58. Vecino apocalíptico

—Tienes suerte de que mañana no tenga entrenamiento hasta la tarde porque Bill planea decorar la casa para Halloween. —Cierro la puerta de su habitación de la forma más silenciosa que puedo porque el coach acaba de irse a dormir.
Está sentada en medio de la cama con las piernas cruzadas y un abanico de hojas desplegado a su alrededor. Es bueno que estudie en su cuarto porque cuando la encuentro concentrada en la cocina mi productividad cae en picada. Podría quedarme viéndola estudiar horas, parado como un inútil: se ata el cabello cuando se frustra por algo que no entiende y da golpecitos con la goma del lápiz sobre los términos que debe memorizar.
Lleva pantalones cortos y esa camiseta que le regaló su tía Jill que dice «We are never ever getting back together». Después de nuestra convivencia sé que la frase pertenece a una canción de Taylor Swift. Me arriesgaría a decir que memoricé de forma involuntaria toda su discografía. Suena día y noche en esta casa, de forma religiosa.
Su cabello está sujeto en una trenza floja y varios mechones rozan sus mejillas. Me parece bonita siempre, pero en momentos cotidianos es donde más linda está.
—No creas que tendrás la oportunidad de dormir —advierte—. Mi padre es un maniático del día de brujas. Se transforma en un aterrador diseñador de interiores en Halloween y presiento que tú serás su asistente. —Más un hecho que un presentimiento, en realidad—. Pero no quiero hablar sobre Bill tallando calabazas o colgando telarañas.
Aparto las colchas para meterme a la cama. Mi espalda encuentra la cabecera y ella se estira para dejar los apuntes junto a la lámpara que ilumina de forma tenue el cansancio en su rostro. No sé si se debe a que pasó horas leyendo, estuvo casi todo el día fuera con sus amigas haciendo Dios sabe qué ilegalidad o porque tuvo que lidiar con su futura madrastra y hermanastra.
Por mi parte, también estoy cansado. Entre sobrepensar nuestra relación, estar con Mark al teléfono y ayudar al malhumorado Bill a sacar los adornos del sótano este es el primer momento donde tengo un respiro.
Me gusta estar a solas con Kansas porque acalla cualquier preocupación que tengo.
—No tengo ganas de hablar hoy. —Me mira sobre su hombro y hay un destello de inseguridad ahí—. ¿Te molesta?
—Estar en silencio contigo suena como el mejor plan del mundo.
Alcanzo su mano —siempre fría, como si llevara el invierno escondido bajo la piel— y la arrastro a mi lado. Inconforme con la brecha de espacio que todavía existe entre ambos, de un movimiento la subo a mi regazo hasta que estamos enfrentados. Mis brazos conocen el camino alrededor de su cuerpo y entierro el rostro en el hueco de su cuello para inhalar su perfume. Cierro los párpados cuando serpentea los dedos a través de las hebras de mi cabello.
Nuestros pechos quedan apretados uno contra el otro, como un puente para que su corazón visite el mío o el mío tengo el placer de llegar al suyo.
Me roza la nuca con las uñas y un escalofrío de placer me recorre la columna. Mi agarre se torna más fuerte al cabo de los segundos, en particular cuando las palabras de Anneley hacen acto de presencia en mi cabeza: ¿Solo estoy enamorado? ¿La quiero? ¿La amo? ¿El primer amor debe ser así de intenso? ¿Volveré a sentir algo como esto alguna vez en mi vida? ¿Quiero que me pase con alguien que no sea ella?
¿Puede pasarme con alguien que no sea ella?
Kansas es ácida, terca y pesimista. Súper criticona, hiper sarcástica y sin pelos en la lengua. Pero también es la fan número uno de sus amigos y la primera en rescatar a sus amigas, quien no teme hacer el ridículo con tal de hacer reír a Zoe y la única que le hace frente a Bill. Es quien hace preguntas porque se interesa y quien, aunque no lo demuestre, es tan sensible que podría volar medio mundo con tal de que no estés solo como una vez ella se sintió. Es la mujer que resuelve cualquier problema que le arrojes y nunca te dará la espalda.
