11. Ratatouille

Existió un tipo apellidado Skinner que una vez metió una rata en una caja.
Dentro de la caja había una palanca y el roedor aprendió que si la presionaba obtendría comida. En otras palabras, el comportamiento de presionar la palanca tuvo una consecuencia positiva (darse un banquete). Un premio.
En clase nos acaban de enseñar que estas consecuencias son llamados refuerzos positivos o negativos según Skinner. Cuando la consecuencia es tan agradable como tener la panza llena, el sujeto tiende a repetir el comportamiento. Sin embargo, nuestro psicólogo conductista del día hizo algo interesante: acostumbró a la rata a que cada vez que presionara la palanca cayera comida (reforzamiento continuo), hasta que la presionó y no cayó ni una miga (reforzamiento intermitente, a veces se gana y otras se pierde).
El roedor presionó, presionó y presionó con la esperanza de volver a obtener su premio. Cuando lo logró lo invadió el alivio, y entró en un círculo vicioso... así es como largo un comentario que pretende ser un susurro para mí, pero acaba por ser oído en toda el aula:
—Suena como hablar con un hombre por Instagram.
Algunos ríen, mujeres y gays en su mayoría. Otros no lo entienden, pero el profesor Ruggles parece interesado:
—¿A qué se refiere señorita Shepard?
Abro la boca, pero me quedo en blanco. ¿Cómo le explico a un señor de setenta años qué es ghosting, love bombing, gaslighting, benching, hoovering y breadcrumbing? Ni siquiera estoy segura qué significan los últimos dos. Mi generación complica mucho las relaciones.
—Creo que Kansas se refiere a una persona que muestra mucho interés por ti. —Sierra mueve la mano de un lado a otro—: Envía mensajes, queda contigo seguido y quizás te obsequia algo. Entonces desaparece o la atención que te presta disminuye de golpe y tú te desesperas.
—Hasta que después de un tiempo vuelve a interesarse en ti. —Asiento, creo que es la primera vez que no peleamos en clase.
—Suena a que el reforzamiento intermitente no solo se da en las ratas... —Ríe.
Bueno, ella me pone muy sencillo el buscar pelea.
—Aunque algunos individuos masculinos se parezcan mucho a una, ¿no?
Me obsequia su mejor sonrisa forzada. Pittsburgh, Mercury y ella llevan mis fantasías a otro nivel: quiero atravesarlos con la Excálibur.
Debería dejar de mirar La espada en la piedra con Zoe.
—Es un buen ejemplo —interviene el profesor—. No de cómo relacionarse en pareja, pues no es sano; pero sí del punto que quería lograr Skinner, donde el comportamiento es moldeado por las consecuencias que le siguen.
Me cuelgo el morral al hombro y salgo disparada por el corredor apenas acaba la clase. Sin embargo, alguien decide acompañarme sin mi consentimiento mientras se mete un chicle en la boca.
—Creí que el día en que tú y yo actuáramos como amigas nunca llegaría. Lástima que lo arruinaste al final.
—La que arruinó la posibilidad de cualquier amistad fuiste tú cuando te acostaste con el novio de Jamie y, antes, aceptaste ser el entretenimiento nocturno de Logan un día después de que terminamos.
—Ustedes no terminaron, Mercury te dejó, amor.
¿No tenía otro apodo más condescendiente? Acelero el paso porque si me detengo usaré mi lapicera favorita para atravesarle un ojo.
—Puedes irte al infierno.
—Nos encontraremos ahí de todas formas. —Se encoge de hombros—. Ambas sabemos que no es mi culpa que esos chicos antepusieran sus intereses y necesidades antes que a sus novias. Culpar a la chica es muy vintage y poco feminista.
Suficiente. Freno y nos encontramos cara a cara, donde explota su globo de fruta justo frente a mi nariz.
—Tienes razón, pero ¿no te parece poco moralista acostarte con alguien que tiene pareja? ¿Te gustaría que te lo hicieran? ¿Te enorgullece tener algo que ver con el hecho de que le partieran el corazón a una chica?
—Dos chicas si tenemos en cuenta tu corazón también.
Me paso una mano por la frente, frustrada.
—Intento tolerarte, pero me lo pones difícil. Deja de analizar mi vida porque lo próximo que analizarás será un hematoma en tu rostro, ¿sí, amor?
