71. Leyes aeroportuarias

Lo que más quería hacer cuando mi tía Jill murió, mamá nos abandonó o rompí con mi primer novio era dormir. Incluso cuando tenía un mal día en la universidad todo lo que esperaba era meterme a la cama. Si corría la suerte de evitar las pesadillas podía evadir la realidad unas horas y cerrar mis párpados como una puerta que mantuviera cualquier dolencia fuera.
Sin embargo, nada puede ser evitado para siempre. Llegaba la hora de despertar y durante unos segundos me sentía bien, hasta que entre la bruma de la somnolencia emergían los recuerdos. El dolor regresaba peor que antes y, a pesar de recién empezar el día, ya quería que acabara otra vez.
Esta mañana sentí eso.
El peso de Malcom ya no hundía el sofá. Me senté y miré alrededor con la esperanza de que hubiera cambiado de opinión y quisiera despedirse.
Fiel a su palabra, se fue antes de que despertara.
No pasó mucho tiempo hasta que Zoe se percató de que estaba despierta y llegó, con ayuda de su mamá, desde la cocina con una bandeja. Orgullosa de sí misma dijo que me había preparado el desayuno: una taza de Stitch con café, un cuenco con (cinco) hojuelas de cereal que flotaban en demasiada leche y tres galletas Oreo de las cuales una estaba a medio comer. Depositó la bandeja en mis piernas y la ayudé a subir al sofá para que comiera conmigo.
Me sorprendió que estuviera tan callada, como si supiera que yo no quería hablar. Se limitó a pescar las hojuelas una por una mientras me miraba de reojo.
—Cuando mi mamá me dijo que Malcom era mi hermano no le creí. —Separó una galleta por la mitad y yo dejé de beber—. Pero a veces las personas tienen bebés y se los dan a otros porque no pueden cuidarlos, como con los cachorros: sus mamás los tienen y luego los dueños los regalan para que una familia les dé mucho amor y mucha comida. —Hizo un ademán a la Oreo antes de lamer la crema de una de las tapas—. Malcom y yo somos cachorritos de la misma mamá que terminaron en diferentes familias. Y mi mamá me dijo que es muy extraño que los cachorros se reencuentren con sus hermanos, pero Malcom y yo lo hicimos. —Apreté la taza hasta que el calor se filtró de la porcelana a mi piel y le sonreí—. Yo también estoy triste de que se haya ido, pero si nos encontramos una vez... ¿por qué no dos? —Engulló una las tapas de chocolate y añadió con la boca llena—: Lo volveremos a ver y seremos otra vez una manada: tú, él y yo. ¡Seremos como los Aristogatos!
—Pero no somos gatos, y si hablas de perros seríamos una jauría. Bueno, en realidad somos seres humanos, pero...
Noté lo mucho que estaba hablando como Beasley y paré. Maldito sea.
—Deja de preocuparte, Kansas. —Me quitó la taza y quiso dar un sorbo, pero se la arrebaté con una mirada asesina. Sabe que no puede beber café, mucho menos el mío. Lo necesito para sobrevivir—. Volveremos a ver a Malcom, pero mientras tanto tenemos que entretenernos. ¿Quieres que juguemos al Monopoly? Prometo no hacer trampa.
Si no la hubiera visto cruzar los dedos detrás de su espalda le hubiera creído.
Así pasó la mañana, hasta que me abandonó por no sé qué película de Disney. Guardé las piezas del juego y subí para dejarlo en su habitación. Lo deposité en uno de los estantes y, antes de salir por la puerta, algo me llamó la atención. Sobre la cama había un caos crayones, cinta adhesiva, stickers y brillantina. Entre decenas de hojas de colores una captó mi atención, específicamente porque había una pequeña foto de Malcom ahí.
Me tensé.
—Mierda —susurré al tantear en mis jeans por mi teléfono. Marqué el número de Harriet y contestó al segundo timbre—: Hola, tengo una duda que podría ser un potencial problema.
—Ampliación de información —pidió.
