Capítulo IV

Mercy
Acostarme con alguien no estaba abierto a discusión. Ni en esta, ni en otra vida si la hubiera, estaría con alguien por motivos tan siniestros como lo son los del trato de Devonne.
Sabía que Nisha iba a negarse en incluso más idiomas de los que conocía, pero eso hacía incluso más real la farsa ante los ojos de la señorita L'Amour. Cuando en su mirada gris nació la comprensión, en el momento en que le di la espalda a la dueña del negocio de prostitución y tomé las manos de la chica, ella aflojó su agarre y me cedió uno de los puños de acero que terminé escondiendo en la parte delantera de mis pantalones y sacando cuando Devonne me dejó sola frente a la puerta de la habitación antes de marchar.
—Complácelo y tendrás incluso más información de la que crees querer —susurró a mi oído parada tras de mí, apretándome los hombros.
Sin embargo, los cimientos de nuestro trato temblaron cuando entré. Pareció una trampa al segundo en que lo vi, aún lo parece, así que no me abstengo de abrir la boca. Nunca lo hago, y según Enora es mi don y mi maldición hacerme oír; esas palabras a veces, depende de quién las escuche, se vuelven en mi contra.
—Demasiado fácil —señalo guardando el fajo de dinero en el bolsillo trasero de mis jeans—. Escúpelo todo, ahora.
Él cuenta los pasos que doy, lo sé por la forma en que fija por un segundo sus ojos en mis botas. Me sorprende que mientras trazo un medio círculo a su alrededor no gire su torso ni su rostro. No parece preocuparle darle la espalda a la chica cuya mano se abriga en acero.
—Tú ofreciste el trato, yo evalué mis posibilidades y acepté. —Mira al frente y en su voz no se divisa más que tranquilidad cuando expone los hechos.
—Sin hacer preguntas, demasiado rápido —insisto—. Hay gato encerrado, ¿sabes por qué?
Estudio su postura: pies ligeramente separados, con el peso de su cuerpo distribuido en ambos lados por igual. Indica que está alerta a pesar de su falta de reacción. Siguiéndole se encuentra con el torso erguido, y a pesar de que los músculos de su espalda y sus hombros no están tensos no se permite relajar ni bajar el mentón. Está atento, tampoco es tan idiota como uno podría creer.
—Parece que estás tan expuesta y acostumbrada a las complicaciones que piensas que todo es un potencial problema listo para estudiar y poner en duda. —Hay confianza en su voz.
No solo la tiene respecto a él, sino también en lo que respecta a mí. Eso me incomoda.
—Hay gato encerrado porque no hay hombre, mujer o niño, que pague por algo y no se queje o, en casos extremos, amenace con volar toda la mierda del Globo si terminan negándole lo que quería. Así funciona el mundo.
Mis botas hacen crepitar las tablas de madera mientras sigo rodeándolo. No veo armas de fuego en su cinturón y tampoco una navaja o algo por el estilo. Siempre está la posibilidad de que tenga algo escondido, pero a simple vista no oculta nada. Hay algo en el bolsillo trasero de su pantalón, pero parece un papel doblado. Si no es un potencial objeto causante de muerte no le presto mucha atención.
—Déjame exponerte un poco más los hechos —sugiero hasta que estamos frente a frente, guardando las distancias—. Devonne dijo que estabas pagándole una gran suma de dinero por una sesión de media hora de sexo, ¿y por qué el rico aceptaría mi mísero fajo de billetes y no reclamaría por lo que pagó?
Creí que tendría que enfrentarme a un hombre mayor al que tendría que amenazar, pero en cuanto lo vi me pregunté por qué la señorita L'Amour no querría estar con él. Es un primer plato, estéticamente hablando, comparado con las sobras que asumo que debe comer. Entonces pensé en Enora. Clay advirtió que, si se la llevaron a ella, también podrían venir por mí.
El desconocido se tensa y no emite palabra. Mis manos se cierran en apretados y nerviosos puños, mi pecho sube con una inhalación vacilante: la tensión se triplica y en sus ojos mieles germina una oscura determinación.
—¿Quién te envió? —demando.
Él no contesta y pienso si está solo. Sé que a Enora la secuestraron entre más de tres. Los vecinos los vieron entrar por la puerta que más tarde encontramos derribada. Si la policía aún existiera podrían haberla llamado, pero la seguridad es algo que se disolvió con el gobierno. Ahora cada quien cuida de sus propias espaldas.
Creo que Nisha sigue con Devonne, pero es obvio que la mujer no juega en nuestro equipo. Myko está en la planta baja, pero si los vieron entrar conmigo están en riesgo. Mi hermana estaba sola cuando se la llevaron, pero me pregunto si hubieran matado a alguno de mis amigos de haberse quedado con ella. ¿Estaría llorando a Letha? ¿Podría soportar el peso de la muerte de Clayton?
El extraño no se mueve, pero tampoco baja la guardia.
—No voy a lastimarte.
Culpable, pienso.
Cuatro palabras, un detonante. La ira acumulada parece querer dinamitar en mis adentros. La impotencia y frustración me queman las cientos de maldiciones que crean un embotellamiento en mi garganta.
