Capítulo 19

Era pasado el mediodía cuando Valeria despertó. A pesar de que la noche anterior había estado de guardia, el sueño había sido reparador. Se desperezó emitiendo un gran bostezo y miró alrededor. Sonrió al darse cuenta de qué día era y con renovada energía, apartó el cobertor para salir de la cama. Su cumpleaños siempre había sido especial y a diferencia de la mayoría de las personas que solían experimentar una sensación de nostalgia, a ella la revitalizaba.

Con la certeza de que su amiga estaría esperándola abajo con el desayuno listo, se metió en el baño con la intención de darse una rápida ducha y comenzar la jornada con todas las pilas. ¿Habría decorado con globos, tal y como siempre hacía su familia cuando aún vivía con sus padres? Micaela había participado muchas veces de esa tradición y sabía lo mucho que le gustaba. Contrario a sus expectativas, un absoluto silencio reinaba en su casa. No solo no había ningún tipo de decoración, sino que se encontraba completamente sola.

Desde que se había reconciliado con Leonardo, era raro que durmiese allí y aunque le alegraba mucho verla feliz, no podía evitar extrañarla. Se había acostumbrado a tenerla cerca. Su presencia le brindaba una calidez que, sin saberlo, su corazón añoraba. Era extraño. Siempre había sido una mujer independiente y jamás le había molestado la soledad antes. Sin embargo, desde su inesperada llegada, sus prioridades cambiaron por completo. Su trabajo había dejado de llenarla y de pronto, se encontró a sí misma deseando regresar a su hogar para poder compartir junto a su amiga una cena o una simple charla hasta que el sueño las venciera a ambas.

¿Y si se había olvidado de su cumpleaños? Con todo lo que le había pasado, podía entenderla, pero no por eso, dolía menos. Resignada a empezar el día sola, se dirigió a la cocina y encendió la cafetera. Todo siempre era mejor luego de un buen café. Tras responder algunos mensajes de felicitaciones, vagó por la galería de fotos de su celular repasando las imágenes de la noche anterior. Sonrió al recordar cómo sus compañeros la habían sorprendido al comprar entre todos una torta en su honor.

Intentando no seguir dándole vueltas a la idea de que Micaela había pasado por alto esa fecha, comenzó a limpiar la casa. Si se quedaba quieta no haría más que elaborar teorías innecesarias que solo harían que su enojo aumentase. Tampoco llamaría a su amiga para sacarse la duda. Si en verdad no se había acordado de su cumpleaños, no sería ella quien se lo recordase. Luego de varias horas, se recostó en el sofá para descansar un rato mientras miraba algo en la televisión. Cualquier cosa que apagara el bullicio de su mente, era más que bienvenida.

El sonido de una llamada entrante la interrumpió provocando que dejara el control remoto a un costado para atender. Frunció el ceño, sorprendida, al ver de quien se trataba. Su asombro fue en aumento cuando, con una increíble dulzura, Ignacio la felicitó por un nuevo año de vida y la invitó a salir a cenar esa noche para celebrar. Por un instante, pensó en negarse, pero aceptó cuando recordó el más que evidente olvido de su amiga.

Si bien él no había querido decirle adonde la llevaría, le remarcó que no sería un sitio demasiado formal y que con un jean y botas estaría más que perfecta. Le llamó la atención que hiciera tanto hincapié en la vestimenta, pero decidió no indagar. Después de todo, se trataba de una sorpresa y no quería arruinarla con sus preguntas. Entusiasmada con sus nuevos e inesperados planes, volvió a ducharse —esta vez tomando el tiempo necesario para relejarse en la bañera— y dedicó los siguientes treinta minutos en ponerse linda. Podría ir de jean, pero eso no quería decir que no se maquillara ni arreglase su cabello.

Una hora después, estaba en un sencillo, pero precioso restaurante al que nunca antes había ido. Siempre había sido amante de la buena pasta y la de ese lugar era simplemente deliciosa. Con velas como centro de mesa, el ambiente no tardó en brindarles intimidad y calidez aliviando de algún modo la desilusión de sentirse olvidada por algunas de las personas que más quería —porque no era solo de Micaela de quien esperaba un mensaje.

