Capítulo 4
Valeria aun no podía creer la locura de día que estaba teniendo y a juzgar por la cantidad de personas que había alcanzado a ver en la sala de espera, sabía que tenía una larga noche por delante. Estaba de mal humor lo cual era algo atípico en ella, pero esa tarde, después de semanas sin saber nada de su mejor amiga, finalmente había recibido una llamada suya. Feliz de volver a oír su voz y mejor aún, que quisiera que se encontrasen, fue a verla sin dudarlo antes de que su turno en el hospital comenzara.
No estaba acostumbrada a que pasara tanto tiempo sin que se vieran —o siquiera hablasen—, y la verdad que la extrañaba muchísimo. No obstante, también estaba enojada y por esa razón habían discutido. Odiaba hacerlo. Sabía lo mucho que eso le afectaba a Micaela, pero no había podido evitarlo. Ya no podía seguir tolerando lo que venía sucediendo entre ellas.
Todo cambió a partir de que Daniel apareciera en su vida y si bien siempre se esforzaba por entender las razones por las cuales no era capaz de ver lo que ese tipo era en verdad, ese día simplemente explotó. El estrés que sentía debido a las exigencias de su trabajo junto con las pocas horas que venía durmiendo en los últimos días, tampoco habían ayudado demasiado. Sabía que eso no justificaba de ningún modo la reacción que había tenido, pero en ese momento no fue capaz de quedarse callada.
Exasperada al oírla quejarse una vez más por lo mal que se sentía respecto a su vida, la acusó de victimizarse en lugar de hacer algo para cambiar la situación. También le había recriminado por seguir actuando como una nena y no tomar las riendas de su vida como lo haría un adulto. ¡Dios, si tan solo hubiese sabido lo que pasaría después, se habría guardado las palabras! Para peor, no tuvo un minuto de paz desde que había llegado al trabajo ya que, a causa de la repentina ola de frío que asolaba la Ciudad de Buenos Aires, no dejaban de llegar niños afectados por cuadros infecciosos virales.
Cuando por fin consiguió hacerse un hueco y tomarse un descanso, ya era de madrugada. Enorme fue su sorpresa cuando al revisar su celular, descubrió las múltiples llamadas que había recibido por parte de Micaela. Su corazón latió desbocado al pensar que algo malo le había pasado. No era habitual en ella contactarla tantas veces, mucho menos a esa hora. Asustada, se apresuró a devolverle la llamada, pero la misma fue directo al buzón de voz. Desesperada por no saber qué estaba ocurriendo, pensó en llamar a sus padres. No era algo que le gustase precisamente. Los odiaba con toda su alma —siempre lo había hecho—, en especial a su madre por siempre hacerla sentir inferior al resto con cada uno de sus maliciosos comentarios.
¡Como la enfurecía cada vez que, por su culpa, Micaela se desvalorizaba a sí misma ignorando lo maravillosa que era! ¿Por qué no podían aceptar y amar de forma incondicional a su propia hija? ¿Por qué no eran capaces de ver lo buena persona, inteligente y hermosa que era? Ignorando el rechazo que la invadía cada vez que pensaba en ellos, buscó su contacto. Necesitaba confirmar que su amiga estuviese bien. No obstante, justo cuando estaba a punto de llamarlos, su teléfono comenzó a vibrar en sus manos. Se sorprendió al ver el nombre que mostraba la pantalla. ¿Qué hacía su vecino llamándola tan tarde?
Al parecer, Micaela estaba con él y aunque este no le había dado detalles, le aseguró que se encontraba bien. Aun necesitaba verla para quedarse del todo tranquila, pero el solo saber que Leonardo estaba con ella, que la estaba ayudando y brindando cobijo, representaba un gran alivio. Controlando el impuso de bombardearlo a preguntas que la invadió de repente, le agradeció y cortó la comunicación. Sabía que era en vano insistir. No le diría mucho más que eso. A continuación, le escribió un mensaje a su amiga para pedirle que estuviese tranquila y confiase en él. No conocía persona en el mundo que fuese más amable y generosa —bueno, además de su hermano, claro—, por lo que estaba segura de que era el indicado para acompañarla en un momento así.
