Capítulo 25
No sabía lo que hacía. Era la primera vez que se animaba a tanto y aunque temía no estar a la altura, decidió intentarlo de todos modos. Anhelaba verlo y oírlo disfrutar a pleno, por completo ido ante los estímulos de su boca y su lengua. Con él deseaba probarlo todo. Ansiaba incursionar en lo desconocido. Lentamente, bajó con sus labios hasta su pelvis y sin dejar de depositar besos en la parte baja de su abdomen, sujetó su firme miembro con una mano. Entonces, lo cubrió con su boca. Lo oyó gemir ante el ardiente contacto mientras lo vio alzar el mentón dejando caer su cabeza hacia atrás.
Con cuidado de no lastimarlo, comenzó a deslizarse por su falo a la vez que lo acarició con su lengua dibujando círculos sobre la punta. Sintió cómo su respiración cambió tornándose más dificultosa y eso la instó a aumentar la intensidad de sus movimientos. De repente, lo sintió entrelazar sus dedos en su cabello cuando su miembro palpitó con fuerza dentro de su boca. Excitada por el efecto que estaba teniendo en él, lo introdujo aún más profundo en su boca y siguió con más ahínco. Jamás pensó que podría llegar a hacer algo así, mucho menos disfrutarlo. Se daba cuenta de que la forma en la que lo complacía lo estaba llevando al límite y lejos de detenerse, se dispuso a llegar al final.
Leonardo no podía creer lo que estaba viviendo. Ella no solo lo estaba tomando con su boca, sino que lo hacía del modo exacto en el que a él le gustaba. Le encantaba la forma en la que se movía alternando suavidad e intensidad. Mientras con su lengua lo acariciaba con extrema delicadeza en su zona más sensible, con sus labios lo aprisionaba con fuerza y se deslizaba a su alrededor con una sensualidad nunca antes experimentada. La sujetó del cabello, extasiado por sus besos y la llamó por su nombre al sentir la inconfundible corriente de placer que recorrió su cuerpo de forma violenta.
—Mica, amor —susurró entre jadeos—. Basta o ya no podré detenerme.
Ella obedeció nada más oírlo y alzó la vista hacia él. Vio en su rostro el mismo deseo que la estaba consumiendo por dentro y sorprendiéndose a sí misma, gateó sobre él para volver a unir sus labios. Lo besó con ansia, con anhelo, demostrándole todo lo que provocaba en ella. Sus brazos no tardaron en atraparla y acercarla a su cuerpo para comenzar a devorar su boca con desatada y ardiente pasión.
Leonardo gimió al sentir sus pechos sobre su piel y la sujetó de la espalda para pegarla a su cuerpo. Algo había cambiado en ella. Se comportaba de forma más atrevida y desenvuelta y eso lo enardeció aún más. Ardía de deseo por introducirse en ella y acabar así con esa dulce y deliciosa agonía. Sin demorarse más, se incorporó lo suficiente como para sentarse en la cama y la acomodó sobre su regazo, haciendo que colocara una pierna a cada lado de su cuerpo. Sin dejar de acariciar su espalda, recorrió con sus labios la delicada piel de su cuello llenándose de su dulce aroma.
Micaela dejó caer hacia atrás la cabeza disfrutando de la ardiente caricia de su boca a la vez que emitió un leve gemido al notar su notable dureza contra su ya humedecido sexo. Ansiosa por sentirlo deslizarse en su interior, por llenarla poco a poco hasta volverse uno, comenzó a moverse de forma sensual sobre él, provocándolo. Sus roncos gemidos no tardaron en acompañar los de ella provocando que toda su piel se erizara ante ese erótico sonido.
Aturdido por la vorágine de sensaciones que le provocaba aquella fricción, acunó su rostro entre sus manos y tomó completa posesión de su boca, una vez más. Hurgó con su lengua y acarició la suya con una voracidad que no había mostrado con ella hasta ese momento. Las veces anteriores había procurado medirse, pero eso ya no le resultaba posible. La forma en la que lo había tomado con su boca lo debilitó por completo y sentirla moverse sobre su firme y palpitante miembro, lo estaba volviendo loco.