Es la única persona a la que le rogaría y también la única que quiero que me toque como lo hace ahora: me abraza suave y fuerte a la vez, como si pudiera juntar los trozos de mi cuerpo que rompí durante el día y unirlos durante la noche. Sin dejar cicatrices y con el poder de atenuar las que ya tenía.
Toma distancia y ahueca mi mejilla. Mi mandíbula se tensa bajo sus perspicaces ojos, pero basta sentir su aliento acariciar mis labios para que mi cuerpo se relaje. Cada uno de mis pensamientos se deshace hasta que solo queda uno en pie:
Quiero besarla.
Más que pensamiento, es una necesidad que parecemos compartir porque su boca y la mía se encuentran a medio camino en un beso. El movimiento de sus labios es como una canción ante la que no puedes quedarte quieto, tu cuerpo te traiciona y baila antes de que te des cuenta.
Mis manos recorren su espalda ida y vuelta y se estremece cuando la tomo suave pero firme de la nuca para acercarla a mí. No puedo obtener suficiente de ella. Cada beso es más adictivo que el anterior y esa adicción me trae temblando cuando baja la boca a mi cuello y me jala del pelo.
Aprieto sus caderas contra las mías y su cadena de besos es interrumpida por el gemido que se le escapa. La anticipación corre por mi sangre a toda velocidad y la redirige a mi entrepierna. Trago con fuerza cuando sus manos bajan de mis hombros a mis brazos hasta colarse bajo mi camiseta. Me rasguña despacio y suelto el aire por la nariz, torturado con las ganas que tengo de hacerle cosas que la obliguen a clavarme las uñas en la espalda con fuerza.
Me mira a través de sus pestañas mientras juega con el elástico de mi pantalón de algodón y paso una mano por mi rostro con desesperación.
Sabe perfectamente lo que hace.
Debo inhalar hondo para recaudar la fuerza de voluntad que me lleva a tomarla por las muñecas para que se detenga.
—Mis pantalones se sienten demasiado pequeños en este momento y no me quedaban tan ajustados hace cinco minutos.
Arquea una ceja.
—Qué forma más elegante de decir que acabo de provocarte una erec...
La callo con un rápido beso.
—En serio, es suficiente. —La tomo por la cintura y la obligo a bajarse de mi regazo a pesar de que es lo último que quiero—. Debemos dormir, solo nos quedan unas 6.3 horas de buen sueño.
Me lanza una mirada inteligente. Sabe que es una excusa, pero no puedo dejar que algo así ocurra esta noche. Entonces me da la espalda murmurando cosas ininteligibles. Le echo un vistazo a su silueta —en especial a su culo que apunta muy a propósito en mi dirección— antes de mirar el techo. Deberían darme una medalla por buen comportamiento.
Mi ya inquieto y despierto cuerpo se acomoda a su figura. Arrastro la manta conmigo y dejo caer mis brazos a su alrededor. Solo me incorporo lo suficiente como para apagar el velador y depositar un beso en su mejilla.
—Sabes que tu erección está en mi trasero ahora, ¿verdad? No creo que eso ayude.
—No debes recordármelo —lamento antes de esconderme en el hueco de su hombro y cuello.
Escucho su sonrisa en la oscuridad y creo que ella escucha la mía.

Tras el gran despliegue comercial y la publicidad engendrada en el cine estadounidense, Halloween se viralizó. Muchos ni siquiera saben lo que se celebra en primer lugar y, como varias tradiciones, se lleva a cabo con el objetivo de divertirse y no de conmemorar. Bill Shepard es del tipo que celebra sin saber. Jamás fue un aficionado a las fiestas, pero si algo lo hace feliz luego del fútbol americano es esto: asustar gente. Practica todos los días.
Por eso cuando detengo el Jeep frente a casa no es ninguna sorpresa ver que convirtió el jardín delantero en su proyecto más personal. El vecindario entero sacó los adornos que juntan polvo en los sótanos desde el último octubre. La mayoría decoró con telarañas, algún espantapájaros y calabazas con sonrisas diabólicas.