Me subo al Jeep y prendo la calefacción. Hace frío, tengo hambre y Sierra me puso de malhumor. Mi viernes va genial. Echo un vistazo al espejo retrovisor para dar marcha atrás y encuentro a Bill Shepard caminando hacia las puertas del gimnasio femenino que conducen a las piscinas de natación.
Raro.
Miro la hora en el coche. Su jornada laboral terminó, debería estar en casa pelando cebollas, pero no le doy vueltas al asunto. Quizás programará un entrenamiento en la piscina para la próxima semana, así que conduzco con una imagen de sus muchachos haciendo aquagym. Quiero un pase vip a ese espectáculo.
En primer lugar, para ahogar a Logan. En segundo lugar, para ver otra vez a Beasley sin camiseta.
Aunque creo que debería ahogarlo a él también.
No llego a poner un pie dentro de la casa antes de percatarme de que el coche de la señora Murphy está estacionado en la calle. Zoe salta del auto y corre a mi encuentro. Suele llegar a los minutos en que llego yo, pero teniendo en cuenta que me entretuve charlando con mi buena amiga Sierra, debí retrasarme.
—¡Kansas, mira quién vino a visitarte!
El fantasma de Skinner me persigue porque abraza una jaula contra su pecho. Dios sabe cuántas veces limpié esa cosa.
—Hola, Ratatouille. —Me desabotono la chaqueta con una mano mientras entramos a la casa—. Supongo que tendremos que poner otro plato en la mesa hoy.
—¿Plato? —Oigo el acento de Malcom antes de que se asome por el umbral de la cocina y examine con desconfianza al animal—. Esa cosa no almorzará con nosotros, Kansas.
—Buenas tardes para ti también, y no es una cosa, es Ratatouille —aclaro mientras me da la espalda.
Lo sigo y me tomo un segundo para apreciar la imagen: lleva una camiseta blanca y lisa que se adhiere a su torso y unos pantalones grises de deporte que resaltan su trasero. Redondo, firme, parado... Aparto la vista y finjo interesarme en las molduras del techo cuando echa una mirada sobre su hombro y me atrapa mirándolo. Ignoro que enarca una ceja.
Si voy a tener un inquilino tan insoportable, por lo menos le sacaré provecho visual.
—Cocinaste. —Destapo una olla que está en el fuego. Mi estómago ruge ante el aroma—. No sabía que tenías dotes culinarios.
—Mejores que los tuyos, indiscutiblemente.
Zoe aparece con su hámster y pone la jaula sobre la mesa. Y sí, muchas personas creen que por llamarse Ratatouille el animal es una rata. Me siento frente a ella y Malcom trae con un gruñido desaprobatorio la olla a la mesa. No puedo negar que es la comida más nutritiva de mi vida: carne, papas, muchos vegetales y especias. Aquí solo hacemos salsa y marcamos el número del delivery.
—Es muy antihigiénico comer con el roeder ese en la mesa. —No aparta los ojos azules del animal mientras le sirve a Zoe.
—No te preocupes, lo bañamos hace un mes —digo mientras intento adivinar si debo agarrar la cuchara grande, pequeña o el tenedor.
La mesa está puesta como si fuéramos a almorzar con la Reina Isabel. Incluso dobló las servilletas de papel mediante origami. Es un exagerado.
—Saberlo me deja mucho más tranquilo. —Me lanza una mirada acusatoria.
Me resisto a pasarle mi plato, pues puedo servirme sola. Aprovecho y lo lleno porque estos milagros alimenticios no se dan todos los días.
—Gracias por el almuerzo, Malcom. —Zoe pincha una papa y mete el tenedor entre los barrotes de la jaula, lo cual afianza mis conocimientos sobre los refuerzos positivos. El animal devora el tubérculo y Beasley está al borde de un derrame cerebral—. Ratatouille y yo estábamos muy alcoholizados.
—Zoe —la regaño—. Te he dicho que dejes de decir esas cosas.
—¿Cómo dejará de decirlas si tú le enseñas erróneamente el significado de las palabras? —se queja el muchacho.
De acuerdo, tiene un punto a favor. Uno súper grande, casi del tamaño de su trasero.
—¿Quieres explicarle qué es el alcohol? ¿O los condones? —Bajo la voz mientras Zoe se concentra en pinchar un trozo de carne.
Le arrebato el tenedor que tiene a mitad de camino hacia la boca y le doy otro. Primero, porque de verdad sería antihigiénico, y segundo, porque Malcom está a punto de tener un ataque de parasitofobia.
