7. Entra la espada y la pared

—¡¿Por qué hiciste eso?! —le ladro a Malcom.
Me arrodillo frente a Zoe, que es un río de mocos mientras observa a su globo yacer sin vida en el piso.
—¿Preferirías que siga con esa cosa en la boca? —contraataca incrédulo.
—Pero, ¡hay formas y formas, no le rompes el juguete a un niño delante de sus ojos!
Señala con el dedo el preservativo.
—Eso no era un juguete, Kansas. Era un dispositivo anticonceptivo empleado en el acto sexual.
Le doy la espalda para limpiar las lágrimas que brotan de los ojos de la pequeña y envolverla en un abrazo.
—¡Lo sé, pero tiene seis años! Lo veía como un juguete. Y no tendríamos este problema si hubieras sido más cuidadoso con tus dispositivos.
—No es mío y no soy responsable de que tengan esa clase de cosas al alcance de una cría.
Le echo una mirada fastidiada sobre el hombro.
—Sigue diciéndote eso si te hace sentir mejor. —Regreso mi atención a Zoe—. Te compraré otro, un globo de verdad, ¿sí?
Ella se zafa de mi abrazo y señala al inglés, enojada.
—¡Asesinaste al señor Chuck! ¡Eres un monstruo como los de Monsters, Inc.!
Malcom luce como si le hubieran hablado en chino mandarín.
—¿Chuck? —Se pasa una mano por la frente—. ¿Quién es Chuck?
Para ser tan listo, a veces es bobo.
—Todos saben que los niños les ponen nombre a sus juguetes, y ni se te ocurra hacer uno de esos estúpidos comentarios de que debería llevarla a un psicólogo —advierto.
Mi padre había dicho lo mismo cuando juntábamos hojas en el patio y Zoe tuvo la ocurrencia de ponerle Pelusa a un rastrillo porque ama las películas de Stuart Little.
—La gente que estudia psicología no puede ni ayudarse a sí misma. —Resopla y se cruza de brazos—. Menos a una niña que le pone Chuck a un condón.
Zoe se pasa un dedo por la garganta para advertirle a Malcom que sus días están contados.
—Habrá justicia por el señor Chuck —gruñe entre los huecos de dientes de leche que le faltan.
Beasley se pone un poco pálido, pero intenta disimularlo. Tomo la mano de la niña y la guio escaleras arriba.
—Deberías aprender a cerrar la boca —le aconsejo ya de espaldas. No lo quiero ni ver—. Porque puede que no lo sepas, pero yo soy estudiante de psicología.
Él y su acento británico pueden irse justo por donde vinieron.

Comienzo a cansarme de cenar en mi habitación.
Solo lo hago cuando mi padre invita gente y no tengo ánimos sociales para cenar con las visitas, pero no puedo seguir escondiéndome en mi cuarto de Malcom. No sé cuánto tiempo estará aquí y me apetece cenar en la mesa de vez en cuando.
Hago una bola con la caja de comida china que Beasley ordenó —es lo más productivo hizo desde que puso un pie en esta casa— y la lanzo al cesto de la basura. Como es de esperarse, no entra. Con pereza me arrastro sobre el acolchado y me deshago de ella en el tacho que hay junto a mi escritorio. Mis ojos caen en uno de los cuadros que descansan ahí. Es una fotografía de cuando usaba flequillo y vestía con ropa que hoy en día sería un crimen ante los ojos de la moda. No creo que haya persona que no se avergüence, ni aunque sea un poco, de cómo lucía o vestía cuando era más joven.
Sin embargo, cuando miro más allá de los pecados de estilo, puedo sonreír. Es una selfie que saqué hace dos años. Estoy sentada en el cordón de la vereda y una pequeña de cuatro años está de pie a mis espaldas con sus delgados bracitos envueltos alrededor de mi cuello. Puse cara de que me asfixiaba y logré hacer «click» mientras se reía.
Hasta ese día había perdido la noción de hace cuánto tiempo no me divertía.
Mi madre nunca había probado el alcohol hasta que un policía apareció en la puerta y le dijo que lo sentía. El mismo día que murió mi tía Jill, mamá se enteró de que esperaba un bebé. La vida puede ser un regalo y un castigo a la vez. Nos da, nos quita y solo a veces, nos devuelve.
Sin embargo, ninguna fuerza de este mundo le devolvió a mi madre su hermana.
