Capítulo 5

Christopher

Dos días he tenido que soportar el hospital asqueroso aquel. La paciencia ya se me estaba agotando, no podía más con el olor de ese lugar y las personas de ahí. Ni siquiera esperé a recibir el alta, me fui sin avisar, si quieren buscarme, que lo hagan. Tengo muchas cosas que hacer como para estar en una cama recostado sin actuar.

No todo es negativo, al menos utilicé el tiempo libre y organicé mi próximo movimiento.

—Aquí estamos, señor. ¿Ya se encuentra recuperado? Nuevamente disculpe por dispararle.

Frente a mí, los cinco hombres del equipo. Todos han llegado al cuartel a una reunión que he solicitado, necesitamos planear nuestra siguiente jugada.

—Robinson, déjate de gilipolleces, ya te dije que fui yo el que te ordeno dispararme. Me lo dices una vez más y estás fuera de esta misión.

Enseguida, sus ojos se abren sorprendido ante lo que dije. Todo indica que mis palabras hicieron el efecto esperado, pues no agrega nada más.

—Así está mejor— le digo mientras asiento— Mathew, ¿hiciste lo que te pedí?

—Por supuesto, la agente Ashley Brown reside en una zona conocida como West Town, al oeste de Chicago.

—¿Vive sola o con alguien más?

—Según lo que pude conocer, sola.

—¿Cómo que según lo que pudiste conocer? ¿Estás seguro o no?— mi voz adquiere un tono más rudo, más agresivo.

Sinceramente, no tolero las inseguridades de estos hombres. No saben ni hacer bien su trabajo. Se les envía una simple tarea, y no tienen certeza de lo que hacen.

—Sí, seguro, solo ella. Por lo otro que me ordenó investigar, pude llegar a la conclusión que las cámaras de seguridad más cercanas a dicha residencia son las que se encuentran en el estacionamiento.

—¿En el estacionamiento?— indago un poco entusiasmado ante tal dato.

—Sí, hay un total de tres cámaras que apuntan hacia ese lugar.

Lanzo de inmediato una mirada de complicidad a Taylor, quien me la devuelve como entendiendo a la perfección lo que estoy pensando.

—Esto lo hace aún más fácil, ¿verdad?— le pregunto al señor canoso, el más viejo de todos.

Cuando me encontraba en el hospital, le puse al tanto del plan que tenía en la cabeza, nadie mejor que él para darle forma. En ese momento, me dio algunos consejos y retoques que faltaban para hacerlo aún más perfecto.

—Ya sabes que sí, eso hará que sea bastante sencillo.

—Completamente de acuerdo.

Durante unos segundos, repaso finalmente cada acción a seguir, intentando buscar algún defecto que pueda poner en riesgo el plan. Cuando me aseguro de que todos los detalles están en posición, les comunico a todos:

—Bueno, manos a la obra. Mathew, Robert, ya saben lo que deben hacer. Los demás, atentos a cualquier emergencia que se presente. Taylor, te quedas al frente del plan, yo me tengo que ir a preparar.

—A sus órdenes, jefe.

Ashley

—Venga, necesitas despejar un poco, te estás matando tú misma. Trabajas, trabajas y no tomas un descanso.

—Edgar, ya te dije que no pienso ir a ver ninguna película. Ahora sólo estoy enfocada en encontrar a quienes intentaron asesinarme.

Después de casi un cuarto de hora en el que ha intentado disuadirme por teléfono para lograr que aceptara acompañarlo al cine, observo cómo por fin mi mejor amigo se rinde ante mi negativa.

—Sinceramente, eres lo más testadura que existe en este mundo. Imposible pesuadirte.

—No te enojes, pero ahora no tengo cabeza para eso, otro día quedamos.

—Como quieras, después no digas que no te invité.

Dicho esto, cuelga dejándome sola en la línea. Dejo el celular a un lado del sofá y vuelvo a ponerme cómoda para continuar con mi investigación en la laptop. Estos últimos dos días he estado trabajando día y noche con tal de encontrar algo sobre quiénes desearon asesinarme. Llego de la Agencia pensando solamente en eso, incluso hasta cuando duermo. No puedo creer que hayan querido acabar con mi vida, nunca antes me había ocurrido. Supongo que la primera vez siempre es así.

Unos golpes en la puerta me hacen dejar el ordenador a un lado e ir a abrirla. Al hacerlo, dos siluetas bien erguidas quedan de frente a mí. Sus trajes dejan a la vista que son oficiales del FBI, misma agencia para la cual trabajo.

—Buenas tardes, ¿usted es la señorita Ashley Brown?

—Sí, ¿por qué? ¿Sucede algo, oficial?

Mi voz suena bastante confundida, no entiendo la presencia de ambos, a menos que sea cuestión de trabajo.

—Bueno, señorita Ashley Brown, lamento informarle que queda arrestada por el delito de posesión de drogas— inquiere mostrándome dos bolsas de lo que aparentemente es cocaína— Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga puede y será usado en su contra.

Uno de los hombres me arrincona contra la pared y me pone las esposas bruscamente sin tiempo a reaccionar. Las palabras se me desaparecen, tal y como si no supiese pronunciar ninguna de ellas. El tiempo se dilata, los segundos se vuelven minutos, los minutos horas. Siento que la vista se me nubla y los sentidos se me apagan, nada tiene sentido.

—¡Suélteme! ¿Qué está diciendo? ¿Cómo que droga? ¿Están locos o qué?

—Es mejor que permanezca tranquila— indica ante mi tambaleo— Ya tendrá tiempo de aclarar todas sus dudas en la unidad.

