6. Globos, pero no de cumpleaños

Bill fue muy considerado al hacerme una copia de las llaves de su casa. De otra forma tendría que esperar a que su antipática hija me abriera la puerta y existen grandes posibilidades de que Kansas me haga dormir en el jardín si de ella depende.
Al entrar encuentro un pequeño parásito rubio lamiéndose los dedos de las manos. Sus ojos azules brillan y un peso cae sobre mi pecho. No recuerdo a alguien tan emocionado por verme.
—¡Malcom! —Corre en mi dirección—. ¿Quieres probar mi pastel de cumpleaños?
Me tiende uno de sus sucios dedos, del que cuelga una sustancia rosada y viscosa. Mi respuesta es rodearla para dirigirme a la cocina.
—Eso no es muy higiénico, Zoe.
Escucho sus pasos siguiéndome desde el living mientras voy por un vaso de agua, pero me detengo al ver algo parecido a un pastel sobre la mesa.
—¿Te gusta? Kansas me dejó decorarlo. —Orgullosa le pasa otro dedo y se lo lleva a la boca.
Luce como la torre inclinada de Pisa. Las leyes de la física indican que se derrumbará en cualquier momento. No parece tener una base sólida y hay partes donde alguien le dio un mordisco. Es lo más antiestético y deforme que vi en mi vida.
—Zoe espera por tu respuesta, Malcom. —Me presiona alguien.
Kansas aparece desde el cuarto de lavado y se encamina al fregadero con dos guantes de hule puestos. Ni siquiera me mira, pero puedo reconocer el goce en su voz. Quiere oír cómo le miento a la niña.
—El color es... aceptable.
No hay otra cosa que logre salvarse del invento Kanzoe.
—¿Y no lo vas a probar? —Mirándome sobre su hombro mientras escurre un trapo, aletea sus pestañas con fingida inocencia.
—No necesito probarlo para saber que tus habilidades culinarias están averiadas.
Abro la nevera y tomo una botella de agua. Esta vez la olfateo antes de servirme, solo por precaución.
—¿Crees que podrías hacerlo mejor? —pregunta mientras Zoe hunde todos los dedos de su mano en el glaseado.
—No, pero podría comprar uno y ahorrarme ese desastre. —Hago un ademán con el mentón hacia la cría cubierta de glasé.
Parece un ñandú con la cabeza enterrada en esa especie de pastel no apto para diabéticos.
—Si quieres probar tus habilidades para marcar el número del delivery, ordena la cena. —Cierra el grifo y se quita los guantes—. Mientras tomaré una ducha.
La sigo por la casa. No me dejará a solas con la infanta que trató de matarme el primer día.
—A esto me refería cuando decía que no eres apta para el trabajo de niñera. No la cuidaré, es tu responsabilidad.
Si gira sobre sus talones con un suspiro y abre los brazos. Solo ahí noto que está enchastrada de pies a cabeza, con glasé en la mejilla y también el cabello. Luce como si un camión con acoplado ganadero le hubiera pasado por encima. Sus ojeras dicen que está cansada, pero no es una excusa válida para exonerarse del deber.
—Tomará menos de cinco minutos, por favor —dice entre dientes, como si físicamente le doliera pedírmelo—. Intenta que Zoe no te emborrache hasta la inconsciencia esta vez.
Con una mano sobre la cadera me paso la otra por el pelo mientras sube las escaleras. No quiero jugar al niñero, pero quizás hacerle el favor sea el paso necesario para lograr una tregua. Así que no discuto, pero cuando observo que el reloj en mi muñeca marca las ocho en punto echo a correr tras ella:
—¡De acuerdo, pero permíteme usar el tocador primero!

—Quédate quieta.
El parásito no deja de revolverse sobre la mesa mientras intento limpiar las toneladas de glasé que tiene en la cara. No entiendo por qué hacen un pastel de cumpleaños cuando esta niña cumple dentro de cinco meses según lo que ha dicho.
Lanzo el trapo al fregadero y me paso las manos por el rostro. No estuve ni diez minutos con Zoe y ya quiero coserle la boca. Habla demasiado.
—¿Terminaste? Porque quiero jugar al veo-veo.
Me rehúso a pasar las siguientes horas escuchándola parlotear. Le paso las manos bajo los brazos y la levanto para depositarla en el piso, donde pertenece. Me pongo en cuclillas para que sus ojos queden a la altura de los míos.
—¿Por qué no jugamos a las escondidas en su lugar? Tú te escondes y yo cuento hasta un millón.
Sonríe con los pocos dientes que tiene antes de correr para buscar un escondite. Los niños son tan fáciles de tratar a veces. Me pregunto por qué las hijas de los entrenadores no lo son.
Kansas es una mentirosa, ya pasaron siete minutos desde que escuché la ducha y me pregunto si debería abrir el grifo de agua caliente de la cocina para que ella se congele. Quizás cuando el cuarto de baño se convierta en un iglú se digne a salir.
En estos siete minutos me he preguntado cómo es posible que Logan sepa que toma su ducha a las ocho. Si la estuvo espiando es dos cosas: un degenerado y alguien que no valora su vida, porque el coach lo sacará del equipo para comérselo vivo como guarnición en el almuerzo.
Por lo poco que vi del chico no me cuesta trabajo imaginarlo trepado del árbol como un mono en la selva... y eso es una ofensa para los pobres monos.
—¿Dónde está Zoe? —Kansas me saca de mis pensamientos del número siete balanceándose de liana en liana.
—Estamos jugando a las escondidas.
Se ha puesto una camiseta tan grande que le llega a los muslos. Dice We are never getting back together like ever. Me parece familiar, ¿no es de una cantante estadounidense? ¿Taylor Ring? ¿Swing? ¿Swift? Le siguen unos pantalones felpudos de pijama y pantuflas con forma de algún animal... Perturbador. Todavía tiene el cabello mojado y enredado, pero no parece tener intención de peinarlo.
—Le dijiste que ibas a contar hasta un millón, ¿verdad? —Ríe—. Yo también intenté liberarme de ella de esa forma el primer día que vino.
Trato de reprimir mi sonrisa. Supongo que las grandes mentes piensan igual. Me percato de que, cuando no está atacándome, tiene una voz placentera de oír. Es suave.
—¿Por qué la cuidas? —pregunto tras un breve silencio que huele como la tregua que buscaba.
Vive con su padre, que tiene un buen sueldo fijo y un techo sobre su cabeza. Gozan de todas las comodidades y ella aún es joven. Se nota —y no lo digo solo por el vodka— que le gusta salir, además de que tiene una carrera universitaria en la cual enfocarse. Por el organizador semanal imantado a la nevera, no tiene mucho tiempo libre: le dedica muchas horas y días a Zoe, indiferentemente de que cumple su papel como niñera de la forma incorrecta.
—¿Por qué la cuido? —repite, sorprendida por la pregunta.
Me sostiene la mirada con esos ojos que juegan entre los colores del otoño y la primavera, y sé que me topé con un punto sensible.
Acabo de tomar a Kansas Shepard con la guardia baja, y es algo que no creo que ocurra todos los días.

