N U E V E
Charlotte
Me siento tan aliviada de que él sepa todo y que no haya salido corriendo. Bueno, espero que siga aún sentado en el sofá. Inhalo, exhalo. Me enjuago la cara de nuevo y la seco con una toalla. Abro la puerta del tocador y veo a Javier con la cabeza echada hacia atrás en el respaldo. Pobre, quizás fue demasiado. Será mejor que regrese a su apartamento y que yo me vaya a la cama. Camino hacia él y me siento a su lado. Su mirada me encuentra y empieza a examinarme el rostro con ojos llenos de compasión.
—No me mires así —le digo.
—¿Así cómo? —me pregunta juntando las cejas.
—Como si sintieras lástima por mí. No lo hagas, todo terminó ya, estoy bien.
—¿Realmente lo estás?
No quiero seguir hablando de mí, de mi pasado o de lo que sucedió con Scott. Así que elijo enfocarme en el hombre que tengo enfrente. Con el dedo índice, trazo una línea desde su ceja, pasando por su mandíbula para llegar a su barbilla. Cuando me acerco, Javier levanta la cabeza y nuestros labios se encuentran. Con mi lengua, recorro sus labios y él me brinda acceso. El pensamiento se me nubla cada vez que nos besamos y se apodera de mi un instinto que solo pide más.
Levanto una pierna y me siento sobre él, mi cadera se acomoda sobre la suya y sus manos se enredan en mi cabello, atrayéndome para un beso más profundo. Una sensación de tibieza me irradia desde dentro, me invade por completo y un gemido sale de mi boca. Mis manos se deslizan hacia abajo sobre su tonificado torso hasta que encuentran la piel bajo su camiseta. Me separo para bajar hacia su cuello y dejo un rastro de besos húmedos hasta su clavícula. Sus manos bajan hasta mi trasero y me aprieta antes de jalarme aún más cerca para sentir su dureza. Lo deseo. Mucho. Gentilmente, muerdo su mandíbula, haciéndolo gruñir antes de continuar con nuestros acalorados besos y mis caderas empiezan a moverse de arriba abajo sobre él.
—Por favor, dime que tienes un condón —le digo con la respiración cortada.
Javier sonríe y los ojos se le oscurecen.
—Nunca fui boy scout, pero vivo bajo su lema.
—¡Sí! —le doy un beso rápido en los labios, me levanto y lo tomo de la mano.
Me sigue por el pasillo hasta mi habitación, enciendo las luces y me pongo de rodillas sobre el colchón en la orilla de la cama. Javier se queda de pie frente a mí y me quita el cabello de la cara.
—¿Estás segura? —me pregunta en voz baja.
Asiento con la cabeza, tomando una respiración profunda.
Él se quita los zapatos y sus manos suben hasta detrás de mi cabeza, bajo mi cabello, para empujarme hacia atrás y besarme el cuello y la piel expuesta de mi escote. Su nariz se dirige hasta detrás de mi oreja e inhala.
—Hueles tan bien —murmura con voz profunda.
Mis manos encuentran la parte inferior de su camiseta, la levanto y se la quito. Esta es la primera vez que puedo observar de cerca su tatuaje. La rama de un cerezo lleno de flores rosas emerge desde la mitad de su pecho y llega hasta su hombro, donde las pequeñas flores parecen caer sobre el pez koi de color naranja que serpentea en su brazo. Es hermoso, el tatuaje está impecablemente hecho y no puedo resistirme a tocarlo. Sin embargo, me detengo antes de poder hacerlo cuando percibo la tensión en su cuerpo. Su rostro se torna serio y tiene los labios apretados, pero eventualmente, toma mi mano, la dirige hacia su corazón y lo siento latir fuerte en mi palma. Comienza a besarme de nuevo, cada vez con mayor intensidad, y un rayo de electricidad se dispara y recorre toda mi columna vertebral. Devoro sus labios y mis manos bajan por su abdomen, sintiendo cada bulto y hendidura de su definido cuerpo.
Con un movimiento rápido, me quita el top para revelar el sujetador de encaje negro que llevo puesto. Su mirada me examina y después vuelve a besarme el cuello. Con sus dedos, desabrocha el sujetador por la parte de atrás, suavemente baja los tirantes y yo dejo que la pieza de ropa interior caiga. Una de sus manos sube para acariciar mis senos y un gemido se ahoga en mi garganta. Pero mis ojos se abren cuando repentinamente dejo de sentirlo. Javier sigue de pie, con los brazos a los lados y con el rostro algo preocupado.
—¿Qué ocurre? —le pregunto.
—Yo... —levanta sus palmas para observarlas y cierra los puños—. Siento que mis manos son demasiado ásperas para tu piel.
Si tan solo pudiera expresarle lo mucho que me excita cuando me toca.
Lo tomo por las muñecas y traigo una de sus manos hacia mi cintura y la otra frente a mi cara para comenzar a plantar suaves besos en su palma y llevarla de nuevo a mi pecho.
—Tócame —le susurro.
