🩸Capítulo 19. Madre

Las magnolias son flores que representan suerte y estabilidad, símbolos de la nobleza y pureza, perfectas representaciones de la elegancia y la perfección.

Todas aquellas eran palabras que Lazarus alguna vez utilizó para describir a su madre, a la única mujer que el Padre Común amó, a la humana que en algún punto de la historia fue conocida como La Maldita: Magnolia Solekosminus.

Era una humana y, por ende, una mortal. No obstante, el amor que el Padre Común sentía por ella lo llevó a encontrar una solución para evitar su muerte, una que trajo como consecuencia que sus hijos solo la vieran un día al año, pero incluso esas veinticuatro horas eran suficientes para que la adoraran como si fuera su propia diosa. Tal vez era una conexión de nacimiento, o un amor demasiado puro, o incluso la mera influencia de su padre, pero el sentimiento persistía dentro de ellos.

No obstante, la historia de Magnolia Solekosminus era un misterio incluso para sus propios hijos. Recuentos vagos de su pasado y de cómo conoció al Padre Común de los vampiros solo les fueron contados en forma de disparatados cuentos.

—Un caballero vestido de negro y una damisela oculta bajo un velo necesitada de un héroe —relataba su madre—. Un trato sería hecho, un juramento eterno. Doloroso y satisfactorio, pero ambos por fin se levantarán victoriosos y desterrarán a su propia desdicha.

Ninguno de los tres hermanos sabía qué significaban esas oraciones, solo escuchaban la platinada voz de su madre contando una historia épica y trágica en donde ella y su amado eran los protagonistas, pero siempre negando esto último.

—Tú eres ella, tú eres la damisela —dijo Lazarus una vez, orgulloso de sí por haber deducido algo tan obvio.

Pero su madre no le concedió la razón, sino que acarició su mejilla y susurró a su oído:

—No busques explicaciones donde jamás deben existir, Lazarus.

Nunca logró comprender del todo sus palabras, al menos no en un sentido profundo. No hallaba situación en donde pudieran aplicar o una justificación para pensar de una manera tan banal. Con los años había dejado la idea atrás, pero ahora, con la nota de su madre entre sus manos, todas las memorias fueron liberadas como una presa rota, dejando escapar un río caudaloso de incógnitas.

La primera de ellas: ¿Qué clase de broma cruel era esta?

—¡¿Qué clase de maldita estupidez es esta?! —exclamó Alaric, como si le hubiese leído los pensamientos. Señaló el pedazo de papel que Lazarus sostenía—. Ahora no solo tenemos que preocuparnos del padre, ¡¿sino también de la madre?!

Cornelius era el que más sorprendido parecía por la noticia, cubriendo la discreta sonrisa en su boca con una mano. Era el único que podía ver el lado positivo en todo esto.

—Mamá está... Despierta —musitó, casi soltando una carcajada llorosa.

—Imposible —aseveró Galatea.

Blair se adelantó hacia Lazarus, dispuesta a arrebatarle la nota de no ser porque el vampiro fue más rápido y la levantó sobre su cabeza.

—No seas infantil, detective, déjame ver eso —exigió, estirándose.

—No —se negó, viéndola a los ojos—. Retrocede.

La bruja sucumbió a su hipnosis y obedeció, dando un rígido paso hacia atrás y luego frunciendo el ceño.

—Asquerosos chupasangres —masculló—. Solo quiero saber de dónde viene eso, podría ser...

—No es falsa —zanjó Lazarus, escudriñando la breve nota—. Viene de nuestra madre.

Alaric levantó una ceja.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? No me digas que es pura emocionalidad.

Lazarus estuvo a punto de responder, pero en ese momento Galatea apareció frente a él y extendió la mano.

—Dámela —exigió.

No podía negarle a su propia hermana el derecho de ver el mensaje de su madre por lo que, aunque reticente, se la dio. Galatea la aproximó a su nariz, olfateando y cerrando los ojos. Soltó una exhalación y asintió mientras separaba los párpados.

—Huele a magnolias —dijo—. Es de ella.

Cornelius también se había acercado, viendo por sobre el hombro de su hermana menor.

—Y es su letra.

—Me sigue pareciendo una locura —añadió Alaric—. No pueden estar considerando obedecerla. Si quieren vivir otro maldito día, no irán a los terrenos Solekosminus.

