Capítulo 14
No puedo mover ninguna parte de mi cuerpo. Quiero abrir los ojos, pero tampoco puedo. Sé que me están llamando, y de verdad quiero hacer caso a esa voz, pero no soy capaz de hacer nada. Supongo que así se siente morir, puedes percibir todo a tu alrededor hasta que te entierran, para que descanses y las voces de los vivos no te molesten.
Hay mucha luz en la muerte, blanca y pura. No como la batalla que acaba de ocurrir, que ha sido negra y oscura. Como será el mundo mágico en los próximos años. Han pasado demasiadas cosas en solo un curso, demasiadas cosas que asimilar.
— ¿Abby? — Primero oigo la voz, luego aparece el pelo castaño y los ojos verdes. Si no fuera porque tiene una pequeña arruga en el puente de la nariz, pensaría que soy yo. —¿Qué haces aquí?
— Mamá. — Murmuro, y hago lo primero que se me ocurre, correr a abrazarla. —Creo que he muerto, pero no estoy segura, sigo oyendo las voces que me llaman, puedo oír a Harry gritando que Sirius va a volver, que yo voy a volver.
— ¿Qué has hecho? — Su tono maternal no pasa desapercibido, y no duda en regañarme. —Tienes que volver a tu cuerpo antes de que te encuentre.
— ¿Quién me busca? — Mi madre me mira sorprendida, como si en estos momentos tuviera que saberlo. —¿Mamá?
— Tu otra madre, Abby.
Despierto asustada de la pesadilla, en mitad del trayecto a Hogwarts. Me duele todo el cuerpo, tal y como pasaba en lo que había soñado. En algún momento me había quedado dormida, o eso era lo que creía. Cuando había entrado Claire, Sam y Olivia estaban aquí, y luego habían llegado los gemelos. Molly les había estado advirtiendo de que debían comportase con Umbridge, por mucho que no quisieran, y yo había aprovechado para despedirme rápidamente con la excusa de buscar a mis amigas. Que ahora me habían dejado tiradas en un compartimento vacío del tren.
No había dormido nada la noche anterior, cuando Fred y yo llegamos a Grimmauld Place, cerca de las tres de la mañana, Molly Weasley se encargó de que nos mantuviéramos despiertos para hacer el desayuno para todos. Los aurores empezarían a llegar a las siete de la mañana y tenían que tener algo para comer. Me pareció un castigo ridículo, teniendo en cuenta que había recuperado a mis dos mejores amigos y ambos se habían enterado de que uno de ellos moriría si yo no intervenía.
— Deberíamos despertarla, ¿verdad? — Oigo la voz de Claire por el pasillo, y la vez varios murmullos de asentimiento que se van acercando.
— ¡La despierto yo! — Chilla Sam, justo cuando abrió la puerta del compartimento, dejando entrar la luz del pasillo.
— ¡Cierra la puerta! —Grito, cuando empiezo a sentir que la luz me está quemando la piel. Trato de moverme, pero descubro que no soy capaz de hacer nada.
— ¿Qué te pasa? — Pregunta Olivia, algo asustada, pero cierra la puerta rápidamente y por lo menos deja de quemar.
— No puedo moverme. — Murmuro, y oigo como las tres vienen corriendo.
— ¿Qué te ha pasado? ¿Te has dado algún golpe? — Claire empieza a lanzar preguntas, a la vez que noto que me toca la pierna. Y solo el contacto hace que duela. — ¡Tienes la pierna rota!
— La otra también, y creo que los brazos igual. — Dice Olivia, que empieza a tocarme todas las partes que ha dicho.
— ¿Quieres parar? — Chillo, y veo como las tres se alejan de golpe. — No sé qué ha pasado, ¿vale? Estaba soñando y...
Me callo en cuanto empieza a dolerme de nuevo todo el cuerpo. Solo había sentido una vez de pequeña, cuando uno de los pequeños en el orfanato pensó que era divertido empujarme por las escaleras. Me partí varios huesos y de los nervios, una de las ayudantes de la señora Fogwell confundió el hechizo de sanar con el de romper los huesos. El resto es historia e incluye el crecehuesos.
Empiezo a notar que puedo volver a mover las piernas, y luego los brazos. El dolor sube por mi columna vertebral hasta que llega al cuello y entonces para tan de golpe como ha llegado.
— ¿Abby? — La voz de Olivia suena con miedo, el mismo que siento yo ahora mismo. Trato de incorporarme y, cuando lo consigo, no puedo evitar soltar un suspiro de alivio. — ¿Qué ha sido eso?
