PREFACE
⚜️ . . . ⇢ RAMÉ chaotically beautiful
━ ━━━ NOUVELLE MAISON
❝New Home❞


Hogar de la familia Karenina
Moscú – Rusia
08:00 Hrs.
La luz del amanecer se filtraba tímida entre los copos de nieve que danzaban como estrellas caídas, tiñendo la habitación de un blanco etéreo. Lyra Karenina, con apenas siete años, despertó con el corazón rebosante de esa alegría pura que solo los niños conocen.
Se levantó de un salto, descalza sobre el suelo frío, y corrió hacia la ventana. Fuera, el mundo era un lienzo infinito de invierno: nieve blanda cubriendo los tejados, árboles cargados de escarcha y un silencio mágico que parecía susurrar solo para ella.
El invierno era su estación favorita, un reino de quietud y maravilla donde todo parecía posible.
Aquel día no era uno cualquiera. Era su séptimo cumpleaños, y en la casa Karenina, los cumpleaños se celebraban como pequeños milagros. Y, como si el destino quisiera consentirla, había nevado copiosamente durante la noche. Lyra sonrió contra el cristal empañado, trazando con el dedo un copo de nieve invisible.
Un golpe suave en la puerta la sacó de su ensueño. Al volverse, vio a su madre asomarse con esa sonrisa que siempre lograba iluminar hasta los rincones más oscuros de su alma.
—¡Mami! —exclamó Lyra, corriendo a abrazarla con toda la fuerza de sus pequeños brazos.
—Buenos días, mi luz —murmuró Alena, estrechándola contra su pecho antes de separarse con ternura—. Te tengo una pequeña sorpresa.
Los ojos de Lyra se abrieron como platos.
—¿En serio?
—Claro, querida —respondió su madre, acariciándole la mejilla con infinita delicadeza—. Hoy es un día muy especial. Mereces ser feliz.
Se sentaron juntas en la cama. De pronto, como surgida de un sueño, apareció una caja sencilla pero elegante sobre las sábanas. Sin lazos ostentosos ni papeles brillantes; solo una sobriedad que hablaba de amor genuino. Lyra no pudo contenerse más y la abrió con manos temblorosas.
Dentro descansaba un vestido largo blanco, puro como la nieve que caía afuera.
—Es muy lindo… —susurró, pasando los dedos por la tela suave—. Gracias, mami.
—No es nada —sonrió Alena—. Me alegra que te guste. Anda, ve a cambiarte. Te espero en el comedor.
Su madre salió, y apenas cerró la puerta cuando otra figura familiar irrumpió en la habitación: una cabellera pelirroja vibrante y una sonrisa idéntica a la suya.
—¡Hola, hermanita! —dijo Talya, entrando con paso ligero.
—¡Hermana! —Lyra se lanzó a sus brazos.
—¡Feliz cumpleaños! —Talya la levantó en un abrazo fuerte y cálido—. Te tengo un regalo, pero primero ve a bañarte y arreglarte.
Lyra no necesitó que se lo repitieran. Bajo la atenta supervisión de su hermana mayor, se duchó, se vistió con el nuevo traje blanco y dejó que Talya la peinara con esmero. Treinta y cinco minutos después, parecía una pequeña princesa de invierno.
—Te ves preciosa con ese vestido —halagó Talya, admirándola.
—Sí, es muy lindo —respondió Lyra, contemplando su reflejo en el espejo con una mezcla de timidez y deleite.
—Ahora, tu obsequio.
Talya sacó una caja de terciopelo azul profundo. Al abrirla, reveló un delicado colgante: un copo de nieve bañado en plata con un zafiro centelleante en el centro, como un fragmento de cielo capturado.
—Es muy lindo… —murmuró Lyra, fascinada.
Talya se colocó detrás de ella y le abrochó el collar con cuidado. Lyra se giró, radiante.
—¡Me encantó! No me lo voy a quitar nunca.
—No fue nada, hermanita —sonrió Talya—. Vamos a desayunar.
Bajaron tomadas de la mano hasta el comedor, donde su madre las esperaba. Alena las recibió con una mirada llena de amor. Las niñas se sentaron a ambos lados de ella. El cocinero sirvió porridge de avena con fresas, arándanos y almendras, el desayuno favorito de Lyra, especialmente por las fresas dulces y jugosas.
—¡Fresas! —exclamó la pequeña con pura felicidad.
—Así es, querida —confirmó su madre.
—Tus favoritas —añadió Talya.
El momento era perfecto. Demasiado perfecto.
De pronto, golpes fuertes y estruendosos retumbaron por toda la mansión, rompiendo la armonía como un cristal hecho añicos. Lyra se levantó de golpe, temblando, y se refugió en los brazos de su hermana mayor.
—¿Talya, qué está pasando? —preguntó con lágrimas asomando en sus ojos.
—No lo sé, hermanita… —respondió Talya, la voz quebrada.
—Niñas —ordenó Alena con urgencia serena pero firme—, váyanse y escóndanse.
—Pero ¿y tú? —protestó Talya.
—Estaré bien. Los clanes vecinos vendrán en nuestra ayuda.
—Mami, ¿quiénes son esas personas? —quiso saber Lyra, aferrándose más fuerte.
—Personas muy malas —susurró Alena, arrodillándose ante ellas—. Personas que ya no tienen alma. Sus corazones no laten. Son fríos como la muerte.
—Son monstruos —completó Talya con odio infantil.
—Vampiros —afirmó su madre—. ¡Vólkov!
El hombre apareció al instante.
—Llévese a mis hijas. Manténgalas a salvo —ordenó Alena. Luego miró a Talya—: Haz lo que sea necesario. Abre un portal. Aléjense del país si es preciso.
Las abrazó con desesperada ternura.
—No olviden que las quiero más que a nada en este mundo.
Las niñas fueron arrancadas de su madre. Mientras Vólkov las sacaba de la casa, los sonidos de cristales rotos, muebles destrozados y gritos desgarradores las persiguieron hasta que cruzaron el portal.

