Capítulo 8
El caos se había instalado en el hospital. Los casos de gripe ya eran preocupantes. Todos los noticieros del país hablaban de ello debido a las graves consecuencias del virus especialmente en la población de riesgo como lo eran niños, ancianos y mujeres embarazadas. Por otro lado, el mutismo del gobierno junto con la escasa y errónea información que se barajaba al respecto, no hacía más que alimentar el terror en la gente provocando que las guardias comenzaran a colapsarse de forma vertiginosa. ¿Cómo era posible que en 2009 se estuviesen viendo casos similares a los de la gripe española ocurrida noventa años atrás? Nadie parecía entenderlo, ni siquiera las autoridades pertinentes.
Hacía varios días que Valeria no se sentía bien. Ya desde su última guardia, cuando su amiga había ido a buscarla en busca de ayuda, fue capaz de reconocer los síntomas. No obstante, optó por no darle demasiada importancia. Odiaba estar enferma. Siempre lo había hecho. De chica había tenido la mala fortuna de contar con un sistema inmunológico demasiado débil lo cual la volvía propensa a todo tipo de enfermedades.
Sus padres, que también eran médicos, no dudaron en someterla a diversos y rigurosos tratamientos para fortalecerla y aunque los mismos la ayudaron, también le dejaron demasiados recuerdos negativos. Desde entonces, evitaba estar en la cama más tiempo del necesario. Si bien no estaba del todo segura, intuía que aquella experiencia había sido la responsable de que, una vez convertida en adulta, se decidiese por estudiar la carrera de medicina, más aún la especialidad de pediatría. Quizás era su forma de sentir control sobre un área de su vida que la había marcado mucho en su niñez, la salud.
Ese miércoles había ido a trabajar como todos los días. Su cuerpo empezaba a pedirle a gritos un respiro, pero una vez más, decidió ignorarlo y continuó con su rutina como si nada pasara. Con la situación de extrema alerta a la que se estaban enfrentando en el hospital, no podía darse el lujo de ausentarse. Todo el personal se estaba quedando incluso después de hora para poder contrarrestar la creciente demanda.
Faltaba menos de media hora para que su turno terminase cuando el jefe del Servicio de Pediatría convocó a todo el equipo a una reunión urgente. El Ministerio de Salud acababa de dar un comunicado de prensa confirmando lo que se había barajado desde un principio. Se trataba de una mutación de la cepa H1N1 Virus Influenza A y si no se trataba de forma efectiva y a tiempo, podía tener consecuencias mortales para aquellos que la padecían, tal y como había empezado a pasar en las últimas semanas.
La prioridad ahora era poder efectuar un diagnóstico rápido y certero a cada paciente para poder diferenciar los casos de Influenza de los de cualquier otra afección viral y administrar los medicamentos apropiados. En cuanto la reunión finalizó, todos se apresuraron a regresar a los consultorios. Valeria, en cambio, se dirigió al cuarto de baño. Necesitaba refrescarse un poco antes de continuar. Podía sentir que la temperatura empezaba a subir en ella a pesar de haber ingerido ya un analgésico. Le dolía mucho la cabeza y sus manos habían comenzado a temblarle, así como también el resto de su cuerpo.
Se mojó el rostro y el cuello y luego inspiró y exhaló despacio varias veces en un intento por calmarse. Tenía que reunir la fuerza necesaria para continuar con la jornada y ayudar a sus compañeros. Estaba decidida a terminar su turno y, si podía incluso, quedarse algunas horas más. Ya tendría tiempo más tarde para descansar. Abrió la puerta y caminó por el pasillo en dirección a donde se encontraba su pequeño consultorio, pero se detuvo en medio del mismo cuando un fuerte mareo la desestabilizó.
Sintió que su respiración se aceleraba mientras que un sudor frío le recorría la columna. La visión se le nubló tornándose blanca y los oídos comenzaron a pitarle con un zumbido agudo y estridente. Intentó dar otro paso, pero las piernas le fallaron provocando que se sujetara de una camilla para no caerse. Oyó gritos a su alrededor y como, de inmediato, varias manos la sujetaron. Todo sonaba lejano, distante. Lo último que vio antes de perder el conocimiento, fue a su jefe acercarse con expresión preocupada.

