Capítulo 3

Christopher

Termino de acomodarme la corbata del costoso traje que llevo puesto. Según el “gran señor Jefferson”, debo ir vestido adecuadamente, a causa de los invitados que ahí estarán.

Oigo unos pitidos provenientes desde fuera de la casa, así que me asomo por la ventana. Ahí, puedo apreciar la lujosa limusina que mi padre ha alquilado para llevarnos. Él siempre ha querido exhibir su dinero, aún cuando eso lo ponga en riesgo.

Una vez que termino de recoger mis pertenencias, abro la puerta y camino hacia el auto. Entro el interior del vehículo, hay dos filas de asientos colocadas una al frente de la otra.

Contemplo a todo mi equipo y al cumpleañero mirándome fijamente. No pierdo tiempo en felicitarlo, para luego dejarme caer en el asiento acolchonado que está a su lado.

Hacemos el recorrido bastante rápido, como acostumbran a ser los viajes con mi padre. Nunca le ha gustado perder tiempo en el camino, una fila de conductores han desfilado por tal razón. Siempre busca llegar a sus destinos con la mayor rapidez posible, objetivo que no todos llegan a cumplir. En esta ocasión, un recorrido que sencillamente podría tomar una hora, se convirtió en tan sólo treinta minutos.

En la entrada del lugar, es más que visible la enorme fila de personas que se mueren por entrar al club nocturno. No obstante, nosotros nunca hemos tenido que esperar, el dueño de la instalación es amigo cercano de la familia y sabe quiénes somos. No me imaginaría a mi padre haciendo una cola de ese tipo, probablemente no terminaría bien.

Cuando los guardias nos autorizan la entrada, caminamos rumbo hacia dentro. La música climatiza el ambiente, le da un toque especial. La instalación cuenta con sobrado espacio, se nota que es muy amplia, cada grupo de personas es situado en locales, según la cantidad, que se hallan separados unos de otros.

Al vernos entrar, el encargado de ubicarnos nos dirige a un rincón, en donde hay una mesa y siete sillas esperando por nosotros. No es por alardear, pero este sitio está a menos de diez metros de la pista de baile, así que panorama a la vista hay y de sobra.

Después de haber tomado asiento, nos ponemos a platicar sobre el club, si alguien se lo conoce de punta a cabo es Richard Jefferson. A mitad de la conversación, somos interrumpidos por el camarero, que trae vasos y una botella de whisky escocés, para empezar la noche.

Amigos de la familia, invitados especiales y hasta guardias se pasan por nuestra mesa a cada rato en un afán por felicitar a mi padre. Son tantas interrupciones que llega a ser insoportable.

Dichas circunstancias, me obligan a separarme un poco, necesito refrescar. Abro camino a la barra, en la cual hago estancia para beber en tranquilidad. No es difícil darse cuenta de las miradas coquetas de las chicas que pasan a mi alrededor, pero no les sigo el juego.

—Eh, guapo, ¿no quieres diversión? Te noto tan solo...

Un susurro muy cercano a mi oreja hace que me sacuda del asiento en cuestión de segundos. Es el tipo de cosas que me pone cachondo al instante, una de mis debilidades. El bulto debajo del pantalón rápidamente hace acto de presencia, aunque lo intento disimular. Y no es para menos, la chica que tengo delante roza la perfección: rubia, de ojos claros y cara de zorra, la combinación perfecta.

—Sabes... en este momento lo tengo complicado, quedará para otra ocasión.

Duele esquivar una oportunidad como esta, pero la situación así lo requiere, nada más necesito engancharme con una tía precisamente hoy.

—Por mí bien, sólo que te quedarás con las ganas.

Su mirada baja levemente y llega hasta la parte que sobresale de mi pantalón. No sé cómo, pero en medio de esta oscuridad se dio cuenta de que estoy caliente, tendrá ardua experiencia en estos temas. Poco a poco, su cuerpo rompe el espacio que existe con el mío, mientras que su mano se desliza suavemente desde mi precio había abajo. Una sensación de placer se apodera en mí, es altamente difícil negarse a una tentación como esta.

