Capítulo 6
Sintió el fuerte ardor de la bebida al pasar de golpe a través de su garganta. Estaba inquieto, preocupado y ni siquiera el cigarrillo que acababa de fumar en el balcón logró calmar sus nervios. Había visto la expresión en la cara de su jefe cuando Ana y él regresaron del parque y no le gustó nada. Tendría que haberse quedado e intentar suavizar las cosas, pero Gustavo no le dio la oportunidad. En cuanto ella traspasó el umbral, cerró con un portazo.
Si llegaba a ponerle un dedo encima... ¡Mierda! La sola idea lo sacaba de quicio. Tenía que calmarse para pensar con claridad o haría algo de lo que luego se arrepentiría. Gustavo era controlador y a la legua se notaba su temperamento violento, aunque, hasta el momento, no lo había visto llegar nunca a la agresión física. No obstante, era evidente que ese día había estado al límite y no sabía cuál podría llegar a ser su reacción.
No, no se atrevería a tanto, ¿verdad? Además, tenía una imagen que sostener y el que su novia volviese a Buenos Aires con un ojo morado no era muy conveniente para él. De todos modos, eso no quería decir que no pudiese lastimarla de alguna otra manera no visible. Ah, solo pensar en que estuviese herida o sufriendo le revolvió las tripas. Nervioso, apoyó el vaso sobre la mesa con brusquedad y pasó una mano por su cabello. Comenzaba a desesperarse.
Ella estaba bien. Debía estarlo. Además, era poseedora de una personalidad fuerte, jamás le permitiría que llegase tan lejos. Aun así, saber eso no lo aplacaba. Tenía que ir a su habitación y comprobarlo por sí mismo. Inventaría cualquier excusa, no le importaba qué, pero necesitaba verla y asegurarse de que en verdad estuviese bien.
Agarrando su chaqueta para ponérsela de camino, avanzó con determinación hacia la puerta. Si permanecía allí un minuto más se volvería loco. Se detuvo de golpe en cuanto, al abrirla, la encontró del otro lado con la mano levantada a punto de llamar. Sus ojos se encontraron al instante permitiéndole ver las lágrimas que se agolpaban en los mismos y, aunque intentaba ocultarlo, también advirtió miedo en su mirada.
Sin mediar palabra, la vio avanzar hacia él en busca del cobijo de sus brazos. La rodeó con los mismos de inmediato y, tras echar una rápida mirada al pasillo para asegurarse de que nadie los hubiese visto, cerró la puerta. Se tensó al sentirla temblar y, conteniendo una maldición, le acarició el cabello en un intento por calmarla.
—¿Qué pasó? —Se las arregló para preguntar sin que en su voz se notase la mezcla de emociones que estaba sintiendo en ese momento.
Pero ella no respondió. En lugar de eso, ocultó su rostro en el pecho de él y comenzó a llorar. La apretó contra su cuerpo al sentir, sobre su espalda, sus manos aferrarse a la tela de su camisa. Si minutos antes había estado preocupado, ahora comenzaba a alarmarse. ¿Qué carajo había pasado?
Sujetándola por los hombros, la empujó con suavidad hacia atrás para poder mirarla, pero ella mantenía la cabeza baja como si estuviese evitando encontrarse con sus ojos y que él viese allí lo vulnerable que se estaba sintiendo. ¡Mierda!
—Ana —insistió mientras le alzó el mentón con un dedo.
Necesitaba saber si él le había levantado la mano. Solo pensarlo hacía que quisiera romper algo. Suspiró, aliviado, cuando no encontró ninguna marca en ella. Frunció el ceño. Si no la había agredido físicamente, ¿entonces qué la tenía en ese estado?
—¿Por qué estás llorando? —preguntó a la vez que limpió sus lágrimas con los pulgares.
En ese preciso instante, descubrió lo mucho que odiaba verla llorar y supo que haría lo que fuera por evitar que eso volviese a ocurrir.