—Concuerdo con el demonio —dijo Blair, colocando un dedo sobre sus labios—. Aunque... Ir allá tal vez pruebe ser más efectivo.

Lazarus ya había pensado en las fatalistas posibilidades que estaban pasando por las cabezas del demonio y la bruja. Ya sabía que obedecer esa nota significaría bajar todas sus defensas y exponerse a regresar al mandato de su padre, tal vez a morir bajo su mano.

«Tú eres mi elegido, Lazarus». Sintió sus palabras como una condena. No, él no moriría, no así de fácil, pero sus hermanos...

—Hay que ir —dijo Cornelius de pronto. Al volverse hacia él, notó la resolución en su rostro.

—No voy a volver a ese sitio —sentenció Galatea en cambio.

—¿Qué acaso no quieres matar a nuestro padre? Él debe estar ahí —argumentó su hermano.

—Es suicidio —afirmó Alaric.

—¡Y eso lo hace más emocionante! —exclamó Blair por otro lado.

Lazarus no participó en la disputa, ni siquiera los escuchaba. Él sabía que esto era obra de su padre, el único que podía despertar a su madre de su prolongado sueño. La había usado como carnada, la única forma en que podría atraer a sus hijos hacia él.

Y lo conseguiría.

—Iremos —declaró, levantando la voz para hacerse oír entre el bullicio.

—¡¿Qué?! —espetó Alaric—. ¡¿Eres estúpido, Solekosminus?! Es más que obvio que es una...

—Ya sé que es una trampa —interrumpió, bajando el tono—, pero también una oportunidad. Cornelius tiene un punto, esta podría ser nuestra única opción para matarlo.

—Los años en soledad te han dejado mal —comentó Galatea.

—No somos los mismos de antes —afirmó Lazarus—. No somos criaturas indefensas y aterradas bajo el yugo de nuestro creador. Hemos probado la libertad, hemos probado... —Miró de reojo a Alaric, evitando que este lo notara—. Hemos probado un gramo de humanidad, de sentimientos. Sabemos qué es lo que queremos y también que estamos dispuestos a morir por ello. Cada uno tiene su motivación; egoísta, noble o un simple anhelo por una vida pacífica. No me importa qué es lo que los impulse, ya no tenemos el lujo del tiempo y de controlarlo todo. Es...

—Ahora o nunca —completó Cornelius, asintiendo. Ya sabía que él sería el primero en estar de acuerdo—. Has mejorado en esto de los discursos motivacionales, hermanito, bueno, más bien has aprendido a darlos.

—No es un discurso para motivarlos —corrigió—, es para que dejen de dudar y comportarse como cobardes.

Blair soltó esa desagradable risa aguda y perturbadora suya.

—Amo a este Lazarus. —Se apoyó en el hombro de Alaric, muy a disgusto de este último—. ¿Podemos quedarnos con él?

—No me toques, bruja loca —masculló el demonio, quitándose.

Galatea, mientras tanto, no le quitaba la vista de encima a Lazarus. No había manera alguna de saber cuáles eran sus intenciones; no existía nada en esos ojos.

—A mí no me apetece morir a manos de ese monstruo —dijo ella.

Lazarus entornó la mirada.

—¿Y qué te hace creer que no va a matarte después? —inquirió—. Para él somos inservibles.

Galatea esbozó una sonrisa cruel, exhibiendo los colmillos.

—¿Incluso el hijo favorito? —susurró.

—Ya no hay un favorito —aseveró—. A sus ojos, solo somos un fracaso. Los hijos débiles que escaparon en lugar de salvarlo o continuar con su legado. Nos cazará y nos aniquilará, no somos irreemplazables.

Su hermana menor le mantuvo la mirada durante tensos segundos. No era lo mismo convencerla a ella que a Cornelius, sus emociones estaban apagadas y, con ellas, sus motivaciones. La única manera de hacerla entrar en razón era ofreciéndole algo que despertara al menos una fracción de sus intereses. Sobrevivir debía ser uno de ellos, o incluso ver a su madre otra vez, a quien amaba, de una manera diferente, pero lo hacía.

—De acuerdo —cedió sin elaborar respecto a su cambio de opinión. Le dio la espalda a Lazarus y se alejó, no necesitaba oír más.