Sin pensarlo más, estiró su brazo hasta el cajón de la mesita de luz y tomó uno de los preservativos que había dejado allí al llegar. Necesitaba con urgencia recostarla sobre su espalda y hundirse de lleno en su interior. Sin embargo, Micaela tenía otros planes y sorprendiéndolo de nuevo, se lo arrebató de las manos. Tras verla deshacerse del envoltorio con asombrosa rapidez, se apartó para permitirle deslizarlo alrededor de su firme erección. Se estremeció ante la deliberada lentitud y suavidad con la que lo hacía y sin apartar los ojos de los de ella, la vio posicionarse sobre él. Jadeó en el momento exacto en el que se deslizó hacia abajo envolviéndolo por completo con su delicioso calor.
—Dios, Micaela —exclamó con voz entrecortada a la vez que la sujetó con firmeza de las caderas. La sensación de estar clavado tan profundo en ella era absolutamente deliciosa, tanto que apenas podía hilar pensamiento alguno.
—Te dije que quería verte gozar y eso es lo que voy a hacer —le susurró al oído, sorprendiéndolo una vez más.
Antes de que fuese capaz de responderle, la sintió comenzar a moverse en un lento y suave vaivén que no tardó en hacerlo perder la cordura. Con sus manos a ambos lados de sus caderas, acompañó sus movimientos alzando la pelvis cada vez que ella bajaba para entrar aún más. La intensidad creciente de aquella erótica danza lo desbordó en un abrir y cerrar de ojos amenazando rápidamente con destruir el poco autocontrol que todavía conservaba. Consciente de que se encontraba al borde del precipicio y ella aún no había alcanzado la cima, la pegó contra su cuerpo y con una ágil maniobra, intercambió posiciones quedando ahora él por encima.
—Lo siento, hermosa, pero antes quiero verte acabar a vos —le dijo justo antes de penetrarla con fuerza.
Micaela gritó de placer al sentir la poderosa invasión y clavó las uñas en su espalda, aturdida por las increíbles sensaciones que le provocaban sus embestidas. Cada estocada la elevaba más y más alto haciéndola perderse en un arrollador remolino de placer y gozo. Doblegada ante las exquisitas sensaciones a las que él la exponía, se entregó por completo a su voluntad. Pronto sintió las increíbles contracciones que precedían su orgasmo y exclamando su nombre, extasiada, estalló en mil pedazos.
Leonardo debió hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no dejarse llevar. Oírla gritar de ese modo en el momento mismo en el que se enterró en ella y sentirla aferrarse a él envuelta en ardiente pasión y total desenfreno, casi había acabado con él. Jamás la respuesta de una mujer le había generado algo tan intenso, pero empezaba a darse cuenta de que, con ella, todo se potenciaba. Decidido a llevarla hasta la cima, continuó embistiéndola una y otra vez con fuerza hasta que la oyó nombrarlo entre jadeos. Su intenso clímax desencadenó de inmediato el suyo y con un ronco gemido, encontró también él la liberación.
Aún respiraban de forma agitada cuando Leonardo se apoyó sobre sus codos para mirarla a los ojos. Micaela podía notar la mezcla de sorpresa y admiración en su mirada y no pudo evitar sonrojarse. Después de todo, ni ella se reconocía a sí misma después de lo que acababa de hacer. Avergonzada, se tapó la cara. Él intentó apartar sus manos de aquel rostro que lo cautivaba, pero ella opuso resistencia.
—Mica, mirame —pidió él con tono divertido.
Ella negó con un movimiento de su cabeza.
—Yo... no sé qué me pasó... —murmuró tras sus palmas.
Las suaves carcajadas de Leonardo provocaron que terminara por descubrir su cara.
—No te rías, de verdad no sé... —pero su reto fue interrumpido por los dulces y cálidos labios de Leonardo que cubrieron suavemente los suyos.
Colocando ambas manos sobre sus mejillas, la besó despacio, con delicadeza, deleitándose con su embriagador sabor. La sintió volver a relajarse entre sus brazos y se sintió absolutamente pleno.
—No intentes razonar lo que no puede medirse por la lógica —susurró contra sus labios—. Lo que acabamos de vivir fue increíble y te puedo asegurar que disfruté cada segundo —prosiguió mirándola a los ojos.
Micaela se perdió en su mirada. Ya no veía rastro alguno de tristeza, sino una completa y absoluta dicha. Se sintió feliz de poder alejar la oscuridad que se empeñaba en atormentarlo y brindarle un poco de alivio a su lastimado corazón.
