Capítulo 33
Zila Reagan
—¿Qué ocurre?
Noto a Lennon distraída, por lo que intento llamar su atención en medio de la explicación de Ginebra sobre las siguientes actividades a desarrollar.
Me mira.
—Nada —responde, hace una pausa antes de agregar—; ¿piensas qué podríamos contra ella? —apunta mostrándose curiosa.
Oprimo los labios.
—No lo sé —Subo los hombros. —Mi padre ha dicho que Los Milagros son peligrosos, inclusive para los Ducados de los imperios.
Lennon desvía la mirada antes de volver a verme a los ojos.
—Tienes razón.
—¿En qué piensas?
Ella se ve insegura a la hora de hablar.
—Mi aptitud podría ponerla en aprietos —confiesa. Entonces sus palabras captan por completo mi atención porque Lennon no suele hacer mención de sus habilidades— y tu magia podría convertirse en la detonante al momento de dar el golpe final. Además, Tempus sería de gran ayuda, y si tenemos en cuenta a Gwen... —Oír a Lennon no es algo nuevo para mí, pero el hecho de que se atreva a dar una estrategia sobre un combate llama la atención.
«Nunca has querido hablar de ello. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?»
—Podrían poner atención.
La voz de Gwen me trae a la realidad.
—Lo siento. Me he emocionado —murmura, avergonzada.
—No te preocupes, Lennon.
Ambas intercambian miradas.
—Oí que Daren vendrá —La voz de Duncan a nuestras espaldas produjo una mueca en Gwen.
—No sé puede aprender con ustedes... —farfulla.
—¿Adónde escuchaste algo así? —Lennon tira levemente la cabeza hacia atrás para verlo, ya que él está de pie a su espalda.
—Ginebra.
—Qué extraño —susurro.
«No es habitual que se encuentre más de un Antiguo en un lugar.»
—Bien —Todos desviamos la atención a nuestra superior. —Esas son las tareas que le encomendó Fatheree a cada equipo. ¿Alguna duda?
Los cuatro intercambiamos miradas mientras los demás aclaman con efusividad de manera afirmativa.
—Ustedes...
—No debes alarmarte... Gwen —suspira Lennon y le palmea la espalda para animarla—. Los demás habrán escuchado, deberíamos solo preguntar.
—Estamos juntos —Observo a Duncan, quien me habla de manera desganada.
—Qué aburrido —murmuro.
—Lennon y Gwen también están con nosotros.
—¡No puedo creerlo! ¿Escucharon eso? —grito con fuerza.
A cambio, mi mejor amiga me muestra una sonrisa cuando paso los brazos por encima de los hombros de ambas.
—Al parecer son equipos de cuatro integrantes —anuncia Duncan enseñando la muñeca.
Las tres rebuscamos en nuestra extremidad y notamos que un número ha aparecido en ellas.
«4.»
—¡Ha! Nos han marcado como ganado —rechista Lennon, haciéndome reír.
—Deberías sentirte privilegiado, guerrero. Estás con tres magas sobresalientes —alardeo, aferrándome a mis amigas.
Él enarca ambas cejas.
—Una completa distracción —suspira.
—Los tres estaban hablando mientras daban las instrucciones, Duncan —replica Gwen. Ella se cruza de brazos molesta, por lo que Lennon y yo reímos. —También eres parte de este lío.
La mueca de él nos obliga a sonreír con complicidad.
(...)
—No puedo creer que estoy limpiando la basura ajena... —reprocha Duncan—. Qué pereza.
—Yo tampoco.
—¿Piensan que intercambiaron nuestra tarea? —pregunto y veo a ambos.
Gwen levanta los hombros.
—Tendría sentido... ¿Quién quiere limpiar los desechos de los demás?
La mueca de asco de mi compañera al levantar un ropaje estancado en la alcantarilla me obliga a desviar la mirada.
«¡No puedo soportarlo!»
—Qué clase de broma... ¿En serio? ¿Una duquesa limpiando mierda ajena? —escupo molesta.
—Dejen de quejarse.
Los tres volteamos a ver a Lennon, quien está recostada en un banquillo de la calle mientras llevamos a cabo el trabajo sucio.
—¿Qué haces ahí? ¡Levántate!
Ella rechista cuando oye la queja de Gwen.
—Ya hice mi parte —alza la voz—. César me ayudó, ustedes son los dormidos —señala burlesca.
En cambio, César se ve muy contengo al estar a un lado de ella mientras tiene las piernas colgando y las mueve al comer... ¿Eso es una fruta podrida?
—¿En qué momento?
—Cuando estaban discutiendo por dónde empezar.
—El holgazán buscará la manera de facilitarse las cosas —suspira Duncan.
Él agarra del cráneo a César con la finalidad de sacarle un papel que tiene en una de las costillas.
—César devoró —rio sin poder creerlo. Me golpeo la frente por no ser capaz de recordar que es un acompañante que disfruta de comer las cosas de su alrededor, más si se trata de desechos.
—Lo lamento, Gwen. No consumo basura —suspira Tania, aferrándose a una bolsa de papel.
—No te preocupes.
—Willow.
—No te atrevas... Vas a meternos en problemas —advierte Duncan y me lanza una mirada fulminante cuando me acerco a mi compañera.
—¡Ah!
—Hagamos un acuerdo —indica Lennon. Ella se sienta con las piernas cruzadas, por lo que los tres nos reunimos. —César va a limpiar la ciudad... —hace una pausa e inhala con fuerza antes de hablar—: A cambio, ustedes van a mancharse las manos por nosotros en la próxima tarea.
