🩸Capítulo 34. Mátame

La penumbra del castillo parecía más densa y pesada con cada paso que daban. Lazarus iba al frente, con pasos firmes y la espalda tensa; apretaba los colmillos con tanta fuerza que casi podía oírlos chirriar. Estaba nervioso, expectante... asustado.

Por un lado, había dejado a Alaric a merced de su hermana psicótica, cuyas verdaderas intenciones seguían siendo un territorio inexplorado para él. Por otro, estaba con Blair, y temía que algo pudiera pasarle en ese lugar, donde él no tenía ningún poder. En el pasado, la pérdida de ambos no habría significado nada para él; los habría visto como mártires de una causa noble, pero ahora... algo había cambiado.

Tal vez era la influencia de Cornelius, cuya empatía brillaba más que cualquier otra virtud. Tal vez simplemente estaba cansado de fingir ser alguien que no era. Tal vez... era su última lucha para probarse a sí mismo que no era un monstruo.

Sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos y siguió caminando, con el revólver en mano y el dedo firme en el gatillo. Blair, unos pasos detrás, hacía pequeños movimientos con los dedos, conjurando magia. Ambos compartían el mismo mal presentimiento.

No, no era solo un presentimiento. Era una certeza.

Y se volvió realidad cuando lo vieron... a Lucas.

Estaba allí, de pie en mitad del pasillo, con una postura rígida, los dientes pelados como un animal rabioso, y los ojos desorbitados. Su sola presencia bastó para poner a Lazarus y Blair en guardia. Se detuvieron a una distancia prudente, preparados para lo peor.

Pero... ¿en verdad estaban listos?

Lazarus aún no lograba acostumbrarse a la presencia de su mejor amigo «vivo», a la idea misma de que estuviera ahí. Blair, en cambio, apenas podía contener la furia que le provocaba verlo así: torturado, manipulado, convertido en una marioneta más del Padre Común y sus oscuros propósitos.

—Lucas —dijo Lazarus, rompiendo el silencio.

Lucas, o lo que quedaba de él, lo miró con sus ojos rojos y brillantes, como sangre fresca.

—Lazarus... —dijo con una voz distante, y luego miró de reojo la bruja—. Y Blair.

Blair dio un paso al frente. El vampiro jamás la había visto con tanto temor, con tantas emociones en conflicto. El impulso instintivo de proteger a su hermano chocaba con la certeza de que aquel no era él.

—Lucas... —musitó ella, alargando una mano temblorosa hacia él. Quería tocarlo, sentirlo. Era natural después de tantos años de luto y dolor.

Y por un instante... al oír la voz de su hermana, fue él.

Sus ojos volvieron brevemente a su verde natural, aunque nublados, cansados.

—Lo siento tanto... —susurró Lucas, el verdadero.

Antes de que pudieran reaccionar, volvió a cambiar. Sus iris se tornaron carmesí, las pupilas se afilaron, los dedos se crisparon como garras, y una mueca casi bestial se transformó en una sonrisa cruel.

—Blair... —gruñó con tono provocador—. A ti sí te recuerdo. Tan pequeña, tan indefensa... siempre buscando en mí a un protector.

Blair tragó saliva con dificultad, su pecho subiendo y bajando en una mezcla de furia y desesperación. Cerró los ojos por un segundo, conteniendo el temblor de sus manos... pero la rabia pudo más.

—¡Maldita sea! —rugió, y un rayo de energía cerúlea brotó de sus palmas como una explosión.

La descarga cruzó el aire, pero Lucas, con su velocidad vampírica, se desvaneció de su trayectoria y apareció a centímetros de ella. Antes de que Blair pudiera reaccionar, él la embistió, empujándola contra un muro de piedra con un estruendo que hizo vibrar el pasillo. El impacto la dejó sin aire en los pulmones.

Pero no se detuvo ahí.

Con un movimiento de su mano, Lucas invocó un hechizo; cadenas de energía oscura surgieron del vacío, y se cerraron en torno a las muñecas de Blair. Ella forcejeó, soltando un jadeo de dolor al sentir cómo la magia la quemaba.

Lazarus maldijo para sí. Lucas no era solo un vampiro ni un brujo; lo habían convertido en una Anomalía Prohibida, una fusión letal. Un rival formidable.

—Suéltala —ordenó el vampiro, manteniendo la calma mientras le apuntaba con su pistola, el dedo listo para disparar.

La Anomalía lo miró con una satisfacción retorcida.

—¿Podrás matarme por segunda vez, Lazarus?

Lazarus no se dejó provocar.

—Pensé que no me recordabas —replicó.