—Sé lo que son los condones —se jacta la niña muy segura de sí misma—: Son las aves que pasan en National Geographic.
—Eso son los cóndor...
—Eres tan inteligente —lo interrumpo sonriéndole a Zoe.
Los niños tienen almacenados una infinidad de «por qué, cómo y para qué» que aguardan el momento (in)oportuno para salir. Sé que es saludable y necesario saciar su curiosidad del mundo, pero ella tiene seis años y con algunos temas... Si le digo qué son los preservativos me preguntará para qué se usan, cómo llega un bebé a la barriga, por qué la gente quiere evitarlo, para qué las personas tienen sexo si no quieren un bebé y así hasta que su madre venga por ella.
Beasley enarca las cejas en mi dirección antes de meterse el tenedor en la boca. Mi respuesta es atragantarme con una papa por la culpa.
—Kansas, ¿estás bien? —pregunta la pequeña.
Maldigo a las hortalizas.
—Sí. —Hago fondo blanco con mi bebida—. Es solo la comida, alguien no sabe calcular el tiempo de cocción...
—¿Sabes qué? —Malcom reacomoda la servilleta en su regazo—. La próxima vez puede cocinar Ratatouille.
—A mi rata no le gusta cocinar, solo comer —asegura Zoe.
Bueno, en ese caso somos dos.
—No es una rata. —Rueda los ojos—. Es un háms...
Le doy una patada por debajo de la mesa.
Desde que Zoe vio la película quiso tener una rata de mascota. Es claro que no sabe cómo lucen esos roedores en la vida real, pero estaba tan decidida que rogó por uno durante medio año.
La señora Murphy le regaló lo más cercano a una rata que había en el Pet Shop: un hámster.
Para mi suerte, Beasley no abre la boca por el resto del almuerzo. Creo que suficientes golpes se lleva en el campo como para arriesgarse a recibir más de mi parte bajo el mantel. La niña nos cuenta en detalle los hábitos de su mascota: una zanahoria pequeña al día, una siesta de treinta minutos alrededor de las tres y una diminuta cantidad de moras como postre. Malcom no para de ver al animal con desconfianza y el hámster no le quita sus redondos y brillantes de encima.
—Creo que voy a dar un paseo. —Se limpia las comisuras de sus labios antes de dejar la servilleta sobre la mesa con elegancia.
La niña se pone de pie al mismo tiempo que él.
Para desgracia de esta estrella europea, lleva a Ratatouille con ella.

Vivir con Bill Shepard y la cascarrabias de su hija no alcanzaba, ahora tengo que soportar al parásito rubio y a su desagradable roedor.
No me gusta el animal. Ni cómo huele ni cómo luce ni cómo se mueve y muchos menos cómo me mira o respira.
—¿A dónde iremos? —La cría abraza la jaula contra su pecho.
Por un momento no me salen las palabras. Me recuerda a alguien que también se aferraba de esa forma a sus cosas, a los libros en específico.
—Tú no vendrás conmigo. —Espero sonar lo suficientemente firme. No deseo que se eche a llorar, pero tampoco que me acose con su hámster—. Te quedas aquí, con Kansas.
—Pero, ¡Ratatouille quiere salir a pasear! Nos portaremos bien, por favor, por favorcito.
Magnífico. Ahora no solo me mira el roedor con ojos de «por favor, dame un vegetal para la hora del té», sino su dueña.
—Creo que podemos ir al parque —dice la castaña desde la cocina—. Deja que Beasley se vaya, Zoe. Todos saben que las chicas pueden entretenerse solas.
La pizca de diversión es seguida del correr del agua mientras lava los platos. Todavía siento la punta de su zapato clavándose en mi pierna. Es un poco mandona y agresiva cuando se lo propone, lo cual me hace preguntarme en qué otros aspectos será igual...
No.
Nada de pensamientos pecaminosos sobre la hija del entrenador.
—Diviértanse —digo sin una gota de sinceridad—. Y no saquen esa cosa de su jaula.
Abro la puerta, listo para huir y que el aire fresco ayude de forma científicamente imposible a que mi sangre circule de regreso a la cabeza correcta, pero me encuentro a un chico a punto de tocar el timbre.
—¿Qué tal, camarada? —Sonríe y me guiña un ojo—. Busco a la preciosísima Kansas Shepard.
Entonces entra a la casa sin invitación y sé que mi paseo se acaba de cancelar.
¿Quién es este tipo?
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top