Ignacio, por su parte, se estaba mostrando de lo más caballero y atento contrastando con su fama de superficial y mujeriego. Parecía realmente tener ojos solo para ella y eso le gustó. Ese día no había empezado como esperaba y recibir sus atenciones la hacía sentirse especial. Aun así, revisaba de tanto en tanto su celular para comprobar si recibía un nuevo mensaje o llamada.

Debió haber sido muy evidente la forma en la que no dejaba de estar pendiente de su teléfono ya que nada más terminar de cenar, lo oyó pedir la cuenta.

—Lo siento, Nacho. Es que estoy un poco dispersa esta noche —reconoció, apenada.

—Puedo verlo, pero no te preocupes, igual tenía pensado llevarte a un lugar especial. —Valeria arqueó las cejas con desconfianza y una carcajada salió de la boca de él ante su reacción—. No me refiero a ese tipo de lugares, pero no voy a darte más detalles. Tranquila, te va a gustar.

En cuanto llegaron al boliche, una sonrisa se dibujó en su rostro y supo de inmediato que Micaela estaba involucrada. Pocas personas conocían su inclinación por la música country, así como por la temática en general, por lo que era imposible que él hubiese elegido ese lugar por sí mismo. Comprobó sus sospechas en cuanto ingresó al bar —ambientado como los del sur de Estados Unidos— y vio a su amiga correr hacia ella con los brazos abiertos. La emoción fue aún más grande cuando advirtió detrás de ella a los hermanos Vázquez. Cerró los ojos a la vez que suspiró al sentir su afectuoso abrazo.

—¡Feliz cumple, Vale!

—¡Gracias! —respondió, aliviada—. ¡Qué linda sorpresa! Pensé que te habías olvidado.

—Jamás, amiga. Solo tenía que hacerte creer eso. Así son las sorpresas, ¿no? —aclaró con una sonrisa de satisfacción—. Pero mirá que no lo hice sola y nada de esto hubiese sido posible sin su ayuda.

—¡No puedo creerlo, Nacho! —exclamó de pronto dando la vuelta hacia él—. Conociéndote, estaba segura de que me regalarías un conjunto de ropa interior —dijo a modo de broma.

—Bueno... también, pero mejor te lo doy cuando estemos solos —susurró a la vez que le guiñó un ojo.

Maximiliano se tensó al oírlo y, asqueado, apartó la mirada.

—No, yo me refería a... —pero fue interrumpida por el menor de los hermanos.

—Feliz cumpleaños —la saludó acercándose para darle un beso en la mejilla.

—Gracias —atinó a decir ella, obnubilada por su cercanía y todo lo que generaba en su interior su delicioso y varonil perfume.

Al alejarse de nuevo, sintió se inmediato la mirada de Micaela sobre sí. Sus ojos expresaban su reclamo por no aclarar que había sido él el responsable de los preparativos y no Ignacio. Sin embargo, no sentía la necesidad de aclarar la confusión. Después de todo, lo único que le importaba era verla contenta. Tras excusarse, se alejó en dirección a donde se encontraba el Disc Jockey a la espera de sus instrucciones.

A continuación, Leonardo también la felicitó y procedió a hacer entrega de los sombreros que los pondrían a tono con el atuendo de los invitados. Valeria rio encantada al darse cuenta de que todos vestían como verdaderos cowboys y sin poder evitarlo, su mirada viajó directo a Maximiliano. Siempre le habían parecido extremadamente sexys los hombres que se vestían de ese modo, pero nadie, nadie, podía compararse a como lucía él con ese look.

No cabía en sí misma de la felicidad que estaba sintiendo en ese momento. Micaela se había encargado de invitar no solo a los amigos más cercanos, sino también a sus compañeros del hospital. Y el lugar... el lugar era increíble. No sabía cómo había hecho para lograrlo en tan poco tiempo, pero se lo agradecía con el alma —a ella y a Ignacio, claro.