Sin embargo, Bill Shepard suele decir «hazlo malditamente bien o no lo hagas».
Hay lápidas falsas incrustadas en el césped acompañadas de flores secas de colores negro y rojo. A su alrededor se alzan fantasmas que logran adquirir movimiento por pequeños ventiladores a pila bajo ellos —me mostró el truco el año pasado— y de esta forma parecen flotar. Calabazas se alinean en el sendero de la entrada con dientes faltantes, cejas fruncidas y miradas siniestras. Hay murciélagos, arañas, ataúdes, una bruja sobre el árbol que da a la ventana del baño y decenas de criaturas e insectos asquerosos que se desparraman desde el suelo hasta el techo.
—¡Beasley, trae las luces! —ordena papá mientras talla una calabaza en el pórtico. Usa su delantal floreado y se encuentra cubierto de una pasta anaranjada que le salpica la frente y la mejilla. Son las consecuencias de pasar toda la mañana esculpiendo hortalizas—. No pises las ratas, Kansas. Y ten cuidado con los escarabajos de goma.
Cierro la puerta del Jeep y me abro paso en el laberinto del terror. Puede que tenga todo listo, pero le falta acomodar de manera estratégica los ornamentos.
—Parece que este año estás un poco más alterado que el anterior. ¿Sigues molesto porque ganó la señora Hyland la última vez o porque los Jaguars perdieron el partido del sábado?
Me mira como si estuviera por desheredarme.
Mala pregunta.
—Es obvio que sigue furioso porque yo gané el año pasado, cariño. —La voz de la abuela de Gabe proviene del otro lado de la cerca, donde se acomoda sus gafas de culo de botella. Viste un suéter púrpura con cuello de tortuga que tiene una calabaza tejida en cada bubi—. Tu padre no sabe perder, ¿es que no te diste cuenta todavía? —Sonríe con falsa dulzura a Bill.
Cada año los Hyland y los Shepard, y con esto solo me refiero al entrenador y a la arrugada Mary, entran en una batalla campal en épocas de octubre: se encargan de cocinar, decorar y confeccionar disfraces para ganar el premio del Vecino Apocalíptico, organizado por la vecindad.
—Siempre tan encantadora como una flor marchita, señora Hyland. —Papá le devuelve la sonrisa forzada antes de apuñalar la calabaza en su regazo—. Este es mi año, mujer. Despídete del primer puesto.
—Sigue diciéndote eso si te da esperanzas. —Con un ademán confiado se voltea encantada de ver a sus nietos cargando cajas rebosantes de adornos.
Gabe entrecierra los ojos ante el resplandor del sol, deduzco que acaba de levantarse, y el pequeño Adam serpentea por el jardín con una galleta en la boca. Es el soborno de la abuela para que colabore.
—¡Billy, no debías empezar a decorar sin mí! —chilla alguien tras el zumbido de un motor.
La señora Murphy se aproxima por la calle con Zoe sacando su cabeza rubia por la ventanilla, tanto como se lo permite el cinturón de seguridad. Le sonrío a su mamá, quien me saluda luego de darle un beso a su hija. Demasiado emocionada la niña salta del coche con su mochila rebotando en la espalda, su disfraz puesto y la jaula de Ratatouille en brazos.
Usa botas de lluvia amarillas a las que les pintó flores y un atuendo de pescador complementado con una caña de juguete; un sombrero y un chaleco del que cuelgan señuelos de todos los colores. Mientras se encarga de reprochar a Bill por no esperarla trazo mi camino hacia dentro y dejo caer mi chaqueta en el sofá.
—Esto será catastrófico, ¿verdad?
Levanto la vista para encontrar que Malcom carga una bola de cableado y luces casi tan grande como él.
—¿Te digo la verdad o te miento?
Sus labios se tuercen hacia un lado y un hoyuelo marca su mejilla. Pasa por mi lado para salir y que me dé una palmada en el trasero hace lo contrario a molestarme, aunque me quejo:
—Se te está haciendo costumbre.
