Capítulo 10
He diseñado a Lennon utilizando la plataforma Artbreeder.
Atte: thealphaofc
(...)
Lennon Campbell
—¿Zila? ¡Zila! —espabilé.
¿Qué hago? ¡Ay, no!
La tensión se instala en mis hombros, por lo que observo de soslayo a Adhara, quien mantiene una postura relajada.
—Tenemos que presentarnos en Tempus, ¿acaso olvidaste que Fatheree iba a dar un discurso? —cuestionó molesta, rozando mi nariz con el dedo índice.
Levanto la mano, llamando la atención de Zila. Ella desvía la mirada, quedando tiesa en el momento que ve la presencia majestuosa de nuestra soberana.
—¡Saludos a Lady de Azhara, Emperatriz del Imperio de Urbs! —estalló siendo elocuente, haciendo una reverencia.
Sonreí divertida por su reacción, enarcando una ceja al colocar una mano en la cadera.
—Es un placer tener presente a estudiantes de Tempus, mis condolencias —correspondió entristecida, caminando hacia nosotras—. La fuerza de Urbs recibe en el futuro —murmuró siendo dulce, posando una mano en el mentón de mi amiga para subirlo—. Me siento orgullosa, ¡me recuerdan a mi príncipe encantador! —parloteó, palpando nuestras mejillas.
Zila se ruboriza y la mira maravillada por el contacto de la madre del imperio, por lo que me divierto en pensamientos.
—Lo siento por retrasarlas —farfulló alarmada—. La educación del futuro es primordial —declaró encantada—. Me retiro —saludó sonriente, viéndome de reojo.
Qué extraño.
Zila vuelve a bajar la cabeza para despedir a la madre del imperio, a lo que me burlo aguantándome la risa.
—No seas imprudente —escupió, golpeando mi nuca para que quede a su altura.
(...)
—Me pregunto qué dirá —murmuré, llevándome galletas a la boca—. ¿Qué piensas, Zila? —cuestioné curiosa, haciendo que cubra la mitad de mi rostro porque sin querer enseñé lo masticado.
—No lo sé —musitó, revisando su libro de magia—. ¿Un discurso sobre lo sucedido en la isla? —cuestionó pensativa, rascándose la cabeza.
Trago con esfuerzo, sintiéndome atorada por un segundo.
—¿Tú crees? —respondí, golpeándome el pecho con cuidado—. Solo hay estudiantes —declaré, observando con atención el teatro de Tempus— y alumnos extranjeros -recalqué viendo a Maeve y caras desconocidas.
Cierra el libro, a lo que la miro dudoda porque se trata de un manual de Mors.
—¿Cuántas gemas lleva César? —preguntó, cambiando de tema.
Su interrogante me toma por sorpresa, a lo que me encogí.
—No lo sé —contesté con simpleza—, pero deberíamos ir en la próxima expedición a buscar gemas —musité divertida—. Me encanta perder el tiempo en los campamentos de colecta.
A cambio, frunció el ceño.
—¿Qué ocurre? —pregunté, viéndola hostigarme con la mirada—. No empieces con tus cosas raras —reproché sintiendo escalofríos, viendo sus ojos aclararse a fin de ver mis pensamientos.
—Ni siquiera fue ascendido —murmuró, llamando mi atención—. ¿Cómo es posible que él se haya recuperado y Willow todavía siga indispuesta? —susurró, a regañadientes, aferrándose al libro.
—Zila —llamé.
—César es extraño, al igual que tú —concluyó—. Mi trabajo final se va a tratar de los usuarios de Mors —musitó, dejándome perpleja.
—Me sienta mal cuando empiezas a murmurar —confesé abrumada.
—Saludos, jóvenes de Tempus.
La voz imponente de Fatheree resuena en el teatro, captando con rapidez la atención de todos.
El silencio se presenta.
El viejo mantiene una postura encorvada enfrente de la multitud, teniendo las manos entrelazadas en la espalda. Sus ojos cerrados no se abren ante los sucesos que ocurren a su al rededor, de hecho, él es ciego. Y la barbaba, al igual que el bigote, son blancos por las canas y largos. Él lleva vestimentas modestas, de hecho, se trata de una simple cogulla blanca.
Es un pelón eficaz.
Carcajeo en mi interior, viendo su cabeza brillar por las luces.
—No empieces, Lennon —farfulló mi amiga, porque empecé a removerme inquieta debido a la gracia.
—¡Mi consideración por aquel futuro caído ante nosotros, por manos, con la facultad de hacer temblar nuestro imperio! —declaró con energía—. La capacidad del alumnado no fue suficiente para enfrentar la devastación de seres superiores, ¡Tempus se siente culpable! —sentenció con seriedad.
Entonces se anuncian Los Antiguos, magos que el imperio considera singulares. Ellos aparecen detrás de Fatheree.
A cambio, se oyen suspiros por la presencia de aquellos magos que reciben el reconocimiento de los emperadores.