— No lo sé. — Confieso, estoy tan asustada como ellas. Por eso, cuando la puerta se vuelve a abrir, no puedo hacer otra cosa que no sea saltar para evitar la luz. Pero cuando me roza ya no duele.
— ¿Qué os pasa? — Pregunta George, que entra seguido de Fred y Lee. — Ni que la luz os diera alergia, ¿por qué estáis a oscuras?
— Estaba durmiendo hasta que me han despertado. — Contesto rápidamente, no quiero que Fred sepa lo que acaba de pasar hasta que yo misma lo tenga claro. — Cuando han encendido la luz, me he quejado porque era molesta, así que la han apagado. La íbamos a encender cuando me despertase del todo.
— Vaya, Stone, eres insoportable cuando te levantas. Me compadezco de ti, Fred. — Dice Jordan, y yo tengo ganas de lanzarme a su yugular. Pensaba que habíamos enterrado el hacha de guerra.
— Bueno, ahora sabe cocinar, así que tampoco está tan mal.
— ¿Sabes cocinar? ¿Tú? — Pregunta Sam, sorprendida, y yo asiento. —¿Desde cuándo?
— Desde que la señora Weasley me enseñó, quiero sobrevivir el año que viene, deberíais probarlo.
— Te vas a mudar con nosotras cuando acabe Hogwarts. — Dice Olivia, y yo solo sonrío, me acaban de ahorrar el tener que buscar un apartamento. —Ya tenemos el lugar y todo, solo necesitábamos a alguien que supiera cocinar.
— Pensábamos vivir de comida precocinada muggle, la hemos probado estas Navidades y la verdad es que estaba bastante bien. —Comenta Sam, como si fuera lo más común del mundo. A los magos no queda mucho por avanzar todavía.
Aprovecho para coger el uniforme y una de las libretas, si todos llevan ya el uniforme no debe de quedar mucho así que es hora de que me vaya a cambiar. Además, teniendo en cuenta lo que acaba de pasar, prefiero estar cinco minutos a solas y tratar de entenderlo y apuntarlo. En el sueño no podía moverme, y eso se ha transmitido a mi cuerpo. No quiero creer que no era un sueño, sería demasiado para mí, haber soñado con mi propia muerte. Tampoco sería algo que me extrañaría lo más mínimo, teniendo en cuenta todas las que he visto ya y las voces que había oído hace unos días parecían indicar que sí que era mi muerte y esto solo la continuación. Escribir a Sirius no es una opción, por mucho que crea que puede tener la solución, así que solo me queda suponer. O bien esperar al verano y entonces atosigarles a preguntas.
— ¿Abby?
— ¡Ya salgo, Fred!
Termino de ponerme rápidamente el uniforme y trato de esconder la libreta, pero veo que no tiene sentido ya que llevo toda la ropa muggle en las manos y tengo que meterla al baúl ahora. Garabateo rápidamente la visión del puente y me alegro de haber cogido la libreta roja por una vez en la vida.
— ¿Apuntando visiones? — Me pregunta nada más me ve salir, y yo solo asiento. — ¿Cuántas llevas este año?
— Demasiadas para lo que estoy acostumbrada. — No puedo evitar bostezar, a pesar de que he dormido estoy demasiado cansada y solo quiero irme a dormir.
— Has dormido casi todo el trayecto, ¿cómo puedes tener sueño? — Fred está como una rosa, y eso me hace pensar que tanto George como él deben estar acostumbrados a la falta de sueño por sus bromas. Yo, sin embargo, estoy hecha una mierda, así que solo me encojo de hombros.
Cuando volvemos al compartimento, descubrimos que se ha llenado un poco más de lo que estaba antes, con Angelina, Alicia y Katie. Y la primera no tarda en empezar a chillar cuando nos ve llegar juntos y de la mano.
— ¡Por fin, felicidades! — Tarda tres segundos en abrazarnos, para luego girarse hacia George y extender la mano. — Paga.
— No están juntos. — Angelina se queja, pero aun así George le da el dinero. — Me siento decepcionado, Fred, pensaba que se lo dirías antes de que acabara el año. Ahora he perdido la apuesta sí o sí.
— ¿Habíais apostado? — Pregunto, y todos en el compartimento se empiezan a reír, como si supieran que pasaba.
— Yo aposté que hasta este año no empezabais a salir, y George dijo que el año pasado. Ahora he ganado doce sickles que George ha perdido. — Angelina sonríe mientras que cuenta las monedas que le ha dado George.