—Yo también lo disfruté —le dijo ruborizándose una vez más.
Tras depositar un suave beso en sus labios, salió de ella con cuidado y se quitó el preservativo. Luego de anudarlo y dejarlo en el piso, se recostó sobre su espalda y la atrajo a su costado. Ya tendría tiempo de tirarlo por la mañana. Ahora, lo único que quería era tenerla en sus brazos hasta quedarse dormido. Ya la otra vez que habían pasado la noche separados, se había dado cuenta de lo mucho que la necesitaba a su lado. De alguna manera, ella le brindaba la paz y el sosiego que tanto necesitaba.
Micaela se acurrucó contra él y apoyó la cabeza en su pecho. Se había acostumbrado a dormir pegada a él, tanto que le resultaba muy difícil conciliar el sueño si no estaban juntos. Estando a su lado, por el contrario, se relajaba al instante. Sus brazos alrededor de su cuerpo, le daban tranquilidad, la hacían sentirse protegida y por un instante, deseó que pudiesen permanecer así para siempre.
—Quiero que todas las noches sean como esta —le dijo de repente, como si hubiese sido capaz de leer sus pensamientos—. Que, de ahora en más, duermas siempre conmigo.
Ella se apartó solo lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Ya lo hago, Leo. Prácticamente vivo en tu casa —respondió con una sonrisa.
—Lo sé, pero tus cosas siguen estando en lo de Valeria. Me gustaría que te mudaras conmigo al regresar. Que lo traigas todo y que sientas que mi casa es tu casa. Quiero tener la seguridad de que, pase lo que pase, estarás a mi lado cuando caiga la noche. —Micaela lo evaluó con la mirada—. No tenés que decir que sí ahora, solo pensalo y...
—Sí —lo interrumpió apoyando una mano sobre su pecho desnudo—. No necesito pensarlo. Te amo, y también quiero tenerte a mi lado cada noche.
Nada más oírla, la atrajo hacia él y sujetándola del rostro con ambas manos, volvió a apoderarse de su boca.

Micaela no podía dejar de sonreír mientras se dirigía a la casa de los dueños del complejo junto a su amiga. La noche anterior había sido muy intensa, pero no solo por todo lo que Leonardo le había confiado, sino también por lo que habían compartido juntos. Jamás se imaginó que podría enamorarse de ese modo. Mucho menos que fuese correspondida. Sin embargo, en poco tiempo él se las ingenió para derribar todas las creencias negativas que tenía de sí misma demostrándole que no había nada malo en ella. Ese hombre la hacía sentirse hermosa, deseable. La hacía sentirse mujer.
Luego de que la sorprendiera con un delicioso desayuno en la cama hecho por él, se marchó para reunirse con Maximiliano y Gastón. Tenía negocios por discutir y, según sus propias palabras, ahora que por fin había podido exteriorizar viejas heridas de su pasado, la carga era menos pesada y eso le permitía ver las cosas de otra manera. De algún modo que no terminaba de comprender, ya no le parecía tan descabellado el hecho de formar una sociedad junto a su hermano en ese lugar. De hecho, hasta empezaba a sentir cierto entusiasmo.
Ella, por su parte, se sentía feliz por el hecho de saber qué, en cierta forma, había ayudado a que se reconciliara con una parte de su pasado. Por supuesto que era consciente de que todavía le quedaba mucho por sanar, pero, al menos era un comienzo. Asimismo, se sentía en verdad muy a gusto allí. Ese lugar era por completo diferente a la ciudad y eso le encantaba. Desde la frescura y pureza del aire, el agradable y pacífico canto de los pájaros hasta el delicioso aroma de la abundante vegetación que los rodeaba, le transmitían una calma que jamás pensó podría encontrar lejos de su hogar.
Por otro lado, tanto Gastón como Sofía se habían mostrado muy cálidos desde un principio haciéndolos sentir no solo bienvenidos sino también como de la familia. Y qué decir de su pequeña... esa niña era en verdad adorable. Negó con su cabeza, divertida al recordar lo territorial que se mostraba todo el tiempo con Valeria. Era evidente que Maximiliano la tenía enamorada. Sonrió ante ese pensamiento, no tanto por la ternura que le generaba la idea en sí misma sino por cómo reaccionaba su amiga ante eso. Por momentos parecía, incluso, que estuviese compitiendo con la niña por la atención del joven galán.
