Edgar sintió que se le encendían las mejillas. Tanto Dante como Mateo lo miraban sonriendo, y a pesar de que no veía malicia en sus ojos, o eso quería creer, sabía que la conversación sería bochornosa.
-No, yo... -El corazón se le paralizó a media frase. Intentó sonreír-. Solo, ella y yo, solo hablamos.
-Hablando, sí -lo cortó Mateo-, pero parecía que querías brincarle encima.
Al escuchar las risas, Edgar se dio la vuelta, sintiendo un escalofrío en todo el cuerpo. Las piernas se le habían dormido para entonces. Tragó grueso, ignorando a los muchachos, y concentrándose en garabatear cualquier cosa en la última página del cuaderno.
Supo desde el principio que haría el ridículo sin importar qué dijera, pero se sentía valiente, apenas, por haber estado con Sylvia. Fue la única razón que encontró, si es que no era más bien una excusa.
Siempre se decía que no podía seguir siendo tan nervioso y retraído, mucho menos a sus diecisiete años, en el último año del bachillerato, ya pensando en qué estudiar en la universidad, pero su mente y su cuerpo parecían no ponerse de acuerdo. Más bien les costaba, y otras veces sencillamente parecía que no querían hacerlo.
Los recuerdos afloraron en ese momento. Edgar sintió que su caja de Pandora se abría con cada segundo. Inhaló con fuerza y apretó dientes y labios, diciéndose una y otra vez que tenía que controlarse. No quería dar un espectáculo en el primer día de clases. Garabateó por unos segundos, dejando que su mano se moviera por si sola, hasta escuchar la voz de la última profesora. Respiró aliviado, sabiendo que la pesadilla terminaría pronto.
Biología era otra materia con la que se llevaba bien. Casi completamente teoría, apenas habría alguna práctica. Se le secó la lengua al escuchar a la profesora Lissette Rojas decir que no haría trabajos escritos, sino más bien exposiciones, y volvió a respirar cuando dijo que sí habría exámenes escritos. Reprimió una sonrisa cuando comenzó a tomar notas.
Al final, cuando todos recogieron sus cosas y se preparaban para salir, Edgar notó que tanto Mateo como Dante hablaban por señas y gestos. Lo veían de vez en cuando, pero desviaban la mirada en el acto, así que prefirió no prestarles atención.
Miró directamente a la puerta y salió como alma que lleva el diablo, sin voltear hacia los lados o hacia atrás. Creyó escuchar la voz de Sylvia en medio de todas las voces, pero era difícil estar seguro, por lo que siguió de largo.
Ya en la calle, desorientado, mareado y ansioso por regresar a su casa, se puso los audífonos y caminó, todavía sin mirar hacia atrás.
***
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