Capítulo 09

Lennon Campbell

Golpeo la puerta con la mano libre porque la contraria sostiene el suero.

Las enfermeras dijeron que podía pasar por las habitaciones de mis amigos. Gracias a Urbs, en la tarde van a darme de alta. Así que, no lo pensé dos veces, a pesar de llevar puesto un camisón me dirigí lo más rápido que pude hacia el cuarto de mi mejor amiga.

—Adelante.

César se aferra a mi cabeza cuando pongo la mano en el pomo de la puerta para abrirla.

No eres el único ansioso, César.

—Hola —saludé con calma, encontrándome con la melena despeinada de Zila mientras almuerza un tazón de sopa.

Ella tarde en reaccionar, pero puedo notar cómo sus ojos celestes se cristalizan al verme y, sin querer, sus mejillas se acaloran con violencia.

—¡Lennon! —gritó conmocionada, saltando de la camilla con el objetivo de abrazarme con todas sus fuerzas.

En su accionar ella voltea el tazón de sopa que había en la bandeja.

Sus quejidos se mezclan con los chasquidos de César, quien trata de apretujarnos.

—Yo también estaba preocupada por ti... no quería perderte —susurré, en respuesta a su llanto.

—¡Te detesto! —sollozó, rabiosa, empujando mi hombro—. ¿Cómo fuiste capaz de hacerme algo así? ¿¡A mí!? —cuestionó abrumada.

Sus ojos rojos por el llanto logran afligirme, por lo que hago una mueca de dolor empezando a negar.

—Quería salvarte —respondí siendo honesta, bajando la mirada al suelo.

Paso con rapidez el dorso de la mano por mis mejillas para que no vea mis lágrimas.

—En ese momento, no pensé en otra cosa. ¿Cómo podría ponerte en peligro? No sabía qué estaba pasando en Tempus —confesé desesperada, oprimiendo los labios—. Solo quería salvarte, Zila.

—Pude haber peleado a tu lado, ¡lo sabes! —refutó en un gruñido—. Me rompiste el corazón —susurró, en un hilo de voz, a lo que la veo con sorpresa.

Yo no quería hacerlo.

—¡Estabas agotada! ¿Por qué arriesgarte? —cuestioné atónita.

—¡Por lo mismo que te arriesgaste tú! —gritó.

Mi mirada retiene las lágrimas que tratan de escapar.

—Solo ibas a complicar la situación —contesté molesta—. No necesito que me agradezcas, yo hice lo que considere que era correcto —puntualicé.

Su mirada me está fulminando, pero el semblante tranquilo que mantiene me produce desasosiego.

Hay tantas palabras que necesito decirle, también confesarle que tuve mucho miedo en ese momento.

—Enójate, ¡yo te comprendería si lo haces! —hice una pausa, inhalando con fuerza para recuperarme—. Pero no tenías a Willow contigo. Después de lo que mostró la transmisión no iba a quedarme de brazos cruzados, ¡no quería verte decapitada!

Deja de verme como si te subestimara.

Subo los hombros, sintiendo una molestia en el pecho.

No sé qué más puedo decir para hacerle saber que estoy siendo honesta de corazón.

Yo entiendo que en ese momento actué con imprudencia y no pude pensar con claridad cuando ocurrió lo de la Arena. Sin embargo, no podía quedarme sin hacer nada y ver como mis compañeros morían. La simple razón de creer que Zila pudo haber sido uno de ellos me deja sin aliento.

Ella desvía la mirada, cruzándose de brazos. Abre la boca para decir algo, pero la cierra con disgusto.

—¿Sabes? —murmuró—. Detesto que ambas tengamos razón —concluyó molesta—, aun así, no vuelvas a hacerlo, por favor —respondió.

—Lo prometo —afirmé, lanzándome a su cuerpo para estrecharla entre mis brazos—. ¡No podría vivir sin ti! —grité con exageración, haciéndola reír.

César cruje la mandíbula, aferrándose a la cabeza de mi amiga.

—Ahora... —murmuró, peinando sus cabellos hacia atrás, porque su melena es un desastre—. ¿Cómo pasó eso? —preguntó, señalando mi ceja al sentarse en la camilla.

Me cohíbo, sintiendo un escalofrío subir por mi espina dorsal. De hecho, jamás podría olvidar ese momento.

—El mago que enfrentamos invocó a los muertos para poder matarme —susurré, aferrándome a mi brazo con paranoia—. Mis extremidades fueron dañadas porque trató de retenerme —hice una pausa, observando mi cuerpo recuperado—. Por poco uno de sus esclavos me cortó a la mitad, pero apareció Farrell y lo evitó. El resultado de esa pesadilla fue esta herida —finalicé.

—¡¿Gehenna?! —cuestionó con sorpresa.

—Y Mors —concluí, reaccionando de la misma forma—. Me sorprende haber sobrevivido —declaré siendo sincera.

—A juzgar por sus habilidades de combate era categoría Magister o Peritus. Yo no logré hacerle daño, mis intentos fueron en vano... es que rebotaba todos mis hechizos —confesó atónita—. Le habrás dado pelea porque lo obligaste a usar magia.

Me aferro a la escoba que hay a un lado, adoptando la posición de mi anterior oponente, empezando a imitar sus movimientos.

—Le rompí la nariz —liberé con seriedad, realizando en cámara lenta las acciones que él hizo en la pelea—, pero siento que fue una estrategia para que me confíe —afirmé, frunciendo el ceño—. Él quería hacerme sobresalir con el objetivo de acabar conmigo —sentencié.