Aun recordaba el día en el que los había conocido. Ella se encontraba en plena mudanza y la empresa que había contratado para que trasladaran sus muebles le canceló a último momento. Testaruda como era y decidida a mudarse sí o sí ese fin de semana, comenzó a llevar algunas de sus cosas en su auto, pero por supuesto, no podría hacer lo mismo con el mobiliario. Para eso no tenía otra opción que esperar hasta el lunes y llamar a otra empresa. Pero entonces esos dos hombres, absurdamente atractivos y con un cuerpo imposible de ignorar acudieron a ayudarla cual caballeros andantes.
Leonardo y Maximiliano se presentaron a sí mismos y le dieron la bienvenida al complejo. Ambos eran sobrinos del dueño y si bien solo el primero vivía allí, justo ese día estaba ayudando a su hermano con el traslado de máquinas de musculatura a la nueva sucursal que pondría de su gimnasio. Nada más escuchar lo que le había sucedido, se ofrecieron a ayudarla y se encargaron de su mudanza al finalizar la propia. Incluso se encargaron de comprar la cena para celebrar su primera noche en el lugar.
Valeria no era una persona fácil de impresionar, pero esa vez, la habían sorprendido. Otros en su lugar, habrían intentado conseguir algo a cambio. Al menos, a eso estaba acostumbrada. Cada vez que los hombres se acercaban a ella, solía ser con la intención de llevarla a la cama. Con ellos fue completamente diferente. Si había algo que caracterizaba a los hermanos Vázquez era la humildad y el desinterés que siempre demostraban en cada una de sus acciones.
Solo eso bastó para que en poco tiempo comenzaran una sincera amistad. Así fue como supo que luego de morir sus padres en un accidente de tránsito, habían venido a vivir con su tío Antonio, reconocido arquitecto y dueño de uno de los estudios de arquitectura más importantes de la ciudad. Era más que evidente que ambos tenían un muy buen pasar. Sin embargo, ninguno hacía alarde de ello. Por el contrario, eran sencillos y trabajadores. Leonardo, arquitecto como su tío, trabajaba para él, pero también daba clases de defensa personal en el gimnasio de su hermano.
Maximiliano y él se parecían en aspecto físico, pero no tanto en personalidad. A diferencia de su vecino quien por lo general se mostraba serio y centrado, su hermano era más bien lo opuesto. Divertido, abierto y espontáneo, le hablaba con naturalidad haciéndola sentir como si se conocieran de toda la vida. Quizás debido a esa chispa que había visto en él y por lo cómoda que se sentía en su presencia, había decidido cambiar de gimnasio y continuar en el suyo su programa de entrenamiento. Lástima que, desde entonces, había tomado más guardias para cubrir los nuevos gastos que afrontaba tras mudarse sola y solo había podido ir unas pocas veces.
Apenas cumplió con su jornada laboral, se dirigió a su auto para ir en busca de su amiga. Esa noche había sido demasiado larga y agotadora. Se sentía decaída y a juzgar por los escalofríos que había comenzado a sentir en su cuerpo, no la sorprendería si se enfermaba en los próximos días. Quizás debía verlo como una señal para que bajase un poco el ritmo y empezara a cuidarse más a sí misma. Pensaba en eso cuando por fin llegó a su casa. Se apresuró a escribirle un mensaje a su vecino y corrió directo a la última casa del lado derecho asegurándose de resguardarse de la fina llovizna que seguía cayendo tras la tormenta.

Un leve movimiento a su lado lo despertó de forma abrupta. No estaba acostumbrado a dormir en compañía y en las pocas oportunidades que eso sucedía, definitivamente no lo hacía abrazado a quien fuese que lo acompañara. No obstante, en ese momento podía sentir cada centímetro del cuerpo de aquella mujer junto al suyo. De alguna manera, en medio de la noche, había terminado recostado sobre su espalda con ella en sus brazos pegada a su pecho. Abrió los ojos lentamente e inspiró profundo. Se sentía un poco entumecido y su cuello le dolía, pero para su sorpresa, no tenía la más mínima intención de moverse.
