63. El ejercicio de dejar de ver lo peor

Cuando despierto cada parte de mi cuerpo duele por haber dormido en la incómoda silla de la sala de espera. Pasar la noche en el hospital es sinónimo de una contractura muscular severa, un aliento que roza lo mortal y lo equivalente a un nido de aves en el cabello, aunque no podría importarme menos como luzco.
La cirugía terminó ayer por la noche y los médicos nos informaron que se presentaron dificultades en el quirófano, pero que al final todo salió bien. Trasladaron a Zoe a una de las habitaciones de la segunda planta y, a pesar de que ella aún no había despertado, a todos nos volvió el alma al cuerpo.
Todavía no me permitieron verla —alguna absurda regla que solo admite familiares directos—, pero Anne me aseguró que encontraríamos la manera de hacerme entrar a su cuarto. A pesar de los intentos de mi padre por llevarme a casa me negué a dejar el edificio. Jamie y Harriet vinieron a hacerme compañía anoche; la pelirroja se encargó de contrabandear comida y la futura abogada compró café respetando la ley y desestimando la conducta criminal de nuestra amiga.
Mi teléfono no paró de zumbar con notificaciones hasta el punto que debí desactivarlas.
Tomaré apuntes por ti en la clase de Ruggles. No prometo que entiendas mi letra. Esa fue Sierra.
Si me das permiso puedo entrar a tu cuarto por una muda de ropa limpia. O puedo llevarte de la mía, aunque dudo que te guste el estilo de mis bragas... También te llevaré el cargador de tu móvil. Punto para Anneley, las bragas con cierre no son lo mío.
Dios no quiere a la roba galletas de Zoe Murphy consigo aún. Sabe que la única persona capaz de lidiar con sus impulsos panaderos de robo eres tú, cariño. ¡Las quiero! Escribió la señora Hyland en mi muro de Facebook, y Adam me envió un mensaje desde la cuenta de Gabe donde pedía que lo mantuviera informado.
¿Cómo sé que fue él? La ortografía.
Luego llegaron un montón de mensajes de los Jaguars, así que no es ninguna sorpresa que mientras me tallo los ojos casi dos docenas de jugadores de fútbol americano atraviesen las puertas del hospital con los brazos repletos de regalos: osos de peluche que doblan en tamaño a Zoe, ramos de flores, globos en forma de corazón y chocolates. Es bueno que la enfermera de turno detrás del mostrador esté sentada, porque parece a punto de caerse de trasero al piso.
—Sunshine. —Saluda Chase a la cabeza del grupo—. El entrenador nos contó que la cirugía salió bien, vinimos a ver a la pequeña de la manada y llenarla de obsequios.
Sacude frente a mi rostro un muñeco de lo más tétrico.
—Nosotros trajimos regalos —corrige Logan con un ademán a los muchachos tras él—. Timberg solo robó el espantapájaros de la decoración de Halloween de Bill.
Eso explica que el muñeco sea de paja, su ropa esté hecha jirones y tenga una expresión al estilo Chucky.
—No tuve tiempo de comprar nada —se excusa—. Y aunque hubiese tenido tiempo, no me queda dinero. Mi billetera se encuentra más vacía que el corazón del coach. —Se encoge de hombros y endereza el sombrero del macabro muñeco mientras lo inspecciona—. Además, no está tan feo. Es más lindo que Mercury al menos.
Logan lo golpea con la lata de chocolates que trae en su mano.
—A nadie le interesa la pobreza de Timberg o el hecho de que un espantapájaros supere en belleza estética a Logan, queremos ver a Zoe. —Joe deja caer un pesado brazo alrededor de mis hombros con el ceño fruncido—. ¿Ya puede recibir visitas?
Luce mucho mejor que la última vez que lo vi con todo el asunto de Donna y el bebé.
—Aún no. —Apoyo la cabeza contra él y cierro los ojos un momento—. Ni siquiera despertó, pero está estable. —Cuando abro los párpados hallo que Ben tiende un café en mi dirección—. Gracias por venir, en serio. Pero, ¿no deberían estar en clases o en el entrenamiento?
Joe frota mis hombros con cariño mientras doy un sorbo.
—Faltar a una práctica no nos matará —asegura Chase.
—Pero faltar a ocho sí. —La voz de Bill llega desde el fondo de la sala—. Eres un holgazán, Timberg. La próxima vez que faltes te patearé fuera del equipo, capisci? —Los Jaguars le abren el paso y Chase se apresura a esconder el espantapájaros detrás de sí—. Ya tuve suficiente con que unos delincuentes juveniles robaran mis adornos de noche de brujas como para tener que lidiar con un perezoso como tú.