Parque Nacional Losiny Óstrov
08:50 Hrs.
Lyra temblaba de miedo, abrazada a su hermana mayor mientras intentaba distraerse observando a los alces que pastaban a lo lejos. El bosque nevado, antes mágico, ahora parecía un laberinto hostil.
—Tranquila —susurró Talya—. Todo estará bien.
—No lo parece… —murmuró Lyra.
Alexandr Vólkov se levantó de pronto, alerta. A lo lejos, tres figuras siniestras se acercaban.
—Corran —ordenó—. Y no miren atrás.
Talya tomó la mano de su hermana y huyeron entre los árboles. Cuando el crujir de ramas se volvió amenazante, se detuvieron. Talya tomó el rostro de Lyra entre sus manos, lágrimas rodando por sus mejillas.
—Lyra, escúchame con atención. Vas a olvidar la vida que tuviste en Rusia. Vas a olvidar a mamá… y a mí. Pero jamás olvidarás quién eres ni de dónde vienes.
Un aura amarillo-naranja brotó de sus manos, envolviendo a la niña en un hechizo suave pero irrevocable.
—Cuando llegue el momento, recordarás.
—Te quiero… —murmuró Lyra antes de ser tragada por un nuevo portal.
Talya se derrumbó en los brazos de Alexandr, sollozando.
—Ella no me recordará…
—Tranquila —consoló él—. Hiciste lo necesario. Encontraremos a tu hermana.

Bosque Muir Woods
San Francisco – California
22:00 Hrs.
La pequeña Lyra apareció en medio de la noche californiana, desorientada y llorando sin saber por qué. El bosque susurraba amenazas desconocidas. Un disparo lejano la hizo correr, aterrorizada, hasta que chocó contra un hombre armado.
Retrocedió, temblando, mientras el cañón del arma la apuntaba directamente. Luces cegadoras y múltiples siluetas la rodearon.
—¡¿Qué demonios haces?! —gritó un hombre acercándose.
—Podría ser uno de ellos —respondió el que la apuntaba.
El primero bajó el arma y se arrodilló frente a la niña.
—Soy Chris Argent —dijo con voz calmada—. ¿Cuál es tu nombre?
La pequeña lo miró con ojos llenos de miedo y confusión.
—Lyra… Karenina —susurró.
Una mujer rubia se acercó. Lyra se escondió instintivamente detrás de Chris.
—Hola —dijo la mujer con suavidad—. Soy Kate, hermana de Chris.
Kate la observó con atención.
—No es una mujer lobo —declaró.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el otro cazador.
—Por su ropa. Escapaba de algo. Y si fuera una de ellos, sus heridas ya habrían sanado.
Chris miró a la niña con compasión.
—¿Recuerdas cómo llegaste aquí?
Lyra negó con la cabeza.
—No… No lo recuerdo.
—Amnesia —murmuró Chris.
—No podemos entregarla a la policía —intervino Kate—. Harán demasiadas preguntas. Habla con acento extranjero.
—Entonces la criaré como a una hija —afirmó Chris mientras Lyra se aferraba a él—. Le hará bien estar con Allison.
—Ella ahora sabe de los hombres lobo y los cazadores —advirtió Kate.
Chris cargó a la niña en brazos.
—Entonces la entrenaremos como una cazadora. Dentro de un año.

Hogar de la familia Argent
22:45 Hrs.
De regreso en la casa, Lyra se había dormido en el asiento trasero. Chris la despertó con ternura al llegar.
—Lyra, despierta. Ya estamos en casa.
La niña, aún somnolienta, observó todo con ojos curiosos: los detalles de la arquitectura, los cuadros en las paredes, el olor a madera y seguridad que emanaba el lugar.
Chris la presentó a Victoria, su esposa, quien la recibió con una sonrisa cálida.
—Ven, vamos a asearte —dijo Victoria—. Tal vez la ropa de Allison te quede.
—¿Quién es Allison? —preguntó Lyra en voz baja.
—Mi hija. Seguro tiene la misma que tú. Se llevarán muy bien.
—¿También tiene siete años?
Victoria la miró con dulzura.
—¿Recuerdas tu cumpleaños?
Lyra asintió.
—¿Cuándo es?
—Mañana… —respondió la pequeña. Los presentes la miraron con sorpresa—. Mañana cumplo siete.
Victoria intercambió una mirada cargada de significado con su esposo antes de sonreír con calidez renovada.
—Bueno —dijo suavemente—, mañana te compraremos ropa nueva y haremos de ese día algo feliz para ti.
—Lyra —intervino Chris, arrodillándose frente a ella con voz firme y protectora—. No tienes que preocuparte por nada. A partir de ahora, seremos tu nueva familia.
En ese instante, rodeada de extraños que le ofrecían un refugio, Lyra sintió por primera vez, en medio del vacío de su memoria borrada, un atisbo de pertenencia. Aunque el precio había sido el olvido de todo lo que había amado.
Y así, entre nieve rusa y bosques californianos, comenzó su nueva vida entre los Argent. Una vida que, años después, estaría marcada por el mismo caos hermoso que siempre la había definido.
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