En contra de mi voluntad, soy escoltada hacia fuera de la casa por los dos policías. Tantas veces he vivido escenas como esta que nunca llegué a pensar que podía ocurrirme.

Una impotencia indescriptible se acumula dentro de mí. Son cientos de sensaciones que se mezclan para dejarme en el limbo, sin saber qué hacer. Siento que se me aprieta el pecho; respirar se vuelve más complicado, más pesado.

—¡Oigan, oigan! ¡Déjenme en paz! ¿Acaso no saben que soy agente del FBI? ¡Esto no tiene el más mínimo sentido!

No recuerdo alguna ocasión en la que haya gritado más que esta. Los vecinos de las casas más cercanas se asoman en sus portales a contemplar la situación, lo cual no hace más que avergonzarme más.

—Lo siento, tenemos una orden judicial en su contra, solo hacemos nuestro trabajo. Si quiere algún consejo, consígase un buen abogado, lo va a necesitar.

El camino hacia la delegación se hace eterno, como si no fuese a acabar. Muchas cosas pasan por mi cabeza, desde qué pensarán en la agencia hasta qué pudo haber ocurrido. Sólo tengo claro una cosa, y es que soy inocente. Esta ha sido la primera vez que he sido arrestada en toda mi vida.

Una de mis teorías es que tal vez esto haya sido obra de la misma persona que intentó asesinarme, no puede ser casualidad que dos hechos extraños me ocurran uno detrás de otro. Tiene que ser eso, tienen que estar conectados de alguna manera.

—Llegamos, es hora de bajarnos.

Quisiera desaparecerme de este mundo, de este lugar. Lo peor que le puede ocurrir a un agente es ser arrestado, no soportas las miradas confusas de personas a las cuales conoces. A medida que entro al lugar, observo cómo algunos guardias se toman el tiempo para echarme un vistazo. En ese momento no soy capaz de reconocer a ninguno, pero sí hay caras que se me vuelven conocidas. Por fortuna, no estoy en la agencia, sino la situación hubiese sido aún más penosa.

—Bien, ahora deberá dejar sus pertenencias en esta bandeja e ir a la sala de interrogatorios, ahí podrá decir todo lo que tenga por decir.

—Es que no entiendo... ¿Qué pasó?

Cuando terminan de vaciar todo lo que llevo encima, soy trasladada a un pequeño cuarto, en el que debo aguardar hasta que un detective llegue. Dentro de este aprecio una cámara de seguridad, en la que se ve todos los movimientos que hago. Alrededor de cinco minutos transcurren hasta que la puerta se abre y un hombre canoso con traje de corbata entrar por ella.

—Buenas, soy el detective Raymond y estoy al frente de su caso.

Sobre la mesa, deja caer una carpeta con algunas hojas dentro. Se coloca cómodamente en la silla que se halla al frente de mí, y con total tranquilidad comienza a hablar.

—Bueno, empecemos. Tengo entendido que es agente del FBI, ¿cierto?

—Sí, así es, pero eso no es lo importante, el punto es que no entiendo qué hago aquí.

—¿No? Irónico porque alguien a quien le fue encontrado dos kilos de cocaína dentro de su coche no diría eso.

¿Qué? Mis cejas se cierran estrepitosamente, en un claro gesto de confusión. ¿Cómo es posible que hayan encontrado droga en mi auto?

—No, disculpe pero debe haber algún error. ¿Están seguro que es mi coche?

En lugar de contestar, el oficial saca de la carpeta varias fotos tomadas del interior de mi vehículo. En ellas se puede ver cómo dentro del maletero hay dos bolsas de cocaína una encima de la otra. Enseguida comienzo a pensar quién pudo hacerme algo así, quién habrá sido capaz de plantarlas ahí. Además, ¿en qué momento?

—¿Entonces?

—Sí, es mi carro, pero no tengo nada que ver con eso.

Como si le resultara gracioso, el detective deja entrever una leve sonrisa, casi imperceptible.

—Es decir, ¿alega que no sabe cómo está ahí esa droga pero a la vez confirma que es su coche? Suena un poco hipócrita, ¿no cree? Lo peor es que acusado tras acusado siempre utilizan la misma excusa.

—Le estoy diciendo que no sé de ninguna cocaína, jamás había visto esas bolsas, no sé cómo habrán llegado ahí.

—Señorita, créame que la intento ayudar, pero no se deja. Póngase a pensar, ¿cómo sonaría esto que me está diciendo ante un jurado? No sé usted, pero yo lo hallo estúpido.

Los nervios se me aceleran al escuchar la palabra "jurado". Ya sabía que estaba en problemas, pero no me había cuento de lo grave que es la situación.

—Es que no sé qué más decirle.

—Está bien, al menos le di la oportunidad, he cumplido mi parte. Si no quiere hablar, ya queda en sus manos.

—Ya le he dicho todo lo que sé.

—Como quiera. Ahora será trasladada a su celda, en donde pasará la noche. Debe contratar a un abogado, si no puede el Estado le asignará uno. Buenas noches.

En la misma silla, comienzo a temblar del pánico, aunque intento disimularlo. Las manos me sudan frío, los ojos luchan por no claudicar, por lograr reprimir las lágrimas. No sé si alguien sepa en este momento que estoy aquí, sola en esta habitación, a punto de pasar la noche en una prisión. Unos toques suenan en la puerta mientras el detective recoge la carpeta que había traído consigo.

—¡Adelante!— grita el señor Raymond.

En cuestión de milésimas, la puerta se abre y una figura alta entra a la sala.

—Buenas noches, soy el Licenciado Christopher Anderson y la señorita que se encuentra aquí es mi representada. Si no le molesta, necesito que nos deje a solas unos minutos.

¿Qué? ¿Christopher Anderson?

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top