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Mara pensó que por fin podría olvidarse de la extraña señora, hasta que el lunes llegó temprano al trabajo y le notificaron que estaba despedida. Ella, definitivamente no se explicaba la absurda situación, pero al ponerse a recoger sus cosas, una compañera le abrió los ojos y le volvió a recordar el por qué no se puede confiar en los ricos. Por primera vez en su vida odió a alguien.
Su jefa había recibido la visita de una mujer importante, su compañera se la describió e inmediatamente, Mara supo de quién se trataba. Quiso llamarla para insultarla, pero una vez más se tragó la humillación y no discutió.
Desde ese día algo en su suerte cambió y no había vuelto a conseguir empleo en ningún lado. La búsqueda la mantenía incomoda y a la vez lo bastante ocupada como para dejar ver lo que realmente ocurría. Aun así, siempre mantenía la esperanza y regresó a uno de los sitios donde había dejado su currículum, pero no la querían ni atender, de hecho, le pidieron que se retirara del lugar; o bien se iba o la echarían a la fuerza, tenían miedo de algo y ella se propuso averiguar qué era.
―¿Podrías al menos llamar al gerente? ―le preguntó a un vendedor, mirándolo y evidenciando molestia ante el rechazo.
―Lo siento, disculpa, aquí no queremos problemas.
―Mira, o me dices qué sucede o volveré todos los días, lo haré, ¿sabes? ¿Por qué no me ves a la cara si el otro día hasta me guiñaste el ojo?
El hombre negó con la cabeza gacha.
―No insistas, el gerente no querrá atenderte... Sé que no debería mencionar esto, pero pareces buena persona y creo que lo mereces, tiene prohibido darte trabajo porque unos hombres vinieron y lo amenazaron, luego se fueron, haciéndose los locos; o eran matones o hermanos celosos, creo que es más lo primero.
―¿Qué dices? ¿Estás loco? ―preguntó asombrada, pero en realidad, estaba bastante segura de que el tipo estaba cuerdo.
―Te dije la verdad, es arriesgado para todos que estemos conversando, ¿puedes marcharte ya?
―¡Por Dios, estoy harta, no me den trabajo, igual ya no lo quiero! ―dijo con frustración y una sensación extraña comenzó a carcomerla por dentro, no sabía quiénes eran esos hombres, pero comenzó a asustarse una barbaridad.
Mientras caminaba por la calle, el pánico se expandió por su pecho como una enfermedad, no tenía ningún tipo de intención de llamar a la causante de sus problemas, pero al parecer, esa mujer no pensaba dejarla en paz.
―No puedo... ―susurró mientras caía la primera lágrima por su mejilla―. No puedo casarme con un hombre que no conozco solo por dinero.
El cielo pareció haber elegido ese preciso momento para desatar su furia, porque los truenos comenzaron a causar tal estruendo que hasta amortiguaban el llanto de Mara. Bien, después de todo podía estarle agradecida al mal tiempo. Ya había tenido suficiente por un día y quería irse a casa, tenía que parar un taxi rápido antes de que la lluvia empeorara.
Se paró a un costado de la calle para lograr su objetivo, estaba tan cansada que suspiró y fijó la vista en el carro amarillo que se acercaba, pero el conductor la ignoró y siguió de largo.
De pronto, escuchó el rugido de un motor, trató de echarse para atrás, pero el gesto fue en vano porque ese auto ya se encontraba cerca, casi a su lado, por lo que solo tuvo tiempo para taparse la boca y que el majestuoso McLaren no la hiciera tragar agua.
―¡Imbécil! ―gritó con fuerza al verse arropada por el agua.
El dueño del vehículo, como si no poseyera ni un ápice de culpa, se limitó a frenar y a retroceder la joya que manejaba. Acto seguido, bajó el vidrio, sus ojos estaban protegidos por unos lentes polarizados y tensó la mandíbula mientras la mujer seguía lanzando improperios.
―¡Eres un cretino! ¿Por qué conduces así? ¿Crees que estás en una autopista? ―inquirió, golpeando la puerta del auto, queriendo así demostrar la rabia e impotencia que sentía y que necesitaba descargar.
Él apretó fuertemente el volante, la música de su reproductor comenzó a sonar más alto y el motor del auto rugió.
―Pero, ¿qué te crees, idiota? ¿Ni siquiera vas a disculparte?
―Y si no lo hago, ¿qué? ―contestó él, y luego hizo un ademan para que ella se alejara―. De igual forma te ibas a mojar porque estabas parada en medio de la calle.
―¿Desde cuándo la acera es el medio de la calle?
―Pues, entonces denúnciame por exceso de velocidad, ¿te parece? ―dijo con tranquilidad, mirándola de arriba abajo, sin canalizar sus gestos porque no podía, nunca lo hacía.
De pronto, se quitó los lentes y sonrió de una forma tan sensual que, por un momento, Mara se quedó congelada, mirándolo, pero reaccionó enseguida, poniendo cara de asco para disimular. Él sonrió aún más.
―¡Bien, lárgate ya o le tomo una foto a la placa y te tomo la palabra! ―lo amenazó.
―Como quieras... ―dijo, y le guiñó el ojo, luego apretó el acelerador y la salpicó una vez más.
Cuando Mara fue consciente de eso, lanzó un grito de frustración.
Al final, un conductor se apiadó de ella y logró conseguir un taxi. Derrotada, dejó caer la cabeza en el respaldo del asiento, pero después se volvió a incorporar, sacó la tarjeta que hace días quemaba dentro de su cartera y cerró los ojos antes de presionar la tecla de llamar.
―De acuerdo, usted gana, acepto el trato.
―Qué buena noticia, querida... ―contestó la mujer, complacida.
―Pero tengo una pregunta, ¿puedo saber con quién me casaré?
―Que no lo sepas puede resultar francamente interesante.
Mara resopló y se resignó.
―Mi hijo se tiene que operar cuanto antes.
―Tendrás el dinero apenas cumplas con tu palabra.
La estaba retando, así que le concedió el placer aceptando el reto con un: ―Lo haré.
Al trancar la llamada, sintió una punzada de temor, se imaginó caminando hasta el altar con la cabeza confusa hacia un hombre que no conocía. Con esfuerzo, apartó de su mente cualquier pensamiento negativo.
Mi hijo no va a morir, no dejaré que ocurra, yo lo ayudaré.
@dumarobles Gracias por animarme cuando ya quiero darme por vencida.
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