—Bueno, bueno. Esa sonrisa parece indicar que te fue muy bien anoche, después de todo —dijo de pronto Valeria llamando su atención.
Su inmediato sonrojo le confirmó que no se equivocaba.
—Estuvo increíble, no voy a mentir —aceptó con sus mejillas encendidas—. Pero no es por eso que sonrío. En realidad, pensaba en Belén y la adoración que tiene por Maxi.
—Ay, ni me lo recuerdes —respondió con expresión de agobio—. Siempre rondándole alrededor y buscando llamar su atención permanentemente. Ni tomarnos de la mano podemos sin que aparezca de la nada y nos separe con alguna excusa.
—¡Valeria! —la regañó a la vez que comenzó a reír—. No podés ponerte celosa de una nena.
—Sí, bueno. Ya ves que sí —dijo exasperada.
Ambas se miraron a los ojos y rompieron a reír en el acto. A continuación, continuaron su camino. Aprovechando que los hombres estarían ocupados por horas, habían decidido recorrer los alrededores y nadie mejor que Sofía para indicarle hacia donde ir.

Por el aroma que salió en cuanto la joven madre abrió la puerta, supieron que se encontraba cocinando. Aún faltaban horas para el almuerzo, pero al parecer, esta mujer no conocía la palabra descanso. Sonrió nada más verlas y las invitó a pasar. Se veía cansada, como si no hubiese dormido bien. Sin embargo, ni siquiera eso parecía quitarle energía o cambiar su estado de ánimo. En el living, su hija dibujaba sobre la mesa ratona mientras miraba la televisión. Al oírlas, alzó la vista hacia ellas y las saludó con la mano para luego continuar con su tarea.
—Justo estaba por tomar unos mates mientras esperaba que la carne y las verduras estuviesen listas. ¿Ustedes toman? Sino también tengo café que hice más temprano para Gastón. Solo hay que calentarlo.
—Un café te acepto —respondió Valeria—. Pero yo lo caliento, tranquila.
—Está bien. ¿Y vos, Mica?
—Yo te voy a acompañar con esos mates.
—Excelente —dijo y se giró para sacar del fuego la pava que ya se había calentado. Cuando estuvo todo listo, se sentaron a la mesa. Mientras Valeria tomaba su segunda taza de café del día, ellas compartieron un delicioso mate dulce, igual al que solía tomar con su abuela cuando aún vivía.
En cuanto le comentaron sobre sus planes, Sofía se mostró encantada de contarles cosas sobre el pueblo y les sugirió algunos lugares interesantes que podían visitar. Al igual que la noche anterior, se sintieron muy cómodas con ella y cuando quisieron acordarse, había pasado más de una hora. Asombradas de lo rápido que pasaba el tiempo cada vez que se juntaban, se despidieron y se apresuraron a dirigirse hacia la salida.
Estaban llegando a la puerta cuando de pronto, un estruendo proveniente de la cocina acaparó su atención. Se miraron preocupadas y regresaron de inmediato. Tanto la asadera como las verduras que hasta ese momento habían estado en el horno, se encontraban desperdigadas en el piso. Sofía se encontraba inclinada hacia adelante. Con una mano se sujetaba el vientre mientras con la otra se aferraba a la mesada para no caerse. Entonces, un fuerte y grave gruñido salió de su boca provocando que se arqueara aún más. Valeria corrió hacia ella y la sujetó con fuerza.
—¿Mami? —preguntó la niña con voz temblorosa al verla en ese estado. También ella se había acercado al escuchar el ruido de la asadera al caer.
—Estoy bien, hija. Solo es un dolor pasajero —respondió con esfuerzo sosteniéndose de la joven que había ido a su auxilio.
—Es igual que la otra vez, mami. Voy a buscar a papá para que llame al doctor.
—¡No! —gruñó en medio de una fuerte contracción provocando que Belén se sobresaltara.
—Tranquila, preciosa —intervino Micaela a la vez que pasó un brazo por encima de sus hombros con la intención de calmarla—. Vale es médica también, ¿sabés? Y ella va a cuidar de tu mamá.
Ella asintió sin despegar ni un instante sus ojos negros de su madre.
