49. Alguien que te empape la ropa interior y también los ojos

Cuando la señora Murphy recoge a Zoe a las ocho, me ducho y me siento frente a los apuntes desparramados en la cama. Hago el esfuerzo de concentrarme, pero al llegar al final de un párrafo y darme cuenta de que leí sin realmente leer vuelvo al comienzo. Mis ojos cumplen su rol, pero mi cerebro no absorbe el conocimiento por estar ocupado pensando en un inglés de metro ochenta.
No solo aparece en mi cabeza, él corre, salta, se desnuda, grita, sonríe y dice cosas inteligentemente irrelevantes dentro de ella. Todo a la vez. Rebobino lo que vivimos juntos e imagino el resto de cosas que podríamos haber vivido si su excepcional talento deportivo no hubiera acaparado la atención de cada maldito equipo de fútbol americano del país.
Es agridulce. Nadie merece una oportunidad tan grande como Malcom, pero también... Nadie es Malcom. No tiene reemplazo. En un egoísmo que jamás admitiré en voz alta, quiero que se quede. Es tan contradictorio desearle una vida extraordinaria a una persona que te importa y a la vez aceptar que quizás esa extraordinariedad no está a tu lado.
Nudillos gentiles tocan la puerta y hago a un lado las fotocopias de Piaget. Sé que no es Bill ya que él habría entrado sin llamar.
Al tirar del picaporte encuentro un par de ojos azules.
—Tenemos que hablar.
Me desinflo al soltar el aire. Esta es la conversación ineludible.
—¿Sabes qué dice uno de mis profesores de psicología? —Abro la puerta en una invitación—. Que a la humanidad le gusta postergar lo agrio de la vida, ahora entiendo a lo que se refería.
Ruggles también menciona que para posponer lo agrio es necesario tener algo dulce: una excusa, una distracción o algo en qué enfocarse. La mirada de Beasley adquiere un brillo de entendimiento.
—¿Podemos postergarlo? —pregunto.
Un hoyuelo aparece en su mejilla cuando sonríe de lado.
—No.
—¿Hay algo que pueda hacer para convencerte?
—Nada.
Entra a la habitación y doy un paso más cerca, hasta que su brazo roza uno de mis pechos al pasar y sus manos se hacen puños dentro de los bolsillos de sus pantalones deportivos.
—¿Seguro?
—Kansas... —advierte.
Contemplo la lucha entre su parte lógica y la impulsiva, que sigue con cautela y deseo el movimiento de mi brazo mientras cierro la puerta. Hago una pausa antes de deslizar los dedos hacia abajo y echar el pestillo, que emite un suave «click». Su nuez de Adán se mueve al tragar.
—¿Qué pasa si...? —empieza.
—¿Si te callas y me besas? Liberaremos un montón de dopamina y luego será más fácil hallar una solución.
—No solo dopamina —corrige en un susurro cuando tiro de su mano para acercarlo—. También oxitocina, serotonina y... —Se pierde en signos de interrogación mentales: ¿postergo lo agrio o lo dulce? ¿Y si luego no hay parte dulce? ¿Moral o afán?
Sin embargo, sus manos acaban por ahuecar mis mejillas. Se muerde el labio inferior y niega con la cabeza, como si no me soportara y a la vez no pudiera resistirse.
—Si esto me carcome la conciencia más tarde, será tu culpa.
—Trato hecho.
La tensión se concentra y acumula en mi pecho hasta que cuesta que suba y baje para respirar. Me mira un segundo más, otorgándome la oportunidad de dar marcha atrás porque sabe que no podrá detenerse después.
Mi respuesta es apoyar las palmas sobre sus pectorales.
Su boca colapsa contra la mía y me empuja hacia atrás, hasta que estoy atrapada entre la puerta y la firmeza de su cuerpo. El beso es tan gentil al principio que eriza los vellos de mi nuca. Recorre mis pómulos con los pulgares en una caricia y mis manos descienden a través de su estómago, trazando las ondulaciones de sus abdominales. Es cuando mis dedos rozan esa línea de piel entre el dobladillo de su camiseta y la cintura de sus pantalones que la amabilidad desaparece.