— Por mi estaríamos juntos, pero ella no quiere. — Dice Fred, mirándome fijamente, y yo solo le saco la lengua.
— Después de la que has liado en Navidades si te parece te digo si Fred, quiero salir contigo. — Le recrimino, y él se encoge de hombros. Sé perfectamente que no se arrepiente de haber peleado conmigo en Navidades.
— ¿Pero vais a ser pareja alguna vez? —Pregunta Katie, y yo solo me encojo de hombros mientras que mis amigas ríen.
— Llevamos viviendo con ella siete años, bastante que por fin nos deja acercarnos y a hablar con ella. —Dice Olivia, y las demás asiente. — Para que Abby acepte algo de esas características ya tiene que ser algo fuerte.
— A nosotras solo nos aceptó porque estaba tenien... ¡Ay!
— Perdón, no quería darte. — Sam me mira mal, pero no puedo dejar que todo el compartimento sepa que tengo visiones. Bastante gente lo sabe ya.
— ¿Estaba teniendo qué?
— Un muy mal día. — Se apresura a decir Claire. —Como el día de Defensa contra las artes oscuras, o el día que se cayó desde las gradas del equipo de Quidditch.
— Siento haberte gritado ese día, Abby.
— No te preocupes, Angelina, todo perdonado.
El tren se detiene en ese momento, y todos aprovechamos para bajarnos rápidamente y tratar de subir a los carruajes. Siempre aprovecho para acariciar a los caballos que tiran de los carruajes, pero nunca me había planteado que no todo el mundo no pudiera verlos, por eso cuando Claire me pregunta si los puedo ver, me sorprendo. No había dado cuidado de criaturas mágicas, y los gemelos nunca me habían dicho que los thestrals solo los podían ver las personas que habían visto la muerte y la habían asimilado. Las únicas muertes que había visto eran las de mis visiones, y solo había visto los cuerpos hasta este año, así que era imposible que los pudiera ver.
Ya en el Gran Comedor, nos dividimos para ir cada uno a nuestra respectiva casa y allí cenamos rápidamente. Quería irme a la habitación cuanto antes, pero también quería hablar con Hermione. Por algo era una de las brujas más inteligentes que conocía. Además, quería saber ya la próxima reunión del ED para empezar a organizarme, aunque seguramente no iba a durar con dicha organización. Por eso, en cuanto vi que el trío de oro se levantaba de la mesa, los seguí rápidamente. Era muy probable que Umbridge estuviera pendiente de lo que hacían, pero no me importaba mucho lo que pasase, sabía cuándo nos iba a pillar.
— ¡Hermione! — La llamo, y los tres se giran para mirarme, como si fueran una única persona. — No sabía que había tres Hermione en Hogwarts.
— Por lo menos no me han regañado por llegar a las tres de la mañana. —Me contesta Ron, como si fuera una gran ofensa.
— Por lo menos yo hablo de mis sentimientos y no me los quedo callados. —Le contesto, y sus orejas empiezan a ponerse rojas mientras que evita mirar a Hermione.
— ¿Qué querías?
— Veo thestrals y no he visto a nadie morir. — Le suelto de golpe, dejándola con una cara confusa y a Harry y Ron con ganas de cotillear.
— ¿No crees que vale la de esa persona? — Dice Hermione lentamente, y yo niego.
— Los veo desde siempre, si hubiera sido por eso los hubiera empezado a ver este año.
— Eso es imposible, Abby.
— Yo no he dado cuidado de criaturas mágicas, por eso te pregunto.
— Lo investigaré.
— ¿El que vas a investigar, Hermione? — La voz de Fred se oye a mis espaldas, y sé que viene con todo el mundo. Hermione no sabe que contestar, así que solo me mira pidiendo ayuda.
— Como ayudarme a organizarme.
Mentir a Fred era una de las cosas que nunca me había gustado hacer, mucho menos ahora que acababa de recuperar su amistad, pero ¿le contaba que veía caballos muertos? Creo que era mucho mejor callar algunas cosas, como lo del tren. El trío de oro había aprovechado para escaquearse, no dejándome tiempo para preguntar sobre la próxima reunión, y me quedé con los gemelos, Jordan y las tres trillizas. No era el momento de ponerse a discutir sobre ello en la escalera, tan cerca de Slytherins que en cualquier momento podrían contárselo a Umbridge, así que tampoco me preocupé. Además, teníamos los galeones encantados, que esperaba que cambiaran pronto.