Instintivamente, la vista se me va en dirección a la entrada principal del club. Es de esos momentos en los que no sabes la razón, pero solo miras a un lugar porque sí, por obra del destino.

—Pero que... ¡Maldición, hazte a un lado!

La adrenalina recorre mis venas a la velocidad de la luz. La mirada se queda estancada en ese rincón, no la puedo sacar de ahí. Ni siquiera tengo en mente la mujer con la cual estaba charlando, es como si se hubiera esfumado de mi cabeza. En la prisa por hacer uso del celular, se me resbala de las manos y cae al suelo. Hago un espectáculo en pleno club, agachado de rodillas buscando el teléfono como loco. Al cabo de casi un minuto de intensa búsqueda, finalmente hago contacto con él. Sin perder tiempo, llamo al número deseado.

—¡Ronald! ¿En dónde carajos andan?

Mezcla del ruido y la tensión, mi voz sale a gritos. A la vez que pregunto, intento encontrarlos echando un vistazo al lugar en el que nos encontrábamos minutos atrás.

—No se preocupe, sólo fuimos por par de botellas, ya estamos regresando.

Sus palabras suenan calmada, lo que me hace ver que no se ha enterado de nada. Menuda mierda de seguridad tiene mi padre, no es posible que nadie se haya dado cuenta todavía.

—Mira, pendejo, escucha bien lo que te voy a decir. Deja todo lo que estés haciendo y mira hacia la entrada de este puto recinto.

Aún no detallo en dónde andan, lo cual me impacienta aún más.

—Espera, esa es la...

—¡Sí! Esa es la agente de mierda que tenemos que matar. Ahora yo me pregunto, ¿qué cojones hace aquí y cómo es posible que todos ustedes no se hayan dado cuenta? ¿Para qué se les paga? ¿Para venir a tomar y vacilar tías?

—Es que su padre fue el que nos envió a por...

—No no, es que a mí me importa un carajo lo que les haya dicho, el jefe de ustedes soy yo, no él.

Las venas del cuello se me marcan estrepitosamente. De tantos gritos, la muchacha que se hallaba a mi lado ha salido asustada. Por dentro tengo muchas emociones encontradas: rabia, desesperación, impotencia. Tengo que desquitarme con alguien.

—Está bien, lo entiendo, pero dígame qué hacemos entonces.

Una carcajada sale de mí espontáneamente, algo irónico considerando la situación.

—Perro inútil, ¿me estás preguntando qué hacer? No lo puedo creer, se supone que tú eres el encargado de la seguridad, no yo.

—Lo único que se me ocurre es evacuar el lugar por la salida de atrás, nadie nos verá.

Es la primera idea lógica que plantea desde que comenzamos a hablar.

—Bravo, pusiste tu cerebro a trabajar. Haz eso, y dile a Robinson que venga a la barra, aquí estoy yo.

—¿Más bien no debería usted dirigirse también a la salida?

—¿Pero qué me estás diciendo, maldito infeliz? Envíalo para acá y no preguntes más. Muévete.

Sin más que añadir, cuelgo la llamada y espero atento a la posición en donde se ubica la agente. No entiendo qué esté haciendo en un lugar como este, no está hecho para personas que les gusta aparentar perfección. Incluso el vestido que lleva puesto es hasta indecente, cualquiera pensaría que es una de las tantas chicas que visitan a diario este club.

—¿Me mandó a buscar?

La voz de Robinson casi provoca que salte del susto.

—Podías haberme avisado y no aparecer así de la nada, ¿no?

—Es que la situación es grave, no hay mucho tiempo de por medio.

Esta vez tiene razón, por fin alguien que razona dentro del equipo.

—Está bien, olvídalo. Atiéndeme y escucha con atención lo que te voy a decir, no quiero errores, nos estamos jugando el futuro de esta misión, de aquí depende lo que está por venir.