Señala con el mentón los tétricos alrededores.
—Creía que de eso se trataban las tradiciones.
Me guiña un ojo.

Observo mi reflejo en el espejo de mi cuarto y estoy por decir que me arrepiento cuando Harriet lee mi expresión:
—Demasiado tarde. —Sostiene unos clips para el cabello entre los dientes y me quejo en cuanto jala de las hebras otra vez. Siento que la piel de mi rostro se estira de forma antinatural—. Pásame la peluca, Jamie.
—Para eso tenemos sirvientes —responde sentada en el borde de la cama, sin despegar los ojos del celular.
A su lado, saltando en el colchón, la niña intenta pescar con su caña de plástico al escurridizo Ratatouille que corre entre los almohadones, escapando de ella.
—Zoe no es tu esclava —le recuerdo y llamo la atención de la misma.
—¿Por qué no puedo ser un esclavo? —Detiene la pesca y me mira por el espejo con ojos inocentes—. Mi mamá dice que puedo ser lo que quiera.
—Y tú mamá tiene razón. —Jamie despega la mirada del teléfono—. Astronauta, presidente, bailarina exótica, vendedora de hotdogs... —Le da la peluca negra—. Puedes ser lo que te apetezca, pero ahora compórtate como una buena esclava y llévale esto a Harriet para que terminemos de disfrazar a Kansas y podamos subir una foto a Instagram.
Zoe corre con gusto hacia la futura abogada, que está demasiado concentrada en terminar de destruir lo que queda de mi cuero cabelludo como para reprender a Jamie o recitar la definición de esclavo que figura en el diccionario. Si Malcompedia estuviera aquí ya se hubiera encargado del asunto, pero los Jaguars tenían entrenamiento.
—Es bastante injusto que yo deba usar peluca y ustedes no —digo cuando Harriet da un paso atrás para evaluar su trabajo.
—Nuestros disfraces desentonan sin ella, no es nuestra culpa que seas castaña.
—Así que acéptalo o arriésgate a que Harriet te tiña el cabello —acaba Jamie y debe ver el horror en mi cara porque se acerca satisfecha con móvil en alto—. Ahora que estamos listas, presumiré a mis chicas superpoderosas. ¡Posen!
Zoe se para frente a nosotras con ojos de cachorro:
—¿Puedo salir en la foto también?
—De acuerdo, esclava.
Se gana una mirada de advertencia de mi parte.
—¿Y Ratatouille? —insiste la niña al tomar a su mascota y sonreír, dejando al descubierto su falta de dientes de leche.
Jamie rueda los ojos.
—Que venga la rata también.
Tras una sesión fotográfica que llena el espacio de almacenamiento del teléfono, logro que las chicas bajen al primer piso para distribuir la comida y terminar con los últimos detalles antes de que los invitados lleguen.
Los disfraces que elegimos ese día que fuimos al centro comercial con Anneley les encantaron a mis amigas. Aunque es raro ver con dos coletas a Harriet, el tono celeste de su vestido es precioso, y la melena colorada de Jamie indicó desde el primer instante que ella sería Bombón. Eso me dejó el papel de Bellota. Para darle vida al personaje tuve que meterme dentro de un vestido esmeralda que ni siquiera es de mi talla. Sumado a que la peluca me roza la nuca y provoca comezón decido que el año que viene yo elegiré los disfraces.
—Kansas... —La voz de Zoe me saca de mi ensimismamiento y su pequeña mano rodea la mía—. ¿Crees que la fiesta será divertida? Es la primera vez que mi mamá me deja quedarme hasta tan tarde en una celebración para adultos.
Me pongo en cuclillas con la esperanza de que no se me vea media nalga y enderezo su gorro de pescador.
—Será el mejor Halloween de tu vida.
Por un momento un mal presentimiento me hace cuestionar mis palabras, pero el mismo se desvanece en cuanto sonríe.
—¿Ya ensayaste lo que vas a decir? —animo.
—Dulce o truco.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top