40. Los límites fuera del campo

—¿Crees que Ben esté bien? —Harriet abre la nevera para sacar la jarra de agua, pero se queda mirándola con una expresión preocupada—. ¿Y si Bill tomó medidas? No podré tener la conciencia tranquila si se pierde el próximo juego por mi culpa.
Tomo dos vasos con una mano y me inclino para sacar el agua por ella.
—En todo caso es culpa de las tres y, por supuesto, de Galileo.
Nos sirvo. Ojalá fuera vodka, pero mis suministros desaparecieron luego del pequeño accidente de Malcom.
—¿Soy una persona terrible por necesitar que Galileo confiese? —Cierra la nevera mordiéndose el labio inferior.
—No serías una persona terrible ni aunque lo intentaras. —Empujo un vaso hacia ella a través de la mesada, antes de sentarme encima—. Pero ya lo hablamos, no es nuestra decisión. La gente necesita tiempo para aceptarse y permitirse ser aceptada.
—¿Por qué las personas ocultan este tipo de cosas?
Me encojo de hombros.
—Supongo que necesitan la aprobación de los demás para poder mostrarse como son, y si no lo consiguen simplemente siguen fingiendo.
Galileo Lingard es un buen ejemplo. Debe ser duro ocupar el puesto de quarterback pero odiar el fútbol; ser hijo único y el orgullo de tus padres, pero también un instrumento para proyectar sus miedos y los sueños que no pudieron cumplir en su juventud; ser la persona más popular de la universidad, pero a su vez el blanco número uno para criticar. Todos piden y esperan algo.
Cuando Harriet lo atropelló decidimos subirlo al Jeep y llevarlo a casa. Ninguna de las tres pensaba con claridad, pero acordamos que no podíamos dejarlo tirado en medio de un estacionamiento o una discoteca. Una vez en casa lo subimos a mi cuarto y limpiamos las leves heridas que la mala conductora le había provocado, en su mayoría simples raspones, pero mientras estábamos jugando a las enfermeras el muchacho despertó.
Y no salió bien.
Se asustó y comenzó a gritar. Estaba borracho, desorientado y nervioso: mala combinación. Jamie entró en pánico y le metió un calcetín en la boca mientras Harriet y yo lo sujetábamos contra la cama e intentábamos explicarle que estaba a salvo. Al final, lo atamos al colchón con todos los cinturones que tenía en el armario. Suena ridículo, pero el alcohol tiene ese efecto que vuelve estúpidas a las personas.
El chico pensó lo peor al notar que lo postrábamos a la cama —yo también lo hubiera hecho—, pero en ese deplorable estado creímos que era lo correcto. Además, entramos en pánico: teníamos a Bill durmiendo en la habitación al final del pasillo y eran las tres de la mañana.
Una vez que Galileo se calmó y se percató de que no éramos parte de ninguna secta comenzó a hablar. Atado de pies y manos nos contó su vida de atrás para adelante. ¿Otro dato de los borrachos? Suelen ser muy sinceros. Dijo cosas de las que luego se arrepintió, como que todavía estaba dentro del clóset y le gustaba uno de los Jaguars:
Ben.
Tras hablar por horas, Harriet, Jamie, Lingard y yo nos quedamos dormidos. Entiendo la reacción de mi padre al entrar a las diez de la mañana a mi cuarto y encontrar a mis amigas y a mí acurrucadas sobre un chico amarrado al colchón, que por cierto estaba sin camiseta porque se había manchado con la sangre que salió por su nariz cuando lo atropellamos.
Uno pensaría que Galileo es la víctima al ver la terrorífica escena, pero mi padre automáticamente lo acusó de ser un depravado fetichista que nos arrastró consigo. En cuanto intentamos explicárselo Galileo nos detuvo: muerto de miedo y vergüenza quiso guardar las apariencias, así que nos pidió mentir. Dejamos que Bill se quedara con una imagen errónea, aunque de todas formas no lo hubiéramos podido convencer de otra cosa, y prometimos no decirle a nadie la sexualidad del chico, pero claro está que negamos haber hecho algo esa noche a pesar de que nadie nos cree.