Atrapa mi labio inferior entre sus dientes y jala de él. Jadeo y el sonido desata su desesperación: me toma por la cintura para mantenerme quieta contra la puerta y su lengua reclama mi boca. El chico educado y precavido es reemplazado por uno que toma lo que quiere sin pedir permiso ni perdón.
Me besa como si estuviera hambriento y no pensara alejarse hasta saciarse.
Saber lo mucho que me desea tiene un efecto contradictorio. Quiero complacerlo y darle todo lo que desea, pero también quiero mantenerlo al borde de su asiento para que jamás pueda obtener suficiente de mí; que nunca se canse y siempre me busque con la urgencia en que sus manos aprietan mis caderas ahora mismo.
Mis rodillas parecen tener tornillos flojos cuando hunde el rostro en mi cuello. Deja un rastro de besos húmedos en dirección a mi clavícula y mi cuerpo entero tiembla. Mete los dedos bajo mi camiseta y la piel de mi estómago quema de forma placentera donde me toca.
—Nunca pensé que descubriría esto. —Sus labios rozan el lóbulo de mi oreja, tiene la respiración tan entrecortada como la mía.
Me retuerzo en protesta porque dejó de besarme.
—¿Descubrir qué?
—Tu talla de sujetador.
Idiota.
Me quita la prenda de un tirón.
—Si vuelves a decir algo tan... —Paso las manos por su cabello—. Tan de hombre lleno de testosterona, tendré que golpearte.
Acabo la advertencia al darle un tirón de pelo, pero en lugar de mirarme como si estuviera asustado levanta una ceja que expresa «¿se supone que esto debe darme miedo o excitarme? Porque está haciendo lo segundo». Me deshago de esa expresión que tiene al darle otro beso que nos deja sin aire.
Al separarnos tiene las pupilas dilatadas y el azul de sus iris es más oscuro. Su mirada se desliza por el tirante de mi sujetador, hasta dar con el subir y bajar irregular de mi pecho. No puedo quitar mis ojos de su boca. Calor nace, crece y se desparrama por cada recoveco de mi cuerpo con la anticipación de su lengua sobre ciertos lugares, y mis pezones responden endureciéndose.
—Esto no es justo —señalo la falta parcial de mi ropa y la totalidad de la suya.
—Me viste desnudarme en el asiento trasero de un Jeep en movimiento. —Engancha el índice en el tirante para apartarlo y tener mi hombro al desnudo, donde deposita un beso—. Se ha hecho justicia.
—Pues no estoy de acuerdo con tu sistema judicial ni...
Debo aferrarme a su cuello cuando con un movimiento me levanta sobre mis pies como si no pesara nada. Sus dedos aprietan mis muslos y mis piernas sus caderas. Captura mis labios de camino a la cama y nos besamos como si el aire fuera opcional, pero saborear al otro un asunto de vida o muerte.
Arrastra las manos por mi espalda desnuda con una lentitud que roza la tortura y lanza escalofríos a través de mi columna. La temperatura en la habitación asciende mientras nuestras lenguas intentan tomar el control sobre el otro. Al llegar al borde del colchón me baja: mi cuerpo se desliza contra el suyo todo el camino hasta que estoy de nuevo sobre mis zapatos, con su excitación presionando mi estómago.
Mi pulso se dispara al sentir lo duro que está.
Nuestras miradas se entrelazan en una conversación silenciosa, interrumpida por el tintineo de la parte posterior de mis rodillas al golpear la cama. El hormigueo en mi vientre se convierte en una sensación sofocante de la que quiero deshacerme tanto como quiero conservarla.
—¿Lo dije o lo pensé? —Toma el tirante restante entre el dedo de corazón y el pulgar para jugar con él.
—¿Qué cosa?
—Que tocarte es un privilegio que moría por tener.
Mi respuesta es tirar de su camiseta para extinguir la distancia entre nosotros. Me rodea la cintura con un brazo y se apoya en el otro cuando caemos sobre el colchón, para que su peso no me plaste. Molesta le clavo las uñas en los omóplatos para acercarlo más. Si muriera aplastada por él llegaría a las puertas celestiales de San Pedro bailando.
