Capítulo 16
Furioso, dio la vuelta y entró en el gimnasio. Cerró la puerta con tanta furia que el vidrio tembló debido al impacto. Ya no había clientes y los pocos instructores que quedaban estaban comenzando a marcharse. Él no se iría aún. Era consciente de que, si iba a su casa, no pararía hasta que ella lo escuchase y sabía que debía dejar que las cosas se calmasen un poco. ¡Qué difícil que era cuando podía sentir la adrenalina corriendo en su torrente sanguíneo! Su corazón había comenzado a latir de forma acelerada y su respiración se había vuelto acortada, rápida. Necesitaba descargar toda la ira que tenía en su interior o la misma lo desbordaría.
Miró a su alrededor. Sabía que Sabrina aún debía estar allí y la buscó con la mirada. Necesitaba, al menos, notar una pizca de arrepentimiento en sus ojos, un deje de culpa o remordimiento para aquietar un poco sus nervios. Contrario a eso, advirtió una maldita sonrisa de suficiencia en su rostro. Entonces, estalló. Era más que evidente que lo había hecho a propósito. Sabía que desde donde estaba, Micaela podía escucharla y aprovechó para meter cizaña. Estaba rabioso, destrozado y verla disfrutar de ese modo, simplemente lo llevó al límite. Apretando los puños para contener la horrible sensación que lo invadió de repente, caminó hacia ella.
—¡Quiero que te vayas ahora mismo! —exclamó con voz dura.
—Leo... perdón. Yo no sabía que ella...
—¡Basta! —la interrumpió a la vez que golpeó el mostrador con el puño cerrado.
Notó su sobresalto y la vio retroceder unos pasos. Se dio cuenta de que le temía y se odió a sí mismo por provocar eso en una mujer. Nunca antes había reaccionado así, pero no podía evitar sentirse colapsado por aquella poderosa ira que había comenzado a asfixiarlo por dentro. Quería golpearla. Jamás lo haría, por supuesto, pero el sentimiento estaba y la sola idea de planteárselo, le repelió por completo.
Uno de los pocos instructores que quedaba allí, advirtió lo que sucedía y se acercó de inmediato.
—Tranquilo, Leo. Estás demasiado alterado. Andá a golpear la bolsa o algo. Yo me encargo de que se vaya.
Por más que quería hacerle caso, no podía calmarse. La furia ya era incontrolable y eso lo hizo asustarse aún más de sí mismo. Nunca le había pasado algo semejante por lo que en ese momento era imperioso que se alejara lo más posible de ella. Asintió a su compañero y sin emitir palabra, caminó de prisa en dirección al salón en el cual solía entrenar con su hermano.

Todo el viaje hasta el complejo había sido un poco incómodo. Era más que evidente la angustia de Micaela y aunque intentó contenerla, ella no le hizo demasiado caso. Podía notar como se esforzaba por contener las lágrimas delante de él y en silencio, mantenía su cabeza apoyada en el vidrio ocultando su rostro. El poco tiempo que hacía desde que había comenzado a tratarla le había bastado para darse cuenta de que era diferente al resto de las mujeres, incluso a su mejor amiga. Era tímida, temerosa y con muy baja autoestima y si bien no tenía un cuerpo esbelto, convencional, no por ello era menos hermosa. Sin embargo, era evidente que ella no lo percibía de ese modo y así como él lo había notado, también lo hacía el resto.
Sin duda, Sabrina se había aprovechado de eso para soltar su veneno y alejarla de su hermano. Desde siempre había estado interesada en él y supo, desde mucho antes de que pasara algo entre ellos, que vendrían problemas. Los hechos le acababan de demostrar que no se había equivocado, después de todo. Sin embargo, no iba a permitirle actuar de ese modo. A primera hora del lunes, hablaría con ella y la pondría en su lugar. No le gustaba hacerlo, pero si no se comportaba, no tendría otra opción más que despedirla.
Intentó decirle a Micaela que no hiciera caso a las palabras de esa chica, que era a ella a quien su hermano quería y que jamás lo había visto así con nadie, pero se calló. Se notaba el esfuerzo que hacía por no quebrarse delante de él y no quería presionarla aún más. Tras verla entrar en su casa y asegurarse de que nadie estuviese rondando la zona, se dirigió de regreso al gimnasio. Sabía que su hermano estaría allí y aunque nunca había sido una persona de compartir sus sentimientos, sentía que debía estar con él, que lo necesitaba.