—Papá... —empiezo justo cuando me llaman.
—¿Kansas Shepard? —La enfermera de turno, la cual parece nueva dado que es joven y luce algo perdida, sostiene el teléfono de recepción y escribe en una de las planillas que descansan sobre el mostrador—. La señora Murphy dijo que su hija despertó y pregunta por usted. —Me aferro a la camiseta de Joe, incapaz de contener la emoción—. El médico dio permiso para verla. Tome el elevador hasta el segundo piso, habitación 203.
Cuelga el teléfono y continúa escribiendo, no sin antes dirigirme una pequeña sonrisa.
Pero también se sobresalta y su lapicera sale volando en cuanto los Jaguars lanzan gritos victoriosos y se abrazan como si acabaran de ganar el Super Bowl, olvidando que están en un hospital. Lo que sigue es una estampida de jugadores dirigiéndose a los ascensores y arrastrándome con ellos. La empleada se precipita alrededor del mostrador y abre los brazos mientras intenta cortarles el paso y detenerlos recitando las reglas del establecimiento. Los muchachos no oyen o no quieren hacerlo, y terminamos apilándonos en el elevador y acarreando a la mujer con nosotros.
—¡Hay dos ascensores y nos dividiremos en equipos de seis, seis y siete! ¡El grupo impar va por las escaleras! —Mi padre ordena como si estuviera en el campo—. La enfermera se queda fuera, ¡ahora!
Los chicos obedecen y me salvo de ser pisoteada por una aglomeración de deportistas. Una vez acomodados, la empleada parpadea estupefacta y Ottis se precipita para alcanzarle un globo murmurando «disculpa las molestias, ten un lindo día».
Las puertas los ascensores se cierran en su rostro.
Creo que está considerando renunciar.

Conduzco tras pasar todo el día junto a Zoe. Taylor Swift canta por favor, no te conviertas en un extraño cuya risa podría reconocer en cualquier lugar desde mi estéreo cuando giro en la última esquina y estaciono frente a casa. No salgo del coche enseguida, apago la música y me tomo un segundo sumida en la oscuridad del Jeep.
Recuerdos de las cicatrices en la niña aparecen como flashes en mi mente.
Estaba dividida entre abrazarla para nunca soltarla e ir a buscar al culpable con la promesa de no regresar hasta que estuviera en la cárcel. Sin embargo, la policía se hará cargo y no hay nada que pueda hacer al respecto más que sentarme a esperar que hagan su trabajo. Por ahora fui obligada a venir a casa por una ducha y algunas horas de sueño, aunque dudo que pueda obtener las últimas porque recuerdo a Malcom.
No me perdono por lo que le dije en el estacionamiento.
Estaba cegada por la idea de perder a Zoe. Perdí el control de lo que sentía y también lo que decía. Cuando la desdicha llega algunos lloran, otros callan y los últimos gritan; ser del tercer tipo no me hace una despiadada o desalmada, solo señala que no sé cómo manejar los dolores del corazón. A pesar de eso, no justifica ser cruel con nadie.
Me bajo del auto y camino hasta la entrada con rapidez porque la brisa del anochecer me cala los huesos. Una vez dentro me despojo de mi abrigo y voy a la cocina para poner la tetera.
—¿Beasley? —pregunto al oír un ruido en la planta alta, pero la única respuesta que obtengo es el silencio.
Me preparo un café y me quedo, por primera vez en mi vida, ensayando una descomunal disculpa en voz alta. Los «lo siento» no reparan el pasado, pero quizás te permiten sobrellevar el presente y avanzar al futuro.

Le he estado escuchando disculparse por demasiado tiempo.
Intenta explicarlo de forma suave, pero llega un punto donde eleva el tono de voz y acaba por frustrarse consigo misma por ser incapaz de expresar con exactitud lo que siente.
Es ahí donde comienza de nuevo.
Kansas es buena para argumentar, dar discursos, reprimendas, relatar historias y hacer comentarios inteligentes, pero falla en cuanto a poner en palabras lo que a sus sentimientos se refiere. Se agota de gastar saliva y sube las escaleras, a los pocos minutos se oye el correr del agua en el baño y toma su ducha.
Son las ocho en punto.