Le describí la fotografía. Su tamaño, color y grosor aproximado del papel y el sello. En el fondo sabía de qué se trataba y lo confirmé cuando mi amiga cogió aire a través de la línea.
—Zoe arrancó parte de la foto del pasaporte de Malcom. No podrá subirse a ese avión. Kansas.
Con razón dijo que lo volveríamos a ver, esa mocosa...
La futura abogada recalcó que si Malcom está dentro de los Estados Unidos es porque ya ha pasado por inmigración y tiene permitido estar aquí, pero eso no quita el hecho de que deba presentar su pasaporte para hacer cualquier vuelo nacional. Si tuviera la ciudadanía sería distinto, pero esta solo se obtiene una vez que se posee la Green Card por cinco años y luego de pasar un examen técnico sobre asuntos nacionales que yo no aprobaría teniendo en cuenta que siempre empiezo a cantar el himno antes de tiempo y a veces confundo el orden de las estrofas.
Conociendo las leyes aeroportuarias le pedirían el pasaporte sí o sí. Le negarían viajar al notar que le falta un trozo de la página más importante e incluso podría pasar algo peor.
Harriet me dio una opción: llevar la foto recortada a la oficina de inmigración del aeropuerto con la esperanza de que lo dejen pasar para que así no pierda el contrato con los Bears, que se caería si debiéramos esperar a que se haga un nuevo pasaporte desde Inglaterra porque eso tomaría meses y necesita presentarlo para poder firmar con el equipo.
Teniendo en cuenta mi característico pesimismo pensé que con lo estrictos que son no podríamos salir victoriosos. Entonces apareció Jamie con otra opción: un pasaporte falso.
Me negué, yo no iría a la cárcel. ¿Y Harriet? Casi le agarra un infarto.
La pelirroja seguía parloteando acerca de un conocido del tío de la prima de la hermana del cartero y me empecé a inquietar. Supuestamente este hombre se dedicaba a adulterar documentos para vivir. No fue hasta que la futura abogada le explicó todas las consecuencias legales que podríamos afrontar que ella desistió con la idea. Además, tomaría unos días y costaría más dinero del que teníamos entre las tres.
Añadí que no había revistas Vogue en prisión. Tampoco donas.
Nos aferramos al plan de Harriet. Si hubiéramos optado por ir con el conocido del tío de la prima de la hermana del cartero me estaría convirtiendo en una delincuente por un chico y su lindo trasero.
Y tengo mis límites.
Llamé a Malcom, pero no respondió y deduje que apagó su teléfono a diez kilómetros del aeropuerto como precaución para evitar un choque aéreo. A pesar de que se pide que apaguen el móvil o lo pongan en modo avión una vez dentro de la aeronave, Beasley es hipocondríaco.
Intenté llamar a Mark y tampoco contestó. Aunque creí que para aquellas horas ya sabrían lo del pasaporte resultó que la mayoría de los vuelos estaban retrasados por una tormenta proveniente del este. Además, ellos hubieran llamado a Bill al percatarse del trozo de página faltante. Concluí que bien podrían estar esperando en el aeropuerto aún sin pasar por el chequeo o estarían volviendo para Betland.
Sin poder confiar y concretar alguna de las teorías tomé el trozo del pasaporte antes de montarme en el Jeep y salir rumbo a la autopista. Me pregunté cómo diablos conocía Jamie a un sujeto que hace cosas ilegales de ese tipo, pero no lo mencioné porque sospeché que iba a decir que era necesario para su carrera antes de confesarme la verdad.
Mi teléfono se quedó sin batería y no tenía el cargador encima por salir apurada. Ahora, mientras salgo de la estación de servicio, me repito que no dejaré que el sueño de toda la vida de este chico se vaya por el retrete. Incluso si esto implica convertirme en Toretto o el Rayo McQueen con el Jeep.
Aparte, internamente, ansío poder despedirme a toda costa.