¿Qué ocurre?
—No hemos podido enseñarle al futuro la fortaleza que se necesita para hacerle frente a cualquier situación que atente la paz —proclamó—. Por eso mismo, ya no habrá pruebas absurdas, sino un reto para los alumnos que van a representarnos ante los demás imperios. ¡Los Antiguos van a guiarlos en su nuevo camino como guerreros de Urbs!
—No puedo creerlo —suspiró con asombro Zila, volteando a verme.
—Yo... —balbuceé—. Yo tampoco —asumí, observando a Date de pie en el escenario.
—El programa de la Acamedia se modificó con el objetivo de obtener resultados eficaces. ¡Va a ser estricto! —prosiguió, llamando al murmullo de los estudiantes—. Las prácticas serán intensivas, al igual que expediciones. Ellas van a ser en terreros peligrosos para poner a prueba sus conocimientos sobre la magia, lo físico y la afinidad entre sus compañeros.
¿Qué va a pasar a partir de ahora?
No puedo evitar agarrar mi cabeza en pensamientos, ¿cómo voy a afrontar esto? No tenía en mente que esta decisión podía ser posible, ¡hasta hoy!
A partir de ahora va a ser difícil tratar de esfumarme sin que nadie lo note. Quiero decir, está claro que no puedo hacer hechizos sin que Date me lo ordene. ¡Tampoco dispongo de mi fuerza con el objetivo de realizar actividad física! En lo único que puedo destacar es en la afinidad que poseo con César, pero no sería suficiente.
Estoy en problemas.
(...)
—Eh, Farrell —llamé, viéndolo a la distancia en los pasillos.
Él se voltea observándome de reojo, pero no dice nada.
—Te debo una —concluí, llegando a su lado—. ¿Cómo estás, Maeve? —musité divertida.
La castaña de ojos pardos se encogió antes de señalarme.
—A mí también me debes una —corrigió, haciéndome suspirar.
—Terminé endeudada —declaré, arrancándoles una sonrisa divertida.
—Pienso aprovecharla —concluyó Benjamín, a lo que desvíe la mirada hacia él—. Me encantaría tener una pelea contigo —musitó pensativo. Enarqué una ceja. —Eres buena.
Me sorprendo por sus palabras, concluyendo que él, tal vez, pudo llegar a verme cuando me enfrente a ese mago.
—Qué opción tengo —murmuré desganada, subiendo los hombros—. Ahora todos desean fastidiarme —bufé, apoyándome en la pared de los pasillos concurridos.
—Sé positiva —insistió Maeve, a lo que reí recordando a Zila.
—Ni en un millón de años —contestó siendo sarcástico, a lo que le golpeé el hombro.
—Oh, vamos —manifesté.
—Campbell —llamó con seriedad Benjamín, a lo que hice una mueca—, eres una holgazana.
Me llevo una mano hacia el pecho enseñando una expresión de completa indignación.
—No seas duro, Farrell. Mi amiga podría patearte el trasero si fuera en serio, ¿sabes?
La voz de Zila me arranca una sonrisa.
—Los resultados no dicen lo mismo —pronunció siendo altanero, a lo que elevé una de las cejas.
—Ella renunció —declaró con obviedad.
—No te precipites, Zila —reí—. Yo nunca iría en serio, pero sí lo hago. Quién sabe... —curve la comisura de los labios en una sonrisa filosa— a lo mejor deberías ir con todo lo que tienes, ¿eh, Benjamín?
La risa de Maeve y Zila no se hace esperar, las mismas provocan que Farrell se cruce de brazos. Él ve en otra duración, encogiéndose por lo dicho.
—Quién sabe —suspiró, viendo su reloj—. Tenemos que ir a clases McCan. Adiós, Campbell, Reagan.
—¡Adiós, chicas! —saludó—. Nos vemos en las prácticas.
Ambas compartimos la sonrisa de Maeve, quien siendo efusiva se despide empezando a caminar a un lado del presidente hacia su salón.
Bostezo, al igual que César. Me cruzo de brazos, apoyando la cabeza en la pared, contemplando el techo con dibujos del pasado.
¿Qué haré a partir de ahora?
Mi ceño se frunce.
—¿Qué ocurre?
—Eres mala, Zila —comenté divertida—. Te encanta burlarte de los demás —murmuré, cerrando los ojos.
Ella ríe por mis palabras.
—Bueno —suspiró, agarrando a César a fin de ponérselo sobre la cabeza—. Algo me dice que ustedes dos le darían trabajo a cualquiera —murmuró.
Enarco una ceja, oprimiendo los labios cuando sé que debemos ingresar al aula.
—Quién sabe —farfullé, viéndola de soslayo—. Pero no me interesa —sonreí.
—¡Oh, vamos! —chilló frustrada—. Ya no somos niñas, Lennon. Empieza a tomarlo en serio.
En tus sueños, Zila.
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