3. Las reglas de juego

Malcom Beasley me cae mejor cuando está inconsciente.
Me meto en el cuarto de lavado hecha una furia. Soy una persona orgullosa y moriría antes de admitir en voz alta que tiene razón... Pero la tiene, al menos un poco.
Puedo ver por qué desde su perspectiva soy la última niñera que llamaría para que cuide de sus hijos, pero esa desafortunada primera impresión no refleja cómo soy. Cuido a Zoe desde hace años y su madre me la confía por un motivo. ¿Él trabajó con niños? ¿Quién es para juzgar?
Y llamarme incompetente —inútil, en otras palabras— fue demasiado.
Saco la ropa de la secadora y la doblo porque es lo único que me distrae de regresar a la sala y torcer su perfecta nariz recta de un puñetazo.
Que sea guapo solo me molesta más. Es propietario de un par de ojos azules y una mandíbula tan definida que parece sacado de una maldita pasarela. Se nota que trabaja su cuerpo y obtiene frutos. Para concluir, su acento, ¿por qué todo suena sexy cuando lo dice?
Sacudo la cabeza. Sus virtudes estéticas se van por desagüe cuando recuerdo la superioridad despectiva con la que le dijo a mi padre que su hija era una inepta. Si tan solo hubiera llegado alguno de los otros 364 días del año, sabría qué tan buena niñera soy.
—Kansas, ¿estás enojada porque envenené a Malcom?
Levanto la mirada para encontrar a Zoe medio escondida detrás del marco de la puerta y dejo de doblar uno de los pantalones deportivos de mi papá. Si no fuera por mí, nunca tendría ropa limpia. La lavadora es una tecnología que lo sobrepasa.
Ahora que lo pienso, Bill Shepard también se merece un puñetazo. Su rostro pasó por todos los colores de los vegetales. Cuando nos encontró cargando al desmayado y comiendo galletas con la señora Hyland se puso como un tomate del enojo. Tras cargar a Malcom por las escaleras y pedir una explicación detallada pasó al púrpura de una berenjena. Pensé que la vena de su cuello haría erupción. No entendía por qué se preocupaba tanto por el sujeto cuando él se había emborrachado a solas con una niña de seis años y se había confundido de hogar. Entonces me explicó que Malcom Beasley no se había equivocado de lugar, que es un jugador de fútbol americano que fue transferido para jugar con los Jaguars de Betland.
Y es su invitado.
¿En serio? ¿Cómo es posible que no me dijera que íbamos a hospedar a un extraño? Pero según Bill Shepard, me lo había informado —sí, ni siquiera iba a consultarme, ya había tomado la decisión— el miércoles por la noche. Seguidamente le recordé que ese día pasan Presuntos Inocentes por Investigation Discovery. Era obvio que no le estaba prestando atención porque cuando hay un programa donde se analiza la mente criminal y los orígenes de sus macabros actos quedo absorbida por la televisión, igual que él con los partidos.
Eso lo irritó más. Me regañó por hacer pasar el vodka como agua y ser la responsable del posible coma alcohólico de su próximo jugador estrella. Le planteé que solo un idiota podría llevarse un vaso de vodka a los labios y no reconocer que no es agua, pero lo defendió: «Jamás pobró una gota de alcohol en toda su vida, lleva una dieta perfectamente equilibrada desde que empezó a jugar fútbol a los catorce, ¡y tú corrompiste a mi nuevo deportista!».
Así que estoy molesta porque tengo que adaptarme a vivir con un extraño sin previo aviso, pero nada de eso está relacionado con Zoe Murphy. Ella solo es una niña que en su inocencia logró dejar inconsciente a un inglés.
Le hago un ademán para que se acerque y me hinco sobre una rodilla para estar a su altura y meter un mechón de cabello rubio detrás de su oreja.
—No hay nada que puedas hacer que logre enojarme.
—¿Nada?
Ojalá no intente ponerlo a prueba...
—Nada.
Sin embargo, no puedo decir lo mismo de mi nuevo inquilino.

—No voy a repetir la pregunta —advierte mi padre entre dientes.
—Y yo no voy a repetir la respuesta.
Ahora que la señora Murphy recogió a Zoe, mi progenitor ataca:
—Escondiste alcohol bajo mis narices y eres responsable de que mi jugador tenga una resaca inhumana. Te disculparás y le dirás que te encantaría que nos acompañe para la cena, aunque sea una mentira.
—No me sentaré a comer pasta con el abstemio de Beasley.
—Sube y discúlpate. Esta vez no es una pregunta, es una orden.