Mi corazón se rompe y une nuevamente ante la idea de abrazarlo una vez más, y las mariposas en mi estómago revolotean a la velocidad de un tornado mientras piso el acelerador y paso el cartel:
AEROPUERTO
20 KM

Es casi medianoche cuando me aproximo al aeropuerto en la camioneta de Bill.
Tras la victoria ni siquiera me permití celebrar. Robé las llaves del coach de su despacho y me monté detrás del volante sin hablar con nadie. Por el espejo retrovisor vi que Jamie y Harriet intentaron alcanzarme, pero no necesitaba oírlas.
Kansas decidió ir por mí. Era todo lo que debía saber.
Cuando el entrenador me dejó en el aeropuerto esta mañana no pasó demasiado tiempo antes de que las pantallas y empleados a través de los altavoces informaran que había un retraso debido a una tormenta. Mark y yo fuimos a esperar a un café junto a una tienda de regalos.
Me estaba hablando sobre cómo sería mi vida con los Bears y lo genial que la pasaría cuando mis ojos cayeron en el local adjunto. Entre todos los tipos de animales de felpa no había ratas. Lógico, nadie querría un roedor.
Excepto el parásito.
Sin embargo, encontré un mapache. En el refrigerador de un kiosco se alineaban botellas Gatorade. Una adolescente marcaba con un resaltador el libro en la mesa frente a la mía, junto a ella su hermano se hurgaba la nariz y pegaba las mucosidades disimuladamente bajo la mesa. La mesera, una señora que cargaba galletas y café, lo retó.
Zoe, Jamie, Ben, Harriet, Gabriel, la señora Hyland... Los veía en todas partes.
Fue ahí cuando vi a un fanático de los Green Bay Packers de Wisconsin pasar con la camiseta del equipo. Era un hombre corpulento que avanzaba a la par de una su hija de unos diez u once años. Arrastraban sus maletas y discutían acerca de algo que no logré escuchar, pero detonó en mí el recuerdo de Bill y Kansas.
Sobre todo cuando la niña extendió una mano y su padre, a regañadientes, le pasó su billetera.
Con eso me puse de pie y le dije a Mark que lo sentía.
No podía irme a Chicago, pero tampoco podía quedarme en Betland, así que recurrí al plan de respaldo y regresé en busca de Kansas. Ahora conduzco preguntándome cómo fui tan idiota de considerar irme en primer lugar.
Lo que queremos y lo que necesitamos son cosas diferentes. No todos tienen la suerte de encontrarlas en el mismo lugar, y yo lo hice.
Los vehículos se acumulan y nace un embotellamiento. Con impaciencia y ansiedad bajo la ventanilla y asomo mi cabeza para vislumbrar decenas de coches con los faros encendidos y las bocinas presionadas. Es un lío. Traslado los ojos a la autovía contigua, aquella que va en dirección opuesta saliendo del aeropuerto y deseo estar ahí porque se halla casi vacía.
Casi.
Un Jeep viene a lo lejos: ventanillas bajas, exceso de velocidad y música a todo volumen desde el estéreo.
—Taylor Swift —reconozco sin aliento.
Sin pensarlo me bajo de la camioneta justo cuando el embotellamiento comienza a descongestionarse y los autos a avanzar. La fila a mi espalda grita groserías y toca el claxon con frustración. Un coche abandonado a mitad de la calzada no se moverá solo y estas personas están apuradas para llegar al aeropuerto ya que algunos pocos vuelos lograrán salir a pesar de la tempestad.
Corro a través de los coches pidiendo disculpas a los conductores antes de llegar a la valla que divide la autovía y saltarla. El Jeep se acerca peligrosamente y esperanzado hago algo que atenta contra mi seguridad personal.
Me interpongo en su camino, así Kansas podrá verme antes de arrollarme con su defectuoso automóvil.
Muevo los brazos haciendo señales de tránsito que conozco bien gracias a los inspectores que observo y de los cuales aprendo al detenerme en cada semáforo. En segundos las resplandecientes luces blancas me ciegan y oigo un grito ahogado proveniente del lado del conductor. Kansas hace una maniobra en letra «U», los neumáticos chillan, hay jadeos desde la autopista vecina y la castaña pisa los frenos. Se detiene al borde la calzada y sobre el césped.