Micaela se encontraba sentada en el sofá mirando televisión con una taza de té en la mano. Sin embargo, apenas le prestaba atención. Nerviosa, rememoraba la discusión que había tenido la noche anterior con Valeria. Una vez más, el motivo había sido Daniel. Habían pasado varios días desde que se había ido de su casa y aunque todavía sentía temor de hablar con él, estaba convencida de que no podía seguir dilatándolo. Tenía que enfrentarlo para poder seguir con su vida sin nada más que la atase al pasado.
Como sabía que su amiga se opondría, había esperado a que estuviese dormida para encender su teléfono. Nada más hacerlo, el mismo había empezado a sonar por las múltiples notificaciones de llamadas y mensajes —tanto de texto como de voz— recibidas por parte de él. En cada uno de ellos había podido notar su angustia y desesperación. Daniel parecía preocupado por ella y a juzgar por sus disculpas y súplicas, se sentía arrepentido por lo que le había hecho. Por un instante, Micaela llegó a dudar de su determinación. Ella ya no quería reconciliarse, no después de aquello, pero tampoco le agradaba la idea de dejarlo en ese estado. A pesar de lo último vivido, había llegado a quererlo mucho y no le deseaba ningún mal.
Armándose de valor y con manos temblorosas, finalmente le había devuelto la llamada. Al igual que en los mensajes, su voz sonó como un lamento agónico que se clavaba cual estaca en medio de su corazón. Una vez más, Daniel se disculpó atribuyendo la culpa de su comportamiento al alcohol y le rogó que volviese a casa, a su lado, donde, según él, pertenecía asegurándole además que jamás volvería a hacerle algo así.
Micaela se apresuró a aclararle que no era su intención regresar, que algo se había roto entre ellos y no había forma de repararlo. Que solo había llamado para avisarle que pronto iría por sus cosas. Sin embargo, Daniel no estaba dispuesto a ceder tan fácil y le insistió para que, al menos, le diera la oportunidad de hablar. Si después de que le explicase todo, seguía pensando igual, entonces él mismo la ayudaría a empacar.
A pesar de sentir dentro de ella que no era buena idea, el dolor que había percibido en cada una de sus palabras, la había golpeado con fuerza generándole culpa. ¿Cómo podía hacerlo sufrir de ese modo cuando él había sido el único en quererla a pesar de todos sus defectos? Y eso había terminado por quebrarla. Luego de debatirse internamente por unos segundos, finalmente accedió a ir al departamento —que hasta hacía días había sido también su hogar— para hablar sobre lo sucedido.
Recordó como se había quedado temblando al cortar la llamada, pero más lo había hecho al darse cuenta de que Valeria la había escuchado. Como no se venía sintiendo bien, su amiga se había levantado para tomar un analgésico y la descubrió in fraganti. Aun no estaba segura de si su repentina palidez se había debido a su malestar o a la decepción que había alcanzado a ver en sus ojos.
Hecha una furia, su amiga comenzó a despotricar en contra de Daniel y sus evidentes intenciones tras su pedido. Para ella, haberlo llamado había sido una completa locura que traería horribles consecuencias. Acusándola de ingenua y de haberse vuelto loca, le advirtió que no contara con ella si volvía a lastimarla y finalmente, sin siquiera permitirle defenderse, giró sobre sus talones para regresar a su habitación.
Nunca la había visto tan enojada y aunque en parte la entendía, le hubiese gustado que le dejara explicarle. En ningún momento se le había cruzado por la mente regresar con él. Solo quería buscar sus cosas para, por un lado, no tener que seguir dependiendo de ella incluso para vestirse y, por el otro, para poder por fin darle un cierre a su historia. Conociéndola, decidió esperar a la mañana siguiente para intentar hablarle, pero su amiga ya se había marchado cuando ella despertó.