Bebía a escondidas al principio. Con el pasar de las semanas empezamos a encontrar botellas vacías de vino y whisky. Su favorito fue el ron, que terminó siendo su consuelo y también su perdición.
Mi padre hizo hasta lo imposible para alejarla del alcohol. Sacó turnos para sesiones de terapia a la que ella nunca se presentó. Le consiguió un padrino al que jamás le devolvía las llamadas. Le decía que, si no lo hacía por ella, que al menos lo hiciera por mí: porque la necesitaba. Pero nunca le dijo que parara de beber por el bebé.
Porque mi madre no nos dijo que estaba embarazada.
Logramos convencerla de buscar ayuda y ella solo aceptó ir a una sesión de alcohólicos anónimos. Papá y yo comenzamos a turnarnos para llevarla porque había dos opciones: él faltaba al trabajo o yo a clases, y ninguno podía darse el lujo de exonerarse de sus responsabilidades todos los jueves. Así que tomé el primer turno. Vigilé que entrara al edificio y esperé en el auto.
Mi tía Jill era joven, más como una hija que como una hermana para mamá, que siempre la cuidó. A ella le encantaba Taylor Swift. Me llevó a mi primer concierto y recuerdo que bordamos camisetas con lentejuelas y nos llenamos de pies a cabeza con glitter.
Así que ponía sus canciones favoritas en el estéreo mientras esperaba. De vez en cuando, me miraba en el espejo retrovisor y escudriñaba mis ojeras por la falta de sueño, mis ojos irritados, mis labios secos y partidos, mi cabello quebradizo, la palidez de mi rostro... Y, solo una vez, contemplé el hematoma de un golpe.
A veces tenía que arrastrarla fuera del coche.
No fue hasta mi tercer turno que vi a Zoe sentada en el cordón de la vereda. Usaba un vestido amarillo que se arremolinaba en sus rodillas y golpeaba rítmicamente sus zapatos de charol mientras aguardaba en la puerta de A.A que alguien saliese.
Me llamó la atención que estuviera sola y la observé-cuidé a la distancia hasta que la sesión de mi madre terminó. Fue ahí cuando una mujer a la que más tarde conocería como la señora Murphy salió en su encuentro y le tomó la mano.
En mi siguiente turno la niña también estaba ahí, haciendo lo mismo que hacía yo: esperar. Sonaba The Very First Night cuando levantó la cabeza y me encontró mirándola. Yo estaba encerrada en la seguridad del coche y había una calle que nos separaba, pero a través del parabrisas lo vi perfecto: me sostuvo la mirada y contuve la respiración, hasta que sonrió.
Me sonrió. A mí.
Los niños sonríen sin pensar, le entregan una sonrisa a cualquier extraño porque su mente no analiza a quiénes deben o no sonreírles. Le sonríen a la vida, sin hacer diferencia, sin juzgar, sin pretender nada a cambio.
Así que levanté la mano para saludar y le devolví la sonrisa.
Luego de semanas sin que la angustia me diera tregua, llegó esta niña y calló cada pensamiento horrible que tenía en la cabeza.
Fue cuestión de tiempo para que apagara el estéreo, saliera del auto y me sentara a su lado en el cordón. Nos hicimos compañía durante semanas, hasta que la señora Murphy se sintió preparada para dejar A.A. Testigo de nuestra extraña amistad, me ofreció cuidar de Zoe mientras retomaba el trabajo.
No necesitaba el dinero. Con el asunto de mi madre y la escuela, tampoco tenía mucho tiempo, pero no pude negarme. Quería colaborar a que Anne, la mamá de Zoe, recuperara su vida. Quería ayudar. Quería seguir viendo a cría porque ella me estaba ayudando a mí de una forma que no podía explicar.
Mi madre, por otro lado, dejó las sesiones tiempo después, pero fue una total pérdida de tiempo asistir en primer lugar. Lo primero que hizo al llegar a casa fue coger una botella y encerrarse en su cuarto. Mi padre, desesperado, buscó ayuda profesional de otro tipo. La mandó a rehabilitación y en el primer chequeo médico supimos del embarazo.
Todo ese tiempo en el que bebió y bebió arriesgó la vida de un bebé. De mi hermano o hermana. Como era de esperarse, terminó destruyendo la vida que había creado
El sonido de mi celular me saca de los recuerdos y me tomo un segundo para fregarme los ojos aguados.
—¿Kansas? —Suena nerviosa.
—Harriet, ¿qué sucede? ¿estás bien?