Nos despedimos todos en el pasillo, iniciando la subida a nuestras respectivas salas comunes. Sabía que Fred hubiera querido hablar algo, pero no quería que descubriera que le había mentido ya dos veces en lo que iba de día.
— Un oso camina diez kilómetros hacia el sur, diez hacia el este y diez hacia el norte, volviendo al punto del que partió. ¿De qué color es el oso? —Preguntó el águila que nos daba entrada a la sala común.
— Blanco. —Dijo rápidamente Olivia, y las cuatro pasamos. — Se empieza a repetir, todavía recuerdo cuando los acertijos me resultaban complicados.
— Debe de ser por haber pasado siete años aquí. —Comento mientras que subimos las escaleras hasta nuestra habitación. —¿Lo de mudarme con vosotras iba en serio?
— ¿Por qué no iba a ir en serio? — Pregunta Claire, y yo solo me encojo de hombros. — Somos amigas, ¿no? Y dado que ninguna de las tres tenemos mucho futuro queremos pasarlo juntas, las cuatro.
— Creo que yo tampoco tengo mucho. — Confieso, y las tres empiezan a escucharme atentamente. — No sé si ha sido un sueño, o una visión, pero estaba muerta. Debe de ser justo en la batalla, y mi madre decía que podría volver, pero tenía que ser antes de que se diera cuenta.
— ¿Quién?
— Mi otra madre, por lo visto.
Las cuatro nos quedamos calladas, y yo aprovecho para poner un poco mejor la libreta. No se entiende nada de lo que he escrito en el tren, así que mejor que lo pase a limpio ahora que me acuerdo y no en una semana, cuando lo único que pueda recordar sea el dolor. Quiero explicaciones, y nadie es capaz de dármelas, a pesar de que las tienen. ¿Podría hablar con mi madre muerta? Sé que no es un fantasma y que los métodos muggles como la ouija son falsos, pero estamos en el mundo mágico y excepto revivir a los muertos y la cura para algunas cosas, todo es posible.
— Tenemos reunión el próximo domingo, a la una de la tarde. — Dice Olivia, y veo la moneda en la mano. — Espero que no dure demasiado, seguro que vuelven a la carga con los EXTASIS y no vamos a poder parar.
— ¿Para qué queremos los EXTASIS si vamos a morir, Olivia? — Sam, desde su cama, parece que está totalmente desanimada.
— Bueno, a mi padre le daría algo si después de todo llego a casa con suspensos.
— A los míos no, saben de la guerra y prefieren que me prepare para ella antes de que apruebe todo con buenas notas.
— Sigue sin ser excusa, Sam.
Pienso en lo que dicen, ¿qué importancia tienen unas notas cuando no nos van a valer a la hora de trabajar? Si mi visión es correcta, el año que viene por estas fechas estaremos en constante peligro y lo que menos va a importarnos es el trabajo. Aunque teniendo en cuenta mi cuenta de Gringotts, tampoco pensaba preocuparme mucho por el dinero, en el muggle no sería muy complicado vivir.
Conseguimos pasar la semana a duras penas, los profesores no dejan de mandar redacciones para que estemos preparados para los EXTASIS y muchas de las clases solo son prácticas, exceptuando la de Defensa contra las Artes Oscuras. Me había cansado de preguntar que íbamos a hacer en la parte práctica del examen, pero Umbridge nunca me contestaba, por mucho que yo insistiera. Al menos, y por esta vez, decidió no castigarme, sorprendiendo a toda la clase.
Llegó el domingo, y con ello la reunión del Ejercito de Dumbledore, una en la que alguno se quejó por tener que estar repasando lo que habíamos aprendido el mes pasado. Pasamos varias horas practicando entre diferentes personas del mismo nivel, para así poder acostumbrarnos a un verdadero duelo de magia. Al pertenecer a la Orden, había algunas cosas que ya me había explicado Moody antes de que me fuera en el verano, pero no iba a desaprovechar la práctica extra.
Enero dio paso a febrero con la salida a Hogsmeade en San Valentín. Fred no dudó en invitarme a pasar el día con él, y acepté con la condición de que no era una cita y él no tuvo problema en aceptar. Pasamos todo el día en Hogsmeade, entre Zonko y Honeydukes, pasando a tomar cerveza de mantequilla en las Tres Escobas. También habíamos aprovechado para ir a reírnos de todas aquellas parejas que habían ido a Madame Tudipié y luego pasamos por la oficina de lechuzas, donde no dudé en escribir una carta a la señora Weasley para que se la diera a Sirius. Tenía que saber que estaba pasando conmigo y si mi madre había sufrido algo parecido.