Jamás alguien me cuestionó por qué soy niñera. La mayoría ni siquiera está lo suficientemente interesado para preguntar o creen que lo hago como un favor o con el objetivo de ganar unos dólares extra. ¿Por qué de todos los seres humanos tiene que ser Malcom Beasley el que lo pregunte?
No quiero traer al presente mi pasado. Hablar de mi madre está fuera de la mesa.
Apoya la cadera contra la mesada de la cocina mientras espera. Estudia mi rostro en busca de respuestas que no le quiero dar. Por un momento deseo que vuelva a ser el jugador arrogante que me critica a diestra y siniestra, porque no sé qué hacer con la tranquilidad y paciencia con la que me mira.
Sin embargo, me salva el sonido de los zapatos de charol de Zoe bajando la escalera a toda prisa. Desde mi visión periférica la observo entrar a la cocina con un globo, pero no quito los ojos del inglés.
—Tú no sabes jugar a las escondidas —lo acusa ella antes de tomar una bocanada de aire para inflarlo.
Aparto la mirada y me dispongo a alcanzar mi teléfono de la mesa.
—Kansas —me llama el muchacho.
—No quiero hablar de eso.
—Kansas —repite, con cierta urgencia.
—Ya déjalo, Malcom.
—Kan...
—Cuando empiezas a caerme bien encuentras la forma de fastidiarme, Beasley. —Lo enfrento.
Odio que me presionen para hablar, mucho más si lo hace alguien que conozco hace poco. No es como si fuera a abrirme con él ante la primera muestra de empatía que me da.
Sus ojos están bien abiertos y clavados en algo a mis espaldas. El rubor se extiende por mis mejillas cuando me percato de que trataba de decirme otra cosa.
—¿Puedes, por el amor de todos los santos, decirme qué diablos te pasa? —insisto.
Traslada con lentitud su mirada a mi dirección y abre la boca, pero alguien se le adelanta:
—¡Mírame, Kansas, mírame!
Me giro hacia Zoe y su globo.
Solo que no es un globo. Es un condón.
—¡Escupe eso!
Me ignora y lo infla con más fuerza. La demanda más pequeña que hará su madre contra mí será la más grande que los Estados Unidos haya visto.
—¡¿Cómo pudiste dejar tus condones al alcance de la niña?! —le ladro al rubio que parece al borde de vomitar.
—¡No es mío! Y te recomiendo que no vuelvas a acusarme de algo sin evidencia empírica.
—¡Zoe, te dije que lo escupieras! —ordeno antes de regresar al ataque—: Tú eres el único sexualmente activo en esta casa. ¡Si eso no es evidencia suficiente, dime qué lo es!
—¡Ni siquiera uso esa marca! —ruge indignado—. Si ya terminaste de exhibir tus poco sólidas acusaciones, hazme el favor de quitarle esa cosa de la boca. —Señala a la cría—. Dios sabe cuántos gérmenes tendrá eso.
—Es obvio que no está usado, pero ¡en tal caso serían tus gérmenes, tu descendencia!
—¿Les gusta mi globo? —pregunta ella, ajena a nuestra discusión y con toda la inocencia del bendito planeta.
El condón es ahora un globo que observa con fascinación.
—No es un globo, cariño —explico mientras me acerco con cautela. Como se lo vuelva a llevar a la boca, me quedo sin trabajo—. Así que será mejor que lo tires a la basu...
Las palabras mueren en mis labios cuando se oye una explosión.
Y ahí está, el número veintisiete con un tenedor en mano y una mirada de horror plasmada en el rostro.
Acaba de pinchar el globo-condón con un tenedor.
A Zoe se le cristalizan los ojos.
«Es mejor que corras, Beasley».
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