Blair siguió forcejeando, sus muñecas luchando contra las ataduras mágicas que ardían como hierro al rojo vivo. Él apretó aún más el conjuro, intensificando la presión sobre sus huesos, arrancándole un grito a la bruja.

—Mis recuerdos han vuelto... junto con la fracción de mi alma que faltaba —explicó Lucas—. Esa parte que te atormentó durante tanto tiempo, ¿verdad? Te hizo sentir culpable por dejarme atrás. Por dejarme morir entre monstruos.

Lazarus apretó con más fuerza su arma.

—Lo que te ocurrió... no fue culpa mía —masculló. Durante años, no creyó poder pronunciar esas palabras—. No había nada que pudiera hacer.

—¡Pudiste haber luchado! —rugió Lucas, y con un violento movimiento de su brazo, lanzó a Blair por el pasillo como si fuera una muñeca de trapo.

El cuerpo de la bruja voló varios metros antes de estrellarse contra una columna de piedra con un crujido seco. Cayó al suelo, inmóvil, y un hilo de sangre le surcó la frente.

Lazarus dio un paso adelante por puro reflejo, apuntó de ir a socorrerla, pero se contuvo. Sabía que si corría hacia ella ahora, Lucas, o lo que quedaba de él, la usaría como escudo o carnada.

—Estás dejando que el rencor hable por ti —dijo el vampiro, firme—. El Lucas que yo conocí no culparía a los demás. Él odiaba al Padre Común, al Salvador. No a su mejor amigo, y mucho menos a su hermana menor.

—¡Mientes! —bramó Lucas, golpeándose el pecho—. ¡Yo soy Lucas! ¡Yo soy el verdadero!

—No lo eres... —murmuró Blair.

La voz fue débil, pero clara. Ambos se giraron hacia ella al mismo tiempo.

Con un quejido ahogado, Blair se incorporó sobre sus codos; su expresión era una mezcla de furia, dolor y determinación. El cabello desordenado caía sobre su frente ensangrentada, pero sus ojos estaban encendidos como brasas.

Se levantó tambaleante por el esfuerzo, pero no se detuvo. Dio un paso, luego otro, avanzando hacia él con la espalda erguida.

—Tú no eres mi hermano —espetó—. ¡Así que devuélvemelo!

Sin esperar respuesta, sacó una carta de arcana. El Cuatro de Espadas brilló, y al invocarlo, cuatro cuchillas de pura energía se materializaron en el aire y se dispararon como proyectiles hacia Lucas. Lo atravesaron con precisión y lo inmovilizaron contra el muro.

La Anomalía se estremeció, intentando liberarse, pero la magia de Blair, potenciada por la desesperación, era más fuerte que nunca. Ella cerró la distancia entre ambos, y se detuvo frente a Lucas.

—Tráelo de regreso... por favor —suplicó, apoyando la frente contra su pecho, justo sobre su corazón.

Lazarus los contempló en silencio, con el dedo aún en el gatillo, preparado para hacer lo impensable: matar a su mejor amigo para proteger a su hermana... la hermana que juró cuidar.

Pero no hizo falta, pues una voz familiar rompió el silencio.

—Estoy aquí, Blair.

Ambos alzaron la vista... y ahí estaba, esa expresión tranquila; esos ojos verdes, ya no tan claros, pero aún capaces de reflejar el amor que les tenía.

Era Lucas. Lo poco que quedaba de él.

—Lucas... —susurró Blair, rompiendo en llanto. Incluso su locura parecía haberse desvanecido.

Rodeó con los brazos el cuello de su hermano, cuidando no rozar las espadas que lo atravesaban. Lazarus se acercó también, aunque más cauteloso; no podía confiarse del todo. Lucas notó su recelo y lo miró.

—Les dije que, llegado el momento... los ayudaría —dijo con dificultad, esbozando una sonrisa débil mientras luchaba contra el otro que habitaba en él—. Puedo... puedo controlarlo un poco, pero no durará. Sigue dentro de mí... el Padre Común y su poder.

—Lo mataremos —dijo Lazarus con firmeza—. Morirá... y tú serás libre.

Lucas negó con la cabeza.

—No... aunque muera, su influencia seguirá en mí; es indeleble. Soy de su propiedad... lo fui desde el momento en que me convirtió en esto.

Blair se apartó de él de golpe, con los ojos abiertos de par en par.

—Tiene que haber algo. Un hechizo, un ritual... ¡lo que sea! —gritó, aferrándose a los hombros de su hermano—. ¡Podemos liberarte!

Lucas le sonrió con tristeza.

—No, Blair. No es una posesión, ni siquiera un parásito. Soy yo. Este cuerpo... esta carcasa... ya no me pertenece —explicó—. Antes de morir... el Salvador separó esta fracción de mí para atormentarte, Lazarus. Esa fue la única parte real durante un tiempo. Pero este cuerpo... es un títere. Y solo eso. No puedo volver a la vida.