—¿Enora? —pregunto agitada, llegando corriendo a la sala. Mis ojos la buscan en cada rincón y me desespero, se me corta el aliento al ver la sangra salpicando el papel tapiz rasgado. Desde el pie de la escalera miro hacia arriba, esperando verla bajar con una esperanza necia—. ¡Enora!
Corro, subo los escalones más rápido de lo que respiro.
—¡Enora, por favor!
—Estás en lo correcto —admito con voz calma, tragándome toda esa fragilidad con la que naturalmente se decoraría mi voz—, porque seré yo la que lo haga.
Exploto.
Avanzo rápido y mi puño se balancea de atrás directo hacia su rostro. No pienso en la pista del proveedor de los cigarrillos. Él es mi guía para encontrar a mi hermana ahora, y como el infierno que no se irá a ninguna parte.
Sus reflejos actúan. Se lanza a un lado y golpeo el aire, pero giro y voy por él. La parte posterior de sus rodillas choca contra la cama y un nuevo puñetazo se le avecina, este cargado con más ensañamiento. En lugar de agacharse cae en el colchón y se impulsa hacia atrás, rodando sobre su espalda y cayendo en cuchillas del otro lado de la cama.
—¡No tengo intención de lastimarte, detente! —Su voz es firme y sus manos levantadas muestran un gesto de que solo busca avenencia.
No lo escucho, el odio hace demasiado ruido en mí. Ruedo sobre la cama y antes de caer mi pie hace contacto con su pecho. Los cuadros tiemblan en la pared cuando su espalda choca contra ella con brusquedad. Me abalanzo, tiro del brazo hacia atrás pero antes de que pueda ir hacia adelante es él quien me empuja de nuevo a la cama, me taclea por el estómago y queda sobre mí. Aprisionada al colchón levanto mi rodilla para un golpe bajo, lee mis movimientos y rueda a un lado para que mi cólera no lo alcance.
—Tú te la llevaste, ¿verdad? —digo entre dientes, sentándome a ahorcadas sobre él. Tiro del cuello de su camiseta hacia arriba, acercando su rostro al mío y con el puño de acero de Nisha prácticamente acariciándole la mejilla—. Respóndeme, mierda —insisto con dificultad antes de alterarme aún más. ¿Qué le hicieron? ¿Qué le estarán haciendo justo ahora?—. ¡Respón...!
La palabra se corta en cuanto pasa sus manos bajo mis brazos y tira de mí hacia al frente. Por la fuerza que hace doy media vuelta en el aire sobre él antes de sobre mi trasero en el piso, aturdida.
Salto sobre mis pies creyendo que él ya está corriendo fuera de la recámara, pero no es así. Está estático bajo el umbral, esperando algo, con la mirada fija. Entonces reacciona y huye. Me pongo en marcha. Lo persigo por el estrecho y largo corredor a pesar del dolor punzante en mi cadera, pasa entre un hombre y una prostituta que se besuquean en medio del lugar, los que vi más temprano, y empujo a la mujer cuando es mi turno de pasarla.
Va directo a la escalera.
—¿Mercy? ¿Qué diablos está...? —Oigo a Nisha a mis espaldas, saliendo la oficina de Devonne.
No aparto la vista de él. Estoy segura que es mi pase para llegar a Enora. Baja los escalones de dos en dos y salta sobre la barandilla en cuanto me acerco. El aire vuelve a verse grisáceo por el humo y la gente reunida alrededor de las mesas grita en cuanto él los esquiva y yo los empujo para alcanzarlo. La aglomeración me atrasa y comienzo a quedarme atrás. Empujo a una mesera y salto a una silla vacía para luego subirme a una mesa y saltar a otra. Botellas caen al piso y viejas jarras de cerveza se hacen añicos cuando las arrastro a los bordes de las superficies. Gritos y quejas se oyen sobre la música y él echa una mirada sobre su hombro.
—¡Myko! —advierto divisándolo cerca de la entrada.
Él, quien estaba interrogando y posiblemente coqueteando con una clienta, da media vuelta y solo le basta intercalar la mirada entre nosotros una vez para lanzarse hacia la izquierda.
El extraño se apresura. Hace volcar vino y chillar a las prostitutas que yacen sobre los regazos de los clientes. Si Myko no se apresura él saldrá por la puerta y lo perderemos en la Plaza del Arcángel.
Sin embargo, mis amigos nunca me fallan.
Myko colisiona contra el costado del pelirrojo y ruedan por las puertas abiertas, directo a la vereda empedrada. Forcejean en el suelo con frenesí y el rubio intenta golpearlo, pero el desconocido logra esquivar el puñetazo y zafarse de su agarre. Cómo consecuencia los huesos de la mano de Myko crujen horrible y dolorosamente contra la piedra y llego a alcanzar al extraño por la espalda. Tiro con un gruñido de su camiseta hacia atrás y cae sobre su trasero.
En sus ojos mieles hay una latente adrenalina y desasosiego. Retrocede con sus manos mientras avanzo hacia él. Su pecho sube y baja sin parar y busca una salida donde no la hay. Se da la vuelta y comienza a ponerse sobre sus pies para correr.
—Oh, no. —Nisha está ahí, mirándolo desde arriba con los ojos entrecerrados por el sol—. No te escaparás hoy.
Su puño de acero hace contacto con su rostro y él cae a sus pies.
Literalmente hablando.
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