Para ser honesto no sé qué hago aún en la habitación de huéspedes. Tal vez me escondo de ella porque estoy cansado de ocultarle lo de Zoe justo frente a sus narices. Ver lo rota que estaba por la cría me hizo percatarme de cuán profundo es su vínculo. Nunca dudé que la quisiera o incluso la amara, pero saber podría dar su vida por ella me tomó desprevenido.
No tengo duda de que lo haría, se le notaba en los ojos, y alguien que le otorga un nuevo significado a la palabra «amar» como Kansas lo hace merece saber la verdad, pero ¿cómo le digo? ¿Por dónde empiezo?
¿Me odiará por ocultarle algo tan grande? ¿Creerá que tengo segundas intenciones?
Salgo al pasillo para encontrar la puerta de su habitación entreabierta. Mis nudillos rozan la madera en un toc-toc que hace callar su discurso de disculpas: está descalza frente al espejo, envuelta en una camiseta de tirantes y un pantalón de pijama holgado. Trae el pelo mojado y sin desenredar. Ella no suele usar maquillaje y es algo que me encanta dado que siempre puedo ver cada peca y lunar.
Esa mezcla de verde y café me observa mediante el reflejo avergonzada.
—Te estoy escuchando desde que llegaste —confieso y se tensa—. Hablaste sobre ser mala, desconsiderada y muchas cosas que no eres. Te pediré que no vuelvas a pensar en ti de esa manera. —Se me escapa el enojo en la voz, pero es dirigido hacia mí por hacerle plantearse que es alguien cruel—. La gente juzga a otros por un momento en que estos se salen de sí mismos. Los critican por un segundo en que los invade la furia, los transforma el dolor y dicen cosas que jamás pensaron que podrían decir. Es como si se olvidaran de evaluar cómo son la mayor parte del tiempo y se centraran en la poca oscuridad que hay en ellos, dejando de lado la luz que suelen tener. Y a mí... —Dejo caer los brazos a los costados—. Me gusta ver más allá de eso. No te juzgaré por los cinco minutos en los que creíste que ibas a perder al parásito. Tampoco me debes disculpas por señalar la verdad, porque tienes razón. Desconozco lo que es amar a alguien como tú lo haces.
Suelta el aire como si lo hubiera estado reteniendo desde hace días.
—¿Por qué siempre ves lo mejor de las personas? Incluso cuando no parecen ser tan buenas.
—Porque ya hay demasiada gente que ve lo peor.
Se gira para enfrentarme y sus facciones se suavizan a la tenue luz de la lámpara encendida en la mesa de noche.
—Eres demasiado comprensivo para ser real.
—Y tú me gustas demasiado para no ser una ilusión.
Ríe, pero al mismo tiempo sus ojos se cristalizan y juega con los dedos de sus manos a causa de los nervios, algo impropio de ella.
—Eres la clase de persona que usa su cabeza pero no deja de escuchar a su corazón. Logras equilibrar lo que muchos no pueden... Y quizás no quieras aceptar un perdón que ni siquiera crees que debo pronunciar, pero si no lo haces por ti, hazlo por mí. Porque me está matando recordar lo que te dije.
Una solitaria lágrima usa de tobogán su mejilla y pienso que no solo llora por esta situación, sino por cada cosa que reprimió en los últimos días. Es vulnerable y elige soltar frente a mí lo que fui incapaz de dejar entrever a la señora Murphy, Bill, sus amigas y los Jaguars.
Es sorprendente lo frágil que puede llegar a ser alguien tan fuerte.
No me contengo y cierro la distancia que nos separa para atrapar la gota con el pulgar. Mi tacto la estremece, pero se mantiene en su lugar. Nuestros ojos encuentran el camino a los del otro y me siento mal por pensar que se ve hermosa cuando llora. Me desespera su tristeza, pero hallo belleza hasta en ella.
—Te estás deshidratando.
Con una risa ahogada se limpia el rostro con el dorso de la mano.
—Eres un idiota.
—Y aun así te gusto.
—Es más que eso, Malcom.
Las yemas de sus dedos rozan mi mano. Vacila un segundo, pero acaba por agarrarla.
—Te quiero —confiesa—, más de lo que alguna vez pensé que lo haría.
No tengo respuesta, reacción ni emoción al principio. Apenas puedo procesar que lo que acaba de pasar es real y no sé cuánto tiempo transcurre, pero lo siguiente que hago es tirar de ella hacia mí y reclamar su boca.
Yo también te quiero, Kansas. Tanto que lo que siento ya no puede ser llamado querer.
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