Blair apenas contuvo un sollozo. Lazarus se quedó mudo.

—El Salvador se aseguró de ello —continuó Lucas—. Me convirtieron en un receptáculo para su voluntad. Aunque el Padre Común caiga... su poder seguirá usándome como si fuera suyo. —Cerró los ojos y exhaló con dificultad. Al abrirlos de nuevo, miró fijamente a Lazarus—. Por eso... tienes que matarme.

Lazarus dio un paso atrás, como si sus palabras lo hubieran golpeado en el pecho.

—No —respondió, negando con la cabeza—. No voy a hacerlo.

—¡Tienes que! —rogó Lucas con un grito desgarrador—. Por favor... no puedo vivir así. —Miró a Blair, que no podía dejar de observarlo con espanto—. No quiero lastimarlos. Ni a mi hermana... ni a ti, Lazarus. No me lo perdonaría jamás.

Las espadas de Blair se desvanecieron por su desconcentración, y Lucas cayó de rodillas, las piernas fallándole. Su hermana quiso sostenerlo, pero él la apartó con suavidad.

—Lucas, por favor... —suplicó ella entre lágrimas—. Dame tiempo. Encontraré una manera...

Su hermano no respondió. En cambio, volvió a mirar a Lazarus.

—Te lo ruego —repitió.

Lazarus comprendía por qué se lo pedía a él: porque jamás podría pedírselo a su hermana. No sería capaz de cargarla con un peso tan atroz... y él mismo no lo permitiría. No iba a condenarla a ese dolor. No mientras él pudiera evitarlo.

Pero aun así...

—No puedes pedirme esto —insistió Lazarus, arrodillándose frente a él. Su voz temblaba, aunque su cuerpo se mantuviera firme—. Ya perdí a un hermano... no me pidas que le arrebate la vida al único que me queda.

Lucas lo miró en silencio durante un instante, luego habló con calma, casi con ternura:

—¿Sabes por qué aún no has matado a tu padre? —preguntó—. No es por miedo a morir... sino porque todavía quieres vivir. Cada parte de ti se aferra a ese deseo. Y eso está bien, Lazarus. Es lo correcto. Incluso para alguien como tú.

Las palabras lo dejaron sin aliento, y un nudo se le atoró en la garganta.

—Lucas...

—Así que vive —lo interrumpió su mejor amigo, dejando caer la frente sobre su hombro para susurrarle al oído—. Vive por los dos.

Lazarus exhaló, tembloroso, y un par de lágrimas descendieron por su rostro. Pero entonces, una voz firme rompió el momento:

—Yo lo haré.

Ambos se giraron. Blair se había puesto en pie y colocado una mano sobre el hombro de Lazarus, decidida.

El vampiro la miró, incrédulo.

—Blair, no puedes...

—No me lo arrebates —replicó la bruja—. Esta despedida... me pertenece.

Lazarus la miró en silencio durante largos instantes. No, no tenía derecho a hacer esto; no a tomar una decisión tan definitiva sobre la vida del hermano de Blair.

Volvió la mirada hacia Lucas. Él lloraba ante las palabras de su hermana, pero no tenía ya fuerzas para contradecirla.

Sus almas estaban hechas pedazos, pero tenía que ser fuerte.

—Lo siento —le dijo Lazarus a Lucas, abrazándolo... por última vez—. Lamento no haberte salvado.

Su mejor amigo negó con la cabeza.

—Nunca hubo nada que perdonar.

El vampiro se puso de pie y comenzó a alejarse. Vio por última vez a los hermanos y, con el alma hecha trizas, se dio la vuelta y se perdió entre las sombras del pasillo.

El sonido de sus pasos se desvaneció, pero Blair no apartó la mirada de su hermano. Se mantuvo firme, con la espalda recta y los puños apretados. No por enojo... sino por tristeza.

Lucas seguía de rodillas. Sus ojos verdes se tornaban cada vez más distantes, con un casi imperceptible destello rojo amenazando con asomar. El tiempo se les agotaba.

—¿Ya se fue? —preguntó Lucas, con la voz ronca.

Blair asintió, acercándose.

—Sabías que me quedaría contigo —dijo ella—. Que no permitiría que nadie más te arrebatara la vida otra vez.

—Quise evitarte este dolor, pero... siempre te quedas a mi lado —murmuró él, mirándola con tristeza—. Incluso cuando no deberías.

—Soy una necia —replicó ella, arrodillándose frente a él—. Una cualidad, si me lo preguntas.

Lucas sonrió, pero era una mueca rota, quebrada por lágrimas no derramadas.