Entiendo a Galileo. Uno debería aceptarse de pies a cabeza, de adentro hacia afuera: reconocerse, comprenderse y amarse, en ese orden. Sin embargo, a veces parece imposible hacer las paces con la persona que vemos frente al espejo. No todos nos enorgullecemos de nuestros gustos, apariencia, pensar y creer.
Aprender a quererse lleva tiempo y nosotras no éramos —ni somos— nadie para obligar a alguien a hacerlo.
—Es Jamie. —Harriet le frunce el ceño a su teléfono.
La traje a casa en cuanto se desató la pelea. Ben no podría jugar con ella ahí y, conociendo lo bueno pero tonto que puede llegar a ser el mariscal de los Warriors, supuse que haría otro comentario para llamar la atención de mi amigo. Independientemente de si solo obtenía un hematoma a cambio.
—¿Qué tan mal les fue? —Me bajo de la mesada de un salto y leo el mensaje sobre su hombro.
Buenas y malas noticias. Los Jaguars ganaron y Galileo terminó con un ojo morado.
—Creo que Ben no pudo controlarse. —Niego con la cabeza al alejarme, justo cuando le llega una notificación.
—En realidad... —Hace una pausa y gira el teléfono hacia mí—. No creo que Jamie esté hablando de Ben.
Preparen una bolsa de hielo, estamos en camino y Malcom no deja de quejarse como una niñita. Fue su primer golpe y dejó en claro que no sabe cómo dar uno.

Nunca sentí tantos celos en mi vida.
¿Cómo es posible que Lingard lleve el nombre de uno de los científicos más emblemáticos e influyentes de la historia? Galileo Galilei es de mis tantos favoritos del Renacimiento. Daría lo que fuese por indagar dentro de su cerebro, pero como murió hace más de trescientos años me conformaría con llevar su nombre. Sería un honor.
Lástima que es Lingard quien lo lleva. Ojalá el registro civil le hubiera prohibido a sus padres usarlo.
—Tenemos un problema —murmura Ben al doblar la esquina.
Joe organizó una improvisada fiesta de celebración en la casa de su novia, pero tanto Hamilton como yo no estábamos de humor para borrachos chocándose con las paredes. Decidimos traer a Jamie y ver si podíamos solucionar cualquier malentendido con Harriet y Kansas, porque conociendo a estas chicas siempre hay uno.
—A mí me parece que son dos. —Chase, que está aquí más por el mapache rabioso que por nosotros señala a las mujeres que esperan de brazos cruzados en el pórtico de casa.
—¿Cómo se enteraron tan rápido? —Me rasco la cabeza, confundido.
—Las féminas siempre saben todo, tigre. —Ben aparca lo más lento que puede, solo para hacer tiempo—. Es un sexto sentido, brujería o alguna mierda así.
En realidad, tenemos más de veinte sentidos.
—Mi hermano dice que les vibran las chichis si detectan que mientes.
Nos giramos para mirar a Timberg entre los asientos. Parpadeo para no recurrir a más violencia por hoy, pero a veces entiendo por qué el entrenador quiere enviarlo de una patada a Timbuktú.
—O quizás se enteran de todo porque tienen una amiga que les cuenta. —El topo infiltrado, alias Jamie, se encoge de hombros con una sonrisa antes de saltar fuera del coche.
Tragamos saliva en silencio e intercambiamos miradas mientras reunimos el coraje para enfrentarlas.
—¿Cómo se te ocurre golpear a Galileo? —Es lo primero que oigo al dar un paso fuera del vehículo—. Él es un buen chico, alguien que...
—Alguien que no sabe medir sus palabras. —Me enoja solo recordarlo—. ¿Sabes lo que dijo sobre tus amigas y tú?
—Mintió —salta Harriet—. No lo decía en serio.
—¿Y cómo lo sabes? —A Ben le está por estallar la vena de la frente justo como en el campo—. Conozco a los chicos y sé cuándo están...
—Conoces menos de lo que piensas —insiste Kansas.
—Pero... —Chase intenta hablar, pero Jamie lo interrumpe con un ademán despreocupado.
—Es gay, supérenlo. —Da media vuelta y entra a la casa, seguida de una Harriet sonrojada y una Kansas que se masajea las sienes justo como su papá.
Los tres nos observamos una vez más y el arrepentimiento se vierte sobre mí como un balde de agua fría.