Hay un silencio sepulcral hasta que las personas suspiran aliviadas de no haber sido testigos de un accidente y retoman su ira al tocar las bocinas. Sin embargo, ya no presto atención a la disgustada multitud. Todo lo que puedo ver es ese Jeep mal estacionado.
Trago con fuerza cuando rechina su oxidada puerta al ser abierta. Oigo las pisadas sobre el pavimento y mi corazón da un vuelco al vislumbrar la silueta de la chica caminar en contraluz de los faros.
Se acerca a toda marcha, como en la escena de una jodida película de terror.
—¡Beasley, ¿qué carajos crees que estás haciendo?! ¡Podría haberte matado!
En pánico y con la respiración acelerada lleva el ceño fruncido, los ojos abiertísimos, las pupilas dilatadas y las mejillas encendidas por la adrenalina. Me empuja por los hombros, pero es inútil, ni siquiera me mueve un centímetro.
—¡¿Y por qué me estás sonriendo, idiota?!
Mi sonrisa no hace más que ensancharse. Estar al borde de la muerte nunca se sintió tan bien.
—Tengo muchas ganas de golpearte, pero no serviría de nada. —Se pasa una mano a través del pelo y cierra los párpados un momento para calmarse—. Supongo que volviste a Betland y las chicas te contaron todo. Acabo de estar en el aeropuerto y el próximo vuelo a Chicago sale dentro de una hora, es con escala en Nebraska para evitar la tormenta y también el único que irá a Illinois por hoy y todo el día de mañana. Si nos apresuramos llegarás a hacer los trámites, así que rápido, ¡vayámonos! —Hace un ademán hacia el Jeep y empieza a caminar—. Dile a Mark o a quién sea que esté conduciendo que lo alcanza...
La tomo del brazo antes de que pueda dar un paso más y la obligo a mirarme.
—¿De qué hablas? —inquiero desconcertado y ese mismo desconcierto se refleja en su rostro.
—De tu vuelo a Chicago, ¿qué crees? No sé en qué momento Zoe tomó tu pasaporte con la excusa de que quería una foto tuya para recordarte. Recortó parte de la página y estoy aquí intentando que no cancelen tu contrato ni te echen del país, pero... —Vacila y su voz sale en el susurro—: Es obvio que tú no tienes ni la menor idea de lo que estoy hablando.
Me golpea la decepción, pero cuanto más contemplo esa mezcla de verde y café en sus ojos la desilusión se desvanece. Esta chica fue capaz de buscar la forma de llegar hasta mí contrarreloj para asegurarse que no se arruinara mi sueño, seguirme a otro continente para que no esté solo y conseguirme una oportunidad para ingresar a una universidad increíble. Me quiere más que nadie. Es admirable y también terrorífica. Me asusta un poco tanto ella como sus amigas. No tengo dudas de que Harriet y Jamie fueron parte de este acto de película. Esas dos podrían, a pesar de que una tenga potencial como abogada, cometer los actos ilícitos más graves con tal de ayudar a Kansas.
A veces temo que en verdad terminen quebrantando la ley y que el Estado de Mississippi vaya tras ellas.
No sería raro ver llegar a la policía o a control animal.
—Regresé a Betland y no te encontré. —Ignoro los bocinazos y gritos que me dedican desde la calzada vecina—. Acabé jugando el partido por el tercer puesto, luego supe que te habías ido y asumí que querías despedirte o hacerme cambiar de parecer para que me quedara contigo.
Sus labios se entreabren, al principio nada sale y se limita a alcanzar mi mano y darle un apretón.
—Puedo ser muchas cosas, Malcom. Pero no soy egoísta, no podría retenerte aquí mientras la oportunidad de tu vida se escapa a otro lugar. —Deja ir mi mano y toma una inhalación—. No te quedes por mí. Y si te preocupa Zoe, ella y tú seguirán en contacto, la señora Murphy dijo...