Desde la escena en el tren, mi poder se había descontrolado. Dejé de ver el futuro para centrarme en el pasado y revivir todos los horrores de la primera guerra contra Voldemort. Vi como torturaban a los Longbotton, como asesinaban a los Potter, a los gemelos Prewett y a la familia Bones. Todas las heridas que ellos habían sufrido aparecieron en mi cuerpo, provocando gritos de dolor todas las noches. Ver el pasado nunca me había afectado tanto como en esos momentos, ya que no fueron solo las visiones, empecé a poder matar plantas y poder revivirlas con solo un gesto de mi mano.
Febrero dio paso a marzo, y las visiones dolorosas pararon de golpe, dándome una tranquilidad que llevaba semanas sin sentir. Mi poder se estaba centrando en el presente, por lo que podía ver muchos de los acontecimientos que estaban pasando en esos mismos instantes o en los muy cercanos, como a Harry dando oclumancia en las mazmorras con Snape o Claire tirando algo por ser muy torpe. Las heridas habían empezado a sanar lentamente, por lo que empecé a acercarme a todos mis amigos hasta conseguir volver a lo que había habido en el tren de vuelta a Hogwarts. Todos me habían dejado mi espacio, por eso cuando sugerí en uno de los fines de semana salir todos juntos por Hogsmeade, no dudaron en aceptar. Iba a ser una de nuestras últimas salidas juntos ya que en a partir de abril, no tendríamos tiempo para hacer absolutamente nada ya que los EXTASIS empezaban a acercarse de manera imparable.
Una tarde de marzo, a un par de días de la siguiente reunión del Ejército de Dumbledore, mientras que aprovechábamos en los jardines el poco sol que podíamos tener en esas fechas, Umbridge me vino a buscar para tener una amable conversación. Había oído los rumores de que daba Veritaserum a los alumnos para poder interrogarles por si estaban incumpliendo alguno de sus decretos, como por ejemplo el de los clubes. Formando parte de La Orden y del Ejército de Dumbledore, tenía claro que no iba a probar nada de lo que me diera.
— ¿Un té, señorita Stone? — Me preguntó con una sonrisa, y yo le devolví otra asintiendo. El poder de matar plantas y revivirlas se había extendido a otro tipo de cosas, y podía hacerlo desaparecer o devolverlo si había estado ahí. Justo lo que pensaba hacer con el té.
— Con leche, por favor. — Dije, con la voz y actitud más falsas que podía lograr.
— ¿Quieres pastas? — Me ofreció, sonriendo, pero esta vez, negué.
— Lo siento profesora, soy alérgica a las pastas.
— ¡Tiene muchas enfermedades, señorita Stone! — Su sonrisa no se borró de su cara ni siquiera con ese comentario, y se amplió aún más cuando vio que bebía del té.
— Creo que son heredadas de parte de madre, profesora, pero si le digo la verdad, no sé de dónde vienen.
— Hablando de verdad... ¿pertenece a alguna organización no aprobada por mí? — Umbridge no dudó en ir al grano, y entonces decidí jugar mi carta como actriz.
— ¡Qué horror, profesora! — Chillé, y aproveché para seguir fingiendo que bebía. — No se me ocurriría hacer algo así, puedo creer a Harry con sus palabras, pero ¿quebrantar las normas? ¡Ni loca!
— De acuerdo con Filch, usted era muy dada a quebrantarlas, señorita Stone.
— No sabía que quería por aquel entonces, profesora Umbridge, estaba confundida, solo me dejaba llevar, tiene que creerme. —Conseguí dejar que las lágrimas empezaran a salir de mis ojos, como si estuviera profundamente afectada por lo que había hecho.
— Si oye algo, señorita Stone, no dude en decírmelo. — Cara de sapo me tendió un pañuelo, con el que me sequé las lágrimas como había visto hacer a las damas muggles del siglo XIX, dándome toques justo en la zona donde estaban. — ¿Y qué pasa con el señor Weasley?
— ¿Fred? — Pregunto inocentemente, y veo que ella asiente. — ¿Qué pasa con él?
— Los he visto... demasiado cerca en los jardines.
— Oh, eso. —Murmuro, y no sé porque, empiezo a notar que me pongo roja. —Bueno, hace unos días nos besamos y...
— No quiero más detalles, señorita Stone, solo una última pregunta, ¿está de mi lado?
— ¡Por supuesto, profesora, no lo dude ni un segundo!