Lo observó unos instantes cuando este se dirigió a la barra para pedir unos tragos. No podía negar lo atractivo que era. Por supuesto tampoco lo bueno que era en la cama y por lo que había demostrado en el último tiempo, parecía que también era atento y generoso. No había nada en él que le disgustara. Sin embargo, jamás había logrado provocarle ese agradable cosquilleo en el estómago que otros sí fueron capaces —o, mejor dicho, otro, en singular.

Intentando apartar esos inoportunos pensamientos de su mente que lo único que conseguían era confundirla aún más, aceptó el trago que su acompañante le trajo y comenzó a bailar al ritmo de la música que tanto le gustaba. De alguna manera, logró dejar de pensar y se relajó lo suficiente como para disfrutar de su fiesta y llenarse de las increíbles sensaciones que tanto el lugar como la compañía le brindaban.

Intentaba enseñarle a Micaela el famoso paso country llamado "Line up dance" cuando de pronto la música se detuvo. Una voz en el micrófono les pidió que se acercaran a la zona donde se encontraba el famoso toro mecánico para que pudiesen dar comienzo a la competencia. Se entusiasmó de inmediato ante la idea. Amaba todo lo relacionado a los vaqueros y estaba segura de que sería de lo más divertido ver a sus amigos intentando no caerse del diabólico animal.

Una corriente eléctrica la recorrió entera cuando se anunció cuáles serían los premios. El ganador podía pedirle a la cumpleañera una de las siguientes tres opciones: que se subiese al toro, que concediera una pieza de baile o bien se dejara besar en los labios. Por supuesto que ella tendría el poder de aceptar o rechazar la petición, pero si así lo hacía, debía ofrecer algo a cambio, como una especie de premio consolación. Todos aquellos hombres que no estuviesen allí con sus parejas estaban obligados a participar. Ninguno podía negarse.

Sus ojos viajaron de inmediato hacia los tres hombres que, hasta ese momento, habían estado conversando entre ellos en un rincón del boliche. Notó como, nada más oír el anuncio, dos pares de ojos se fijaron en ella provocando que todo en su interior vibrase. Aún a la distancia, advirtió el brillo en aquellos faros celestes que la atraían como imán cada vez que los sentía sobre sí.

Ignacio no tardó en dirigirse a la fila que ya había comenzado a formarse y desde allí le guiñó un ojo. Se lo veía confiado y su sonrisa de suficiencia lo confirmaba. Por el contrario, Maximiliano, que aún no se había movido del lugar, parecía un tanto incómodo. Pero entonces, lo vio asentir ante algo que le dijo su hermano y caminar, decidido, hacia la fila. En ese momento, sintió la necesidad de inspirar profundo para aplacar los terribles nervios que la invadieron.

—Dale, Vale, tenés que ir —le dijo su amiga sacándola de su ensimismamiento—. Te están esperando para empezar.

—Es que no sé si pueda, Mica —confesó con voz temblorosa—. Si él llegara a ganar...

Se calló de repente al notar el efecto que tenía en ella la imagen de los labios de él sobre los suyos. Un calor recorrió su cuerpo alojándose directamente en su vientre a la vez que su respiración se hizo más pesada. ¡Dios, ¿qué le estaba pasando?! ¡Ella debía pensar en Ignacio!

Micaela notó sus dudas y se sorprendió de que, siendo una mujer tan fuerte y segura de sí misma, se asustara de ese modo ante la posibilidad de vivir lo que tanto deseaba.

—Va a estar todo bien —le aseguró mientras tomó su mano para animarla.

De pie junto al presentador, Valeria metió ambas manos en los bolsillos de su jean en un intento por disimular el temblor de las mismas. El hombre anunció las reglas y luego le pidió al primer participante que subiera al toro. Los primeros redobles de batería de "Chattahoochee" de Alan Jackson, seguidos de los rítmicos acordes de su guitarra comenzaron a sonar llenando de energía el ambiente. De a uno fueron pasando y cayendo del animal lo cual provocaba grandes carcajadas entre los espectadores.