Sabía lo impulsiva y determinante que podía llegar a ser, pero no solía durarle demasiado tiempo el enojo. En otros tiempos incluso la hubiese despertado con el desayuno para arreglar las cosas entre ellas, pero algo había cambiado. Valeria no estaba actuando como era habitual. Tal vez se debía al evidente malestar que venía padeciendo, pero se negaba a aceptar. No podía entender como siendo médica, no se ocupaba de ella con la misma eficiencia con la que cuidaba de los demás.
Como no faltaba demasiado para que volviese, se le ocurrió esperarla con la cena lista. La pasta era una de sus comidas favoritas por lo que, acompañada con el Cabernet Sauvignon que había visto en el pequeño mueble que utilizaba como bodega, sería la opción perfecta para sorprenderla. Una vez que estuviese relajada, intentaría entonces conversar con ella. Más allá de lo que le había dicho a Daniel, necesitaba saber que contaba con el apoyo de su amiga.
Estaba por levantarse para comenzar con los preparativos cuando una noticia llamó su atención. Estaban informando sobre la muerte de un bebé por gripe en la provincia de Buenos Aires. ¿Cómo era posible que hoy en día ese virus fuese un causante de muerte? Interesada, subió el volumen para oír la nota completa. Se emocionó por el dolor de la madre que ante las cámaras reclamaba justicia por su bebé. Como era habitual ante una infección viral, en la clínica le habían dado medicación para bajar la fiebre y lo habían dejado ir con la indicación de regresar en tres días si la misma no remitía. El bebé falleció ocho horas después.
Micaela escuchó con atención los datos que los periodistas brindaban sobre este y otros casos más. Al parecer, había un nuevo virus de Influenza que originaba síntomas similares a los de la gripe estacional, pero con consecuencias por completo diferentes. Ante otras cuatro muertes más ocasionadas por lo mismo, el Ministerio de Salud finalmente tomó cartas en el asunto haciendo pública la investigación que habían estado llevando a cabo.
Impresionada y un tanto asustada por la magnitud de lo que estaba sucediendo, apagó el televisor. No podía sacarse de la mente a esa mamá que lloraba de forma desgarradora la muerte de su bebé. De repente, su celular sonó estridente en medio del silencio, sobresaltándola. Se había olvidado de apagarlo y por un momento temió que fuese Daniel otra vez. Frunció el ceño al ver que era su amiga. Si la estaba llamando seguramente sería para decirle que iba a llegar más tarde. ¿Esa chica no pensaba descansar nunca?
—Vale —saludó con desgano.
—¿Podría hablar con Micaela por favor? —pidió una voz desconocida.
—Sí, soy yo —respondió, extrañada.
—Mi nombre es Claudia, soy una compañera de Valeria del hospital. Te llamo para avisarte que ella se descompensó hace un rato y en este momento la están evaluando.
—¡¿Qué?! ¿Pero está bien? —preguntó, asustada.
—Sí, sí. De hecho, fue ella quien me pidió que te llamara. Sabe que el Doctor no va a dejarla ir hasta que no estén los resultados de la prueba RIDT y no quiere que te preocupes en caso de que llegue más tarde.
—¿La prueba qué...?
Hubo una pequeña pausa del otro lado.
—RIDT, prueba de diagnóstico rápido de Influenza.
—¡Oh, Dios mío! —susurró con un hilo de voz al darse cuenta de a qué se refería—. ¿Me estás diciendo que quizás tenga gripe A?
Pero antes de que la chica pudiese responderle, oyó que una voz grave la interrumpía.
—¿Cómo? Sí, sí, Doctor, ya mismo lo hago... Perdón, te tengo que dejar.
La comunicación se cortó de repente.
Micaela no podía salir de su estupor. Después de lo que había visto en las noticias, saber que había una posibilidad de que Valeria tuviera ese virus, la hizo estremecer. De pronto, sintió que todo comenzó a darle vueltas. Las manos le temblaron y su corazón latió desbocado dentro de su pecho. Necesitaba verla y hablar con ella, pero no tenía idea de cómo ir desde allí. Las lágrimas no tardaron en aparecer en sus ojos.