— Podrías ser recompensada, Abbigail, ¿no te gustaría trabajar en el Ministerio? Si consigues unos buenos EXTASIS podrías entrar sin problemas al departamento que te gustase. — Traté de contenerme cuando me llamó por mi nombre, lo odiaba a muerte, pero eso era algo que ella no lo sabía. Ni iba a saberlo, así que solo me quedaba jugar la carta del agradecimiento eterno.
— ¡Me encantaría, profesora Umbridge! —Chillé, como si me hubiera dado la mejor noticia del mundo. —¡Ahora mismo me voy a la biblioteca a estudiar!
No la dejé darme permiso para salir, yo misma cogí y mochila y me fui directamente a la biblioteca. No pensaba arriesgarme a que se diera cuenta de que la había mentido, además, ahora mismo era el mejor lugar para descansar. Me agotaba tener que hacer desaparecer cosas, como había hecho con el té, así que necesitaba un descanso. Uno muy largo y donde no me molestaran. El mejor lugar era la biblioteca, Claire, Sam y Olivia sí que pasaban mucho tiempo por aquí, pero tiendo en cuenta que estaban con los gemelos y las únicas veces que los había visto entrar a la biblioteca era para sacarme de allí o bien para que les sacara algún libro. Madame Prince no se fiaba de ellos, por lo que les tenía terminantemente prohibido sacar ningún libro de la biblioteca. Estaba segura de que eso iba en contra de los derechos contra los estudiantes, pero a lo gemelos nunca les importó.
Consigo encontrar una mesa libre, a pesar de que estamos en una de las horas más concurridas, y cuando veo que una mancha rosa entra en la biblioteca, no dudo en fingir que estoy trabajando, a pesar de que en cualquier momento me voy a quedar dormida. Trabajo en la redacción de pociones que ya tengo hecha, y de vez en cuando miro disimuladamente a Umbridge, que desde la puerta no duda en observarnos a todos. Y puede ser que no se haya tragado toda mi historia.
Recojo todas mis cosas en cuanto me doy cuenta de que quedan quince minutos para que empiece la cena, y cuando voy a salir de la biblioteca, noto la mirada de Umbridge pegada al cogote, incluso cuando llego al Gran Comedor y me siento con mis amigas en la mesa de Ravenclaw.
— ¿Umbridge me sigue mirando? — Le digo a Sam, que está enfrente de mí y tiene vista directa con los profesores.
— Sí, ¿qué has hecho?
— Ha tratado de darme Veritaserum en el té, pero no he contado nada, no os preocupéis. — Ante las caras de las chicas, no tardo mucho en añadir más. —Lo he hecho desaparecer, no he probado ni gota.
— ¿Se ha dado cuenta de que usabas la varita? — Pregunta Claire, y solo lo niego. Entre los magos y brujas lo normal es usar una varita, no lo que hago yo.
— No he usado la varita, pero estoy segura de que no me ha visto. — Les digo con una sonrisa, y aprovecho para servirme otro poco de verduras.
— ¿Entonces?
— Vamos a juntar nuestras cabezas, os lo voy a enseñar, y luego gritáis y miráis a Fred como si os hubiera contado que estamos saliendo. Necesito actitud de cotilleo, ¿vale? — Las tres asienten, y entonces, juntamos nuestras cabezas. — Por favor, no os asustéis.
Como nos hemos reunido alrededor del pavo, no puedo hacer nada, pero entonces veo la copa de Olivia, lleva de zumo de calabaza. Así que no dudo en hacer desaparecer su contenido cuando paso la mano por encima. Las tres se quedan con la boca abierta, y de golpe recuerdan que tienen que hacer, y su grito suena en todo el Gran Comedor. Los gemelos se giran rápidamente, y es mi momento para hacerle una seña a Fred y que me siga el juego, así que no dudo en lanzarle un beso y él lo atrapa. Mis amigas empiezan a chillar más, como si hubiera sido el mayor cotilleo del mundo, que desde luego va a serlo. Tendré que explicarles todo a los gemelos más tarde, pero eso es algo de lo que me preocuparé en otro momento. O, mejor dicho, de eso se ocupará la Abby del futuro, la del presente tiene que fingir que está saliendo con Fred Weasley y que es una adolescente loca y enamorada.
Las cuatro nos vamos del Gran Comedor, agarradas de los brazos y cuando pasamos por la mesa de Gryffindor, no dudamos en soltar unas risitas. Fred no se queda atrás con su actuación y se levanta de la mesa para tirar de mí y que vaya con él.
— Me debes una explicación por esto. —Susurra en mi oído, y yo le contestó con una risita, como si lo que me hubiera dicho es lo más gracioso del mundo. —¿Umbridge te vigila?