Le llamó la atención no experimentar la inevitable necesidad de tomar distancia que solía invadirlo cuando se encontraba en ese tipo de situaciones. Siempre había procurado no involucrarse demasiado con ninguna mujer con la que estuviese. Por su experiencia, sabía lo mucho que los sentimientos nublaban el juicio incluso de las personas más lógicas, y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir que sucediera. Sin embargo, ese día todo se sentía diferente, él se sentía diferente, y por un instante, se encontró a sí mismo reprimiendo el impulso de abrazarla con más fuerza. Nunca antes se había sentido de ese modo con ninguna mujer, mucho menos con una con quien ni siquiera se había acostado y eso lo confundía sobremanera. ¿Qué tenía ella de especial que le provocaba semejantes sensaciones?
De pronto, la oyó balbucear y por un instante pensó que se había despertado. No obstante, sus ojos continuaban cerrados. Volvió a cerrar los suyos en un intento por apartar de su mente todos esos pensamientos confusos. "Es por su situación. La veo vulnerable y quiero ayudarla", se repetía una y otra vez en un intento por justificar de forma lógica su reacción hacia ella. Pero entonces la sintió acomodarse pegándose más a él y amoldar la curvatura de sus generosos senos sobre su costado.
De su boca escapó un quejido al darse cuenta de que todos sus esfuerzos serían en vano. No podía seguir ignorando que se sentía atraído por ella de un modo que jamás hubiese imaginado. Ya no había nada que pudiese hacer para quitarla de su mente como así tampoco para volver a dormirse. Necesitaba levantarse y alejarse así de la deliciosa tortura a la que ella lo sometía sin siquiera proponérselo. Apartando su brazo, se inclinó hacia el costado para girarla y una vez que quedase recostada sobre su espalda, deslizarse fuera del sofá, pero se detuvo al oírla murmurar.
—No... no puedo respirar... —la oyó decir con apenas un hilo de voz y todo su cuerpo se tensó ante aquella frase—. Soltame... me lastimás... no... no... —continuó con un tono más elevado a la vez que entre pequeños sollozos, se removió inquieta en sus brazos.
Leonardo notó la desesperación en su voz y por un momento se sintió paralizado. Todo un pasado le cayó encima de repente. Tal parecía ser el efecto que ella tenía sobre él, despertar dentro suyo sentimientos y recuerdos guardados en lo más recóndito de su alma. Recuperando el control de sí mismo, intentó despertarla, pero no tuvo éxito. Estaba profundamente dormida y por lo visto, atrapada en una horrible pesadilla. La abrazó con fuerza en un intento por sosegarla a la vez que le susurró palabras de consuelo.
—Shhh, tranquila. Todo está bien. Estás conmigo y no voy a dejar que nada malo te pase. Estás a salvo —le dijo al oído mientras le acarició el cabello con ternura.
Ver el modo en el que ese hijo de puta la afectaba hizo que una poderosa ira naciera en su interior. Era perfectamente consciente de que no debía permitir que la misma creciera. Eso nunca lo había llevado a nada bueno —o al menos no lo había hecho tiempo atrás—. Respiró profundo varias veces hasta por fin calmarse. Volvió a mirarla y se sintió aliviado de que ella también se hubiese tranquilizado. Sus sollozos habían mermado y su respiración había recuperado su cadencia normal. Si bien no se despertó en ningún momento, de algún modo, sus palabras y su contención habían logrado sosegarla.
Cuando estuvo seguro de que la pesadilla finalmente había pasado, se levantó. Tras cubrirla con una manta, se alejó en dirección a la cocina. Eran más de las nueve y su cuerpo pedía cafeína a gritos. Luego de poner en marcha la cafetera, fue a su habitación para meterse en el cuarto de baño. Aun se sentía tenso por todo lo ocurrido y las emociones que ella despertaba en él. Necesitaba despejarse, poner sus ideas en orden y como en su casa no tenía una bolsa de boxeo a mano para desquitarse, tendría que conformarse con darse una ducha.