Entonces, pensó en él. Sí, Leonardo era el único al que podía recurrir con la seguridad de que la ayudaría. Solo esperaba encontrarlo en casa. Sin dilatarlo más, corrió hacia su departamento invadida por la desesperación. Quizás se estaba alarmando por nada, pero necesitaba comprobar por sí misma que su amiga estaba bien y no corría peligro. Estaba por tocar cuando vio la puerta abrirse de pronto para dar paso a Maximiliano quien se despedía de su hermano.
—¡Micaela! —la saludó, alegre, al verla, pero su sonrisa se desdibujó en cuanto notó la humedad en sus ojos—. ¿Estás bien?
Ella lo miró, confundida. No era él a quien esperaba encontrar y definitivamente tampoco a quien necesitaba en ese momento.
—Valeria...
El chico se tensó nada más oír su nombre. ¿Qué podía haberle pasado para que su amiga estuviese en ese estado? Estaba por preguntarle cuando Leonardo apareció por detrás y se colocó frente a ella.
Preocupado al verla, no pudo evitar pensar que tal vez su ex la había contactado o, peor aún, la había agredido de nuevo. Pero entonces, oyó que su hermano mencionaba a su vecina. Podía notar su nerviosismo y supo que no tardaría en insistir. No quería que su ansiedad la asustara más de lo que ya parecía estarlo por lo que, colocando ambas manos sobre sus hombros, enfocó sus ojos en los de ella.
—Tranquila, Mica. Estoy acá. ¿Qué pasó con Vale?
Su tacto pareció causar el efecto deseado.
—Leo... —susurró ella entre sollozos—. Me acaban de llamar del hospital para decirme que se descompuso. Le estaban haciendo pruebas para ver si lo que tiene es esa gripe rara... Tengo miedo de... Necesito ir a verla.
—No te preocupes, yo te llevo —le aseguró con voz calma—. Quedate tranquila, estoy seguro de que está bien. Dejame que busque las llaves del auto y...
—Acá las tengo —intervino Maximiliano quien no pensaba quedarse a esperar—. ¡Manejo yo! —exclamó comenzando a andar.

La guardia pediátrica estaba abarrotada de gente. Había chicos de todas las edades sentados junto a sus padres quienes aguardaban impacientes que los atendiesen. Micaela se adentró en el lugar y se acercó al mostrador de la recepción. Le preguntó a la empleada por su amiga y se relajó un poco al ver que la misma asintió ante la mención de su nombre. La vio efectuar una llamada y luego de unos segundos, le indicó qué puerta debían atravesar para llegar a ella. A continuación, los tres caminaron en silencio por un pasillo interno hasta una zona exclusiva para el personal del hospital.
—¿Te podés calmar un poco? —susurró Leonardo solo para su hermano al notar su más que evidente tensión—. Ella va a estar bien.
Maximiliano se limitó a asentir. Era consciente de que había conducido como un loco y sabía lo mucho que eso lo perturbaba, pero no podía controlarlo. Lo alteraba sobremanera el pensar que pudiese pasarle algo a ella.
De repente, una enfermera se acercó para cortarles el paso.
—Disculpen, pero no pueden estar acá —les dijo alternando la mirada entre ambos hombres.
—Lo siento, es que estoy buscando a mi amiga, la Dra. Valeria Nogales y me dijeron que la encontraría acá.
—Sos Micaela ¿verdad? —preguntó, ahora sí, fijando los ojos en ella—. Soy Claudia. Yo te llamé antes. Perdón si te preocupé, no era mi intención, es que no damos abasto y justo me había llamado el jefe.
—Está bien, lo entiendo. ¿Cómo está ella? ¿Puedo verla?
