Eclipse🧁

Las dos semanas siguientes fueron un torbellino de actividad. Jimin apenas tenía tiempo para respirar entre sus clases en la universidad, sus turnos en el Coffee Shop, y las cada vez más frecuentes apariciones de Yoongi en su vida.

Pero fue una llamada en medio de la noche lo que cambió todo.

—¿Minnie? —la voz de Taehyung al otro lado de la línea sonaba extraña, temblorosa—. Creo que... creo que llegó la hora.

Jimin saltó de la cama antes de que su cerebro pudiera procesar completamente las palabras. Taehyung llevaba treinta y siete semanas de gestación, los gemelos habían decidido que era momento de hacer su entrada al mundo.

—¿Ya llamaste a la ambulancia? —preguntó mientras se ponía la primera chaqueta que encontró.

—Sí, pero tardarán veinte minutos en llegar y... Minnie, duele mucho.

—Aguanta, Tae. Voy para allá.

La carrera hacia la habitación de Taehyung fue un borrón de imágenes: las escaleras del edificio, la calle vacía en mitad de la noche, la puerta del apartamento que milagrosamente se abrió antes de que pudiera tocarla.

Taehyung estaba sentado en el sofá, su rostro pálido y bañado en sudor, con una mano apretando su enorme vientre y la otra aferrada al brazo del sofá con tal fuerza que sus nudillos habían perdido todo color.

—Llegaste —susurró, y había tanto alivio en su voz que Jimin sintió cómo se le partía el corazón.

—Claro que llegué —respondió, arrodillándose frente a su amigo—. Nunca te dejaría solo, tonto.

El sonido de la sirena de la ambulancia se escuchaba a lo lejos, pero no lo suficiente cerca para calmar los nervios de Jimin. Con manos temblorosas, marcó el primer número que encontró en sus contactos recientes.

—¿Jimin? —la voz de Yoongi sonaba ronca, como si lo hubiera despertado—. ¿Sucede algo? ¿Estás bien?

—Es Taehyung —dijo, luchando por mantener la calma—. Está de parto. La ambulancia viene en camino, pero... no sé, necesitaba...

—Voy para allá —respondió el alfa sin dudar—. Quédate con él. No se muevan.

La llamada se cortó y Jimin se quedó mirando la pantalla de su teléfono, preguntándose por qué había llamado precisamente a Yoongi. Por qué, en medio del pánico, había sido el alfa lo primero que había cruzado su mente.

—¿Ese era tu novio? —preguntó Taehyung con una mueca que intentaba ser una sonrisa.

—No es mi novio —respondió Jimin automáticamente, aunque ya ni siquiera él creía sus propias negativas.

La ambulancia llegó primero, y con ella, un equipo de paramédicos que rápidamente evaluaron a Taehyung y lo prepararon para el traslado. Jimin estaba a punto de subirse a la ambulancia cuando un auto familiar se detuvo frente al edificio.

Yoongi bajó del vehículo con el cabello despeinado y una chaqueta puesta sobre lo que parecían ser sus pijamas. Sus ojos, aún somnolientos, se fijaron inmediatamente en Jimin.

—¿Cómo está? —preguntó mientras se acercaba.

—Va a tener que ser por cesárea —respondió uno de los paramédicos—. Las contracciones son demasiado frecuentes y los bebés están en posición transversa.

—Yo voy con él —dijo Jimin, pero una mano en su hombro lo detuvo.

—Ve en el auto conmigo —propuso Yoongi—. Así podremos estar allí cuando salgan de quirófano. Y podrás descansar un poco en el camino.

Jimin quiso negarse, quiso decir que no podía dejar a Taehyung solo ni un segundo, pero la ambulancia ya estaba cerrando sus puertas y alejándose con las sirenas a todo volumen.

—Estará bien —dijo Yoongi, como si pudiera leer sus pensamientos—. Está en buenas manos.

El viaje al hospital fue un borrón. Jimin apenas era consciente del paisaje nocturno de Seúl deslizándose tras la ventanilla, de la mano de Yoongi sosteniendo la suya con una calma que él no podía encontrar.

—Gracias por venir —murmuró en algún momento, sin apartar la mirada del cristal.

—No tenías que agradecer —respondió el alfa—. Para eso estoy aquí.

Para eso estoy aquí. La frase resonó en la mente de Jimin mucho después de que llegaran al hospital, mucho después de que una enfermera les informara que Taehyung ya estaba en quirófano, mucho después de que comenzara la espera interminable en la sala de neonatología.

Yoongi no se movió de su lado en ningún momento. Consiguió café de la máquina expendedora cuando las manos de Jimin comenzaron a temblar. Le prestó su chaqueta cuando el aire acondicionado del hospital se volvió insoportable. Y cuando finalmente, después de lo que pareció una eternidad, una enfermera apareció con una sonrisa en el rostro, fue Yoongi quien sostuvo a Jimin para que no cayera al suelo.

—¿Cómo están? —preguntó el omega, su voz quebrada.

—Los bebés están bien —respondió la enfermera—. Un niño y una niña. El parto fue complicado, pero ambos están fuera de peligro. El padre...

—No hay padre —interrumpió Jimin con brusquedad—. Solo estamos nosotros.