Blair levantó la mano como si fuera una mocosa.

—¡Uh, yo también quiero ir! —exclamó la bruja—. No pienso perderme sus sangrientas muertes. ¡Imagina los rituales que podré hacer con los cadáveres de los hijos del Padre Común!

—No estás invitada —sentenció Lazarus—. La única forma de entrar a los terrenos Solekosminus es con una invitación y la sangre de la familia.

—Técnicamente esa nota no viene dirigida a nadie en específico —argumentó Cornelius, recibiendo una mirada desaprobatoria por parte de Lazarus—. Digo... Solo es una observación. No querrías ir a ese sitio.

—Será mi invitada —intervino Galatea—. Me puedes ser de utilidad.

Blair se aproximó a la vampira, apoyando la cabeza sobre su hombro.

—¿Vas a ponerme una cadena? —inquirió.

Lazarus exhaló. Cómo es que la bruja siempre lograba salirse con la suya, estaba fuera de su entendimiento.

—Yo no pienso ir a ese lugar —dijo Alaric entonces, por fin hablando tras un prolongado silencio—. Eso sería meterse a la boca del lobo y no tengo ningún tipo de deseo suicida.

Lazarus de inmediato se giró hacia él.

—Nuestra alianza todavía no ha terminado, demonio.

Alaric bufó.

—¿Crees que eso me asusta, Lazy? —cuestionó—. Porque créeme que me aterra más ser degollado por tu maldito padre.

—No vas a...

—La verdad es, pequeño demonio... —Blair interrumpió, dando un paso hacia él— que Lazarus no quiere que te vayas.

Lazarus amplió ligeramente los ojos.

—Eso no...

—Qué asco me das, Lazarus —zanjó Galatea, haciendo una mueca.

Cornelius le sacudió la cabeza.

—Galatea, no seas así —reprendió.

—Eso no es verdad —afirmó Lazarus, viendo a Alaric con severidad—. Tenemos un trato, y vas a cumplirlo.

—También tengo una responsabilidad, una niña demonio que cuidar, por si lo olvidas —refutó.

Cornelius se tornó boquiabierto.

—¿Tienes hijos? —indagó y luego sonrió—. ¿Eso me convierte en tío?

—¡No! —respondieron Lazarus y Alaric al mismo tiempo.

El demonio negó con la cabeza.

—Esto no era parte del acuerdo, Lazarus, te dije que te ayudaría a rastrear a tu padre, no más —puntualizó y se dio la media vuelta, encaminado hacia la puerta—. Yo me largo.

Lazarus lo vio salir de la biblioteca sin más. No podía negarle la razón; tenía responsabilidades fuera de un ridículo trato con él y tampoco habían acordado que lo ayudaría hasta el final. Sin embargo...

—No se muevan de aquí —ordenó a sus hermanos y a la bruja, y salió tras el demonio.

Alaric estaba caminando por la banqueta, atravesando las peligrosas calles desiertas de Reverse York.

—¡No me sigas, Lazarus! —advirtió.

Lazarus lo alcanzó con facilidad, caminando unos pocos pasos detrás de él y con una mano en su revólver en caso de que apareciera alguna criatura psicótica de improviso.

—Llamaré a Zalatoris y Welsh, les pediré que sigan cuidando de la niña —ofreció.

Alaric no se detuvo, ni siquiera volteó.

—¿Por qué diablos estás tan insistente con que vaya? —cuestionó—. Hace tan solo unos días deseabas que me desapareciera definitivamente de tu vida, y ahora aquí estás, rogándome que me quede. ¿Te disparaste tú solo o algo? ¿Vas a usarme como carnada para tu padre?

—Claro que no.

—¿Entonces qué es?

Lazarus dudó un momento, invadido por los usuales miedos y arrepentimientos, pero esta vez había una parte de sí que iba en contra de ellos, misma que lo llevó a estirar la mano y rodear la muñeca de Alaric con firmeza, deteniéndolo.

—Necesito tu ayuda —admitió, bajando la voz—. Te necesito... Alaric.

Alaric se quedó inmóvil y en silencio, Lazarus ni siquiera podía ver la expresión en su rostro para deducir qué estaba pensando. El vampiro comenzó a arrepentirse, y cuando estaba por soltarlo, sintió la mano del demonio deslizarse hacia la suya y apretar sus dedos.

