Capítulo L

Karsten

      Mi padre golpeaba, maltrataba y abusaba de mi madre incluso antes de que yo naciera. Sé que lo hizo cuando estaba embarazada de mí, y lo siguió haciendo hasta el día en que le pedí a Henning que lo hiciera desaparecer. 

     Yo soy producto de él forzándola. Nadie tuvo que decírmelo.

       Recuerdo muchas cosas que me gustaría ser capaz de olvidar, pero mi recuerdo más nítido es aquel en que lo vi por primera vez golpearla. Al principio el sufrimiento de mamá solo se llevaba a cabo en la alcoba, a puertas cerradas, pero la vez en que la dejaron entreabierta y fui testigo de su crueldad, él dejó de preocuparse en cerrarla.

      Esa primera vez sentí muchas cosas, sentimientos que, si invoco las imágenes, continúan estando frescos. Sentí miedo e impotencia, enojo a pesar de mi corta edad, pero también una de las mayores decepciones de mi vida.

      Era mi padre. Yo confié alguna vez en él, creí que me protegería, que lo que compartíamos iba más allá de la sangre. Se supone que él me amaba, pero cuando contemplé su mano cerrarse en un puño lloré, en cierta parte, con desilusión. Sentí que él estaba traicionando a mamá, y también a su propio hijo. Traicionó toda confianza y amor que alguna vez le habían dado y avivó un odio que nadie debería acarrear en el pecho.

      En los ojos de Mercy pasa exactamente lo que mismo que pasó en los míos esa noche.

      Está de rodillas, con la ropa rasgada y ensangrentada, con el rostro iluminado por los faros de los coches dejando al descubiertos las manchas rojizas, los cortes y la mirada café cristalizada enmarcada por el cabello revuelto, evidencia de una lucha que no pudo ganar. Está luchando por respirar. Su pecho sube y baja con rapidez mientras que sus hombros comienzan a decaer poco a poco. El peso de traición la hunde.

        Pero yo no te traicioné, quiero decirle.

        Quiero gritarlo, jurárselo, pero el arma presionada contra mi espalda baja me lo impide. Permanezco quieto en mi lugar junto a Nisha y el coronel Wessbour, el segundo al mando de Henning. Solo lo vi una vez, pero eso bastó para que lo recordara para siempre. Las cicatrices en su cuello y mejillas, su robustez, altura, carencia de cabello y abundancia de una ferocidad silenciosa en sus ojos verdes lo hizo.

     —Nisha... —He evitado mirarlos, pero en cuanto Myko la llama con esa aflicción en la voz no puedo más. Al instante me arrepiento—. ¿Cómo... cómo pudiste? Clayton murió por... —dice sin aliento, un tanto por la hiriente sorpresa y otro por la cantidad de golpes que han descargado contra él una vez que los tiraron sobre el césped—. ¿Por qué?

     Letha ahoga un sollozo, pero no dice nada. Ya se ha quedado sin súplicas, ha entendido que no hay vuelta atrás. Lloró y repitió que por favor no los lastimaran, que por favor dejaran de golpear a su hermano, que por favor todo fuese un sueño.

      Nisha no contesta a la pregunta, pero da un paso al frente. Yo también quiero hacerlo. En realidad, quiero correr lejos de estos hombres y llevarme lejos de los mellizos y a Mercy conmigo; quiero explicarles y pedirles perdón por no ser lo suficiente valiente como para contarles las verdad, necesito disculparme por darme cuenta tarde de que tenía que confesarlo todo y protegerlos de la misma forma en que ellos me protegieron.

     —Suban a estos dos a los coches —ordena la chica de los puños de acero, señalando a Myko y Letha.

       Desasosiego brilla en los ojos del rubio cuando levantan a su hermana primero.

      —No... —ruega—. ¡No! ¡Déjenla, maldita sea! ¡Nisha, por favor, haz que la suelten! —suplica, aguantando las ganas de llorar—. ¡Nisha! 

     La arrastran sin cuidado y él grita su nombre, se revuelve desesperado en cuanto le dan una descarga eléctrica que temblar todo su cuerpo con espasmos antes de lanzarla al asiento trasero de un coche. A él lo llevan a otro Necesitan refuerzos para meterlo dentro del vehículo, y solo lo logran porque se cansan de descargar golpes contra él y evidentemente ya no puede más.

       Los gritos de ambos prisioneros pronto cesan y el silencio vuelve a proclamarse dictador de la noche.

     —¿Por qué? —Esta vez es Mercy quien lo pregunta.

    Me estremezco ante la profundidad y el odio en su demanda.