El hechizo fue una demostración para enseñar que es alguien superior y eso me molesta.

—Sé más positiva —retó, cruzándose de brazos—. El hecho de haber sido capaz de enfrentar a un mago así te pone en la mira del imperio, ¿quién lo diría? Mi mejor amiga holgazana es alguien superior —parloteó burlesca.

—Tuve suerte —murmuré—, si no fuera por Benjamín yo estaría muerta. Debo agradecerle —suspiré desganada, dejando el palo—. No me gusta pelear, Zila. Pero si es necesario no puedo hacer la vista gorda, nuestro deber es proteger Urbs —recordé, lanzándome a los pies de la camilla para estar boca abajo.

—Qué aguafiestas —farfulló. Al cabo de unos segundos, su panza rugió. —No pude comer nada —lloriqueó, haciéndome reír.

(...)

Un día gris para Urbs.

Las familias lloran la pérdida de sus parientes y hoy es el momento indicado para verlos por última vez. Es una muerte que propagó tristeza entre las personas que se despiden con melancolía de un amigo, hermano, hijo, sobrino o nieto.

Hay tantas palabras que no se dijeron a tiempo que ahora ya no importan y eso es lo que más duele a la hora de decir adiós.

Las despedidas son dolorosas.

Zila se aferra a mi hombro con fuerza, teniendo la visión vidriosa porque no lo solo hubo muerte en Tempus. También el accidente de la isla produjo heridas que serán imposibles de olvidar para quienes presenciamos acciones escalofriantes. Cierro los puños.

En la entrada imponente del castillo, con sus preparativos correspondientes, se da el funeral de los jóvenes asesinados en la arena.

El imperio está triste, las personas se visten de negro para darle luto a esas almas inocentes que murieron a manos de seres inhumanos.

El emperador y la emperatriz brindan sus condolencias a través de discursos dolorosos. Los soldados se encuentran a las espaldas de los estudiantes vestidos de blanco venerando a los caídos.

El Podio se presentó con angustia.

Hay tantas maneras de poder decir adiós, despedirte de alguien que saludaste en la mañana o chocaste sin querer, bromeaste en las asignaturas para perder el tiempo o compartiste un almuerzo.

Sin embargo, ya no sé puede porque ellos no están y lo que pensábamos decirle ya no van a oírlo.

Los culpables van a ser ejecutados por las manos del Imperio de Urbs o mis compañeros no van a poder descansar en paz.

Vas a desear no haberme dejado con vida, mago.

(...)

—Srta. Campbell.

Me volteo en el lugar, escuchando la elegancia de aquel pronunciamiento a la hora de llamarme. Y, sin querer, mis ojos se abren con sorpresa al encontrarme a la emperatriz con sus sirvientas más fieles detrás.

Su presencia es majestuosa, incluso para alguien que solía frecuentar el castillo. La emperatriz suele vestir con tonalidades blancas, azules y celestes.

En su juventud llegó a ser una mujer preciosa y encantadora, de hecho, ella lo sigue siendo. El imperio ama a su soberana.

Es una dama elegante y con humor, de tez blanca y ojos celestes, mejillas rosadas y cabellera rubia, la cual siempre lleva recortada hasta el mentón.

—Hola —saludé sin más, haciéndola sonreír.

Hago una reverencia con rapidez, olvidándome, sin querer, de las formalidades.

—No ha cambiado nada —dijo divertida, analizándome con sus ojos claros—. Ya es una preciosa señorita, ¡es un encanto! —halagó siendo dulce.

De hecho, esta reacción tiene una explicación apropiada.

Los padres de Date saben quién soy, es decir, él no se los podía ocultar, ya que ser su acompañante me convierte indirectamente parte de la familia real. ¡Pues, se está hablando del futuro heredero al trono! No dispongo de la capacidad y las aptitudes de la realeza, pero de una forma u otra mi rango es superior a cualquier habitante.

Aquí va el cuento, resumido por supuesto, luego se los contaré a detalle.

Cuando me crucé a Date en Tempus yo tenía nueve años y no sabía a lo que me enfrentaba, de hecho, mi profesor en ese entonces Fatheree se vio más afectado por el acontecimiento.

A pesar de ser mayor que yo por cuatro años, él ya poseía el título de Antiguo Milagro y Sombra de Urbs, por lo que en ciertas tareas ambos compartimos un entrenamiento en común y estudios similares. Mi persona no se podía quedar atrás, porque mi obligación era estar a la altura del heredero al trono.

Solo nosotros sabemos cuántas veces hemos tenido desacuerdos y discordias, peleas que concluían con un final desastroso para los maestros que nos enseñaban o cuestiones poco frecuentes en el castillo.

Quizás, por eso mismo se me tuvo consideración debido a la curiosidad de él cuando nos cruzábamos en la Academia.

En pocas palabras, me vieron crecer y cuidaron de mí porque Date se vio emocionado por encontrar a su acompañante.

—Sí —respondí, sin saber qué decir—. ¿Cómo está? —pregunté.

—Me encantaría invitarte a tomar el té —declaró, por lo que oprimí los labios—. Necesito charlar contigo —confesó esperanzada.

Le dije a Zila que iría a los sanitarios del castillo.

No contaba con encontrarme a Adhara, Lady de Azahar, la capital de Urbs.

—Lo siento... —murmuré sintiendo nervios—. Debo...

—¡Lennon!

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