A pesar de la alegría que la rodeaba, se sentía incapaz de relajarse del todo. La lenta y tortuosa espera hasta que el turno de ellos dos llegase estaba acabando con ella. Su corazón golpeó con fuerza contra su pecho a la vez que su respiración se aceleró nada más darse cuenta de que, aunque sabía que debía desear que ganase Ignacio, en su interior anhelaba que fuese Maximiliano.

Casi un minuto y medio soportó el primero antes de ser arrojado al piso y, con una amplia sonrisa, se incorporó con los brazos en alto considerándose el ganador de la competencia. No obstante, todavía quedaba el último participante y por la expresión que podía verse en su rostro, no parecía estar dispuesto a dejarse vencer tan fácilmente. En cuanto el mismo agarró la rienda con una mano, la bestia comenzó a girar con el único objetivo de quitarse de encima a su jinete. Valeria jadeó cuando, en un brusco giro, Maximiliano estuvo a punto de caer.

—¡Se está cayendo, se está cayendo! —exclamó el animador haciendo que su estómago se estrujase. Debió contenerse para no gritar su nombre al verlo tan cerca del piso. Sin embargo, se relajó cuando advirtió que recuperaba el control de la situación y lograba estabilizarse. Aunque eso la aliviaba, en cierto modo también la ponía más nerviosa. Faltaban pocos segundos para que superase el récord y eso significaba que tenía grandes chances de ganar.

Maximiliano maldijo para sus adentros cuando casi fue arrojado hacia un costado. Con la adrenalina corriendo de forma vertiginosa por su torrente sanguíneo, la respiración acelerada y el corazón latiéndole a mil, cerró con fuerza las piernas alrededor del animal y consiguió volver a afirmarse sobre él. A pesar de la música, podía oír el bullicio del público alentándolo. No obstante, no les prestaba la más mínima atención. Lo único en lo que se permitía pensar era en resistir el poco tiempo que le quedaba para vencer a su amigo y convertirse automáticamente en el ganador.

—¡Faltan solo diez segundos! —exclamó entusiasmado el animador—. ¡Parece que va a lograrlo! ¡Esto es increíble! Nunca nadie resistió tanto arriba de Lucifer —continuó en clara alusión al toro—. Tres, dos, ¡uno! —gritó con efusividad—. ¡Tenemos un nuevo ganador!

En cuanto oyó aquellas palabras, se dejó caer. Después de todo, ya había conseguido lo que quería. Luego de incorporarse, se tomó un momento para recuperar el equilibrio. Después de semejante sacudida, sentía que todo a su alrededor giraba. No obstante, tenía un propósito y no quería seguir perdiendo el tiempo. Buscó con la mirada a Valeria para evaluar su reacción y aunque la veía nerviosa, la sutil sonrisa en su rostro le demostró que estaba contenta con el resultado. Aun agitado y un poco mareado, caminó hacia ella sin apartar los ojos de los suyos.

—¿Qué estás haciendo? —oyó que Ignacio le preguntaba al pasar a su lado.

Era evidente que se había dado cuenta de sus intenciones. No le respondió. Esa noche solo deseaba centrarse en ella. Estar encima de ese toro y resistir más que su amigo se había convertido en una necesidad. Sabía que era ilógico e incluso infantil de su parte, pero de algún modo, quería sentir que podía ganarle en algo. Por otro lado, se había esmerado durante semanas para que tuviese la fiesta que se merecía y deseaba poder compartir con ella, aunque fuese un momento de ese día tan especial.

Valeria sintió que la boca se le secó de repente cuando lo vio avanzar en su dirección. ¿Y si elegía el beso? Dios, se estremecía de solo pensarlo. Podía notar la hostil mirada de Ignacio sobre ambos, pero optó por no prestarle atención. En silencio, aguardó a que el organizador repitiera los premios. Si bien en cualquier otra oportunidad se hubiese sentido incómoda con la situación y se habría negado a que la tratasen como mercancía, en ese momento solo podía pensar en cuál sería su elección.