—Sé lo que dijo, pero eso no me basta. No quiero tener que verlas un par de veces al año.
Pone las manos sobre sus caderas y echa la cabeza hacia atrás, frustrada. Algunos automóviles pasan muy cerca de nosotros y tanto los motores como la brisa rugen.
—No puedo decirte qué hacer, pero, por favor, intenta ver las cosas como solías hacerlo. En tu carta escribiste lo opuesto a lo que me dices ahora, ¿qué diablos fue lo que te hizo cambiar de opinión tan rápido? ¿Qué vale tanto la pena como para dejarlo ir todo?
Tú.
—Te equivocas, no estoy dejando ir nada que no valga la pena. —La tomo por los hombros—. No estoy renunciando a nada, en realidad creo que pude conseguir todo lo que quiero.
—¿Y cómo se supone que funciona eso? Si te quedas en esta ciudad no encontrarás oportunidades para una gran carrera futbolística.
—Exactamente por eso no me quedaré en Betland, pero tampoco me iré a Chicago.
Deja caer los brazos a sus costados y retrocede un paso.
—Espero que puedas explicarte mejor porque mi cerebro no está procesando nada de lo que dices. Y no soy Einstein, intenta esclarecer esto con palabras que pueda entender.
Reprimo una sonrisa porque anticipa que recurriré a varios términos no tan populares para exponer mi caso.
—Sabes que antes de llegar Betland tuve solicitudes para unirme a otras universidades y equipos. Entre ellas había una del entrenador de los Saints de New Orleans, en Louisiana.
«A una hora de casa», entienden sus ojos.
Este nuevo coach no me ofreció un contrato, pero quería conocerme y me invitó a pasar unas semanas con ellos porque creía que tenía potencial para ser tan joven. Dejé esa y las otras peticiones a un lado para venir a aquí.
—Luego llegó la oferta de los Bears —sigo—, y ponderé la posibilidad de negarme porque los Saints son mejores en varios aspectos y están cerca. Además, confiaba en que quizás luego de unas semanas de prueba me darían un lugar. Le pedí a Nancy que me enviara por fax los documentos que había recibido de ellos para revisarlos otra vez e incluso viajé para hablar con el entrenador Payton antes de decirle la verdad a Anne y Zoe en el hospital. Entonces tú apareciste con la oportunidad de estudiar en una universidad tan buena y...
Un auto pasa a toda velocidad, mece su cabello con fuerza e ilumina la mitad de su expresión indescifrable. Traga con dificultad antes de hablar.
—¿Cambiaste de parecer porque el equipo de Louisiana ofreció más?
—No, no lo hizo, pero me percaté de que no puedo alejarme de las personas que me dio Betland o de ti. Si me esfuerzo puedo obtener un contrato con los Saints, lo sé y no me importa cuánto tiempo me lleve.
—¿Qué hay de la universidad?
Me encojo de hombros.
—Puedo ir a cualquier otra. No necesito algo de renombre y, a pesar de que me encanta estudiar, no nací para ser doctor, ingeniero o cualquier otra cosa: nací para pasármela corriendo detrás del balón. Mi punto es que hay un millón de oportunidades respecto al fútbol y a la universidad, pero ¿cuáles son mis posibilidades de volver a encontrar a alguien como tú?
—Malcom... —advierte, pero ya es demasiado tarde.
Extingo casi todo el espacio entre nosotros y le sostengo la mirada.
—Te dije que no te amaba —prosigo—. Y no mentí. No te amo porque amar es todo un proceso, pero puedo jurarte que te quiero más que a nadie y que estar enamorado no es una condición que haga justicia a lo que siento y pienso de ti. Soy consciente de que hay que vivir el presente porque el mañana es una total encrucijada, pero ¿por qué si planeamos tantas cosas no podemos planear a quién amar? Independientemente de lo que ocurra, sé que lo haré un día: me despertaré y te diré esas dos palabras con la facilidad con la que respiro. Lo siento en cada hueso del cuerpo y en la presión que ejerce mi corazón contra mi pecho, Kansas. Te amaré, y para llegar a eso quiero seguir conociéndote y sintiendo todo lo que eres capaz de provocarme. Me quedo por todos los que están en aquí, por ti y, sobre todo, por mí. Si en unos meses llegué a ser tan feliz no puedo imaginar lo que sentiré en un año, una década o una vida contigo. Como dije, no estoy renunciando a nada. Todo lo contrario.