Si tuviera su silbato alrededor del cuello lo usaría para hacerme correr a la escalera. Me lanza una tableta de aspirinas y se gira para concentrarse otra vez en su salsa secreta. Es lo único que sabe cocinar, y hasta con su estúpido delantal de flores y pandas japoneses —regalo de Zoe— luce amenazante.
Subo con resignación, cansada de discutir. Si voy a vivir bajo el mismo techo que este sujeto por lo menos debería intentar que nos lleváramos bien. Así que en el corto trayecto que hay hasta la habitación de invitados me convenzo de que todo lo que ocurrió hoy es una gran maraña de malentendidos y malas primeras impresiones.
Mañana será otro día y podremos empezar con mi pie izquierdo y su pie derecho. Quizás pueda tragarme mi orgullo y dar el primer paso a lo que podría ser una... amistad.
Eso creo, hasta que abre la puerta.
Está sin camiseta.
Está sin camiseta, repito.
De un par de hombros anchos descienden las marcadas venas que serpentean sobre los músculos de sus brazos. Su pecho es amplio, los pectorales y cada abdominal parecen tallados por un escultor renacentista que no tuvo mejor idea que hacer gran hincapié en la V de sus caderas. Mis ojos siguen el camino contra mi voluntad y ven cómo desaparece bajo el elástico de unos pantalones deportivos grises que no dejan mucho a la imaginación.
Se aclara la garganta.
—Mis ojos están aquí arriba.
No sé si me gusta más su rostro o su cuerpo, pero me quedo con el segundo porque el primero viene con la boca incluida y por ahora todo lo que ha hecho con ella es hacerme enojar.
—Soy consciente de que tus ojos están ahí arriba y tus testículos allá abajo. Ahórrate la clase de anatomía básica.
Tal vez fui un poco brusca, pero el acento sumado a la superioridad de su voz es una combinación que saca lo peor de mí. También esta es mi forma de desviar su atención. Si señala que me sonrojé con solo mirarlo le daré las llaves de mi coche a Zoe para que me arrolle con él.
—Si te disculparás preferiría que mantengas tus ojos en el hemisferio norte de mi cuerpo. —Cruza los brazos.
Eso no ayuda porque solo soy una chica: las únicas palabras que hay en mis pensamientos en este momento son bíceps, tríceps, deltoides. Bíceps, tríceps, deltoides. Me enfoco en que escuchó lo que dijo mi padre: sabía que subiría y aun así no se puso una camiseta. ¿A qué juega?
—Lamento haber... —Resoplo, frustrada—. No hubiera escondido el vodka en la heladera si hubiera sabido que venías. Te habría ahorrado la resaca de saber que no puedes distinguir el agua del alcohol.
—Pero lo habrías hecho si no venía —repite con una arruga acusatoria entre las cejas.
—¿Qué quieres decirme, Beasley?
—Que sigues sin ser apta para cuidar niños, eso digo.
¿Le doy la mejor disculpa que mi orgullosa persona puede dar y no deja ir el tema? Zoe jamás habría abierto la nevera si él no se hubiera presentado, de eso estoy segura porque, de otra forma, jamás hubiera dejado el vodka a su alcance.
¡Zoella Murphy ni siquiera toma agua! Dice que no sabe a nada. Vive a base de jugo.
—¿Vuelves a llamar incompetente? —cuestiono para estar segura de que entendí bien.
—Te estoy llamando por lo que eres, sin ánimos de ofender.
Cuando alguien te insulta, aunque sea de forma sutil, uno no suele responder con: «¡Ay, muchas gracias por expresar tu peor juicio sobre mi persona, no me ofende en absoluto!».
—Puedo decirlo de otra forma si sonó muy duro... —ofrece y se toma un segundo para encontrar las palabras—: Eres muy inmadura para cuidar de Zoe o cualquier otro ser vivo que requiera de la más mínima atención. Yo jamás tendría vodka cerca de mí si tuviera que responsabilizarme por otro.
Ah, sí, eso fue mucho más suave.
No es mi culpa que él no haya probado el alcohol en toda su vida y que esté tan absorto en su carrera deportiva como para no tener ni un gramo de diversión y jovialidad en el cuerpo.
—Beber alcohol no me convierte en alguien irresponsable. —Lo señalo con el dedo—. Mis responsabilidades están apartadas de mis salidas nocturnas y es de mente muy cerrada decir que alguien no puede tener un equilibrio con todas las facetas de su personalidad.
Discutimos con bastante energía, pero no me doy cuenta hasta que percibo que mi respiración está acelerada.
—Sigue diciéndote eso si te hace sentir mejor. —Se encoge de hombros.
Nunca quise utilizar a alguien como saco de boxeo hasta ahora.
—Toma —escupo estrellándole la tableta de pastillas contra el pecho—. Y ahógate con una.