—La verdad es que no lo sé. Como te decía, esto es un loquero y no tuve tiempo de ir a ver como sigue, pero el propio Dr. Suarez, nuestro jefe —aclaró en un susurro—, se está encargando de ella. La verdad que no es de extrañar ya que todos sabemos que es su preferida. Creo que la ve como la hija que nunca...
—Disculpame... ¿Claudia? —interrumpió Maximiliano que ya comenzaba a exasperarse de tanta cháchara. La joven enfermera lo miró aturdida. Además de atractivo, tenía una voz grave y profunda que la hizo vibrar con solo pronunciar su nombre. Asintió en silencio incapaz de emitir palabra—. ¿Te importaría decirnos dónde está? Estamos un poco apurados.
—Sí, claro, perdón... Sigan por el pasillo hasta el fondo y doblen a la izquierda. Es la primera puerta de la derecha.
Sin demorarse, continuaron en la dirección indicada. La ansiedad por saber cómo se encontraba se estaba volviendo algo intolerable. En cuanto llegaron a la habitación, Micaela abrió la puerta despacio y se asomó con temor de lo que podría encontrar en su interior. Sin embargo, todo parecía estar en orden. De inmediato, divisó a su amiga sentada en la cama con la mirada perdida. Tenía los ojos enrojecidos y en su rostro —más pálido que de costumbre— se podía notar el extremo cansancio que venía padeciendo en los últimos días.
—Vale —la llamó con voz temblorosa provocando que girara la cabeza hacia ella.
—¿Mica? ¿Qué hacés acá? ¿Cómo viniste? —preguntó, sorprendida, pero se calló de inmediato al advertir que no estaban solas. Junto a la puerta, Leonardo y Maximiliano la miraban en silencio.
Su estómago dio un vuelco al sentir los ojos de este último, fijos sobre ella. ¡Dios, iba a matar a su amiga! No podía tener peor aspecto en ese momento y lo que menos necesitaba era que él la viese así.
—Por favor decime que no tenés esa gripe que está matando a los bebés —la oyó exclamar con angustia.
—¿Qué? ¡No! —respondió con el ceño fruncido ante su pregunta. La alejó solo un poco para poder mirarla a los ojos. Sabía a qué se estaba refiriendo, lo que no entendía era por qué pensaba que ella la tenía—. ¿De dónde sacaste eso?
—La chica que me llamó me dijo que te estaban haciendo unas pruebas y yo no te veo muy bien últimamente así que supuse... ¿No es eso entonces?
Valeria apretó los labios conteniendo las ganas de insultar a la estúpida de su compañera. Debió haberse imaginado que no se limitaría a decirle que llegaría más tarde.
—No, Mica. Me siento mal, pero solo es una gripe común y corriente. El hisopado nasal... las pruebas —aclaró—, se hacen por protocolo y porque tengo un jefe de lo más exagerado.
—Sabías que podría hacer que te echen por decir eso de mí, ¿verdad?
Todos voltearon, de inmediato, a ver al hombre de guardapolvo blanco, alto y canoso, que acababa de entrar en la habitación. Valeria sonrió ante su comentario.
—Sí, pero también sé que no lo vas a hacer porque soy la mejor en tu equipo —replicó provocándolo.
—Veo que te sentís mejor —dijo y esbozó una leve sonrisa.
—Estoy bien.
—No, no lo estás —la contradijo, ahora serio—. Necesitás hacer reposo, hidratarte y por supuesto no venir a trabajar. Al final tendré que darle la razón a mi esposa, los médicos somos los peores pacientes —agregó negando con su cabeza—. ¿Alguno de ustedes dos es su novio?
Ambos hermanos intercambiaron una mirada de desconcierto.
—José, no —suplicó Valeria, avergonzada, deseando que la tierra la tragase en ese mismo instante—. Son amigos.
—Bueno, da igual. Solo quiero pedirles que se aseguren de que tome la medicación que le voy a prescribir ahora y que haga reposo. Ah, y bajo ningún punto de vista la dejen conducir. Ella dice que está bien, pero no le crean. Está débil.
—Gracias, doctor —intervino Micaela—. Nos encargaremos de que descanse.