Nada más llegar, distinguió golpes y exclamaciones provenientes del salón de entrenamiento. Caminó hacia allí para encontrar a Leonardo atacando la bolsa de boxeo con impresionante fuerza y absoluto desenfreno. Se acercó hasta pararse frente a él y decirle que acababa de dejar a Micaela en su casa sana y salva. Estaba seguro de que aquellas palabras lo tranquilizarían. Sin embargo, no se inmutó y sin siquiera responderle, continuó golpeando la bolsa como si estuviese decidido a arrancarla del gancho que la sostenía.
Entonces, avanzó unos pasos y atrapándola en el aire, la pegó a su cuerpo para contener los golpes. Eso no detuvo a su hermano, quien, compenetrado en la tarea, continuó lanzando golpes sin pausa obligándolo a afirmarse en el piso para no ser empujado hacia atrás con cada embestida. Hacía años que no lo veía así de sacado y descontrolado. No había disciplina o técnica alguna en sus movimientos y la rabia y la frustración eran evidentes en sus ojos.
No pudo evitar recordar la última vez que le había visto esa mirada. En ese entonces, ambos eran adolescentes y, luego de lo ocurrido, había pensado que su hermano simplemente había perdido la cabeza. Pero viéndolo ahora, se preguntó si acaso no habría estado reprimiendo todos esos sentimientos a lo largo de los años. Se recriminó por no haber prestado la suficiente atención como para darse cuenta de que el pasado aún lo atormentaba.
—Leo —alcanzó a decir antes de que un nuevo golpe le cortara la respiración—. ¡Leonardo! —repitió al ver que no estaba dispuesto a parar.
—La cagué, Maxi —dijo, agitado y sin detenerse—. Todo esto es mi culpa. No fui sincero con Mica desde un principio cuando no tenía motivos para ocultarle nada. Le permití a Sabrina lastimarla de forma intencionada y ni siquiera se mostró arrepentida. De hecho, hasta parecía orgullosa. —Los golpes eran cada vez más fuertes, si eso era acaso posible—. Pero lo peor de todo es que por primera vez en mi vida quise herir a una mujer. ¿Qué tan mal estoy, hermano?
—Igual de mal que yo cada vez que quiero quebrarle las manos a mi mejor amigo cuando lo veo tocar a Valeria —dijo tras una exhalación.
Solo entonces, Leonardo se detuvo.
—¿A qué te referís? —preguntó mirándolo a los ojos.
—A que estás hasta las bolas con ella —afirmó con una media sonrisa—. Te enamoraste. ¿Acaso no lo ves?
Leonardo frunció el ceño ante lo que acababa de escuchar. Eso no podía ser cierto. ¿Cómo podía estar enamorado si ni siquiera habían estado juntos? ¿O sí podía? Dios, ya no entendía nada, mucho menos sus sentimientos en ese momento, pero lo que sí sabía era que nunca nadie antes le había importado tanto como para plantearse la posibilidad de reaccionar con violencia hacia una mujer. Lo que sentía por Micaela sin duda era muy profundo y superaba, en todos los aspectos, lo que alguna vez sintió por Florencia... Cerró los ojos con fuerza al pensar en ella. Su recuerdo aún dolía.
—Debería irme ya —anunció, de pronto, con expresión confundida a la vez que comenzó a juntar sus cosas.
—Está bien —respondió su hermano consciente de que estaría aturdido por todo lo sucedido—. Hablaré con Sabrina. No voy a dejar que vuelva a darte problemas.
Leonardo asintió. A continuación, le devolvió las llaves y sin decir nada más, se encaminó hacia la puerta.

A pesar de que intentó mantenerse ocupado, los siguientes días fueron una completa tortura para él. Ansiaba verla y explicarle todo lo sucedido, asegurarle que era ella la única en quién pensaba noche y día. Confesarle que se había enamorado por completo de ella. No soportaba un minuto más sin tenerla en sus brazos. No obstante, no podía hacerlo. Entendía que ella necesitaba tiempo y espacio por lo que, aunque le resultase difícil, se había obligado a sí mismo a permanecer lejos. Por esa razón, procuraba irse temprano por la mañana y regresar tarde en la noche.