Ana retrocedió alejándose de su contacto. Su cercanía generaba emociones contradictorias en ella y no se sentía capaz de lidiar con estas en ese momento. Jamás se había sentido así de frágil antes. Nunca había permitido que ningún hombre digitara su vida y no entendía por qué dejaba que Gustavo la tratase de ese modo. De pronto, recordó lo que su amiga le había dicho antes de salir y una sensación de impotencia le oprimió el pecho al caer en la cuenta de que tenía razón, después de todo.
Volvió a posar sus ojos pardos en los celestes de él. ¡Dios! ¿Cómo podía ser que le generase tanto solo con mirarla? De algún modo que no terminaba de entender, Gabriel la hacía sentirse segura, como si pudiese abrirse y dejar salir todo lo que tenía guardado en su interior, como si nada malo pudiera pasarle mientras él estuviese a su lado.
No, debía de ser un engaño de su mente. ¡Apenas lo conocía! ¿O se había olvidado de eso? No importaba que, horas atrás, la hubiese besado como nunca nadie antes lo había hecho en su vida. Seguía siendo el guardaespaldas de su novio y un extraño para ella.
—¡Discutimos! —exclamó, frustrada, tanto por la situación, como por todo lo que sentía en su interior—. Como parece que hacemos últimamente todo el tiempo.
Gabriel no pasó por alto que había rehuido de su contacto, pero intentó no centrarse en eso. Ana todavía lloraba y, por el tono empleado y la forma en la que gesticulaba con sus manos mientras hablaba, supo que estaba enojada también.
—¿Podés creer que me reclamó por irme cuando él me había pedido expresamente que me quedase? O sea, ¿qué esperaba? ¿Que estuviese encerrada todo el día? —se quejó caminando de un lado a otro, nerviosa—. ¡Por supuesto que no iba a hacer eso! Y se lo dije. Le aclaré que yo no era su maldita muñeca para que me esté controlando y que iba a hacer lo que me diera la gana.
Volvió a tensarse. Conociendo a su jefe, eso no le habría gustado nada. Estaba por pedirle que continuase cuando ella prosiguió.
—Y ahí fue cuando se puso como loco. Completamente sacado, vino hacia donde yo estaba y, con una furia que logró sorprenderme, golpeó la pared, justo a mi lado. —Ana hizo una pausa como si acabara de tomar consciencia de lo cerca que Gustavo había estado de pegarle a ella y, confundida, fijó los ojos en los suyos, una vez más—. En ese momento, no lo demostré, pero me asustó. Nunca lo vi tan enojado.
En dos pasos, Gabriel salvó la distancia que los separaba —la que ella misma había puesto entre ellos— y la sujetó con suavidad de ambos brazos. Le preocupaba lo que acababa de contarle. Hoy el tipo había golpeado el muro, pero mañana, sin duda, sería su rostro. Inspiró profundo para serenarse. Ella lo necesitaba calmado.
—¿Dónde está ahora? ¿Sabe que viniste a verme? —preguntó con sus ojos fijos en los de ella.
Negó con la cabeza.
—No. Se fue después de eso. No me dijo dónde y no me interesa. ¡No pienso volver a esa habitación, Gabriel!
—Tranquila, no te estoy pidiendo eso —se apresuró a calmarla.
Incapaz de tenerla tan cerca y no tocarla, acarició su mejilla y le apartó un mechón de pelo que se había pegado a su rostro a causa de las lágrimas. Esta vez, ella no se alejó.
—Perdoname, sé que te estoy comprometiendo. Es que no sabía a dónde más ir y...
—Hiciste bien, preciosa —la interrumpió con una leve sonrisa—. Me alegra que hayas venido a mí. Eso me permite cuidarte.
Ana tragó con dificultad al oírlo. Lo que acababa de decirle le había provocado un extraño, aunque placentero, cosquilleo en la boca de su estómago. Bueno, y en otras partes del cuerpo también...
¿Cómo era posible que un hombre a quien conocía hacía tan solo tres semanas tuviese semejante efecto en ella? Inquieta, se humedeció los labios. Su cercanía obnubilaba su juicio y la hacía olvidarse de todo lo que sucedía a su alrededor.
Sus ojos siguieron el movimiento de su lengua y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no volver a caer en la tentación. Aún tenía en la boca el sabor de aquel apasionado e intenso beso que habían compartido horas antes y no había nada en el mundo que quisiera más que volver a adueñarse de sus suaves y dulces labios.