El hombre asintió y se marchó con la misma velocidad con la que había llegado.

Valeria se sujetó del brazo de Micaela durante todo el trayecto hasta el estacionamiento. El malestar ya era insoportable y a pesar de detestarlo, ansiaba el tan necesario reposo. Esta vez sí permanecería en la cama el tiempo que hiciera falta. Por lo que alcanzaba a ver, los tres habían ido en el auto de Leonardo con lo cual seguramente sería Maximiliano el encargado de llevarla a su casa. Sin preguntar, sacó las llaves de la cartera y las extendió hacia él. El chico las tomó en el acto rozándola con sus dedos. Notó al instante el placentero cosquilleo en su estómago que le provocó su suave contacto. No entendía por qué siempre le pasaba eso cuando estaba cerca de él.
Antes de separarse, Leonardo le avisó que irían por otro camino para buscar una farmacia que estuviese abierta y Micaela le pidió que por favor no la dejase sola hasta que ellos volvieran. Él prometió que así lo haría y se apresuró a poner en marcha el vehículo. Nunca la había visto en ese estado y lo único que quería en ese momento era llegar y meterla en la cama. No pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa cuando esa imagen cruzó por su mente. Al parecer, la quería en la cama en más de un sentido, pero, de momento, se conformaría solo con verla descansar.
Valeria se había acurrucado nada más sentarse en el asiento del acompañante. A pesar de que tenían una buena relación, desde que había salido con Ignacio las cosas se habían vuelto un poco raras entre ellos. No sabía bien a qué se debía, pero se daba cuenta de que algo le molestaba. Cerró los ojos en cuanto se percató de que no podría apartarlos de él e intentó dormir. No obstante, los continuos escalofríos se lo impidieron.
Maximiliano debió haberse dado cuenta de lo que le pasaba porque al detenerse en un semáforo, se quitó su abrigo para colocarlo sobre ella. Esas cosas de él eran las que la confundían. Había veces en las que era tierno y atento con ella y se preocupaba por su bienestar, y otras en las que apenas le dirigía la mirada o la ignoraba por completo. Esa noche, parecía ser de las primeras. Entre el aire de la calefacción y el silencio absoluto, poco a poco se fue adormeciendo.
Estaban por llegar cuando el celular de Maximiliano sonó en su bolsillo. Maldiciendo, se apresuró a atender sin prestar atención a quien llamaba. Tras verificar que el sonido no había llegado a despertar a Valeria, prosiguió a hablar en susurros.
—Hola... Lo sé, perdón, es que surgió algo... Si, está todo bien, pero ahora no puedo ir. Sí, mañana está bien.
Tras despedirse, silenció el teléfono y lo volvió a guardar en su bolsillo. La miró una vez más. A pesar de las notorias ojeras y la palidez que exhibía su rostro, le seguía pareciendo absolutamente preciosa. Volviendo a prestar atención al camino delante de él, tomó la curva que lo llevaría directo al complejo de departamentos.
Contrario a lo que él pensaba, Valeria se encontraba despierta cuando su teléfono había sonado y gracias al silencio reinante había sido capaz no solo de escuchar la conversación sino de identificar la inconfundible voz de una mujer del otro lado del teléfono. Era más que obvio que esa noche había quedado en verse con alguien y se fastidió al darse cuenta de que eso le molestaba. Haciendo un esfuerzo por no reaccionar, permaneció inmóvil con sus ojos cerrados hasta sentir que el auto se detenía.
—Vale, ya llegamos —le avisó despertándola con suavidad. Esperaba que le diese las llaves y entonces la llevaría en brazos hasta el interior de la vivienda, pero al parecer, ella tenía otros planes. La vio abrir los ojos de repente y tras hacer a un lado su campera, abrió la puerta del auto y comenzó a caminar hacia su casa—. ¿Qué carajo? ¡Valeria, esperá! —exclamó apurándose a bajar él también.