Se demoró más de lo habitual bajo la lluvia permitiendo que el agua caliente se deslizara por su piel y relajara poco a poco todos los músculos de su cuerpo. Al terminar, se vistió con un pantalón de jogging y una musculosa blanca y volvió a bajar. Al pasar junto a Micaela, sonrió al verla profundamente dormida. Al menos uno de los dos estaba descansando. Consciente de que Valeria no tardaría en aparecer y que también ella necesitaría una taza de café, se apresuró a seguir su camino hacia la cocina. Estaba terminando de servir cuando una notificación de mensaje hizo vibrar su celular sobre la mesa. Su vecina acababa de llegar.

Valeria estaba muy preocupada y con cada paso que daba sentía crecer el temor dentro de ella. ¿Y si Micaela estaba lastimada? ¿Si era peor de lo que Leonardo le había dicho por teléfono? Estaba por golpear la puerta cuando él la abrió de par en par. Con voz baja, la invitó a pasar haciéndose a un lado para que entrara. Una vez en el interior de la casa, vio a su amiga dormida en el sofá. La miró por unos segundos en búsqueda de alguna marca o indicio que le indicara que había sido agredida. Nada. Volteó de nuevo hacia él.
—¿Cómo está? —preguntó nerviosa.
—Vamos a la cocina. Preparé café —respondió a la vez que hizo un gesto con su mano para que avanzara.
Ella obedeció de inmediato y en silencio caminó hacia el lugar indicado. Al llegar, se sentó a la mesa, frente a una de las tazas que había sobre la misma y aguardó a que él hiciera lo mismo. Lo miró con impaciencia a la espera de que le contase lo sucedido de una vez por todas.
—Leo...
—Ahora está bien, pero sigue un poco asustada —dijo antes de dar un sorbo a su bebida.
—Contame de nuevo que pasó, pero por favor se más específico —insistió.
—Bueno... cuando llegué anoche la vi acurrucada en la puerta de tu departamento. Me acerqué para ver si necesitaba algo y me dijo que te estaba esperando. Estaba mojada, nerviosa y muerta de frío. Cuando le dije que estabas trabajando y no volverías hasta el otro día, le cambió por completo la expresión en el rostro. Tenía miedo, mucho miedo —enfatizó—. No iba a dejarla en esas condiciones así que le pedí que te esperase acá.
—Ay, menos mal que llegaste en ese momento, Leo. No quiero ni imaginar lo que hubiese sido de ella si vos no... Gracias, de verdad. No sabés cuanto te agradezco por haberla ayudado.
—No tenés nada que agradecer. Jamás podría mirar para otro lado si veo a alguien en problemas. Mucho menos si se trata de una mujer —confesó bajando la mirada.
—Lo sé. Igual te lo agradezco. Es mi mejor amiga, la persona que más quiero en el mundo y de solo pensar que pudiese pasarle algo, yo... —Él asintió comprendiendo a la perfección su sentimiento—. Fue Daniel ¿no? ¿La lastimó?
—¿Daniel?
—Su novio —aclaró.
Leonardo hizo un gesto de desagrado ante aquellas palabras y eso no pasó en absoluto desapercibido para Valeria. Frunció el ceño al ver su reacción, pero optó por no indagar.
—Sí —dijo con reserva.
—¡Lo voy a matar! —gruñó ella cerrando con fuerza los puños—. ¿Qué le hizo ese imbécil? Por favor decime que no la... ya sabés...
—No —la interrumpió antes de que dijera palabras que definitivamente no deseaba escuchar. La veía tan frágil y vulnerable que no soportaba la idea de que alguien intentase forzarla.
—¡Gracias a Dios! ¿Pero qué le hizo entonces? ¿Le pegó? No le vi ningún golpe en la cara —comenzó a decir de forma atropellada a la vez que se incorporó con la intención de verla de cerca.
Leonardo se apresuró a sujetarla del brazo para detenerla.
—Las marcas no las tiene en la cara.
—¿Marcas? —preguntó haciendo énfasis en el plural mientras clavó sus ojos verdes en los celestes de él.
—Sí, marcas. Están en su cuello, Valeria. Intentó ahorcarla.
—¡¿Qué?!
—No es la primera vez que veo algo así —continuó—. Ese tipo es peligroso y estoy seguro de que no va a quedarse de brazos cruzados. No podemos dejar que vuelva a acercarse a ella.