Valeria esperó a que la contracción pasara y luego se dispuso a llevar a Sofía hasta el sofá. Luego, fue en búsqueda de una toalla y tras humedecerla, regresó a gran velocidad a su lado. Con delicadeza, comenzó a pasarla por su frente perlada en sudor y miró su reloj para tomar el tiempo que duraba la siguiente contracción. Si bien no era obstetra, podía diferenciar cuando una mujer se encontraba en trabajo de parto. Para su alivio, las contracciones no tenían la intensidad ni la duración suficientes. Cuando el dolor por fin pareció terminar, la vio intentar incorporarse.
—¿Qué creés que estás haciendo? —cuestionó apoyando una mano en su hombro para detenerla.
—Es que ya estoy mejor y la cocina es un desastre. Se me cayó la asadera con todas las verduras y ahora tengo que limpiar todo.
—No —replicó con autoridad—. Sofía, vos también sos médica y si bien no estás ejerciendo ahora mismo, sabés que, si seguís haciendo esfuerzo, lo más probable es que vuelvan las contracciones y se desencadene el parto antes de tiempo. ¿Acaso querés que pase eso?
—No, por supuesto que no —replicó, resignada—, pero es que la comida...
—Yo me encargo de eso —intervino entonces Micaela—. Vos no te preocupes por nada y hacele caso a la doctora que sabe lo que dice —continuó en alusión a su amiga.
—Exacto y como tu doctora te digo que lo mejor que podés hacer hoy es descansar —indicó con la seriedad y profesionalismo que la caracterizaba cada vez que se ponía el guardapolvo blanco, aunque en este caso no lo tuviese puesto—. Si querés, puedo buscar a Gastón para que venga y...
—¡No, por favor no! —exclamó de repente, interrumpiéndola—. Si se entera de esto no va a volver a dejar que me levante de la cama. Prometo quedarme quieta, pero por favor no se lo cuenten.
—Está bien, está bien —acordó Valeria al ver la forma en la que eso la alteraba.
—Y eso va para vos también, Belén. No queremos asustar a papá, ¿verdad?
—No, mami.
Un breve silencio se instaló en la habitación.
—¿Qué te parece si hoy cocinamos nosotras? —preguntó Micaela con la clara intención de distraerla—. ¿Te gustaría ser mi ayudante? —La vio asentir, entusiasmada—. Genial, vamos entonces.
Tras tomarla de la mano, se alejó junto a la niña en dirección a la cocina.
—Lamento haber arruinado sus planes —susurró, apenada una vez que quedaron solas.
—No te preocupes por eso. Nosotras podemos salir a recorrer más tarde. Ahora lo importante es que vos y el bebé estén bien.
—Gracias. La verdad que es un gran alivio para mí que estén acá. Desde que tuve aquellas pérdidas hace algunas semanas, estoy un poco preocupada. Intento que no se me note para no asustarlos a ellos. Sé que Gastón está pendiente de mí y aunque lo amo por eso, la realidad es que también me exaspera. Además, ahora está muy estresado con todo el tema del complejo y no quisiera sumarle más preocupaciones.
—Te entiendo, Sofi y no necesitás darme explicaciones. Pero sabé que no voy a quitarte los ojos de encima.
—Sonás como Eugenia. —Rio—. Es una de las hermanas de mi marido y mi mejor amiga. También es pediatra y si no fuera porque en este momento está de viaje, la tendríamos acá instalada hace rato. De todos modos, Laura, su otra hermana, se encarga de llamarme todos los días para ver cómo estoy. Toda su familia es increíble. Viven en otro pueblo, pero siempre están presentes.
—Eso es buenísimo. ¿Y tu familia? —preguntó con cautela.
—Mis padres fallecieron hace mucho tiempo, antes siquiera de que Gastón y yo nos conociéramos y no tengo hermanos así que, en cierta forma, ellos se convirtieron en mi familia.
Valeria no pudo evitar pensar en Micaela y cómo también siempre había considerado más familia a los padres de ella que a los suyos propios. No podía culparla. Su madre era una harpía y lo mejor que pudo haber hecho en el último tiempo fue alejarse de ella.
—La familia no siempre es la que lleva la misma sangre y es genial que puedas contar con ellos de ese modo.
—Tenés mucha razón, Vale.