No obstante, tenía que controlarse. Gustavo podría aparecer allí en cualquier momento y no podía permitir que lo agarrase con la guardia baja. Dando un paso hacia atrás, se apartó de ella antes de cometer una locura.
—Ahora vuelvo. Por favor no te muevas de acá y no le abras a nadie que no sea yo —le dijo mientras se alejaba en dirección a la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó, de pronto, alarmada.
—Abajo, a la recepción. Tranquila, todo va a estar bien.
La vio asentir en respuesta, aunque alcanzó a ver un deje de decepción en sus ojos. Sabía lo que estaba pensando y nada más lejos de la realidad. Ahora que estaba allí, no la dejaría de nuevo.
Antes de bajar, pasó por el cuarto que Ana compartía con Gustavo para asegurarse de que efectivamente él no estuviese allí. Le parecía extraño que se hubiese ido de esa manera sin pedirle que lo acompañase. Si bien la idea de contratarlo había sido de su hermano, sabía que le gustaba pasearse con su custodio por todos lados, como si el hecho de tenerlo, lo hiciera sentirse más importante.
—Maldito idiota —murmuró por lo bajo mientras se apresuraba a bajar a la recepción.
Contrario a lo que creía que ella imaginaba, no iba a dejarla a su suerte. No había forma de que pudiese dormir en toda la noche si no la sabía a salvo. Sin embargo, necesitaba asegurarse de que Gustavo así lo pensara. Que cuando él quisiera averiguar donde había dormido ella —y lo haría, no tenía dudas—, hubiese pruebas suficientes de que no estuvieron juntos en la misma habitación.
Desafortunadamente, el empleado de la recepción le comunicó que no había ningún cuarto disponible destruyendo sus planes en un segundo, antes de que estos siquiera se pusieran en marcha. Inquieto, llamó a los hoteles más cercanos, pero todos le dieron la misma respuesta.
¡Carajo! Tenía que encontrar una manera de cuidarla sin exponerlos a ambos. Sin embargo, no se le ocurría nada.
De pronto, una chica rubia de unos veinte años se acercó a él con una llave en la mano. Confundido, alzó la vista hacia ella y la reconoció en el acto. Se trataba de la recepcionista que Gustavo había presionado esa misma tarde para que le dijera donde se encontraba Ana y no fue muy amable con ella, precisamente.
—Están reparándola, por eso no está disponible para los huéspedes, pero solo los empleados lo sabemos —indicó encogiéndose de hombros—. Ya asocié el nombre de la señorita con el número de habitación. En caso de que el señor Deglise pregunte, los registros indicarán que durmió allí.
Se quedó mudo por un instante debido a la sorpresa.
—¿No vas a meterte en problemas por esto? —preguntó con cautela a la vez que miró al muchacho que estaba de pie al otro lado del mostrador.
—No, mi novio y yo no vamos a decir nada.
Apoyó una mano sobre su hombro y apretó con suavidad en un gesto de agradecimiento.
—Muchas gracias —dijo mientras buscaba la billetera en el interior del bolsillo de su pantalón.
—No, por favor, no hace falta. —Lo detuvo—. Ninguna mujer merece que un hombre la trate de ese modo y me alegra que pueda contar con alguien que se preocupe por ella y la cuide.
Era evidente que entendía a la perfección la situación y se preguntó si alguna vez había pasado por algo similar.
—Muchas gracias, de verdad —repitió, conmovido, no solo por su empatía, sino por las palabras que había elegido para referirse a él.
Ella asintió.
—Que tengan una buena noche.
Casi veinte minutos le había llevado regresar a la habitación y cada uno de ellos le pareció una tortura. Sin embargo, había logrado lo que se propuso y eso era un alivio.
Estaba por entrar cuando sintió la vibración de su celular. No necesitaba ver la pantalla para saber de quién se trataba, pero lo hizo de todos modos. Confirmado. Era su jefe. Regulando su respiración para sonar lo más calmo posible, atendió la llamada.
—Señor.
El sonido de música suave y una risa de mujer lo alcanzó desde el otro lado.