Estoy por bajar las escaleras cuando recuerdo lo que mi padre dijo.
—Sería un placer que te nos unas a la cena —añado lo suficientemente alto como para que Shepard me oiga.
Le echo una última mirada sobre mi hombro para dejarle claro que, si el odio fuera tan fácil de sentir, ya lo odiaría.
Para mi sorpresa, él me observa de la misma manera.

La cena transcurre fenomenal y se debe a que Kansas no nos acompaña en la mesa.
Sube un plato rebosante de pasta a la que creo que es su habitación, al otro lado del pasillo. Bill se disculpa por su conducta y dice que es probable que esté en el período.
Aunque me disgusta el despreocupado comentario de "macho", no lo contradigo porque está científicamente comprobado que las hormonas juegan un papel importante en el estado de ánimo de las mujeres. Tal vez su hija está más sensible de lo habitual, pero esa no es excusa para querer saltar a mi yugular por decirle la verdad.
Como ninguno quiere entrar en detalles ni entiende perfectamente el mundo femenino, nos sentamos a hablar de lo que sí comprendemos: fútbol americano.
Me hace un resumen de cada jugador y discutimos sobre tácticas de ataque en el campo. Se nota que es un apasionado por el deporte y no puedo esperar para mostrarle todo lo que tengo para dar. Su entusiasmo es contagioso hasta que me habla sobre mi itinerario semanal. Aunque me encanta estudiar, el objetivo nunca fue precisamente centrarme en los libros, sino enfocarme en mi carrera como futbolista y arreglar algunos asuntos.
Los Jaguars son un grupo renombrado entre los diversos equipos universitarios de Estados Unidos. Unirme a ellos me da la oportunidad de ampliar mi panorama deportivo y conocer potenciales ligas de fútbol a futuro. A Bill Shepard lo apodan «El vidente» porque recluta a chicos que luego se convierten en estrellas.
Son muchos los representantes que vienen a ver jugar a su equipo.
—Tú estadía aquí no será fácil, Beasley. —Me apunta con el tenedor, salpicándome con salsa—. Entrenamientos de lunes a miércoles de siete a doce y de cuatro a seis. —Enrosca más fideos alrededor del tenedor—. Jueves al gimnasio de ocho a once y de cuatro a siete en el campo, los viernes solo tienes clases y probablemente salgamos a correr. Los domingos son tus días de descanso. Los sábados son los días de partido, falta a uno y te patearé fuera del equipo. Cinco comidas al día obligatorias. Alta ingesta de carbohidratos y vegetales, te quiero siempre hidratado y dispuesto. —Menea su cubierto en mi dirección mientras engullo los tallarines—. Sé que no hay drogas, alcohol o alta ingesta de azúcares en tu dieta, y espero que siga así. De otra forma llegarás a Guinea Ecuatorial con mi pie incrustado en tu blanco trasero.
Me limpio con la servilleta que dejé en mi regazo.
—Entendido, ¿y cuáles son las reglas de la casa?
—No me interesa que salgas de fiesta las noches que tienes libre, pero no puedes traer mujeres con fines carnales a esta casa. Sería incómodo y desatento de tu parte. En fin, solo son bienvenidos los muchachos del equipo, cualquiera de los cincuenta y ocho. Si ves a un chico ajeno a los Jaguars, lo echas a patadas. —Me mira con severidad—. De verdad, échalo.
—¿Aunque sea invitado de su hija?
Sé la respuesta apenas acabo la pregunta. ¿Cincuenta y ocho masculinos pueden hacer uso del hogar pero no los amigos de su hija? Suena injusto.
—Creo que nos estamos entendiendo. —Sonríe con un tallarín colgando de sus labios.
—Usted parece algo paranoico, señor. Por eso me atrevo a preguntar qué hay con chicos del equipo, ¿no representan ninguna clase de... amenaza?
Sorbe ruidosamente el fideo antes de, por fin, limpiar la salsa que resta alrededor de su boca. Me estaba poniendo nervioso de solo verlo.
—Todos mis muchachos saben una cosa. Para que lo profesional no se mezcle con lo personal, como ha ocurrido en el pasado, tengo una regla: cualquier jugador de la BCU que se acerque a mi hija —hace una pausa, mirándome de nuevo a los ojos—, no sobrevive para contarlo.
Qué exagerado.
Está exagerando, ¿verdad?
Reprimo el impulso de contestarle que solo un joven necio e irreflexivo querría estar con alguien que posee el terco e imprudente carácter de su hija.
—No se preocupe por mí —lo tranquilizo—. Kansas no es mi tipo. Nuestras personalidades no congenian bien.
Y por mi propio bien, espero que nunca lo hagan.
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