La enfermera asintió, sin juzgar, y les indicó que podían pasar a ver a los recién nacidos en la unidad de cuidados intensivos, ya que habían nacido prematuros y necesitaban supervisión.

Los gemelos eran diminutos, mucho más pequeños de lo que Jimin había imaginado. La niña, a la que Taehyung ya había decidido llamar Hana, tenía una mata de cabello oscuro y una expresión seria que contrastaba con su diminuto tamaño. El niño, Yeong, era ligeramente más grande y tenía los ojos de un ámbar claro que recordaban peligrosamente a los de Taehyung.

—Son hermosos —susurró Yoongi a su lado, y Jimin asintió sin poder articular palabra.

—¿Puedo ver a Tae? —preguntó a la enfermera que los acompañaba.

—Está en recuperación, pero debería despertar en unas horas. Pueden esperar en su habitación si lo desean.

La habitación de Taehyung era pequeña pero acogedora, con una ventana que daba al jardín interior del hospital. Jimin se dejó caer en una de las sillas junto a la cama, sintiendo de repente todo el peso del agotamiento sobre sus hombros.

—Deberías descansar —dijo Yoongi, tomando asiento a su lado—. Ha sido una noche larga.

—No puedo —respondió Jimin, aunque sus ojos ya se cerraban solos—. Tengo que estar aquí cuando despierte.

—Y lo estarás —dijo el alfa, y Jimin sintió cómo un brazo lo rodeaba suavemente, atrayéndolo hacia un hombro firme y cálido—. Pero también puedes descansar mientras esperas. No te vas a perder nada.

El omega quiso protestar, pero su cuerpo ya había decidido por él. El cansancio era demasiado, las emociones demasiado intensas, y el aroma a sándalo y lluvia de Yoongi era como un sedante natural que calmaba todas sus ansiedades.

La última imagen que vio antes de caer en un sueño profundo fue la de Yoongi observando a Taehyung con una expresión que no sabía interpretar. Pero antes de que pudiera preguntar, el sueño se lo llevó todo.

Cuando Taehyung despertó, horas después, lo primero que vio fue a Jimin dormido en una silla, con la cabeza apoyada en el hombro de un alfa que no apartaba la mirada de él.

—¿Minnie? —su voz salió ronca, seca.

Jimin se incorporó de inmediato, como si nunca hubiera estado dormido.

—Tae —susurró, tomando la mano de su amigo entre las suyas—. ¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiera pasado un tren por encima —admitió Taehyung, pero una sonrisa cansada curvaba sus labios—. Pero los bebés... ¿los bebés están bien?

—Están perfectos —respondió Yoongi, hablando por primera vez—. Hana y Yeong. La enfermera dijo que son unos luchadores.

Los ojos de Taehyung se llenaron de lágrimas.

—¿Puedo verlos?

—En un rato —dijo Jimin, apretando suavemente la mano de su amigo—. Primero tienes que recuperarte un poco. El parto fue complicado, Tae. Dieron positivo a la preeclampsia de repente y tuvieron que...

—Lo sé —lo interrumpió Taehyung—. Escuché a los médicos hablar antes de que me sedaran. Pero estamos aquí. Todos estamos aquí.

La frase, tan simple y tan cargada de significado, hizo que Jimin finalmente permitiera que las lágrimas que había estado conteniendo durante horas comenzaran a caer.

—No vuelvas a asustarme así —murmuró, apoyando la frente en el dorso de la mano de su amigo—. No puedo hacer esto sin ti.

—Y no tendrás que hacerlo —respondió Taehyung con suavidad—. Porque no pienso ir a ninguna parte.

Yoongi observaba la escena en silencio, sintiendo que invadía un momento demasiado íntimo, pero incapaz de apartar la mirada. La forma en que Jimin cuidaba de su amigo, la devoción en sus ojos, la manera en que sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía las de Taehyung... todo eso le decía más sobre el omega que cualquier informe que pudiera haber encargado.

Este era el verdadero Park Jimin. No el actor de Vanilla Express, no el estudiante de actuación, no el omega independiente que decía no necesitar a nadie. Este era el Jimin que se entregaba por completo a las personas que amaba, sin importar el costo para sí mismo.

Y Yoongi, observándolo desde la distancia, supo que quería ser una de esas personas.

No por contrato, no por negocio, no por presión familiar. Sino porque, en el corto tiempo que llevaban conociéndose, Jimin se había convertido en el centro de un universo que Yoongi ni siquiera sabía que existía.

—¿Yoongi? —la voz del omega lo trajo de vuelta a la realidad—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió, y la sonrisa que le dedicó era más sincera que cualquier otra que hubiera mostrado antes—. Solo pensaba en lo afortunado que soy de estar aquí.

Jimin lo observó por un largo momento, como si buscara algo en sus ojos. Finalmente, asintió, como si hubiera encontrado lo que necesitaba.

—Nosotros también —dijo en voz baja—. Somos afortunados de que estés aquí.

Y en la pequeña habitación del hospital, mientras Taehyung cerraba los ojos nuevamente y los primeros rayos del sol comenzaban a filtrarse por la ventana, algo cambió entre ellos.

Algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar todavía.

Pero que ambos sabían que ya no podrían ignorar.

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