Por fin había llegado esa oportunidad que tanto había deseado. Estaba a un paso de probar sus labios y todo en él se encendió de solo pensarlo. Podía notar el brillo en sus ojos verdes lo cual demostraba que ella estaba igual de afectada que él. ¿Acaso quería que eligiera esa opción? Lo meditó por unos segundos antes de anunciar su respuesta. No había nada que anhelara más en el mundo, pero preferiría que cuando sucediese no hubiera testigos. En cambio, la idea de tenerla en sus brazos durante un par de minutos le pareció de lo más tentadora y apropiada.

—Elijo el baile —dijo de pronto sorprendiendo a todos los presentes, incluida Valeria.

Luego de que el animador les otorgara unos minutos para que el vaquero —como acababa de apodarlo— pudiese recuperarse de semejante rodeo, Maximiliano fue directo al baño. Necesitaba con urgencia refrescarse y tomar un poco de agua. Valeria, en cambio, optó por ir a la barra. Estaba segura de que un trago le daría el valor suficiente para que pudiese enfrentar lo que vendría a continuación.

—Ey, muñeca —le susurró al oído Ignacio por detrás mientras le rodeó la cintura con un brazo—. ¿Y si nos vamos?

Ella se giró hacia él con el ceño fruncido.

—No puedo irme de mi propia fiesta de cumpleaños.

—Solo por un rato —insistió acariciándole el cabello—. De verdad te compré ese regalito especial y pensé que tal vez podríamos estrenarlo esta noche.

Valeria apoyó ambas manos sobre su pecho para obligarlo a retroceder.

—Es una broma, ¿verdad?

—No —replicó, serio—. Creí que después de todo este tiempo querrías...

—No es el momento, Nacho —lo interrumpió, cortante, mientras en su mente se preguntaba si alguna vez lo sería—. Estoy con mis amigos y la estoy pasando muy bien. Además, aún debo un baile.

—¡Dale, Vale! Es Maxi. No se va a enojar si no bailas con él.

Si bien hablaba tranquilo y con una sonrisa en su rostro, parecía incómodo, como si intentara impedir, a toda costa, que ese baile se llevara a cabo.

—Dije que no. Disculpame, tengo que ir al baño.

En realidad, lo que necesitaba era alejarse de él. No entendía por qué se sentía de ese modo. Habían estado juntos antes y no había sido desagradable, pero algo había cambiado en su interior y ya no le atraía la idea de volver a acostarse con él. Estaba por doblar por el pasillo que conducía a los baños cuando escuchó las voces de Micaela y Maximiliano. Se detuvo antes de que la vieran.

—¿Por qué no le dijiste que en realidad fuiste vos el que organizó esta fiesta conmigo?

—Porque no, Mica. Ya viste lo contenta que se puso cuando pensó que había sido idea de él. Ya está, dejémoslo así. Lo único que importa es que disfrute de esta noche.

Se llevó una mano a la boca al darse cuenta de que había sido una idiota. ¿Cómo no se había dado cuenta de eso? Era más que obvio que todo esto había sido obra de él. Recordó, de pronto, las veces que se había puesto celosa cuando los había descubierto hablando en secreto. Se había concentrado tanto en la conexión que veía en ellos que ni siquiera contempló la posibilidad de que fuera porque estuviesen planeando esta fiesta.

Furiosa con Ignacio por haberle ocultado la verdad, giró sobre sus talones y regresó dispuesta a enfrentarlo. No había nada que considerase más ruin que mentir para llevarse el crédito de algo que no le correspondía. No obstante, frenó la marcha a mitad de camino cuando la música volvió a interrumpirse y una voz estridente, llamaba a la cumpleañera y al ganador de la competencia para hacer entrega oficial del premio. El momento del baile había llegado.

Entonces, lo vio acercarse al Disk Jockey y luego de susurrarle algo al oído, continuó su camino hacia ella. Inspiró profundo cuando lo sintió rodear su cintura con un brazo y acercarla a él. Su cercanía la debilitaba y su varonil fragancia la embriagaba por completo. Lo notó nervioso. No obstante, ella lo estaba aún más.