Valeria arqueó las cejas sorprendida al oír la forma en la que se incluyó a sí mismo para proteger a su amiga. Sabía que no toleraba la agresión hacia una mujer o cualquier persona que no estuviese en condiciones de defenderse, pero jamás lo había visto tan enojado y su intuición le decía que algo más lo motivaba. Abrumada por lo delicado de la situación, volvió a sentarse y se tomó el resto de café.
—Yo sabía que en algún momento algo así iba a pasar —balbuceó de repente—. Siempre supe que Daniel no era de fiar y se lo dije muchas veces. Pero no lo tomaba en cuenta. Me decía que exageraba porque no me caía bien. ¡Obvio que no me caía bien, pero eso no tiene nada que ver con mi concepto sobre él!
—Es normal. A mis clases vienen muchas mujeres que viven violencia doméstica y muy pocas son las que hablan abiertamente de ello. La mayoría lo oculta por miedo o vergüenza y es a ellas a quienes no puedo ayudar. A veces siento que lo que hago no alcanza, que debería esforzarme más.
—Leo, no conozco a nadie más comprometido con su trabajo que vos y te puedo asegurar que lo que hacés es super valioso. Pensá que quizás sos el único en sus vidas que se preocupa por ellas y les da un medio para defenderse. Y lo que hiciste esta noche por Mica... simplemente no tengo palabras.
—No fue nada, Vale.
—Fue muchísimo. Ella necesitaba contención y un lugar para refugiarse y vos le brindaste ambas cosas. En serio, gracias.
Él asintió en silencio. Sus palabras lo habían emocionado y no se sintió capaz de responderle. Luego de unos segundos, la miró a los ojos con el ceño fruncido.
—Me dijo que él no sabe dónde vivís. ¿Eso es cierto?
—Supongo que sí. Dudo mucho que le haya contado porque me detesta —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Por qué? ¿Creés que va a venir a buscarla?
—Estoy seguro de que lo hará.
Un silencio se instaló entre ellos tras aquella afirmación. Por un lado, Leonardo intentaba una vez más comprender por qué le afectaba tanto lo que pudiese pasarle a Micaela. Lamentablemente, aún no tenía respuesta para eso. Pero de algo estaba seguro, no iba a dejar que ese tipo volviese a ponerle una mano encima. Por el otro, Valeria trataba de procesar toda la información que acababa de recibir. No obstante, estaba muy cansada para eso y ya comenzaba a sentirse mal. Necesitaba con urgencia meterse en su cama.
Dispuesta a irse, intentó con insistencia despertar a Micaela para llevarla a su casa, pero ella se encontraba profundamente dormida y aunque la llamó varias veces, incluso sacudiéndole con suavidad el hombro para que reaccionara, fue inútil.
—Dejala, Vale —intervino Leonardo de pronto—. En verdad tuvo una noche difícil y hace solo unas horas que por fin logró dormirse. Está cómoda y abrigada. No tiene sentido que la despiertes ahora.
—Pero no puedo. ¿Qué va a pensar si se despierta y no me ve? Además, seguro que vos tenés muchas cosas que hacer. No quiero moles...
—A mí no me molesta que se quede, en serio —la interrumpió con seguridad—. Lo único que tengo que hacer hoy es terminar un plano así que no tenía pensado salir de todos modos. Cuando se despierte le digo que te llame y listo.
Valeria lo pensó por unos instantes y luego asintió. Leonardo tenía razón. Era preferible dejarla descansar. Luego de agradecerle por última vez por todo lo que había hecho, besó a Micaela en la frente y tras susurrarle que la quería, se marchó. Si bien le hubiese gustado llevarla en ese momento con ella, al menos se quedaba tranquila de que su amiga estaba bien y a salvo. Al fin y al cabo, se encontraba en buenas manos.
Después de cerrar la puerta, Leonardo regresó junto a Micaela. Le gustaba tenerla allí con él. Y verla dormir por fin relajada, le transmitía una paz que hacía tiempo no sentía. Con delicadeza, le apartó un mechón de su cabello hacia el costado y le acarició la mejilla con el dorso de sus dedos. Su piel era suave, sedosa y su rostro era precioso. Sí, definitivamente se sentía atraído hacia ella. La arropó una vez más con la manta y se dirigió a su estudio para continuar con el maldito plano.
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