Quiero sentir todo. Su peso, su aroma, su piel, esa mezcla entre suspiro y gruñido que se le escapa cuando nuestras caderas se presionan.
Tomo el dobladillo de su camiseta para unirla con el resto de mi ropa en el suelo. Ahueco su nuca y es mi turno de dejar besos en el grosor de venas palpitantes de su cuello.
Levanta una de mis piernas para engancharla en su cadera y me muestra lo mucho que le gusta que lo toque al restregarse contra mí. Su erección es cada vez más grande y mi paciencia cada vez más pequeña. El calor de su vientre presionado contra el mío hace que mi sangre burbujee con anticipación. Su mano serpentea hasta apretar mi trasero y arrebatarme un gemido que se encarga de ahogar al besarme con fuerza.
Bajo las uñas desde sus anchos y pálidos hombros salpicados por pecas hasta la parte baja de su espalda. Se tensa en cuanto llego a la letra V que desaparece bajo sus pantalones grises. Al levantar la vista encuentro sus párpados cerrados y la pesadez de su respiración. Un músculo en su mandíbula salta cuando aprieta los labios, al borde de perder el control.
—No duraremos mucho si continúas tocando el hemisferio sur de mi cuerpo —dice entre dientes.
Su falta de dominio corporal me roba una risa y nos hago rodar para quedar sentada sobre su regazo, con mis rodillas a cada lado de sus caderas.
—Querrás decir que tú no durarás —me burlo—. Yo estoy perfecta, podría hacer esto todo el día. Por cierto, ¿tu boca no tiene un interruptor de encendido y apagado?
Reprime una sonrisa.
—Para tu desgracia no lo tiene. —Me jala hacia él hasta que mi frente queda contra la suya y mi cabello cae como una cortina a los lados, oscureciéndolo todo—. Pero deberías estar agradecida de que no esté hablando de péptidos opioides endógenos o de la glándula pituitaria —susurra.
—Buen punto.
Nos quedamos quietos un rato. Lo único que hacemos es memorizar el rostro del otro en un silencio cómodo.
—Te equivocas al pensar que podrías hacer esto todo el día.
—¿Dices que eres capaz de hacerme acabar tan rápido como yo a ti?
—No digo, demuestro.
De un movimiento captura y enrosca todo mi cabello en su puño y me come la boca. Mi cuerpo se derrite sobre el suyo con placer y me presiona contra su entrepierna, donde mezo las caderas hasta que mis bragas están empapadas. Tira de mi pelo para separarnos y una sonrisa engreída tuerce sus labios en un «te lo dije»
Entonces su nuez de Adán se mueve al tragar y apoyo las manos sobre su estómago.
—Sé que no es el momento para pronunciar lo que definirías como cursilería. —Afloja su agarre en mi cabello hasta que cae de nuevo a mi alrededor, solo para tomar un mechón y acomodarlo con delicadeza detrás de mi oreja—. Pero necesito aclarar que no me pareces dulce ni hermosa, tampoco como cualquier adjetivo que usa un hombre para describir a una mujer. Eres la combinación de todos ellos, pero si tuviera que definirte en una palabra definitivamente sería extraordinaria.
Mi corazón se encoge dentro de mi pecho y de repente me escuece un poco la vista. Nunca pensé que alguien podría empaparte la ropa interior y los ojos a la vez.
—Eres un espécimen de lo más extraño, Beasley.
—Espero que eso sea bueno.
—Obvio que lo es.
Su sonrisa regresa. Me empuja de forma en que volvemos a rodar y quedo aprisionada contra el colchón.
Pero no hay más colchón.
Un estruendo se oye en cuanto ambos caemos al piso. El dolor se dispara por mi espalda baja y así dejamos de ser los jóvenes hormonales para ser dos ancianos quejosos que se masajean la ciática.
—¿Mencioné que también eres un idiota? —escupo.
—No. —Se agarra la frente, donde se golpeó.
—Bueno... —Suspiro—. Lo eres, y uno muy grande.
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