Maximiliano la miró a los ojos cuando la suave melodía de "Tomorrow is forever" de Dolly Parton y Porter Wagoner seguida de sus dulces voces comenzó a sonar. Había elegido esa canción por lo mucho que sabía que significaba para ella y anhelaba ver su reacción en el momento exacto en el que la reconociera.

—Maxi —la oyó susurrar con apenas un hilo de voz y la sujetó con más firmeza al sentir que se aflojaba en sus brazos.

La emoción la embargó por completo al identificar aquella hermosa canción que su abuelo le cantaba cuando era pequeña. Él había sido una gran influencia en su vida y por eso amaba tanto la música country. Sintió que sus ojos se humedecieron a la vez que un nudo se formó en su garganta. Había intentado saber cuál era durante mucho tiempo. Su abuelo nunca llegó a decirle cómo se llamaba y el único recuerdo que tenía de la misma eran fragmentos sueltos cantados con la voz de un hombre. Jamás se imaginó que podía llegar a ser de una mujer.

Solo una persona conocía esa historia tan íntima, especial y entonces supo, con seguridad, quien se lo había dicho. Buscó con la mirada a su amiga. Ella la observaba de lejos con una sonrisa en el rostro y lágrimas en los ojos, iguales a las que empezaban a caer ahora por los suyos. Esta canción representaba uno de los más preciados recuerdos de su infancia y volver a escucharla la colmaba de felicidad. Una suave caricia hizo que volviese a mirar al hombre que tenía frente a ella.

Desde el momento en el que Micaela le había contado aquella historia, se obsesionó con encontrarla para ella. Estaba seguro de que ese pequeño detalle sería mucho más valioso que cualquier objeto material que pudiese darle. Se sintió complacido al descubrir que no se había equivocado. Verla emocionarse de ese modo, removió todos los sentimientos que tenía guardados dentro suyo. Con delicadeza, le quitó la lágrima que se deslizaba lentamente por su mejilla y aguardó a que lo mirase de nuevo.

—Feliz cumpleaños —le dijo con sus ojos fijos en los de ella.

Incapaz de responderle con palabras, se acercó más a él y apoyó la cabeza en su pecho buscando el cobijo de sus brazos. Cerró los ojos al sentirlo acariciar su espalda con ternura mientras se balanceaban al ritmo de aquella vieja balada y se estremeció cuando, con voz grave, comenzó a cantársela al oído.

"I care not for yesterday. I love you as you are today. Yesterday just helped to pass the time while waiting. We must forget the passing time. My love for you is the real kind. The kind that won't hurt you, oh never. Yesterday is gone, gone, but tomorrow is forever. Yesterday is gone, gone, but tomorrow is forever" —"No me importa el ayer. Te amo como sos hoy. Ayer solo ayudó a pasar el tiempo mientras esperaba. Debemos olvidar el tiempo pasado. Mi amor por vos es del tipo real. Del tipo que no te hará daño, oh nunca. Ayer se fue, se fue, pero mañana es para siempre. Ayer se fue, se fue, pero mañana es para siempre".

Maximiliano jamás imaginó que le declararía su amor a través de una canción, pero así lo había hecho y no se arrepentía. La había sentido temblar ante sus palabras susurradas confirmándole que el sentimiento era mutuo. Ella también lo quería y lo deseaba del mismo modo que él.

Valeria no necesitó más demostración que esa para aceptar que estaba enamorada de él. Había estado a ciegas todo este tiempo porque jamás había experimentado ese sentimiento antes, pero ahora que se daba cuenta, ya no permitiría que las dudas le afectaran. A partir de ese momento, seguiría a su corazón sin importarle nada más. En cuanto la música terminó, se separó solo lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Gracias, Maxi. Fue el mejor regalo que recibí en la vida —confesó, aun conmovida—. También la fiesta —continuó sorprendiéndolo—. Sé que fuiste vos el que hizo todo esto posible.