Ella estaba de pésimo humor. Siempre le pasaba cuando se enfermaba, pero esta vez era peor y la exasperaba el hecho de no poder controlar su temperamento. Tiritando, caminó decidida. No obstante, un fuerte mareo la detuvo provocando que se tambalease hacia un costado. Pensó que esta vez sí caería al piso, pero Maximiliano llegó justo a tiempo para atraparla en sus brazos.
—¿Te volviste loca? —recriminó con impaciencia.
—¡Dejame! Puedo sola. No necesito tu ayuda —espetó de forma hostil a la vez que sacó las llaves de su cartera con manos temblorosas.
—Bueno, lo lamento —respondió arrebatándoselas—. Acá estoy y no pienso irme a ningún lado.
Con un movimiento ágil, la alzó en sus brazos y avanzó hacia el departamento. Abrió la puerta y tras cerrarla con el pie, se dirigió hacia las escaleras para subir a donde suponía se encontraba su habitación.
—¿Qué hacés? Dejame en el sofá —se quejó, casi sin fuerzas.
—No. Te voy a llevar a la cama donde te vas a quedar hasta que te recuperes del todo —respondió, tajante, sin dar lugar a ninguna réplica.
Luego de recostarla, colocó una mano sobre su frente sorprendiéndose ante el intenso calor de su piel. Con el ceño fruncido, le pidió que se cambiara y se metiera dentro de su cama mientras él buscaba algo en la cocina. Valeria asintió en silencio, asombrada por la seguridad y autoridad que él exhibía. Nunca antes la había tratado de ese modo y aunque la exasperaba, en cierta forma también le gustaba.
Maximiliano buscó un paño y llenó un bol con agua fría. Tenía que hacer que su temperatura bajase de algún modo, al menos hasta que Leonardo y Micaela llegaran con la medicación. Al regresar, golpeó la puerta entreabierta para advertirle de su presencia y entró. Dejó el recipiente sobre la mesita de luz y se sentó a su lado en la cama. Luego de mojar bien la tela, la escurrió con fuerza y la colocó sobre su frente. Valeria lo observaba con atención sin perderse detalle de cada uno de sus movimientos.
—¿Por qué estás haciendo esto? —le preguntó en un susurro provocando que la mirara a los ojos—. No tenés ninguna obligación, ya me dejaste en casa y Mica no tardará en llegar. Seguramente tendrás otros planes y...
—Nada que no pueda aplazar. Le prometí a tu amiga que te cuidaría y eso es lo que estoy haciendo —se limitó a responder.
—Está bien, Maxi —balbuceó sin fuerzas para seguir discutiendo y cerró sus ojos.
Él se quedó observándola. Por lo que acababa de decirle, era evidente que había escuchado su conversación y al parecer, pensaba que se trataba de alguna chica. Pero no era eso lo que había llamado su atención, sino los celos que había alcanzado a ver en el brillo de sus ojos. ¿Acaso era posible? Volvió a humedecer el paño y lo colocó de nuevo en su frente. Le acarició el cabello apartándolo a un costado. Cuando quería, podía llegar a ser en verdad orgullosa y exasperante, pero aun así le hacía sentir cosas que ninguna otra mujer había logrado antes.

Cuando Valeria volvió a abrir los ojos, Micaela intentaba hacer que tomara la medicación. Todavía aturdida y medio dormida, obedeció y luego volvió a dejarse caer de espaldas sobre la cama. Advirtió sobre la mesita el bol que Maximiliano había utilizado para refrescarla y se tocó la frente por acto reflejo. Miró a su alrededor, pero no había rastro alguno de él en la habitación.
—No está —le dijo su amiga al darse cuenta de lo que estaba buscando, o, mejor dicho, a quien estaba buscando—. Se fue en cuanto llegamos de la farmacia. —Notó la decepción en su mirada—. ¿Necesitás algo más?
—No, gracias. Estoy bien. Solo quiero dormir —dijo a la vez que giró para darle la espalda.
No pudo evitar sentir tristeza. Al parecer, él sí había acudido a su cita, después de todo.
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