Apenas dormía y cuando lo hacía, no descansaba del todo. Lo desesperaba saberla tan cerca y no poder hablarle, tocarla. Al menos, sabía que estaba bien gracias a su hermano, quien, al verlo tan mal, le había ofrecido ir a buscarla al colegio todos los días y dejarla en casa a salvo. No obstante, los días pasaban y comenzaba a sentir que su trabajo ya no aliviaba, de ningún modo, sus ansias por verla. Por eso, cuando Maximiliano volvió a hablarle de aquel proyecto en su pueblo natal que tantas emociones movilizaba en su interior, pensó en darle una oportunidad.
Estaba pensando en eso cuando sintió que su teléfono comenzó a vibrar. Frunció el ceño al ver que era su hermano. Por la hora, debía estar con Micaela.
—¿Pasó algo? —le preguntó, ansioso.
—No, tranquilo. Ya la dejé en su casa. —Lo oyó exhalar aliviado—. No es eso por lo que te llamo —continuó con tono serio—. Me acaba de llamar el dueño de las cabañas. Hay otra persona muy interesada en invertir y está dispuesto a empezar la próxima semana. No le respondió aún. Antes quiso hablar conmigo. Sé que dije que te daría tiempo para pensarlo, pero eso es algo que ya no tengo y no quiero perder esta oportunidad. Vayamos este fin de semana para que veas el lugar y hables con él.
—No, pero Maxi, no puedo irme así sin más. Mica...
—Estaremos de vuelta antes del lunes. Lo prometo —aseguró con ahínco.
Lo pensó por unos instantes. Había estado dándole vueltas al asunto y la verdad era que se trataba de un buen negocio. Además, podía ver el entusiasmo de su hermano y después de todo lo que este estaba haciendo por él, era lo mínimo que podía hacer para retribuirle de algún modo. Por otro lado, tal vez era una buena idea tomar distancia real y cambiar de aire. Sabía que Micaela estaría bien durante el fin de semana ya que Valeria se quedaba en casa con ella y cuando tuviese que volver al colegio, ellos ya estarían de regreso.
—Está bien —anunció por fin—, pero primero quisiera hablar con él. ¿Podés arreglar para que hablemos los tres por Skype en diez minutos?
—Sí, claro. Ahora mismo organizo todo y te llamo.
—Perfecto. Repetime su nombre por favor. Lo anoté por algún lado y no lo encuentro.
—Sí, esperá que lo tengo justo acá —dijo a la vez que buscó entre sus papeles—. Gracias, Leo. Sé lo difícil que es esto para vos y en verdad lo valoro.
—No te preocupes por eso.
—Acá lo tengo. Su nombre es Gastón —anunció—. Gastón González Herrera.

Había pasado casi una semana desde que no lo veía y su estado de ánimo estaba por el piso. "No puedo estar cerca de vos en este momento", le había dicho con lágrimas en los ojos, y aunque en ese momento fue sincera, no tardó en arrepentirse de haberlo hecho. Aún estaba enojada con él por no haberle contado lo de esa chica. No porque tuviese obligación de hacerlo, sino por la falta de confianza que había demostrado tener para con ella. Y lo peor de todo fue el haberse enterado de ese modo, delante de aquella petulante recepcionista que siempre la había mirado con desdén.
Cuando el enojo pasó, la tristeza ocupó su lugar. Había pensado que la contactaría el lunes para decirle de ir a buscarla al colegio. Sin embargo, no fue él quien la llamó sino su hermano y aunque eso indicaba que todavía se preocupaba por ella, cuando los días pasaron y siguió sin saber nada de él, comenzó a pensar en que tal vez había decidido seguir adelante con su vida. ¿Cómo podía ser, sino que, viviendo en el mismo complejo, no se hubiesen cruzado ni una sola vez? Era evidente que la evitaba y pensar en la posibilidad de perderlo cuando ni siquiera habían tenido la oportunidad de empezar algo, la angustiaba demasiado.