—¿Nos estás chantajeando? —cuestiona Gwen y hace una mueca al vernos—. No pienso ser parte... —La interrumpo.
—¡Claro!
—Piénsalo, curandera. ¿Quieres seguir ensuciando tus manos suaves con mierda ajena? —insiste Duncan y enarca una ceja una vez se cruza de brazos.
—Estoy de acuerdo con él. Además, no es parte del aprendizaje trabajar en equipo y aprovechar las habilidades de cada integrante.
—¡Solo quieren lavarse las manos!
—Dos contra uno —cierro el trato estrechando la mano de Lennon, quien sonríe triunfante.
—¡Sabia decisión!
(...)
—¡Eh! —grito porque intento llamar la atención de las chicas.
La tarde se pasó volando gracias a que César se tragó toda la mierda de la plebe. Fue un punto a favor. Aunque para nuestra mala suerte, Ginebra nos dio otra tarea.
Ella nos envió al bosque con la finalidad de despejar los caminos de las ramas caídas, evitar que los animales no hayan sido encerrados por las trampas de los cazadores, entre otras cosas.
En resumen, tenemos que hacer mantenimiento de la flora y analizar la fauna. Haber venido a Vulgus empieza a aburrirme.
—¡Oh! Por Arán —Tania se emociona al ver a la especie de felino enfrente de nosotros.
Él se muestra asustado y a la defensiva, ya que tiene la pata atrapada en una trampa de osos.
—¡Un gato de tierra! —grita Lennon asombrada—. ¿Saben lo difícil que es encontrar esta especie con vida? —prosigue—. Es impresionante.
—Si lo liberamos va a escaparse... —murmura Gwen— o peor aún, podría atacarnos.
—No lo creo —menciona Duncan, pero le pongo un alto para que no de un paso más.
—No —digo y luego hago una pausa—; si se siente amenazado, aumentará su tamaño y llamará a su camada. No nos conviene presionarlo.
El gato de tierra es un animal extraño, en especial por la cabeza de perro que posee y su alargada cola, que llega a medir más de dos metros.
El que encontramos es pequeño, no alcanza a los 50 centímetros, tiene un pelaje corto y unos colmillos bien afilados que podrían arrancarle el brazo a una persona de un mordisco.
Se dice que tiene una mordida poderosa, ya que ejerce 7.700 por pulgada cuadrado una vez entierra los dientes en su presa.
Él se protege y caza gracias a que se camufla en la tierra cuando se agazapa. Además, tiene un temperamento peligroso, en el momento que recibe una descarga de adrenalina, su pelo se eriza y encorva la espalda, lo que son señales de que está a punto de atacar.
Y, como todo en este mundo, el gato de tierra es capaz de usar magia... convirtiéndose en un animal demasiado peligroso.
—Eh, César. Yo también estoy disgustada, pero por qué te comportas así.
Corro la mirada a Lennon, quien tiene a su acompañante en brazos.
«No puedo creer que le tengan miedo a los gatos.» Pienso y me divierto al ver la expresión de incomodidad de mi amiga.
—Está asustado —murmura.
—Tranquilo, César. Ya nos encargaremos de esto —apunta Gwen y palmea el cráneo de él con cariño para calmarlo.
—¿Qué ocurre? —Mi mirada recae en la mueca descompuesta de Lennon, quien observa al animal con terror.
—Puedo ver... —murmura— su marca de acompañante.
—¡Cuidado! —gritan a un lado de mí.
Duncan me empuja, haciéndome rodar por el suelo, con el objetivo de frenar el hechizo de alguien más. Él se escuda con los antebrazos para que la inmensa roca no impacte con las chicas.
—¡Detrás, Zila! —grita Lennon.
—¡Ignis!
El escudo me defiende de mi eventual agresor, por lo que me volteo para darme cuenta de que intentaban asesinarme.
El fuego consume al mago que pensaba matarme y el arma cae al suelo envuelta en llamas. Mi ira se desencadena por suponer que alguien me habría dado de baja por atacarme por la espalda.
Me aferro al filo ardiente con rabia y me corto. Mancho la espada de sangre, pero el único dolor que podría sentir se convierte en enojo.
«No matarán a un Reagan de esta manera.»
Me pongo de pie y volteo en el sitio para ver que Duncan se deshizo de la inmensa roca partiéndola a la mitad.
—Buen trabajo, guerrero —halago.
Él me mira de reojo y su visión termina en mi mano ensangrentada.
—Lo mismo puedo decir.
—Gwen.
—Chicos, por favor. ¿Están bien?
—Zila —Lennon se aferra a mi brazo—. No era necesario —Me obliga a abrir la mano en el momento que la aprieta. —No deberías hacerte daño de manera innecesaria —Ella envuelve la herida con un pañuelo para detener el sangrado.
—Me molestó.
—Lo sé.
—¿Pero?
—El orgullo no es más importante que la vida —concluye.
—¿Acaso vas a darme un sermón? —enarco una ceja.
Ella se muerde la lengua, enseñándome su molestia.
—Cállate —escupe.
«Creo que la hice enojar.»
—¿No es divertido? —pregunto con picardía, a lo que ella me fulmina.
—No bajen la guardia —La voz de Duncan nos llama la atención. — No sabemos si hay más de esos tipos por aquí. Además, el mago que lanzó el hechizo no ha dado la cara.
—Deberíamos ir con Ginebra —declara Gwen mientras venda los brazos de nuestro compañero—. Seguir es peligroso, más con esa cosa —farfulla viendo de reojo al gato de tierra—. Ven, Zila.
—Algo me dice que no vamos a salir de aquí en buenas condiciones —balbucea mi amiga, viéndonos preocupada.
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