Ashley

Nos encontramos en las afueras del club, al frente de la entrada principal. Estoy acompañada por mi padre y Edgar en una misión encubierta que he diseñado. Al doblar la esquina, se hallan dos furgonetas: una de ellas con una cabina de control desde donde se monitorea la operación, mientras que la otra contiene a un equipo SWAT, el cual está esperando nuestra señal para intervenir en el lugar. Nada puede salir mal.

No tenemos que aguardar ni un minuto para entrar, solo ha hecho falta mostrar nuestras credenciales a los guardias, que inmediatamente nos han hecho pasar.

Una vez dentro, un muchacho de corta edad, se encarga de posicionarnos en un sitio con una mesa y tres sillas. Instantáneamente, le echamos un vistazo completo al local, pero no parece haber rastros del objetivo. La inquietud comienza a aflorar en el ambiente.

El señor Brown, al estar al mando de la operación, informa por su intercomunicador sobre la ausencia de Richard Jefferson.

—Quizás se ha tardado y no ha llegado aún— dice mi padre.

—No sé, puede ser, pero igual me parece sospechoso que no esté aquí todavía, y más cuando es una fecha tan importante para él— suelto sin saber qué pensar.

—Bueno, sentémosnos a esperar— repone mi mejor amigo.

Pasa casi un cuarto de hora durante el cual nos lo pasamos inspeccionando de arriba a abajo todo el recinto, aguardando por la llegada de nuestra presa. No hemos bebido ni una gota de alcohol, ya que así lo prohíben los protocolos del FBI en las operaciones.

—¿Estás segura de que iba a venir, Ash?— pregunta mi papá un poco decepcionado.

—Sí, estoy segura. No sé qué habrá pasado, pero hoy a las ocho debía estar aquí— afirmo con un poco de rabia por no estar saliendo las cosas según lo previsto.

—Bueno, a lo mejor...— empieza a decir Edgar, pero es interrumpido por dos sonidos estrepitosos al lado de nuestros oídos.

¡PAM, PAM! Todo se queda en blanco, mis oídos retumban ante el estampido, estoy bloqueada completamente, sin saber qué ha pasado. Es todo muy confuso, me encuentro anonadada, necesito recomponerme.

Volteo la cabeza y observo un hombre de cabello negro vestido de traje, tendido en el suelo con dos heridas de balas, una en el abdomen y otra en su pierna derecha.

De pronto, todas las personas se lanzan al suelo, excepto un individuo que se echa a correr con un arma en la mano. Noto las fuertes pisadas de los dos agentes que me acompañan siguiendo al sospechoso, aunque mi padre se queda un poco rezagado por su edad.

Escucho los gemidos de dolor del muchacho que yace sobre el piso. Es ahí cuando recapacito y soy consciente de lo que ha pasado, de lo poco que estuve de poder morir. Ese disparo iba dirigido a mí, yo soy la que debe de estar en su lugar. No sé cómo ni por qué, pero este hombre se ha interpuesto en el camino de las balas, me ha salvado.

Repaso sus heridas y corro a hacer presión en ellas, evitando que se desangre. Lo menos con lo que le puedo devolver ese gesto que ha tenido es salvándole la vida, mi conciencia me obliga a ello.

—¡Necesito un paramédico, repito, necesito un paramédico!— informo por mi intercomunicador.

Del estado de shock en el que quedé, no había visto su rostro: sus ojos transmiten temor, la piel se me eriza, algo por dentro me prohíbe dejarlo ir. No entiendo el por qué, pero siento que todo el momento se reduce a él y a mí, yo intentando que sobreviva. Hay algo que me ordena salvarlo; quizás no pueda soportar vivir con la idea de que alguien murió por mi culpa.

—Por favor, por favor, quédate conmigo— ruego desesperada sin saber qué más hacer.

Y ahí, justo en ese momento en el que se debatía entre la vida y la muerte, sentí por primera vez que alguien me importaba más que a mí misma.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top