—Cuando te contraté te advertí que quería que siempre estuvieses disponible. Espero no lo hayas olvidado —dijo con brusquedad.
Frunció el ceño. ¿A qué se refería? ¿Acaso lo había llamado antes?
—Por supuesto que no, señor. ¿Qué puedo hacer por usted?
Le resultaba vomitivo tratarlo con tanto respeto cuando no lo merecía.
—En principio que me atiendas a la primera —remarcó, mordaz—. Pero ahora mismo necesito que veas que Ana esté en su habitación. Discutimos antes de irme y sé que no va a atenderme, aunque la llame.
Hizo un esfuerzo por no mandarlo a la mierda. Al tipo no le interesaba cómo estaba ella, solo que no se hubiese ido.
—Descuide, iré ahora mismo. ¿Necesita que vaya a buscarlo a algún lugar? —tanteó.
—No, esta noche puedo arreglármelas solo.
Una melodiosa carcajada femenina se coló en el auricular antes de que su jefe cortase la comunicación.
Cerró la mano alrededor del teléfono e inspiró profundo para tranquilizarse. Mientras le pedía que la controlase por él, se metía en la cama con otra. Un peligroso sentimiento de ira comenzó a apoderarse de él. No entendía qué hacía una mujer como Ana al lado de un tipo así. Ella merecía estar con alguien que en verdad la quisiera y la cuidase como el verdadero tesoro que era.
—¡¿Dónde estabas?! —la oyó preguntar nada más entrar en su habitación, su voz cargada de preocupación y miedo.
La observó con atención. No pudo evitar sentir un estremecimiento mientras la recorrió con la mirada. Estaba hermosa. Se había quitado las zapatillas y el saquito que llevaba puesto cuando había ido a buscarlo. Asimismo, su cabello estaba un tanto revuelto como si se hubiese acostado un rato en la cama. En su cama.
—En la recepción asegurándome de que estemos cubiertos —respondió acercándose más a ella. Era incapaz de no hacerlo.
—No entiendo.
—Según los papeles, a esta hora estás durmiendo en otra habitación, un piso más arriba.
—¿Cómo...?
—Rocío nos ayudó.
Ana abrió grande los ojos. Recordaba el nombre porque cada empleado tenía su identificación en el uniforme y ella fue quien le había dado las indicaciones para ir al parque. Una chica muy bonita con enormes ojos color chocolate y sonrisa tierna. Y, no menos importante, simpática y mucho más joven que ella.
—Bueno, veo que aprendiste rápido su nombre —largó sin pensar y retrocedió un paso.
"¡¿Qué carajo fue eso?!", se recriminó a sí misma nada más decirlo. "Oh, Dios, no pude haber dicho eso", siguió lamentándose. ¡¿Acaso se había vuelto loca?! No tenía ningún derecho a hacerle una escena, mucho menos de esa índole. Ya bastante tenía con verse envuelto en esta situación. Sin embargo, no pareció molestarse. Al menos eso indicaba la tonta sonrisa que apareció, al instante, en su rostro.
Estaba celosa y, por alguna razón, le pareció de lo más adorable. Sintió que un confortable calor colmaba su pecho al tiempo que una emoción, nunca antes experimentada, invadía su corazón. Se sintió querido y apreciado.
Adelantándose un poco para eliminar la distancia que ella había vuelto a poner entre ambos, se inclinó hasta quedar a escasos centímetros.
—Siempre fui bueno con los nombres, también con las caras. Es parte de mi trabajo —susurró con un tono de voz suave y pausado.
Ana contuvo un jadeo ante su deliciosa proximidad y bajó la mirada. Podía sentir la caricia de su cálido aliento sobre la piel, y su masculino aroma estaba haciendo estragos en ella. ¿Acaso era una adolescente hormonal? Por lo visto, cuando se trataba de él sí.
—Cuestión que esta chica —continuó—, con ayuda de su novio —aclaró, divertido—, se encargó de que figures alojada en una habitación que en realidad está vacía. Incluso, me dio la llave para que fuese más convincente.