—¿Recuerdas cuando éramos niños...? Yo tenía diez años y tú apenas siete. Encontraste una mariposa moribunda, en el suelo. La recogiste, y nuestra abuela te ayudó a curarla. La cuidaste por días. Un día desapareció... o eso creíste. En realidad, la encontré muerta. No quería que la vieras, así que escondí su cuerpo —relató con melancolía—. Lo hice porque no quería que lloraras, no quería que sufrieras. Pero ahora... —Su voz se quebró—. Lo siento, Blair. Siento tanto lo que ha pasado...

—Ya me hiciste sufrir. Más de una vez —replicó ella, acariciando su mejilla—. Y sigo aquí. Estoy bien... estaré bien.

Lucas bajó la mirada.

—¿Te duele? —preguntó.

—Como si me arrancaran el corazón —respondió, sincera—. Pero me duele más verte así. No eres tú, Lucas... ya no. Y estás sufriendo. No puedo ser tan egoísta, aunque sienta que me estoy muriendo.

—Gracias, hermana —musitó.

Blair invocó una carta del Arcana. En su superficie grisácea se distinguía una figura envuelta en un manto negro, de cuyos pliegues emergían unos dedos huesudos que sostenían una guadaña de oro.

Era la Muerte.

—¿Es...?

—Sí —interrumpió ella—. No es un hechizo, ni una maldición. Las cartas de Arcana son entidades, fuerzas sobrenaturales que desafían la lógica. Esta carta no se detiene por vampiros, brujos ni sombras... Solo actúa una vez. Las brujas solo podemos usarla una vez en la vida... y la usaré contigo.

Lucas alzó la mirada de golpe, con los ojos muy abiertos.

—Podrían usarla contra el Padre Común, podrían...

Blair colocó un dedo sobre sus labios.

—No funcionará. No contra él —acotó—. Lo intenté... hace tiempo. Y fallé. La carta se rehusó a actuar contra ese monstruo.

Lucas apretó los labios y siguió llorando.

—No quiero que te sientas culpable, Blair —dijo—. Promételo, por favor.

Ella tomó su rostro entre las manos. Su piel estaba helada, más que la de un cadáver... pero era su hermano. Su único hermano.

—Te lo prometo —susurró, luchando contra sus lágrimas—. Aprendí a vivir pensando que estabas muerto... puedo aceptar eso. Lo que no puedo aceptar es que sigas sufriendo.

Lucas cerró los ojos.

—Entonces hazlo. Ahora. Antes de que regrese... esa cosa. Antes de que intente usarme para hacerte daño otra vez.

Blair, tragándose el nudo en la garganta, asintió y desplegó la carta. La temperatura descendió de golpe. Un viento gélido, sin origen claro, comenzó a soplar, revolviendo su cabello. Las sombras, escondidas en los rincones, se extendieron hacia la carta, llamando a su dueña.

Y en el centro de todo... estaban ellos. Dos hermanos, a punto de ser separados por segunda ocasión. Y esta vez, para siempre.

—Lucas... —murmuró Blair, con la voz quebrada.

—Te amo, pequeña hermana —la interrumpió él.

Blair se inclinó, apoyando su frente contra la suya.

—Yo también te amo, querido hermano.

Él sonrió, aunque su cuerpo comenzaba a estremecerse, como si el Padre Común ya sintiera lo que estaba pasando y buscara retomar el control.

—Tú... siempre fuiste lo único que quise proteger... —dijo él con debilidad.

Entonces Blair, sin permitir que el Padre Común se lo arrebatara otra vez, colocó la carta sobre su corazón.

La Muerte no gritó, no emitió sonido alguno. Solo se manifestó como una ráfaga de oscuridad que lo envolvió.

Y Lucas la aceptó.

Cerró los ojos y su cuerpo comenzó a volverse cenizas desde dentro. No fue una explosión y tampoco hubo violencia. Como si la vida decidiera perdonarlo por todo... aunque nunca hubo nada que perdonar.

Blair no pudo contener más sus lágrimas. Lo abrazó mientras se deshacía entre sus manos. Lo sostuvo como cuando eran niños y él la protegía incluso de lo más efímero.

Sollozó como la primera vez en que murió.

Sollozó hasta que no pudo sostenerlo más.

Sollozó sabiendo que lo había liberado... pero que su mundo jamás volvería a estar completo.

Y, cuando todo terminó, lo único que quedó fue la carta en el suelo, reducida a polvo.

Blair se quedó sola en aquel pasillo, llorando en silencio.

No era una bruja. No era una guerrera. Solo era una hermana.

Una que había amado tanto... que fue capaz de matar.

Ya hacía falta un capítulo dramático. 😈

¡Muchísimas gracias por leer! ❤️

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top