—Si muero por tu culpa...

Lazarus sonrió con discreción, aprovechando que él no lo veía.

—No voy a permitir que eso suceda.

Alaric por fin se dio la vuelta, viéndolo a los ojos, dedicándole esa sonrisa confianzuda y astuta.

—Solo porque me llamaste por mi nombre, Lazy.

(...)

Los terrenos Solekosminus eran un sitio de leyenda, mencionado en libros de la Sociedad Ulterior como un lugar fantasma, imposible de ver y recordar, pero que dejaba una impresión en la mente que daba la sensación permanente de estar olvidando algo, como un incesante susurro en el fondo del subconsciente.

Este efecto había sido producto de un hechizo realizado por una bruja cuando el Padre Común se asentó ahí; era inquebrantable, semejante a una maldición. Estos terrenos eran, probablemente, el sitio más seguro tanto en la Sociedad Ulterior como en el Mundo Superior, pues la única forma de entrar era con una invitación y la sangre de un Solekosminus. Por desgracia para los curiosos, solo existían cuatro.

Con la daga de Hierro Solar de Alaric, los tres hermanos se realizaron un corte en la palma de la mano, dejando que la sangre escurriera al suelo de madera de la biblioteca.

—¿Están seguros de que podremos atravesar ese Torrente Sanguíneo? —cuestionó Alaric, observando el ritual con escepticismo—. No confío en ustedes y, hasta donde llega mi conocimiento vampírico, solo los chupasangres pueden atravesar esos torrentes.

Blair bufó con toda la intención de ser condescendiente.

—¿No lo sientes, demonio? Esta no es sangre o un ritual común. —Rodó los ojos de manera exagerada—. Y yo que pensé que los de tu clase eran expertos de la sangre.

Alaric se retrajo sobre sí mismo, desviando la mirada con molestia. Aunque Lazarus no iba a cederle la razón a la bruja, no podía negar que sus afirmaciones eran correctas; los demonios eran expertos en la sangre, amos de esta, pero Alaric parecía no poseer sus habilidades en todo su potencial, o al menos no con la misma fuerza de antes.

—No te pasará nada —aseguró al demonio en cambio—. Eres mi invitado.

Tan pronto la sangre necesaria terminó de acumularse en el suelo, las heridas en sus manos sanaron sin dejar rastro alguno. Los hermanos compartieron una mirada y asintieron.

Los tres cerraron los ojos e invocaron los recuerdos de su tiempo en los terrenos Solekosminus, de cómo lucían, de cómo se sentían. La sangre a sus pies comenzó a deslizarse por voluntad propia, formando un amplio círculo que poco a poco fue tomando dimensión y un movimiento semejante a un remolino.

Abrieron los ojos y vieron el Torrente Sanguíneo, una ruta de una sola vía que con tan solo estar cerca ya se sentía como ese lugar al que alguna vez llamaron hogar.

—Vamos primero, bruja —ordenó Galatea, jalándola del brazo hacia el remolino de sangre en el suelo.

Blair por primera vez mostró algo de temor en su semblante.

—¡No, espera...!

No tuvo oportunidad de terminar su oración, pues en cuanto colocó un pie sobre el vórtice, su cuerpo y el de Galatea se desintegraron en sangre y fueron consumidos por el remolino.

—Nada tenebroso —musitó Alaric, igual de tenso que la bruja hace unos instantes—. Solo derretirnos como un montón de viseras.

Cornelius le dirigió una sonrisa amigable.

—No te angusties, Alaric, ni siquiera vas a sentirlo —aseguró y retrocedió de espaldas hacia el torrente, siendo consumido por este en cuestión de segundos.

Lazarus se volvió hacia Alaric.

—¿Tienes miedo? —cuestionó con cierto tono provocativo.

Alaric notó su tono y sonrió con el mismo sentimiento.

—¿Y si lo estuviera?

Lazarus sacudió la cabeza.

—Sería demasiado tarde para arrepentirte. —Sin previo aviso, lo tomó por la muñeca y lo aventó hacia el vórtice de sangre, solo alcanzando a ver la sorpresa en la cara del demonio antes de ser transportado.