Alzó la vista al oírlo y posó los ojos en los suyos. A pesar de las circunstancias, notó cómo los mismos brillaban con diversión. Se mordió el labio inferior al caer en la cuenta de que Gabriel estaba disfrutando de su reacción y reprimió un gemido. Le encantaban esos juegos... Oh Dios, necesitaba alejarse de él o terminaría arrojándose a sus brazos.
—Entonces creo que... tal vez... debería irme —susurró con voz temblorosa a la vez que extendió una mano con la palma hacia arriba a la espera de que le entregase la llave. Podía sentir cómo la misma temblaba y rogó que no se diera cuenta. ¡Carajo! ¿Por qué tenía ese efecto en ella?
Pero él negó con su cabeza.
—La habitación está fuera de servicio. Aunque, si no lo estuviese, tampoco te dejaría ir.
—¿Por qué no?
Se inclinó más cerca hasta rozar su oreja con sus labios.
—Porque te quiero justo donde estás.
Tembló ante sus palabras. "¡Dios mío y la santa Virgen María!", pensó cuando sintió una exquisita y brusca descarga en su centro de placer. Ese hombre tenía el poder de ponerla a mil en un segundo.
—Podés quedarte en mi cama —anunció, de pronto, sacándola de sus pensamientos. Ya no había tono juguetón en su voz—. Yo dormiré en el sofá.
—Gra... gracias —logró articular antes de que él se alejase en dirección a donde se encontraba el cuarto de baño.
Ana aprovechó el momento para meterse en la cama. Tenía que controlar el loco impulso que la gobernaba cada vez que estaba cerca de él. Ya se había rendido ante el deseo en el parque y ambos corrieron un gran riesgo. No podía seguir dejándose llevar por lo que sentía en el momento.
Además, debía resolver lo que fuese que tuviese con Gustavo. La relación había llegado a un punto de no retorno y la única solución posible era la separación. No obstante, necesitaba evaluar bien cómo proceder. Lo que pasara entre ellos no solo la afectaba a ella, sino también a todo el grupo.
Por otro lado, no sabía cómo se sentía Gabriel al respecto. Estaba claro que la deseaba, pero de ahí a renunciar a su trabajo por ella había un largo trecho. Porque tendría que hacer eso si quería que tuviesen algo y tal vez, la atracción que sabía que sentía no era lo suficientemente intensa para que diera semejante paso. Quizás solo era eso, simple deseo y, si llegaba a ser el caso, no iba a quedarse para verlo. Agarraría sus cosas y volvería a Misiones junto a su familia.
No supo cuánto tiempo había pasado desde que se acostó, pero no dejaba de dar vueltas en la cama sin poder dormirse y comenzaba a resultarle insoportable. No podía dejar de pensar en que, una vez más, se encontraba en el punto de partida. Había venido a la ciudad para encontrar claridad, sin embargo, se sentía más confundida que nunca. Era consciente de que, si Gustavo se había puesto a sí mismo en un lugar que no le correspondía, era por su culpa. Si hubiese marcado los límites desde el comienzo, hoy no estaría en esa situación.
Su libertad nunca había sido negociable. En cuanto sentía que una relación la asfixiaba, la daba por terminada. No obstante, por algún motivo que no entendía, no había podido hacerlo con él. Tal vez, convertirse en la cantante de una banda y vivir nuevas experiencias le había impedido ver en lo que se estaba metiendo. O quizás fue la soledad que sentía la que la llevó a aceptar a un hombre que claramente no le provocaba —ni lo haría jamás— lo que ella en verdad anhelaba, lo que, sin duda alguna, sí lograba Gabriel.
Resopló, frustrada, y volvió a darse vuelta en la cama quedando boca arriba. Como sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, podía ver el diseño del empapelado de las paredes. Con la mirada, siguió el trazo de los dibujos en el papel repasando las líneas, una y otra vez, hasta que las mismas se volvieron borrosas debido al extremo cansancio que sentía.
Sabía que su cuerpo necesitaba dormir, pero su mente estaba a pleno y, por mucho que quisiera, no conseguía apagarla. Cada vez que cerraba los ojos, dispuesta a dormir, la imagen de Gustavo avanzando hacia ella con la mano en alto la sobresaltaba. Nunca antes había estado en una situación de desventaja. Los tipos agresivos ni siquiera se le acercaban, seguramente porque su personalidad los espantaba. No era una persona a la que pudieran manipular con facilidad, mucho menos someter y, aun así, este parecía haberlo hecho.