Nuestros cuerpos chocan otra vez, esta vez piel con piel. Él me recuesta sobre la cama sin dejar de besarme hasta que sus labios comienzan a bajar y me quedo sin aliento cuando su lengua descubre uno de mis pezones y toda mi piel se eriza. Una de sus manos me recorre desde la mejilla, pasando por en medio de mis senos y hasta el ombligo. Su boca empieza a recorrer ese mismo camino, sanándome, borrando cualquier huella de dolor que quedaba en mí. Su mano llega por debajo de mis jeans y entonces recuerdo que no traigo ropa interior. Javier se detiene y levanta la cara para mirarme con las cejas levantadas.
—Es que... no tenía ropa interior limpia que ponerme esta mañana —le explico, estando cien por ciento segura de que mis mejillas están tan rojas como tomates.
Él sonríe y baja hasta mi oreja.
—Eso es muy sexy. Tú eres jodidamente sexy.
Me estremezco de pies a cabeza y mis dedos se hunden en su espalda cuando él continúa explorando debajo de mis pantalones. Una serie gemidos salen de mis labios y finalmente Javier me quita los jeans. Me quedo totalmente desnuda y lo único que quiero sentir es el calor que emana de su cuerpo. Me besa de nuevo, más profundamente que antes y me dice entre dientes:
—Quiero probarte, ballerina.
Mis manos se deslizan hacia el edredón e intento prepararme para lo que se avecina. Javier me besa el pecho y el abdomen, dejando pequeñas marcas húmedas sobre mi piel mientras sigue yendo cada vez más abajo. Cierro los ojos porque no puedo evitar sentirme demasiado expuesta y mis manos se convierten en puños cuando siento su lengua tibia. Él se detiene y sus manos alcanzan las mías para entrelazar nuestros dedos.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Solo atino a decir que sí con la cabeza.
—Okey, entonces intenta relajarte —me dice en voz baja mientras pequeños besos suben por el interior de mi muslo—. Eres muy hermosa, Charlie.
Su lengua me encuentra de nuevo y se abre camino hasta mi centro haciéndome poner los ojos en blanco. Es bueno haciendo esto. Muy bueno. Con cada uno de sus movimientos la respiración se me acelera, no quiero que esto termine jamás. El calor comienza a irradiar hasta mis manos y pies mientras él me devora por completo y siento que va a suceder. Las sensaciones se intensifican y no puedo más, la espalda se me curva y mi cabeza se entierra en el colchón. Mi boca se abre, pero nada sale de ella mientras me desmorono poco a poco. Por un momento, me voy, no estoy más y solo soy consciente de la satisfacción que me invade. Poco a poco, sus besos en mis muslos me hacen regresar y me siento para traerlo hacia mí y comerme sus labios. Quiero más. Quiero todo de él. Con dedos torpes, desabrocho su pantalón y meto mi mano para sentirlo, y su gruñido se aloja en mi boca.
—Te necesito dentro de mí ahora mismo —le ordeno.
Javier deja la cama para quitarse los pantalones y yo me quedo recostada aun intentando normalizar mi respiración después de lo que me hizo. Lo escucho abrir el condón y al poco tiempo está sobre mí de nuevo.
—Ballerina, mírame.
Mis ojos se clavan en los suyos y poco a poco se introduce en mí, deslizándose fácilmente en mi humedad hasta llenarme por completo. Todo a mi alrededor desaparece y solo puedo ver su hermoso rostro con los labios entreabiertos, ojos oscuros y la mandíbula tensa. Mis dedos acarician su mejilla, intentando descifrar si esto es real, si esta conexión supernatural que siento es realmente posible.
—Jamás te lastimaría, Charlie.
—Lo sé... —le contesto y levanto la cabeza para plantarle un beso en los labios—. Lo sé.
Javier comienza a moverse más, haciéndome gemir con cada estocada y mis caderas empiezan a seguir su ritmo mientras nos fundimos el uno en el otro. Mis uñas se entierran en los músculos de su espalda conforme el placer se incrementa. Creo que va a ocurrir de nuevo y nunca he llegado de esta manera.
—Espera... —con una mano detiene mi cadera y comienza a salirse de mí.
—¡No! —le ruego tomándolo de los brazos para mantenerlo en su lugar.
—Necesitamos cambiar de posición, es muy pronto.
Con la respiración agitada, niego con la cabeza.
—Voy a terminar de nuevo, por favor no te detengas.
Sus ojos se agrandan y de una sola estocada se introduce por completo nuevamente para que volvamos a encontrar nuestro ritmo. Mis ojos se cierran y su cabeza baja hasta mi cuello, donde puedo sentir su aliento húmedo sobre mi pecho. Con las manos me aferro a su espalda. Más. Más. Le vuelvo a suplicar que no se detenga y segundos después una explosión de placer se apodera de mi cuerpo, haciéndome gritar su nombre. Una. Dos. Tres estocadas prolongadas me hacen saber que los dos terminamos juntos y sus dientes se entierran suavemente en mi hombro.
Lentamente vuelvo al planeta a Tierra y la habitación reaparece a mi alrededor, mientras siento su cuerpo relajarse con el mío, intentando recuperar el aliento. Javier levanta la cabeza y me mira con una pequeña sonrisa dibujada en los labios. La punta de su nariz toca la mía y me dice:
—Eso estuvo increíble, ballerina.
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