    Cuando mis ojos caen en ella mi cuerpo reacciona de forma automática. Quiero ir hasta donde está, pero el cañón del arma se presiona aún más fuerte contra mí, hundiéndose en mi piel.
Tendría que haberle advertido. Tendría que haberle dicho cuando tuve la oportunidad.
Siempre me dije que le debía el favor a Henning por ayudar a que mi madre y yo volviéramos a ser una familia, por arreglarla matando a mi padre.

       La familia va primero.

       Es verdad, ¿pero no eran todo ellos una familia también? ¿No me habían empezado a hacer un lugar en ella antes de que mi silencio tuviera consecuencias? El problema es que a veces, por negarse a pensar, sentir y reconocer ciertas cosas, uno se percata tarde de qué es lo verdaderamente correcto.

     Había cambiado de opinión, no iba a entregarlos, créeme. Por favor, hazlo.

        Estaba a punto de quedarme dormido otra vez cuando la puerta entreabierta de la habitación de Mercy crujió, abriéndose un poco más. Nisha me hizo señas para que saliera al pasillo, pero cuando llegué ella ya no estaba ahí. Bajé las escaleras preocupado y, antes de que siquiera pudiera darme cuenta, ella ya tenía una maldita arma contra mi espalda, la que ahora sostiene el coronel, quien parece que junta las manos a sus espaldas en una usual pose militar. Desde su perspectiva sé que parece que estamos codo a codo, y daría cualquier cosa para hacerle saber lo disgustado, aterrado e impotente que me siento por permanecer de pie junto a este monstruo.

      —Tú sabes por qué, Mer —responde Nisha, glacial, mirándola desde arriba con fijeza.

     Mercy eleva el mentón, hay confusión en su rostro y noto que ya son demasiadas las lágrimas que se acumulan en sus ojos. Pronto comenzarán a caer y es mi culpa. 

      —Súbanla también —ordena el coronel a mi lado—. El jefe nos espera.

     Dos hombres se acercan a la chica cuya gorra ha quedado atrás con toda la esperanza de recurar a su hermana que tenía. Ella no contraataca, se deja levantar exhausta. Sé que físicamente no puede más, pero en sus ojos arde una llama inextinguible de despecho.

        No tengo permitido hablar, pero jamás tuve tantas ganas de gritar.

      Mercy dedica una última mirada a Nisha antes de que sus ojos encuentren los míos. Ojalá pudiera ver que me tienen entre la espada y la pared, pero sé que no puede y, de hacerlo, estaría en su derecho de seguir odiándome. Si no hubiera esperado a que amaneciera para confesar tal vez esto no hubiera ocurrido

     —No tendríamos que haberte dado una oportunidad —dice con rabia, con las lágrimas recorriéndole cada corte y limpiando algo de la sangre que gracias a mis malas decisiones se derramó.

     Se los llevan a todos.

     Los motores rugen a medianoche y las luces se desvanecen a la distancia. Wessbour aparta el arma pero aún me veo incapaz de moverme. Me quedo quieto, observando a la chica que me da la espalda. La luz de la luna es captada por sus puños de acero cuando mueve los dedos, inquieta. No entiendo nada de la que está ocurriendo, no realmente. Todo pasó demasiado rápido y aún me cuesta creer que Nisha sea parte de esto. Me es difícil creer que es tan buena actriz.

       —No tendría que haberlo hecho si no hubieras cambiado de opinión —explica, y hay acusación en sus ojos grises al mirarme.

      —Las tazas de té no fueron cortesía de Letha —comprendo.

      Un enojo emerge dentro de mí con una potencia abrumadora. Sé que no soy inocente, que no tengo derecho a señalar a nadie, pero ella era amiga de Myko y Letha, era como una hermana para Mercy, y los traicionó. Me arrebató la posibilidad de advertirles, de redimirme.

      —En cuanto los vi durmiendo juntos supe que no serías capaz —afirma, acercándose. No retrocedo, le hago frente. Ya no hay anda que ocultar; nunca lo hubo. Desde el primer momento en que me vio supo quién era y qué tenía que hacer.

        Ella fue el plan B de Henning, en caso de que yo no cumpliera con mi palabra.

     —Una deuda es una deuda, Karsten —recuerda, a solo centímetros de mí—. Y como no pagaste, te harán pagar... —No hay escapatoria ni lugar al que correr. Por eso no me defiendo cuando alza su puño de acero dispuesta a dejarlo caer sobre mí—. Sin piedad —es lo último que la oigo decir.

       Así, viene el impacto, y luego la oscuridad.

     Absoluta oscuridad, como la que había dentro del armario.

     Tal cual en aquel entonces, no sé cuándo se abrirá la puerta de nuevo, pero ya echo de menos la luz.

FIN DEL PRIMER LIBRO

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