Si bien reconoció frente a Gabriel que había sentido miedo, no fue del todo sincera con él. Además de temor, lo que experimentó fue una completa parálisis. Se había quedado estática viendo cómo Gustavo se acercaba, dispuesto a agredirla, y supo que, si hubiese querido golpearla en ese momento, habría podido hacerlo. Y eso, darse cuenta de que la anulaba al punto de que ni siquiera su instinto de supervivencia se había activado, la aterró.
Y peor fue cuando, después de marcharse, sintió vergüenza y culpa, como si ella hubiese sido la responsable de que él reaccionara así. Alarmada por su propia interpretación de los hechos, huyó despavorida de esa habitación. Ella no era como esas mujeres que se quedan al lado de un hombre por miedo. Ella no era de las que se conforman con menos de lo que sueñan. Ella sabía que merecía más.
En cuanto Gabriel abrió la puerta y sus ojos se encontraron, se sintió por completo a salvo. Era una locura, lo tenía claro. Nunca había necesitado de nadie para sentirse segura; sin embargo, su presencia le daba tranquilidad, paz. Y pese a que no era una persona dependiente, en ese momento, necesitaba de su cercanía.
Sin hacer ruido, se puso de pie y caminó hacia el sofá donde él dormía. Estaba recostado sobre su espalda, con el torso desnudo y un brazo flexionado debajo de su cabeza. Lucía tremendamente sexy. Una fina manta lo cubría hasta la cadera impidiéndole disfrutar del resto de su cuerpo, pero lo había visto deshacerse de la ropa antes de acostarse y sabía que solo llevaba unos bóxers.
Aprovechando que estaba dormido, se dedicó a observarlo deleitándose de su escultural abdomen y sus fuertes brazos. Aun estando relajado, se notaba lo firmes que eran sus músculos. Continuando con su inspección, llegó a su pecho. Tenía vello en el mismo y eso le encantaba. Le parecía un rasgo muy masculino y sensual. Por último, siguió con su ascenso y contempló su barba, un poco más tupida que de costumbre. Eso era otra cosa que le gustaba mucho en un hombre.
Sin pensarlo demasiado, levantó la manta solo lo suficiente para poder meterse debajo y se acostó a su lado. Sabía que no debía, que estaba jugando con fuego, sin embargo, no podía detenerse. Necesitaba sentir su calor.
—¿Qué estás haciendo? —lo oyó preguntar, de repente, un tanto desconcertado.
—No lo sé —reconoció, avergonzada—. Solo quiero sentirte cerca.
Gabriel no reaccionó de inmediato. Se quedó inmóvil por unos segundos sumido en un completo silencio que le hizo pensar a ella que le pediría que regresara a la cama. No obstante, no lo hizo. Por el contrario, la envolvió con un brazo y, pegándola a su cuerpo, apoyó el mentón en su cabeza.
Aunque creía que era silenciosa, no lo era en absoluto. Él tampoco había podido pegar un ojo y por eso había escuchado el roce de las sábanas cuando salió de la cama, así como sus pasos en el piso. Y luego, se deleitó con la ardiente caricia de su mirada. ¡Cómo le había gustado! Tanto, que temió que ella lo notara. Por fortuna, no se había quitado la ropa interior antes de acostarse y eso ayudó a contener la erección que, incluso en ese momento, presionaba contra la tela.
Aun así, nada de eso tenía punto de comparación con la increíble sensación que le produjeron sus palabras. Él también quería sentirla cerca. Tenerla allí en su habitación no era suficiente, la deseaba en su cama —o para el caso, el sofá— junto a él. Necesitaba sentirla segura y a salvo y, para eso, no había mejor lugar que sus brazos. Allí jamás le pasaría nada malo.
—Dormí, preciosa. Todo está bien.
Seguía sin entender por qué Ana despertaba su lado posesivo y protector, pero le gustaba y no iba a cuestionárselo en ese momento.
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