Paralelo a esto, Maximiliano y ella comenzaron a acercarse y su amistad terminó por consolidarse. Él no solo la ayudaba con la preparación de la fiesta de cumpleaños de su mejor amiga —que seguía en pie—, sino también le brindaba su hombro para llorar. Intentaba no involucrarlo con ese tema, pero le resultaba difícil cuando la descubría con lágrimas en los ojos. Nunca había sido buena ocultando sus emociones y tampoco tenía intenciones de hacerlo. En poco tiempo, se volvió un gran apoyo para ella y cuando Valeria regresaba más tarde del hospital, se quedaba con ella para hacerle compañía.
Se sentía muy agradecida con él y se lo decía cada vez que podía. Sin embargo, no era lo mismo. Aun podía recordar cuando era Leonardo quien la esperaba de pie junto a su auto y cómo todo en ella se alborotaba en cuestión de segundos con solo verlo. Lo extrañaba muchísimo, pero no podía olvidarse de lo ocurrido en el gimnasio. Desde entonces, una horrible sensación de vacío oscurecía sus días y la misma, solo se aliviaba con la grata compañía de Maximiliano. Él evitaba que se sintiese sola y la hacía pensar en otras cosas.
Sin embargo, aferrarse a su amistad, la había distanciado indefectiblemente de Valeria. La tarde anterior habían vuelto a discutir. Ella había llegado antes de lo previsto y los encontró sentados en la sala de su casa tomando un café. Se les había ocurrido comprar sombreros para entregarle a los invitados a medida que llegasen y estaban calculando cuantos necesitarían. Pero claramente no fue como lo interpretó al verlos y, demostrando su molestia, volvió a encerrarse en su habitación sin siquiera molestarse en saludar.
En cuanto Maximiliano se marchó, cabizbajo, decidió enfrentarla. No era habitual en ella, pero con todo lo que le venía pasando, los absurdos desplantes de su amiga, finalmente la hicieron explotar. La situación no podía seguir de ese modo. Si Valeria no estaba dispuesta a admitir que lo amaba, entonces sería ella quien le abriese los ojos y por primera vez en la vida, sus papeles se invertirían. Molesta, le aclaró, una vez más, que entre ellos dos no pasaba nada, pero también le recalcó que una de las razones por las cuales se apoyaba tanto en él era porque ella nunca estaba. Para cuando se dio cuenta de lo mucho que la había lastimado con sus palabras, ya era tarde.
Se sentía muy culpable por haber dejado que el enfado hablase por ella y pensaba en la discusión mientras aguardaba que sus alumnos terminasen de responder las preguntas de la lectura de ese día. Se sentía avergonzada por haberse comportado de ese modo con la única persona que siempre la había ayudado. No le daba la cara para enfrentarla y por esa razón, decidió quedarse unas horas más en el colegio y de paso, corregir algunos trabajos. Tras enviarle un mensaje a Maximiliano para avisarle que fuera a buscarla más tarde, se metió de lleno en el libro que sostenían sus manos.
No obstante, no podía concentrarse. Las palabras que Valeria le había dicho cuando se sintió atacada continuaban atormentándola. "¡Otra vez en el lugar de víctima! ¿Sabés que pienso? Que te aterra ser deseada. Si te desean, entonces todo lo que te definió hasta ahora, todo lo que la hija de puta de tu mamá y el forro de Daniel te hicieron creer, se desvanece. Eso te obliga a ver dentro de vos misma y te aterra. Te da miedo descubrir que tenían razón. ¡No la tienen, Micaela! Y otra vez vas a dejar que te arrebaten la posibilidad de ser feliz. Leonardo se desvive por vos y está destruido con todo esto. No se merece que le hagas pagar a él por cosas que te hicieron otras personas."
Era consciente de que en la amistad la sinceridad debía primar, pero esta vez, había sido muy fuerte, incluso para su amiga. Sin embargo, quizás tenía razón. Tal vez era ella quien no permitía que alguien la hiciera sentir deseada. Porque con su ex había tenido sexo, pero jamás se había sentido deseada. ¡Qué loco era pensar que ella misma podría ser quien boicoteara lo que más quería!
Un leve murmullo llamó su atención. Provenía de un grupo de alumnos que habían juntado sus cabezas para conversar por lo bajo. Sin embargo, en el silencio del aula, podía oírlos a la perfección.
—¿Vieron a la profe? —preguntó uno de ellos—. Vuelve a estar triste como cuando vivía con ese viejo pedante que vino una vez.
—Es cierto —acotó otro—. Antes sonreía cuando el hombre por el que todas se babeaban venía a buscarla. ¿Será porque ya no viene más?