Para cuando los hombres regresaron, la comida ya estaba servida. Micaela se había encargado de limpiar el piso y, con ayuda de Belén, había hecho varias ensaladas para acompañar la carne asada que Sofía había preparado justo antes del pequeño incidente. La nena estaba tan orgullosa de su desempeño en la cocina que no dejó de relatar cada una de las tareas que había realizado. En un momento, incluso, estuvo a punto de decir lo que había pasado antes de eso, pero las chicas fueron más rápidas e intervinieron justo a tiempo.
—¿Todo bien hoy? —preguntó a su marido Sofía en un intento por cambiar de tema.
—Sí, bárbaro. Estuvimos viendo varias formas en las que se podría ampliar el gimnasio. Maxi tiene unas ideas increíbles y por lo que dice Leo, podría llevarse a cabo sin tanto costo.
—Eso es fantástico.
—Sí, la verdad que sí. Bueno, siempre y cuando formemos la sociedad, claro.
—Sin presiones, eh —agregó Leonardo con una sonrisa provocando que todos comenzaran a reír.
—No, igual aún falta evaluar bien los espacios que serían para la sala de cine, el sector de juegos para niños y el bar para adultos, pero tengo fe de que mi hermano va a encontrar un modo económico y redituable para llevarlo a cabo —intervino Maximiliano con sus ojos fijos en él.
El aludido alzó la mirada y negó con su cabeza, divertido. Era claro que intentaban persuadirlo y la verdad era que lo estaban logrando. Con cada hora que pasaba en ese lugar, más factible veía la posibilidad de invertir allí. No obstante, no quería decidir nada hasta analizarlo bien, con toda la información necesaria para ello.
—Si llegásemos a llevar esto adelante, lo que hay que ver también es cómo haríamos para promocionarlo —dijo Leonardo mirando a su hermano—. Sé que vos tenés un montón de contactos, pero que yo sepa, ninguno de ellos en un diario.
—Pero nosotros sí —afirmó, de pronto, Sofía.
—Bárbara —afirmó más que preguntó Gastón entendiendo al instante a quien se refería su esposa. Ella asintió—. Una amiga nuestra trabaja en el diario local y a su vez tienen conocidos en uno de los periódicos más importantes de la Capital. Podría pedirle que escriba un artículo sobre el complejo. Yo la ayudaría, claro. Al fin y al cabo, no estudié periodismo en vano —agregó con una sonrisa de satisfacción.
—Eso estaría bien. Además, estoy seguro de que ya con que aparezca el nombre de mi hermano, ese artículo será un éxito —dijo, orgulloso, Maximiliano.
En ese momento, todas las miradas se centraron en Leonardo quien, en silencio, evaluaba la situación. La verdad era que tener esa parte cubierta era de gran ayuda. No obstante, aún no era suficiente para tomar la decisión y así se los hizo saber.
—Dejen ya de presionarlo —medió Sofía—. Denle tiempo para que vea lo demás y lo piense. Si tiene que ser, será —afirmó con más seguridad de la que en verdad sentía.

Una vez que terminaron de almorzar y limpiar todo para que la dueña de casa no tuviese que hacerlo, se despidieron del matrimonio. Habían escuchado a las chicas decir que querían conocer la zona y les propusieron llevarlas a recorrer el pueblo y así mostrarles algunos de los lugares que frecuentaban cuando vivían allí. Al volver, se reunirían de nuevo con Gastón y continuarían viendo el complejo.
Estaban por salir cuando de repente, vieron a Belén correr hacia Valeria y abrazarse a su cintura con fuerza. Sorprendida por semejante demostración de afecto por parte de la niña, se apresuró a ponerse en cuclillas para quedar a su altura.
—Pensé que no te caía bien —le dijo mirándola a los ojos con ternura.
La pequeña la evaluó por unos instantes y tras echar una fugaz mirada a sus padres, se acercó para asegurarse de que solo ella fuese capaz de oírla.
—Gracias por cuidar hoy a mi mamá —dijo con voz temblorosa y ojos humedecidos.
Valeria no pudo evitar emocionarse ante la actitud madura de la niña. A pesar de que seguía sin gustarle que fuese la novia de Maximiliano, le había obsequiado una muestra de cariño por haber ayudado a la persona más importante en su vida. Esbozando una sonrisa genuina, le acarició el cabello y le dio un beso en la mejilla.
—De nada, princesa Belén —le susurró al oído de la misma forma en la que él lo haría.
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