—De nada. Para mí fue un placer hacerlo, Vale —respondió con dulzura a la vez que le apartó un mechón de su cabello para colocarlo detrás de su oreja. Notó que se mordía los labios, nerviosa, y debió recurrir a toda su fuerza de voluntad para no ceder ante la tentación de besarla en ese mismo instante.

—Creería que la canción terminó —señaló Ignacio con sarcasmo rompiendo abruptamente la mágica burbuja en la que se encontraban.

Sus ojos marrones se fijaron en los celestes de su amigo, a modo de advertencia. Era su forma de decirle que se dejara de juegos y volviera a hacerse a un lado. No obstante, eso no iba a ser posible. Maximiliano ya no se sentía capaz de seguir ignorando sus sentimientos. La quería. Siempre lo había hecho y ya no iba a permanecer más tiempo callado.

—Vamos afuera, Nacho —intervino Valeria al advertir la repentina tensión entre ellos—. Tenemos que hablar.

Respiró hondo antes de volver a entrar en el establecimiento. A pesar de que entre Ignacio y ella nunca había habido nada oficial, decirle que no volvería a estar con él había sido más difícil de lo que pensaba. No obstante, estaba segura de que tenía más que ver más con su ego herido que con los sentimientos que pudiese albergar hacia ella. Por otro lado, no iba a permitir que nada estropease su fiesta. Ahora que por fin tenía las cosas un poco más claras, estaba decidida a seguir pasándola bien.

Escaneó el lugar con la mirada. Necesitaba hablar con Maximiliano y decirle todo lo que venía guardando en su interior desde hacía tiempo. Ese baile, esa canción, lo había cambiado todo. Lo encontró junto a la barra bebiendo unos tragos con su hermano y su amiga. Con una amplia sonrisa, corrió hacia ellos y sorprendiéndola por detrás, la abrazó con fuerza.

—¡Gracias por todo esto! La estoy pasando genial. Te quiero, te quiero, te quiero.

Micaela rio ante su efusividad.

—De nada. Yo también te quiero. ¿Y Nacho? —preguntó al no verlo a su lado.

—Se fue. Terminamos.

Un breve silencio se instaló entre los cuatro.

—¿Y estás bien con eso? —insistió, preocupada.

—Sí, la verdad que sí —respondió con seguridad.

Luego de eso, bailaron y rieron por horas hasta que el cansancio finalmente pudo con ellos. Cuando llegó el momento de despedirse, Maximiliano la llamó aparte. Como no había llevado su auto, sabía que regresaría a casa con su hermano y Micaela por lo que quería un momento a solas para poder entregarle un último presente.

—Quería darte esto. Feliz cumpleaños de nuevo —le dijo entregándole un pequeño paquete.

—Maxi, no es necesario que me des nada más —señaló, emocionada.

—Es solo un detalle. No, no lo abras ahora —la detuvo al ver que se disponía a quitar el envoltorio—. Mejor cuando estés sola.

—Está bien. Gracias de nuevo, en serio. Por todo —le dijo a la vez que se puso en puntas de pie para besarlo en la mejilla.

Maximiliano cerró los ojos al sentir sus cálidos labios sobre la piel e inspiró profundo para llenarse de su perfume. Tras despedirse, cada uno se marchó en una dirección diferente.

Ya se había metido en su cama cuando decidió abrir el regalo. Estaba muerta de intriga, pero él le había pedido que lo abriera cuando estuviese sola y por eso había esperado hasta estar en la intimidad de su habitación para hacerlo. Su corazón latió con fuerza al ver que se trataba del CD de Dolly Parton que contenía la canción que habían bailado antes. Junto a este, había una pequeña tarjeta escrita a mano. "Sé lo que es extrañar a alguien importante en tu vida. Es mi deseo que por medio de este humilde regalo puedas, al menos, volver a sentir a tu abuelo cerca".

Esbozando una sonrisa, cerró los ojos, emocionada a la vez que apoyó el preciado objeto en su pecho a la altura de su corazón. Suspiró al darse cuenta de que, una vez más, había logrado sorprenderla. "El regalo perfecto", pensó justo antes de quedarse dormida. 

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