Lazarus exhaló y, siguiendo sus propias palabras, cruzó sin arrepentimiento alguno. Ya no había cabida para siquiera una duda.

Como cualquier otro viaje a través del Torrente Sanguíneo, primero sintió su cuerpo tan ligero como un respiro, luego una enorme presión invadida por oscuridad y el fuerte aroma metálico de la sangre y, de súbito, el suelo bajo sus pies y la sensación de cada fracción de su ser siendo reconstruido en otra locación.

Tardó unos instantes en recomponerse, pero cuando lo hizo, notó que habían aparecido en medio de un verde campo donde el pasto alto se movía con el viento helado de la noche. En este lugar, el sol solo salía cuando el Padre Común así lo quería, siendo la única ocasión una vez al año con el despertar de su amada Magnolia.

—Esto es... —comenzó Cornelius, al igual que Lazarus debió de ser invadido por recuerdos, memorias de ellos jugando en este sitio, corriendo con una falsa promesa de libertad. Antes de que todo fuese infernal.

—Maldito Solekosminus. —Escuchó a Alaric a sus espaldas, quien estaba de rodillas en la tierra, aferrado a esta con las uñas—. Eso fue espantoso.

Lazarus se aproximó y le tendió la mano.

—Solo el primero se siente así —aseguró.

—Ni en un millón de años repito esa mierda. —Aceptó su ayuda, poniéndose en pie.

—Hay que irnos —dijo Galatea entonces, arrastrando a una aturdida Blair como si fuera su caniche—. No venimos aquí a recorrer el sendero de la nostalgia.

Lazarus habría estado de acuerdo, pero era imposible no ser presa de dicha nostalgia o incluso temor conforme avanzaban por aquellos terrenos. Eran campos, bosques, campiñas desiertas que atravesar para llegar al sitio en el que nacieron y crecieron. Con cada paso que daba, podía oír carcajadas, llantos, gritos, voces de sus padres y sus hermanos. Galatea y Cornelius debían estar experimentando lo mismo, puesto que no pronunciaban palabra alguna y él... Él solo agradecía ese silencio, incluido el de Lucas en su cabeza.

La forma en que este lugar se asemejaba tanto al Mundo Superior era por la influencia de su madre, pero esa eterna noche y esa sensación de pesadez en el ambiente era producto de su padre y solo de él. No podía negar su naturaleza ni aunque se enamorara de la más pura humana.

Tras largos kilómetros de caminata, por fin dieron con el sendero de gravilla que los llevaría a su hogar, un imponente castillo gótico de obsidiana, cuyas altas torres se alzaban majestuosamente sobre los alrededores. Sus enormes murallas, coronadas por almenas sombrías, rodeaban el castillo, mientras que unas colosales puertas de hierro negro, custodiadas por los Errabundos cuya voluntad había sido sometida por el Padre Común, se alzaban ante ellos. La influencia de la hipnosis se reflejaba en sus ojos carmesí, revelando su esclavitud al poder dominante.

—¿Alguien tiene la llave? —bromeó Cornelius en cuanto llegaron a las rejas. Los Errabundos ni siquiera daban señales de notar su presencia.

Lazarus dio un paso hacia delante, a punto de tocarlas con las puntas de sus dedos cuando las puertas se abrieron solas antes de él, chirriando por el desuso.

—El elegido siendo recibido con los brazos abiertos —dijo Galatea, viéndolo con desagrado.

Lazarus estaba por negar sus palabras, pero antes de siquiera poder separar los labios, fue interrumpido por una nueva presencia. No, era una vieja presencia, una que relajó y llamó la atención de los tres hermanos en cuanto la sintieron en sus cuerpos.

Se dieron la vuelta de inmediato y se toparon con una visión del pasado que no había sufrido alteración alguna aún con el cruel pasar del tiempo. Era Magnolia Solekosminus, su madre: una figura de belleza etérea, con una piel pálida adornada por destellos de vitiligo, unos ojos azules que irradiaban amor y una melena negra que caía en cascada, con un mechón albino que recordaba a los de sus propios hijos. Su presencia evocaba la imagen de un ángel.

—Bienvenidos a casa, hijos míos.

Les juro que yo también imagino a Magnolia Solekosminus como una especie de diosa. Es que es irreal 💀

¡Muchísimas gracias por leer! 🩸

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