— Sí. —Le contesto, mientras que sonrío de oreja a oreja, para luego acercarme a su oído. —Lo siento por esto.
Me alejo un poco y le beso, logrando que todos lo Gryffindors que había en la mesa empiecen a montar barullo, e incluso empiezo a oír aplausos y vítores. Hasta que noto que alguien me da un golpecito en el hombro y me alejo rápidamente de Fred, sabiendo que es Umbridge.
— El amor es amor, profesora Umbridge. — Le digo con una sonrisa, y Fred aprovecha para cogerme por la cintura, reforzando lo que acabo de decir.
— Por esta vez, lo dejaré pasar. — Dice Umbridge, pero no duda en conjurar una regla y nos separa con ella. —Abbigail, tienes un futuro prometedor, no dejes que te lo estropeen.
Cuando voy a contestar, Umbridge ya se ha ido y todo el Gran Comedor empieza a aplaudir, profesores incluidos. De fondo consigo oír a Angelina diciéndole a George "chúpate esa Weasley", y luego como él ríe. Noto como Fred me coge de la mano, y entonces nos vamos de allí, solos. Sé que ahora me toca darle explicaciones, pero todavía me quedan unos minutos de tranquilidad. Salimos a los jardines del castillo, y en cuanto Fred ve que no hay nadie a la vista, empieza a hablar:
— ¿Qué cojones, Abby? — Es lo primero que pregunta, y es algo a lo que no sé qué responder.
— Ya te he dicho que lo siento. —Murmuro, y quizá ahora esté un poco enfadado.
— ¿Tenías que hacer eso?
— Bueno, ¿no querías que saliéramos? — Trato de defenderme, pero sé que esto es una batalla perdida.
— ¡No así! — Grita, y sé que la he cagado un poco.
— Me estaba presionando, Fred, era mentirle con eso o nada. ¡Me había dado veritaserum!
— ¿Has dicho algo de la Orden o del ED? —Me pregunta rápidamente, y yo lo niego. —¿Cómo has evitado decir la verdad?
— No me lo he tomado, lo he hecho desaparecer.
— Se ha dado cuenta de que no te lo has bebido, seguro que te ha visto con la varita.
— ¿Por qué todos decís lo mismo? No me ha visto, no he usado la varita. —Me quejo, no son tan obvia como todos piensan.
— ¿Entonces? No eres precisamente la mejor tratando de ocultar la varita, siempre haces demasiados movimientos.
En lugar de hablar, decido mostrárselo. El arbusto que tenemos justo al lado es lo mejor que puede haber para enseñárselo ya que lo que mejor domino son las plantas. Muevo la mano cerca del arbusto y entonces este empieza a marchitarse, como si lo estuviera matando. Y luego le devuelvo a la vida, a una mucho mejor que la que estaba teniendo.
— Me levanté un día, después de haber estado viendo todas las muertes de la primera guerra mágica contra Voldemort y descubrí que podía hacer eso con las plantas. He estado practicando y puedo hacerlo con más cosas.
— Has matado a la planta y le has devuelto la vida. —Murmura, y yo solo asiento, no hay mucho más que decir. — Haces magia sin varita, y una que ni siquiera las varitas pueden conseguir.
— Lo sé, Fred.
— ¿Puedes hacerlo con heridas? —Me encojo de hombros, y antes de que me de cuenta, Fred coge una roca del suelo y no duda en cortarse la palma de la mano.
— ¿¡Estás loco!? — Chillo, y saco corriendo de la mochila las vendas que siempre llevo.
— Inténtalo. — Fred no me deja si quiera ponerle las vendas para evitar que siga saliendo la herida.
— ¿Y si te mato?
— Sabes cuando voy a morir, y no es hoy, Abby. — Murmura, y deja salir una sonrisa triste que me parte el corazón. — Es para hoy, venga.
Cojo aire lentamente y entonces paso la mano por encima de la herida de Fred, que empieza a cerrarse y volver al estado que estaba antes. Lo único que le queda es un poco de sangre seca, a la que también he debido de afectar.
— Abby, ¿sabes qué significa esto? — Pregunta Fred lentamente, mientras que empieza a mover la mano.
— ¿El qué? — El miedo está empezando a recorrer todo mi sistema nervioso, y no puedo evitar abrazar a Fred.
— Quizá puedes salvar a todos los que están en tu lista.
— No creo que funcione así, Fred.
— Cuando llegue el momento podrías probarlo. — Sugiere, y yo solo asiento. Tendré que practicar mucho para poder hacer eso.