—¿Y quién será este nuevo? Es bastante parecido al anterior —quiso saber un tercero.
—No sé, pero me parece que son amigos. Ella no lo trata del mismo modo —dijo el último.
—¿Terminaron allá en el fondo? —los interrumpió a propósito. No deseaba seguir escuchando sus teorías.
Ante su pregunta, se apresuraron a acomodarse en sus sillas para retomar la tarea asignada. Micaela se sorprendió por su capacidad de observación. Para lo que querían sí prestaban atención. Negó con su cabeza ante ese pensamiento y volvió a fijar la vista en su libro.

Había pasado solo media hora desde el final de la clase y ya había terminado de corregir todo. Sin embargo, debía esperar otra media hora hasta que Maximiliano viniese por ella. Dejó su teléfono sobre el escritorio para poder oír cuando él le avisara que había llegado y se puso a preparar la siguiente clase. Como se trataba de un tema que a ella le apasionaba, no tardó en meterse de lleno en su trabajo y sin darse cuenta, los minutos volaron.
De pronto, una notificación la sacó del trance en el que se encontraba. Abrió el mensaje sin prestar atención al remitente. Estaba segura de que sería su amigo. De inmediato, se dio cuenta de su error. Conforme leía el mensaje, las manos comenzaron a temblarle.
"Siempre me gustaron las bufandas... y esa roja que tenés puesta, me fascina. ¿No viene tu amigo hoy?"
Sus ojos se empañaron con repentinas y abundantes lágrimas al darse cuenta de que Daniel se encontraba afuera esperando por ella. Un grito de pánico se atoró en su garganta a la vez que casi dejó caer el teléfono. Entonces, un nuevo mensaje entró provocando que todo su cuerpo temblase.
"Tic tac, tic, tac. Es hora de salir."
Aterrada, buscó el contacto de la única persona que deseaba a su lado en ese momento. El único capaz de protegerla y hacerla sentirse segura. Ni siquiera pensó en lo ocurrido días atrás. Sabía que él acudiría a ella sin pensarlo, tal y como siempre había hecho desde que se habían conocido, porque la quería. Quizá no había dicho las palabras, pero se lo había demostrado, una y otra vez, con cada gesto, caricia o beso compartido.

Leonardo se encontraba en medio de una reunión de trabajo con su tío y el dueño del centro comercial. Como ese fin de semana viajaría junto a su hermano, los había citado para ponerlos al tanto de los avances y dejar todo arreglado para que durante su breve ausencia no hubiese ninguna sorpresa. Estaba agotado, estresado. Todo lo sucedido días atrás más la proximidad de su viaje, lo ponía ansioso, y aunque no veía la hora de que se terminase, por otro lado, no quería que lo hiciera. Como era jueves, ni siquiera tenía el consuelo de poder centrarse en las clases. En cuanto se marchara a su casa, esta se le vendría abajo. Solo recordar la mirada tan triste y dolida que ella le había dedicado hacía casi una semana atrás, lo destruía.
De pronto, sintió el teléfono vibrar en su bolsillo. Nunca respondía las llamadas cuando se encontraba con un cliente por lo que lo agarró para apagarlo. Sintió un vuelco en la boca de su estómago cuando vio su nombre en la pantalla. Confundido, se puso de pie y se alejó unos pasos para atender la llamada.
—Mica.
—¡Leo, es él! ¡Está afuera! —dijo entre sollozos—. ¡Vino por mí!
Los latidos de su corazón se dispararon y todo su cuerpo se tensó de repente. ¿Dónde mierda estaba su hermano?
—Tranquila. Quedate ahí y no te muevas. Voy a buscarte.
Tomó su campera y tras disculparse, abandonó la sala de reuniones.
—¡Leonardo, no podés irte justo ahora! —exclamó su tío quien había salido tras él.
Y tenía razón, no debía hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta con quien estaba, pero en ese momento, no le importaba nada más.
—Puedo y lo haré —dijo con determinación sin dar lugar a réplica.
A continuación, se marchó con prisa. Sabía que luego tendría que disculparse con él y lo haría, pero ahora lo único que quería era tener a Micaela segura en sus brazos. No iba a permitir que ese hijo de puta volviera a ponerle una mano encima.
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