—¿Por qué los hombres siempre hacemos las cosas mal? —Suspira Chase—. Bueno, en realidad ustedes fueron los que las hicieron mal.
Nos da una palmada en el hombro a cada uno antes de correr tras ellas.
Gracias, Timberg. Gran apoyo el tuyo.

Su cabello está mojado y enredado por el baño, y desprende olor a coco cuando se inclina para revisar mi mano. Viste la camiseta que dice «we are never ever getting back together», pantalones cortos de pijama a cuadros, calcetines hasta la rodilla y esas pantuflas de conejo que necesitan una lavada urgente. A pesar de ser una persona algo desaliñada, cualquier cosa le queda bien.
Si vistiera con una bolsa de patatas diría que luce como la chica más bonita que conozco.
No habla mientras pasa un trozo de algodón con desinfectante por mi palma. Simula estar concentrada cuando en realidad está disgustada por lo que pasó. Sus amigas nos contaron la historia mientras ella se duchaba. Se sentían culpables y, aunque concuerdo con que los secretos ajenos no deben andar en boca de nadie que no sea el dueño, hay excepciones. Si un secreto afecta a alguien más a veces es mejor decirlo. No hubiera ocurrido ninguna pelea y ningún Jaguar querría la cabeza de Galileo si supieran la verdad o él se hubiera comportado decente en lugar de como un patán que llama a nuestras muchachas de formas descalificativas.
Es una situación donde no hay blanco ni negro, solo gris. Aunque lo agarré del cuello ahora me siento bien de que interceptara mi gancho derecho, aunque casi me rompo la mano en el proceso.
Desde el piso de abajo se oye a Timberg y Ben hablar sin pausa. Debaten si deberíamos ir a hablar con Galileo mañana antes de que se marche. Sin embargo, mientras Kansas se encuentra arrodillada entre mis piernas en el piso limpiando las heridas que me autoprovoqué por desconocer cómo golpear no puedo pensar en nada más.
«¿De rodillas se ora o se peca?» puedo oír la molesta voz de Gabriel en mis pensamientos.
—¿Sabes por qué comencé a jugar? —Tomo el algodón que desliza sobre mi piel para hacerlo por mi cuenta—. En el fútbol americano como en muchos deportes existen reglas que uno no puede romper. Si lo haces, hay consecuencias. Es simple, justo y lógico: normas escritas en papel que todo jugador debe respetar. —Puedo sentir sus ojos en mi rostro, pero no me atrevo a mirarla—. Fuera del campo las reglas existen también. El problema es que no todos los que las quiebran pagan. Gideon era de ese tipo. —Tiro el algodón al cesto—. Elegí el fútbol porque es pasional, pero también trata de límites. Si los cruzas, obtienes una penalización. En la vida real uno rompe las normas y pueden pasar años hasta que se haga justicia. Yo... Siempre deseé que las reglas del campo aplicaran en mi casa. Fantaseaba con estar a salvo y siento mucho haberme violentado con Galileo. Rompí la regla que más valoro: nunca lastimar a alguien más y convertirme en lo que Gideon fue.
Hace ese gesto tan suyo donde junta las cejas en una expresión de simpatía y le acomodo un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Romper una regla no te transforma en lo que tu padre es, Malcom. —Pestañea un momento y se corrige—: Fue, en lo que fue. Pero si te hace sentir mejor, me reconforta que te duela un poco la mano.
Sus labios se curvan en una sonrisa modesta.
—Créeme que duele bastante. —No importa cuánta fuerza tenga o que sea jugador de un deporte tan brutal, mis nudillos todavía arden. Necesitaré hielo y crema con ingredientes activos como alantoína y óxido de zinc—. Parece bastante sencillo en los libros y en las películas, pero la realidad es distinta.
—La realidad siempre lo es, Beasley —susurra.
El destello de verde en sus ojos atrapa mi atención. Se pone de pie y me ofrece su mano. Por un segundo dudo porque tengo la corazonada de que esta conversación fue demasiado corta. Es como si a ella le quedara algo por decir. Sin embargo, cuando entrelaza nuestros dedos aparto el pensamiento.
Tira de mí hacia el lugar que Bill describiría como prohibido.
Su habitación.
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