— ¿Te molesta que tengamos que fingir que somos pareja? — Le pregunto, y el solo suspira.
— Dijiste que me olvidara de un nosotros, Abby. —Murmura, y sé que está dolido por lo que dije. Algo de lo que no habíamos hablado en ningún momento. Habíamos seguido tratándonos como amigos, sin haber aclarado nada.
— Lo siento, de verdad. Estaba asustada, Fred. Sigo asustada. No quiero estar contigo para luego sufrir. — Le miro fijamente mientras que digo esas palabras, la mayor verdad que he dicho en los últimos meses.
— Deja de preocuparte por el futuro, Abby.
— Es difícil cuando no dejas de verlo.
— Vale, pues preocúpate por él solo cuando lo veas. Es tu último año en Hogwarts, tienes tres amigas estupendas y nos tienes a George, Lee y a mí. Vive con nosotros ahora, deja de preocuparte por lo que va a pasar.
— ¡No puedo, joder! — Empiezo a notar como las lágrimas se me saltan, pero las limpio rápidamente. — Cuatro de vosotros vais a morir en dos años, Fred, no puedo centrarme en el presente cuando quiero evitar eso.
— ¡No puedes evitar que muramos!
— ¡Lo intentaré entonces, aunque tenga que dar mi vida por los cuatro!
— Ni se te ocurra morir, Abbigail Stone.
Fred me sorprende cuando me agarra de la cintura y me besa rápidamente. Quizá no debería estar sorprendida, pero teniendo en cuenta que estábamos peleando segundos atrás, es lo único en lo que soy capaz de pensar. Con esta ya es la quinta vez que nos besamos, y no sé qué demonios pasa con mis sentimientos.
— No quiero fingir que estamos juntos, Abby. — Como parece ser que se le va a hacer costumbre, Fred apoya su frente contra la mía.
— Solo unos días, Fred, me acaba de interrogar.
— ¿No lo entiendes? — Sé perfectamente que estoy siendo una egoísta, y no hay peros ni excusas que valgan.
— No quiero sufrir por ti. — Vuelvo a decir, sabiendo que al final me va a acabar mandando a la mierda.
— ¿Quieres unos días de fingir? — Su expresión se ha vuelto seria, y se aleja de mí, así que solo asiento. — Una semana, después, dejamos de ser amigos.
— ¿Qué? — Consigo decir, a pesar de haber entendido perfectamente lo que está diciendo.
— Lo has oído, Stone. Acepto a fingir nuestra relación durante una semana, luego no nos volveremos a hablar. — Me quedo quieta en el mismo lugar, observando cómo se aleja, con las manos en los bolsillos y como si no pasara nada.
Trato de llamarle, pero no consigo emitir ningún sonido, hasta que Fred desaparece en el interior del castillo y no único que consigo hacer es empezar a llorar. A mi alrededor, empiezo a notar como el césped empieza a marchitarse, al igual que el arbusto que acababa de curar, así que cuando trato de arreglarlo y veo que solo lo estoy empeorando, salgo corriendo hacia mi sala común. Noto como el ambiente va muriendo lentamente, y cuando consigo llegar dentro del castillo, con la piedra, puedo ver el camino que he seguido con solo ver la hierba que he ido marchitando. No puedo volver en este estado a la sala común, mucho menos a la habitación. Así que el único lugar que se me ocurre para esconderme es la sala de los menesteres, que debería ajustarse a mis necesidades a la perfección.
Consigo llegar allí sin que nadie me vea ni se acerque a mí, y cuando entro puedo ver que hay una cama en el centro de la habitación, pero también hay flores por todas partes. Trato de calmarme antes de acercarme a ellas, y cuando creo que lo he conseguido, todas empiezan a marchitarse de golpe. Pasan de tener colores vivos a ponerse grises, como si les estuviera quitando la vida, que es justo lo que creo que estoy haciendo ahora mismo. No puedo evitar empezar a gritar y a romper todo lo que la sala empieza a darme, y lo hago de la forma más muggle posible, sin preocuparme mucho de las heridas que estoy causándome. A la sala no se le ocurre otra cosa que rodearme de espejos, y cuando me veo reflejada en ellos, lo primero que hago es darle un puñetazo al que tengo enfrente, consiguiendo que los nudillos empiecen a sangrar. Sigo rompiendo los espejos, hasta que solo queda uno, y a mí no me quedan fuerzas para romperlo también, así que caigo al suelo y veo lo que me está atormentando ahora mismo.
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