—Tenemos un problema.
—¿Pequeño, mediano o grande?
—Es Jamie.
Entonces es un problema del diámetro de Júpiter. Genial.
—¿Qué le ocu...?
Me interrumpe un estallido seguido de un grito muy molesto.
—Tienes que verlo con tus propios ojos.

No sabía que Kansas estudiaba psicología, pero no me arrepiento de lo que dije, aunque debería haber añadido que en mi experiencia la terapia no funcionaba.
Quizás no di con el profesional indicado la primera vez. Ni la segunda. Puede que el problema sea yo, pero la incomodidad de sentarme frente a un extraño, contarle qué me sucede y que su respuesta sea el silencio y mirarme como si fuera un experimento... No, gracias. Sé que hay diferentes corrientes psicológicas y solo probé una, pero la experiencia con la señorita Ainsworth fue tan mala que me rehusé a volver a intentarlo.
De todas formas, no llevaría a Zoe a ningún psicólogo. Ella no tiene la culpa de ser ignorante, aún es una niña. La culpable de todo esto es su niñera, porque ella es la que dejó el alcohol y luego el condón a su alcance.
Llegué a la conclusión de que el desagradable Logan Mercury tiene sexo casual con la hija del entrenador, porque de otra forma no sabría a qué hora toma su ducha diaria. Es eso o de verdad es un depravado sexual, y luego llega Zoe con Chuck y Kansas me culpa por sus deslices de una noche...
Mis probabilidades de equivocarme respecto al dueño del condón son casi inexistentes y, ahora que estoy cara a cara con Bill, tengo muchas ganas de decirle que Mercury está quebrantando la ley Shepard.
Sin embargo, no soy tan ingenuo de acusar a Logan sin tener pruebas fehacientes.
—Beasley. —La boca del coach tiene una capacidad incalculable en cuanto a alimento se refiere—. Termínatelo. —Apunta mi plato, porque claramente no comeré comida china desde una caja de cartón—. En cuanto bajes un gramo lamentarás haberme conocido.
Se oyen pasos bajar la escalera antes de que Kansas cruce el umbral de la cocina.
—Me voy —informa sin dirigirnos ni una mirada.
Toma la chaqueta que descansa en el respaldo de la silla y sale a toda prisa. No pasan ni cinco segundos antes de que vuelva sobre sus pasos con el ceño fruncido.
—¿Dónde están mis llaves?
Bill no despega los ojos del juego en el televisor:
—Es tarde, no vas a ningún lado.
—Tengo diecinueve años, creo que puedo ir a donde quiera a la hora que quiera. Jamie me necesita, así que... —Extiende la palma y mueve los dedos—. Las llaves.
Al entrenador se le escapa una risa.
—Bendito sea Estados Unidos, Kansas. Donde la mayoría de edad en Nebraska, Delaware y Alabama es a los diecinueve y en el resto de los 46 Estados es a los dieciocho.
—Falta uno —interrumpo al tanto de su cuenta matemática.
—Mississippi. —Sonríe Bill y abre su refresco que burbujea por el gas—. Donde vivimos y donde, desafortunadamente, no eres mayor hasta los veintiún años. Mientras estés en este Estado y en esta casa, tú respetas mis reglas de juego.
Las mejillas de la castaña se tiñen de rojo, pero se da la vuelta y sube las escaleras en silencio.
Arqueo una ceja.
—¿Ya se rindió?
Mis reflejos me ayudan a atrapar el juego de llaves que Bill me lanza.
—No es tan fácil. Está buscándolas en todos los posibles escondites porque puedo ser muy bueno armando jugadas defensivas y ofensivas, pero soy predecible para esconder estas cosas. —Hace una bola con la caja de cartón y la avienta al cesto—. Kansas conoce mis tácticas, pero no las tuyas.
—¿Quieres que le esconda las llaves?
Su hija me odia. Si lo obedezco, me ganaré un lugar en su Death Note, pero si no le hago caso... Dios me proteja del entrenador.
Arrastra la silla para ponerse de pie sin preocuparse por llevar su vaso al fregadero o guardar la gaseosa en la nevera.
—Solo hasta mañana. —Se gira cuando llega al umbral—. Y Beasley, si mi hija pone las manos sobre ese Jeep me deberás 10 kilkómetros para el lunes.
Cuando veo a Kansas descender las escaleras me percato de que ser cómplice de Bill conlleva un precio.
Uno muy alto.
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