Está estática con las manos hechas puños a sus lados. La inquietud me eriza la piel de los brazos y mi respiración se entrecorta en el silencio entre nosotros, pero el miedo de ser rechazado se diluye cuando me doy cuenta de que aprieta las manos porque intenta controlar los temblores que la asaltan. La gente tiembla por varias razones: frío, estrés, nervios y varias que, si me las pongo a enumerar, no terminaré hoy. Pero, ¿por qué Kansas lo hace?
—Porque estoy física y mentalmente cansada. —Lee mis pensamientos en un hilo de voz—. Estuve todo el día temiendo no poder despedirme, Jamie quiso atentar contra la ley falsificando un documento y fácilmente podría haber apoyado la idea de no ser por Harriet. Empujé el Jeep hasta una gasolinera, corrí por medio aeropuerto buscándote y guardé para mí muchas cosas que quería decirte.
Envuelvo cada uno de sus pequeños puños con mis manos para hacerle saber que estoy aquí y puede desmoronarse. Sus temblores disminuyen al paso de los segundos que nos contemplamos y con una inhalación honda se permite cerrar los ojos. Estudio la forma en que sus pestañas rozan sus pómulos y logra relajarse mientras mis manos dejan las suyas para subir por sus brazos, hombros y cuello hasta sus mejillas y ahuecarlas con suavidad.
—Y ahora me dices todas estas cosas y quiero llorar —confiesa molesta—, pero creo que perdí casi toda el agua de mi cuerpo haciendo el ejercicio que no hice en toda mi vida.
Levanta sus brazos para mostrar la evidencia: dos grandes manchas de sudor oscurecen su camiseta en las axilas.
—Con razón apestas un poco. —Las comisuras de mis labios se curvan como un reflejo de las suyas cuando ríe—. Lamento que te hayas deshidratado, aunque ¿sabías que Andreas Hammar creó una máquina que transforma el sudor en agua potable y...?
Lanza sus brazos a mi alrededor y me silencia con un beso. Me derrito ante el calor de su cuerpo presionado contra el mío. Así, una noche de noviembre en medio de la carretera con la luz de los faros de los coches y decenas de automovilistas enojados que no paran de tocar el claxon, la estrecho en mis brazos y le devuelvo el beso.
Si tuviera que definir la felicidad en una palabra, definitivamente diría su nombre.
Me rodea la cintura y paso un brazo alrededor de sus hombros para guiarla de nuevo al Jeep.
—¿Puedo conducir?
—Claro que no, Beasley. Y hablando de eso, ¿cómo fue que llegaste hasta...?
Sus palabras se desvanecen en cuanto se oye el estruendo de una explosión de vidrios al otro lado de la autovía.
No.
Por favor, no.
Para mi mala suerte hay un anciano que reconozco como aquel que me propinó un puñetazo una vez. Está junto a la camioneta del entrenador con un bastón en mano gritando que perderá su vuelo si nadie mueve el pedazo de chatarra que obstruye la autopista.
Ya era malo haber tomado las llaves sin permiso. Ahora tengo garantizado que pasaré el futuro corriendo ida y vuelta por toda América del Norte si no arreglo esto.
—¿Esa es la camioneta de Bill? —susurra Kansas.
Asiento en silencio y trago.
—¿Algún plan?
—Bueno... —Ladea la cabeza mientras inspecciona los daños materiales—. Estamos cerca del aeropuerto.
—Fugarse suena como una buena opción, podríamos ir a Perú —sugiero—. Siempre quise conocer la antigua civilización de los Incas en Machu Picchu. ¿Sabías que sus deidades...?
—Y aquí vamos otra vez. —Suspira.
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